martes, 8 de julio de 2025

La máscara del asesino.





Prólogo

La invitación para escribir el prólogo de este libro ha sido una grata sor- presa acompañada de un importante sentido de responsabilidad, no sólo por los temas tan sensibles que han analizado los investigadores Dzib y Vaca a la luz de un alto rigor científico —y que seguro atraparán al lector desde el inicio como lo han hecho conmigo— sino también por la nece- sidad de transmitir el compromiso social y profesional que caracteriza a los autores; colegas y amigos que me honran al permitirme presentarlos.

Paulino Dzib Aguilar, investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Yucatán, ha venido realizando una importante fusión entre teoría, práctica e investigación en los últimos 20 años. Gra- cias a su tesón hoy en día ocupa un importante lugar en la academia de la Psicología en México. La formación de un gran número de alumnos in- teresados en la investigación e involucrados en el análisis y prevención de problemáticas sociales como la violencia de género, la delincuencia, la victimología, la organización de pandillas, etc. refleja la destacable labor del profesor Dzib Aguilar. No menos importante ha sido su liderazgo en la integración de investigadores, provenientes de diferentes estados y paí- ses, lo cual ha estimulado el trabajo y la producción colectiva en torno a los temas tratados. Merece una especial mención el hecho de que es pionero en México como perito psicólogo y como fundador del primer Laboratorio de Psicología Forense que ha vinculado a la Universidad con el Sistema de Justicia, lo cual ha repercutido en la manera en que se realizan las evalua- ciones psicológicas forenses y ha contribuido a la fundamentación cientí- fica de este quehacer práctico.

Por otro lado, el profesor Jesús Vaca Cortés, investigador del Claustro Universitario de Chihuahua y experto en el área de la Psicología Social, ha hecho invaluables aportaciones en la comprensión del comportamiento antisocial y delictivo desde hace más de una década. Interesado en diver- sas condiciones humanas ligadas a la salud mental y a los grupos indíge- nas, ha contribuido a dar sustento científico al área de la Psicología Jurí- dica y Criminológica, tanto en su estado de origen como en el resto de la

 


República Mexicana. Es de destacarse también su trabajo en la academia, en el que sus alumnos son los primeros en reconocer su sólida formación, así como su alto compromiso en su labor docente. Además, es de resaltar su actitud de colaboración y apoyo a otros profesionales interesados en esta área del conocimiento, que se evidencia en su participación en pres- tigiados grupos de investigación en el ámbito nacional e internacional, y en la opinión que de él compartimos quienes le conocemos respecto a su actitud propositiva y su sensatez.

La experiencia de cada uno de los autores se ve más que reflejada en la forma de escribir y explicar los tópicos analizados en este libro, “La Máscara del Asesino”. Quien no ha generado y transmitido conocimiento en las aulas de clase, quien no ha enfrentado las realidades crudas que pueden superar a la ficción, quien no se ha involucrado emocionalmente con el daño cau- sado por y a los congéneres, quien no se consterna ante el dolor de otros, no sería capaz de escribir y plasmar, de la manera en que lo han hecho los profesores Dzib y Vaca, los contenidos teóricos, los casos citados, los análisis propuestos y las perspectivas futuras expuestas en esta obra.

La presentación y la organización de los capítulos que integran esta pu- blicación reflejan lo que Garrido, Stangeland y Redondo (2001)1 explican con relación a los cuatro niveles de conocimiento a los que las Ciencias Sociales aspiran: descriptivo, explicativo, predictivo y de intervención.

En el nivel descriptivo, el lector encontrará explicaciones detalladas y ordenadas de los subtemas tratados en cada uno de los capítulos que conforman este texto. Se presenta una revisión cuidadosa de la literatura científica que acierta en mostrar los principales fundamentos teóricos y marcos legales de los tópicos tratados. La redacción se acompaña de citas clásicas y contemporáneas provenientes del ámbito internacional, pero también -y es de agradecerse- de posturas latinoamericanas, nacionales y estatales que permiten ubicar los diferentes objetos de estudio en el con- texto mexicano y local. Por ejemplo, se recurre a clásicos mexicanos como Julio Guerrero (1901), Carlos Roumagnac (1904) ó Héctor Solís Quiroga (1977), entre otros, que pocas veces se citan en el área criminológica, a pesar de sus valiosos aportes a esta disciplina.

En este mismo nivel, quienes escriben no tienen dificultad en atrapar al lector a través de la conexión entre teoría y práctica, pues su narración ex- plora aspectos íntimos de algunos hechos reales. Citas como la de Edmund Emil Kemper donde “se concluyó en una evaluación psiquiátrica que no re- presentaba un amenaza para sí mismo y para los demás, mientras llevaba en la cajuela de su coche la cabeza decapitada de su víctima más reciente”2, captan la atención e invitan al lector a la reflexión y a la crítica.


1 Garrido, V., Stangeland, P. y Redondo, S. (2006). Principios de Criminología. Valencia: Tirant Lo Blanch.

2 Ejemplo utilizado en el Capítulo IV de este libro, Asesinos Seriales.

 


Con respecto al nivel explicativo, los apartados teóricos de los capítu- los permiten identificar la relación entre distintos factores para responder de manera lógica y con fundamento científico al por qué del pensamiento, las emociones y la conducta, tanto de víctimas como de agresores. Ele- mentos esenciales en la elaboración de perfiles de delincuentes (Morales, 2007)3. Este nivel se refuerza con la presentación de acrónimos, cuadros sinópticos, mapas conceptuales y figuras que facilitan la comprensión de los fenómenos tratados, la memorización de procesos y la propuesta de nuevos procedimientos.

El nivel predictivo se confirma a través de la propuesta de factores, condiciones y/o situaciones en las que hay mayor probabilidad de que se presenten comportamientos delictivos. Los diferentes casos analizados, en los que se discute bajo qué circunstancias es más o menos probable que una persona llegue a cometer un homicidio o a reincidir en el delito, lo demuestran. Además, se sugieren baterías de pruebas idóneas para la evaluación psicológica forense de víctimas, agresores y testigos implica- dos en distintos tipos de situaciones delictivas como la tortura psicológica, la trata de personas o el homicidio. Con base en casuísticas, se evidencia el tipo de solicitudes formales más frecuentes en los peritajes psicológi- cos: la existencia de psicopatologías, la presencia de daño neurológico, la credibilidad del testimonio, el riesgo de reincidencia delictiva futura, las secuelas causadas en las víctimas, etc.

Por último, el nivel de intervención se puede observar a través de los relatos sobre la práctica de la Psicología Forense y Criminológica en esce- narios reales. La sugerencia de formatos, guías, protocolos, instrumentos y procedimientos sustentan el logro de este nivel del conocimiento. De hecho, una de las principales aportaciones que realizan los autores es la de un modelo propio de perfilación criminológica —ajustado al contex- to mexicano— y que con ingenio han denominado MURDER; palabra que lleva implícito un juego de doble significado puesto que por un lado su traducción al español es asesinato, y por otro es el acrónimo de Modelo Multifásico para la Resolución de Delitos Recurrentes.

En el ánimo de continuar motivando la lectura de quien tiene este libro en sus manos, considero fundamental realizar una breve descripción de la estructura y contenido del mismo. La Máscara del Asesino consta de dos secciones: la primera titulada “Razones y sinrazones” y la segunda “Los resultados”.

En “Razones y sinrazones” se realiza una rigurosa revisión del tema de los perfiles criminológicos a partir del análisis de los fundamentos teó- ricos indispensables para su investigación y aplicación. En esta parte se llama la atención sobre la necesidad de contar con más y mejores datos


3 Morales, L.A., Muñoz, J., Santillán, A.M., Arenas, R. y Chico-Ponce, F. (2007). Perfiles Criminológicos: El arte de Sherlock Holmes en el Siglo XXI. Salud Mental, 30, 3, 68 – 75.

 


que sustenten las técnicas de perfilación y permitan usarlas en escena- rios y contextos culturales específicos; un argumento que, en este sentido, comparten reconocidos expertos en el tema como Canter (2000) y Turvey (2008)4, entre otros.

Continuando con la misma línea, por demás sugerente, se discute el quehacer de la ciencia y la necesidad de que los procesos explicativos sean dinámicos y flexibles para contribuir al mundo práctico. Desde esta pers- pectiva, se reconoce en la delincuencia un fenómeno multifactorial cuyo abordaje debe ser pluridisciplinario. Además, se denuncia el incipiente desarrollo que aún posee la perfilación en México y la persistencia de mo- delos anglosajones que no consideran las condiciones propias de la cultu- ra en que se aplican. Es de destacarse que a este respecto, Dzib y Vaca dan importancia a las víctimas del delito, de tal suerte que no circunscriben la perfilación al estrecho campo del agresor sino que respetan y valoran a las personas que han padecido de una forma u otra sus acciones. Los autores se solidarizan con las víctimas y sus familias, reconocen su dolor y no se les describe como apenas números fríos en la estadística delictiva.

En los siete capítulos que conforman esta primera sección, se realiza un recorrido histórico y teórico con relación al tema de la perfilación de delincuentes, que se va ejemplificando a lo largo del libro con casos reales tanto internacionales como mexicanos.

En el primer capítulo Descifrando la máscara del criminal se abordan los temas de personalidad, trastorno de personalidad antisocial, psicopa- tía y psicosis. Luego, se discute el concepto de peligrosidad y la necesidad de evaluar la probabilidad de que un sujeto reincida en su actuar delictuo- so. Asimismo, se analiza el concepto de personalidad criminal y las aristas en torno a qué elementos tanto protectores como de riesgo pueden expli- car su desarrollo y evolución.

En la sección posterior, se aborda un tema pocas veces tratado: El per- fil del perfilador, visto como investigador social y no sólo como un actor eminentemente práctico. Además, se propone que el perfilador debe ser un profesional integral con conocimientos especializados, consciente del contexto social y cultural en que realiza su trabajo, pero sobre todo con ca- racterísticas personales y éticas que le permitan desarrollarlo a cabalidad.

Perfilando, como se ha titulado el tercer capítulo, constituye uno de los ejes centrales de la obra. Aquí, se entrelazan casos internacionales con mexicanos para presentar los antecedentes de la perfilación y las distintas posibilidades metodológicas para realizarla. Es digno de mencionarse que en el texto no se circunscriben los perfiles a homicidas desconocidos, tal cuál se hace en la mayor parte de la literatura sobre el tema, sino que se


4 Canter, D. (2000). Offender profiling and criminal differentiation. Journal of Criminal and Legal Psychology, 5, 23 – 46. Turvey, B.E. (2008). Criminal Profiling: An Introduction to Behavioral Evidence Analysis. Londres: Elsevier. Tercera edición.

 


amplía el espectro incluyendo a los responsables de diversos tipos de de- litos y señalando la necesidad de estudiar a agresores conocidos. Con base en su experticia y originalidad, el profesor Jesús Vaca propone el modelo de perfilación MURDER, que consiste en un conjunto de fases sistemáticas y progresivas para la realización de perfiles psicocriminológicos. Luego, se sugieren algunas cuestiones prácticas, por ejemplo se da importancia a los sistemas de clasificación psicopsiquiátrica en la investigación crimi- nológica, pero también se advierte que los perfiles no son infalibles y que podrían emplearse equivocadamente justificando tratos discriminatorios de grupos vulnerables o minoritarios.

Después, el inciso sobre Asesinos Seriales inicia con una atinada y no siempre clara distinción respecto a que todos los asesinos seriales son cri- minales, pero no todos los criminales seriales son asesinos. A través de datos reveladores de casos clave, como el de Drácula (Vladislav Draculea) o el de la Condesa Elizabeth Bathory, se develan mitos que subyacen a la elaboración de los perfiles, como es el caso de las relaciones entre las en- fermedades mentales y la delincuencia serial. Considerando como marco de referencia datos provenientes de distintos lugares del mundo y articu- lándolo con estudios mexicanos, se concluye de manera acertada que la mayoría de los delincuentes tienen una mente sana y cometen sus delitos en ausencia de una psicopatología. Con base en esta conclusión, se discute el concepto de inimputabilidad y la relevancia de los procesos de evalua- ción para determinar la responsabilidad de los delincuentes. Por último, se habla de las distintas motivaciones que pueden llevar a una persona a cometer un delito, a partir de lo cual se propone un modelo explicativo que conjunta factores neuropsicológicos, psicológicos y sociales.

En el capítulo V, Criminales Seriales en México, se conduce al lector a través de un recorrido histórico desde finales del siglo XX hasta la actua- lidad en el que se exponen casos mexicanos emblemáticos como el de Gregorio Cárdenas “El estrangulador de Tacuba” (1942); así como otros poco citados pero no menos importantes como el de Francisco Guerre- ro “El Chalequero” (1880 -1888), hábilmente presentado a partir de su coincidencia cronológica con el caso de Jack el destripador en Londres. En esta sección también se hace referencia a casos como los de Raúl Osiel Marroquín Reyes “El Sádico”, el “Asesino del 31000”, “El Violador de San Felipe” o “Fantomas”, quien después de robar objetos de valor en casas de familias adineradas, entraba a la recámara de sus víctimas y encendía su linterna justo en la cara de las mismas. También se relatan otros aconteci- mientos recientes y aún sin resolverse del todo como el de los feminicidios de Ciudad Juárez.

Para terminar la primera parte del libro, bajo el título Retrato del mal, se analiza a Gilberto Ortega Ortega, alias “El Asesino de los Niños de la Calle”. Aquí se concede especial valor a la victimología, pues se analiza

 


la información disponible acerca de algunas de las 40 víctimas que este hombre confiesa haber asesinado. En la entrevista realizada a este indivi- duo, se observan comportamientos extremos y respuestas que hacen es- tremecer al espectador por la ironía y la frialdad de las declaraciones. Por ejemplo, ante la pregunta de ¿por qué matar un niño? Él responde: ¿y por qué no? El análisis de este caso está documentado con dibujos y escritos del homicida, lo cual permite que el lector se adentre en la mente de este individuo.

Por su parte, en el capítulo VII (cierre de la primera parte del libro), se vinculan las ideas propuestas en los apartados iniciales, se provee fun- damento científico a las explicaciones del comportamiento delictivo y se propone una metodología objetiva para la elaboración de perfiles.

La segunda parte de esta obra “Los resultados”, consta de cuatro apar- tados específicos sobre la evaluación forense en distintos fenómenos de- lictivos y sus implicaciones en el Sistema de Justicia.

En el capítulo VIII Protocolos de Evaluación se explican los fundamentos, modelos y técnicas de la evaluación psicológica forense, y se analizan sus efectos en la determinación de sugestionabilidad, simulación e inimputabi- lidad. Aunque es clara la intención de los autores de no es establecer estruc- turas rígidas para la elaboración de los peritajes psicológicos, sí plantean de manera acertada la necesidad de contar con elementos mínimos necesarios y suficientes para cumplir con sus objetivos en el contexto legal.

En congruencia con lo anterior, se presenta una revisión de las pericia- les psicológicas realizadas a menores y adolescentes (víctimas y agreso- res) en el estado de Yucatán (México) y a partir de ello, se sugieren pro- tocolos estructurados y pruebas psicométricas útiles para la evaluación y atención de este sector de la población. Debe desatacarse que estos pro- tocolos constituyen una propuesta original realizada por los profesores Paulino Dzib y Jesús Vaca producto del trabajo realizado a lo largo de dos años en el marco del proyecto de investigación aplicada titulado “Estra- tegias para la protección de los menores en el sistema de justicia de Yu- catán: Implementación de protocolos de evaluación psicológica forense y medidas de intervención biopsicosocial para menores y adolescentes en procesos jurídicos”.

En el capítulo IX Evaluación Psicológica Forense en caso de Tortura, se revisan los distintos protocolos disponibles para evaluar a las personas implicadas en este delito, así como las pruebas y estrategias psicológi- cas que pueden emplearse con este fin. Además, se dedica un importante apartado al empleo de técnicas psicofisiológicas para detectar honestidad o no en los testimonios. Con base en el uso actual del Protocolo de Estam- bul y los datos oficiales de denuncias por tortura en México, se comprue- ba la existencia de este delito en el país. Al final del apartado se aplican los conocimientos reseñados en un caso práctico, a partir del cual se demues-

 


tra la importancia de integrar diferentes tipos de estrategias de evaluación para llegar a un diagnóstico lo más objetivo y certero posible.

En cuanto al capítulo X, Características de personalidad atribuidas al delito de trata, es conducente hacer referencia a los resultados de un estu- dio empírico original realizado en el contexto mexicano por el equipo del profesor Dzib, en el que se evalúa la percepción de 22 peritos psicólogos y no psicólogos con relación a la personalidad de agresores y víctimas im- plicados en este delito. Los datos obtenidos señalan que los peritos per- ciben que los agresores presentan personalidad antisocial y/o narcisista, mientras que las víctimas se caracterizan por ser dependientes, evitativas, esquizoides, histriónicas y límites.

El último apartado, Casos sobre evaluación psicológica forense, integra el marco teórico y las guías prácticas formuladas en secciones preceden- tes. Aquí, el lector encontrará la documentación de dos casos completos. Mientras en el primero se determinan las funciones mentales superiores y el estado emocional de una mujer al momento de cometer un delito vio- lento, en el segundo se realiza una evaluación con el objetivo de aportar información en la averiguación previa de un hombre presunto responsa- ble de dos homicidios.

A la luz de lo referido, y en definitiva, La Máscara del Asesino evidencia el riesgo de la subjetividad en las periciales psicológicas y el desconoci- miento de sus alcances en el ámbito jurídico, lo cual limita la posibilidad de discernir cuando una evaluación es válida y fiable dentro del Sistema de Justicia.

Tal como los responsables de esta publicación lo expresan, los múlti- ples esfuerzos concentrados en este libro denotan un importante avance de la Psicología Criminológica, que dado el punto en que se encuentran no tienen otra opción, afortunadamente, que la de continuar su desarrollo y responder a los desafíos que se le presentan. Entre ellos, la demanda de una legislación que norme la técnica de perfilación, la necesidad de cons- truir un banco de datos con información derivada de distintas disciplinas que permita fundamentar y realizar mejor la investigación criminológica, y la importancia de fortalecer el trabajo inter y trans disciplinario con el objetivo común de hacer frente a la delincuencia.

Es de agradecerse que los autores nos ofrezcan este libro puesto que constituye un valioso aporte para la Criminología y para la Psicología en México. En razón de lo anterior, La Máscara del Asesino tendrá que con- siderarse como texto de obligada referencia en los diferentes programas académicos nacionales y extranjeros interesados en el estudio de la con- ducta delictiva y en particular en la elaboración de perfiles criminológi- cos. Se necesitaba un producto editorial como este, abordado desde una perspectiva bien fundamentada, con ejemplos de aplicaciones prácticas en nuestro propio contexto, con implicaciones reales y objetivas tanto en

 


el Sistema de Justicia como en la procuración y construcción de socieda- des mejores y más justas.

Sin duda, la lectura de este libro servirá de inspiración a estudiantes, profesores, profesionales y personas en general, para continuar profun- dizando en el estudio, comprensión y prevención de la delincuencia. El exhorto de los autores al compromiso ético que debe caracterizar a la elaboración de perfiles y a la evaluación psicológica forense, invitan a la reflexión respecto al papel que tenemos en la investigación y el quehacer criminológicos para hacer realidad la esperanza de un mundo mejor.


Luz Anyela Morales Quintero

 






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PRIMERA PARTE

Razones y sinrazones

 


 








I. ENTRADA.

“El hombre sabe que el alma tiene matices más milagrosos,

más innumerables, más indecibles aún,

que los colores de un bosque en otoño”.

G. K. Chesterton.


La Ciencia. La ciencia no es un Banco donde se acumulan datos diversos como simples capitales. La ciencia es, al menos, el mejor método que hasta ahora hemos encontrado para describir, descubrir, explicar, pre- decir y hasta controlar la realidad. La ciencia se construye día con día, se recrea, difunde y apoya para que todas y todos (o bueno, casi todos) llevemos una vida decorosa y, en el mejor de los casos, confortable.

En su artículo: “Una dificultad del psicoanálisis” el Dr. Sigmund

S. Freud (1917) (citado en Rodríguez, Robles y Quiróz, 2002) descri- be puntualmente lo que para él son los tres duros golpes asestados al narcisismo del hombre: Con la revolución copernicana el hombre es expulsado del centro del universo y recibe así su primera humillación; Charles Darwin, al no ver en él más que un derivado de la evolución y adaptación al entorno de las especies animales le aflige la segunda.

El último reducto, la creencia inquebrantable en el Yo informado de todos sus móviles y todos sus intereses, dueño voluntario de su desti- no, no es señor en su casa dado que el Yo no es más que el lugar imagi- nario en el que el sujeto se aliena.

Sin embargo hay paradigmas, modelos explicativos, que permane- cen, descripciones estáticas que no cambian, por ejemplo se cree que los delincuentes son una especie infrahumana aparte, la eterna división entre los buenos y los malos; teorías que aún ahora, expresan que la po- breza es el único detonador de la delincuencia (de ser así, y si las cosas siguen como van en los inicios del 2012, para el caso de nuestro país habría que construir cárceles o reclusorios para internar a 7 de cada 10 mexicanos).

 

Las cosas no son tan sencillas, la delincuencia es un fenómeno mul- tifactorial, el estudio del delincuente debe ser pluridisciplinariamen- te abordado: ecología, economía, derecho, antropología, psicología, criminología, estadística, sociología etc. son ciencias que no pueden que- dar al margen para el entendimiento, modificación y control del fenóme- no delictivo o criminal.

“Aunque para la técnica jurídica mexicana puede no ser correcto, en el presente trabajo se emplearán los términos delito, crimen, delincuen- cia y criminalidad como sinónimos”.

Además se deben emplear metodologías, técnicas y tácticas cualita- tivas, cuantitativas, mixtas, estudios de caso, aplicaciones fundamenta- das en el rigor matemático, bases de datos aplicados en la prevención, la atención y la rehabilitación tanto de entornos y espacios, de víctimas como de victimarios.

La investigación y el proceso científico para la elaboración de perfi- les criminales en México sigue siendo una tarea por realizar; en muchos casos se sigue recurriendo a perfiladores (profilers en inglés) de hechura anglosajona para explicar comportamientos nacionales.

Se escucha:

“El gobierno local contrató a investigadores extranjeros, pero no hubo seguimiento para resolver los crímenes… la solución total a la problema no está en manos de expertos extranjeros, se halla en la cabeza de los policías mexicanos, desde luego sus recomendaciones pueden ser de alguna utilidad, pero, ya sobre el terreno, en el lugar de los hechos, en sus alrededores, es al policía a quien compete esa responsabilidad, de la búsqueda juiciosa de rastros y huellas y sus correspondientes averiguaciones de vecindario, así como la infor- mación que pueda recopilarse de aquellas víctimas identificadas, de sus familiares, amigas, compañeras de trabajo.

Pero, ante todo, del adecuado manejo de la información; de ésta de- pende el éxito o fracaso del equipo investigador, (Vivas, 2005)”.

Ciencias como la Psicología Jurídica y Forense, la Antropología Fí- sica o la Criminología Ambiental siguen afianzando sus estructuras en el país. Sin embargo, gran parte de los investigadores oficiales todavía permanecen en el manejo de teorías biotipológicas, antropométricas y pseudocientíficas heredadas de pensadores europeos hace más de 120 años. Otros más no llevar cursos o talleres que el rigor metodológico de la investigación del delito requiere.

Cristina Pineda (2007) refiriéndose a la Teoría frenológica de Joseph Gall (1758-1828) y a la Teoría del delincuente nato de Cesare Lombroso (1835-1909) afirma:

 


“Aunque en su tiempo ambas teorías fueron muy famosas, con los años y los adelantos científicos quedaron desacreditadas y hoy se les mira como curiosidades inconducentes”.

Otra mujer brillante, Patricia Cornwell expresa:

“En la época victoriana un método principal para identificar a una persona y vincularla con un crimen era una “ciencia” denomina- da antropometría que, en 1879 había desarrollado el criminólogo francés Alphonse Bertillon, quien creía que era posible identificar y clasificar a las personas mediante una descripción detallada de sus rasgos faciales y una serie de mediciones corporales, incluyendo la estatura, el alcance de la mano, el ancho de la cabeza y la longitud del pie izquierdo… La policía victoriana estaba entrenada para iden- tificar a los sospechosos basándose en la estructura del esqueleto y las facciones, y también para presumir que cierta “apariencia” podía vincularse con una conducta determinada”. (Cornwell, 2004).

En nuestros días muchas personas, incluyendo a quienes laboran en el ámbito policiaco han “heredado” —no podía ser de otra manera— las teorías lombrosianas y bertillonicas, las cuales les, predisponen, ha- cen creer, que una persona que presenta una cicatriz en su rostro, un ta- tuaje en el brazo, que tiene cierto color de piel, cierta ascendencia étnica

o vive en zonas o barrios específicos son, por definición, sin miramiento

o razonamiento alguno: delincuentes.

En el mismo tenor argumentan como único factor explicativo de la criminalidad la cuestión genética; por lo que asumen que los hijos de los delincuentes serán, por ese hecho, delincuentes; de la misma forma —si- guiendo la lógica en cuestión— que los hijos de abogados son abogados y los hijos de carpinteros, carpinteros. Al lado del “Gen de la delincuen- cia” deberemos también buscar el “Gen de la abogacía” y por ahí deben andar cerca el “Gen de la carpintería” o el “de la repostería fina”.

El presente trabajo busca dejar a un lado los astrológicos acerca- mientos victorianos y acopiar información para ofrecer explicaciones coherentes, fundamentadas en el método científico, y con el concurso de diversas disciplinas forenses para así ampliar el campo de estudio de investigadores crimino-forenses, policiales y académicos.

Como adelante se leerá con detalle; un perfil criminal puede ofrecer bases de estudios, generar líneas de investigación, vincular delitos o reducir el número de sospechosos. Es una técnica de investigación psi- cojudicial consistente en inferir aspectos psicológicos, criminológicos y socioculturales del agresor —o los agresores— con base en un global análisis científico de sus delitos, lugares, víctimas contexto sociocultu- ral para después permitir una manera de identificarlo, orientar la inves- tigación y la captura.

 

La técnica es desarrollada por pensadores de diversas nacionalida- des y, dependiendo de la zona geográfica o los investigadores que lo generan, puede adoptar diversas nomenclaturas: perfiles psicológicos, perfilado geográfico, perfil de la personalidad criminal, perfil del agre- sor o victimario, análisis de investigación criminal, perfil de investiga- ción y perfil criminal.

A pesar de los nombres diferentes, todos ellos comparten una meta común: ayudar a los investigadores policiales a examinar la evidencia de las escenas del crimen, conocer a las víctimas e informes de los testi- gos para así desarrollar una descripción del ofensor.

La descripción puede detallar las variables psicológicas como los rasgos de personalidad, psicopatologías u otros modelos de conducta, así como las variables demográficas como la edad, grupo étnico, oficio, condición académica, o la situación geográfica.

Según la psicóloga forense Ángela Tapias (2002) sus aplicaciones principales son las siguientes:

a.- Análisis de crímenes violentos

b.- Relacionar crímenes diversos (vincular) c.- Identificar o descartar sospechosos

d.- Guía para interrogar (una vez detenido el responsable) e.- Justificación para solicitud de otras pruebas periciales d.- Cartas amenazantes

Hoy día se han desarrollado diversos programas para computado- ras (software), todos ellos en inglés, que facilitan la labor de los perfila- dores (entre otros se citan; X-Base, Holmes, Predator, Catchem, MTC: R3, CGT o Criminal Geographic Targetin).

En el transcurso del libro describiremos las características de la personalidades mayormente involucradas en conductas antisociales y antijurídicas, las características de los perfiladores, los pasos para cons- truir un perfil psicocriminal, datos varios sobre asesinos seriales inter- nacionales, nacionales de antaño y hogaño.

El texto acerca hacia los pormenores de la técnica de perfilado, los métodos para proceder de los delincuentes seriales, compulsivos o re- currentes y se hace un recorrido analítico de diversos ofensores. Para México desde el “primer asesino serial mexicano”: Francisco Guerrero o Antonio Prida alias “El Chalequero”, pasando por “La mataviejitas” u Osiel Marroquín el homicida de homosexuales.

Profundizamos, a través de varios documentos oficiales (públicos), entrevistas, notas varias; los actos, contexto familiar, vida y víctimas de diversos agresores complementando así los procesos meramente teóricos con estudios de caso efectuados por los autores Gilberto Orte- ga Ortega, asesino serial chihuahuense, conocido con los alias de: “El

 

gato”; “El caníbal de Chihuahua”; un complejo e interesante caso de infanticidio ocurrido en el estado de Yucatán.

El debate propone destacar también la importancia de la victimolo- gía y de los perfiles victimológicos, la atención y el desarrollo de pro- cesos científicos para ofrecer alternativas y soluciones para los agentes pasivos de un delito.

Es evidentemente conocido que por lo común se diseñan programas de readaptación, rehabilitación, reinserción social, aplicaciones de me- ditación, aromaterapia y muchos otros más dirigidos a los perpetrado- res de un delito pero… ¿Y las víctimas?...

El padre o hermano secuestrado, la mujer violada, el adolescente abusado moralmente o constantemente amenazado en su espacio esco- lar, requieren también un proceso de readaptación, de reinserción so- cial, un tratamiento integral y multidisciplinario. Aunque en el mundo real lo mejor que puede recibir una víctima de un delito es un proceso de doble victimización al entrar en contacto con un mal llevado sistema judicial o con las personas o sujetos que deberían entender, atender y apoyarle

…—¿Qué andaba haciendo sola a las dos de la mañana?, ¡Siéntese!,

¿Para qué usa relojes caros?, ¡Cállese!, ¿Por qué se viste así?, ¡Espérese!,

¿Usted qué sintió?, ¡Venga mañana!...—

Los análisis psico-geo-crimino-victimológicos que aquí se proponen pueden servir para el diagnóstico certero y en el desarrollo futuro de programas de prevención para el mejor entendimiento de los “tiburones blancos” abordados en el trabajo.

Estas líneas son también un respetuoso y solidario reconocimiento hacia las víctimas, ofendidos y allegados.

El camino ha iniciado; la psicología criminológica se afianza

no hay marcha atrás…



Jesús Vaca Cortés y Paulino Dzib Aguilar Entre el Norte y el Sur

Cuando una luna llena contempla…

 


 









CAPÍTULO I

Descifrando la máscara criminal

 


 









“El hombre que comete un crimen sin testigos,

es el único que lo conoce, y parece como si estuviera obligado a comunicarlo, como si fuese incapaz de guardarlo para sí mismo… la tensión mental lo apremia para traicionarlo

a cualquier precio incluso su cabeza”.

S. S .Freud.



Personalidad.

En el Diccionario de Psicología de Friedrich Dörsch (1978), se advierte que Personalidad viene de persona y se especifica que no surge del verbo latino personare (según lo que anteriormente se creía) sino que parece provenir del concepto etrusco fersuna = Máscara y, más exactamente, de La Máscara que caracterizaba a Fersu, dios de la Tierra. El mismo Dörsch en la obra referida, cita la definición de personalidad de Karl Jaspers que textualmente dice así: “Modo de ser individual, conjunto de todos los procesos y propiedades psíquicas de un hombre que se manifiestan de modo mediato o inmediato. Todos los procesos y ma- nifestaciones psíquicas en cuanto son indicación de una unidad indivi- dual, de un “todo” comprensible como unidad a través del tiempo, que son vividos por un individuo con la conciencia de que se trata de su propio “sí mismo”, constituyen la personalidad”.

¡Muy bien!, ahora que ya tenemos claro el concepto de personalidad

pasemos a otros asuntos…

Desafortunadamente las cosas no son siempre tan sencillas como aparentan. El término en cuestión es más complejo pero interesante y maravilloso de comprender, por lo que les invitamos a deshojarlo con- juntamente. Hay que descubrir, recrear.

Se escucha que existen tantas definiciones de Cultura, como antro- pólogos hay en el planeta. Lo mismo puede aplicar para el concepto personalidad: podemos afirmar que existen tantas definiciones de per- sonalidad como psicólogos hay en el mundo; por lo que no es sencilla la tarea de dar una sola definición que cubra las expectativas de todos los expertos en las ciencias del comportamiento. Se tienen definiciones

 

de personalidad desde las más burdas o abstractas hasta las más com- pletas y teóricamente bien fundamentadas.

Es intención del primer acercamiento con el texto que se entienda una noción clave como lo es la de PERSONALIDAD. Sólo entonces com- prenderemos los procesos que la integran, si es susceptible de ser me- dida y de qué manera, cuáles son sus rasgos fundamentales y si es tan estable como parece o cambia profundamente a lo largo de la vida de las personas. Desde la perspectiva de nuestro amigo el Dr. (en Filosofía de la Ciencia) José Sánchez Barrera (2005) existe una corriente de pensamien- to que plantea que la personalidad es una “amalgama de muchas cosas” y resuelve todo conflicto clasificando a los individuos como seres biop- sicosociales, creyendo que con ese término (él le nombra barbarismo) resuelve todos los problemas teóricos referentes a las ciencias humanas o humanísticas. Sin embargo, dice Sánchez Barrera: —“No soluciona mucho, porque cada una de las tres raíces tiene diversas acepciones de- pendientes de las corrientes de las disciplinas o áreas que pretenden unir el término, es decir, que habiendo como es el caso varias corrientes en biología y psicología y varias concepciones de lo social no queda claro a cuáles de ellas se refiere el término biopsicosocial”—.

Para el habla cotidiana “personalidad”, en uno de sus usos sigue valiendo por la presentación o representación que de sí mismo hace el individuo. Así, por ejemplo, de un atuendo, de unos lentes o de una manera de peinarse, cabe decir que ”resaltan la personalidad” se dice también de la persona que grita mucho o demuestra claramente su asertividad y entonces escuchamos cosas como: —¡Mira; Juanita tiene una gran personalidad!— y absurdos como —“¡Me encantan las muje- res —o los hombres— que tienen personalidad!” —(¿?)—

Las ciencias del comportamiento y en particular la psicología ha re- conceptualizado el significado de personalidad y la psicología social ha resaltado que la conducta se produce siempre en sociedad, en interac- ción y comunicación con otros. Algunos científicos sociales, además, han analizado la naturaleza social de la conducta mediante la metáfora del escenario (retomada de Erving Goffman): estar en sociedad es como estar en escena, en la escena social; es comparecer ante otros; el com- portamiento tiene mucho de representación escénica; “el individuo agente es un ‘actor’” (Wiggins y otros, citados por Fierro, 1996).

En una radical aplicación de la metáfora escénica, en todo compor- tamiento actuaríamos a manera de actrices o actores; la personalidad, entonces consistiría en un haz de roles, en un conjunto de papeles teatrales socialmente asignados o personalmente elegidos; el curso de la acción obedecería simplemente a “guiones” socialmente pautados o estableci- dos. Forzando la metáfora a su extremo, todo en la personalidad sería máscara (recuérdese o véase el capítulo del genial Octavio Paz sobre el

 

me/icano y sus máscaras, en “El laberinto de la soledad”), rol, papel escé- nico, incluso cuando el individuo se descubra en soledad, cuando hace cosas en solitario y hasta cuando piensa en sí mismo. Tal extremo, sin embargo, pertenece ya al plano de los modelos teóricos para entender la personalidad y no al orden empírico de los acontecimientos y de lo observable. En respuesta al trabajo de nuestro Premio Nóbel de Lite- ratura y a eso de las máscaras cambiantes pero eternas, alguna vez el etnopsicólogo mexicano, Dr. Rogelio Díaz-Guerrero comentó: “Si al- guien durante 10, 15, 20 años lleva una máscara, tarde o temprano, esa misma máscara se convertirá en su rostro”.

Díaz-Guerrero y Díaz-Loving (1996) además advierten:

“… En nuestra opinión, esta obsesión de los porqué de la conducta humana, entretejida con un error histórico y persistente, se relaciona con la incapacidad de relacionar una teoría adecuada de la persona- lidad y del comportamiento humano. Y es causa también de la apa- rente multiplicidad de los puntos de vista en los autores de teorías de la personalidad o personólogos.

Ese error histórico y desusadamente persistente se puede explicar en muy pocas palabras. A partir de Freud, los personólogos han tratado de encontrar las causas de la conducta humana dentro del individuo… Así, el gran error histórico consiste en el hecho de que el porqué de la conducta de los seres humanos, o al menos la parte más importante de ella, no se encontrará en su constitución bioló- gica ni en su constitución psíquica. El porqué de la conducta de los seres humanos debe buscarse fundamentalmente en la circunstancia histórico-sociocultural en la que han nacido y en la cual se han de- sarrollado”.

Mejor que S. S. Freud, ya lo entendía Lucien Febvre con su frase: “Los hombres se parecen más a su época que a sus padres”.

Siguiendo en lo nacional; los antiguos mexicanos… “quienes algu- nos siglos antes que Aristóteles ya utilizaban el término TEIXCUITIA- NI (que-a-los-otros-una-cara-hace-tomar), para referirse a un tipo peculiar de profesionista que hoy bien podríamos llamar psicólogo o psicóloga. TEIXCUITIANI: interesantísimo término, ejemplo de “ingeniería lin- güística náhuatl” está formado de los siguientes elementos: te- (a los otros); ix-(tli) (una cara), cuitiani- (que hace tomar) y, escribe el maes- tro León-Portilla (1983, p.388), que se aplicaba a aquellos que se desem- peñaban como docentes, o aún mejor, como psicólogos pues, recuerda, ixtli- (cara) está significando aquí personalidad (Ibid). Una de las prin- cipales funciones de estos sabios era la de ‘poner un espejo frente al rostro y corazón de las personas’, es decir, descubrirlos para que, de esa manera, se descubriera cada quien a sí mismo, darles un rostro y un corazón, razón y emoción, entender su personalidad”. (Vaca, 2005).

 

La persona está siempre en actividad, en acción. La conducta que la psicología estudia es siempre la conducta de la persona. Todo comporta- miento es personal. Pero no todo comportamiento aparece como perso- nal en igual grado; y no ya sólo por aparecer más o menos diferenciado respecto al de otros individuos, no ya sólo por su carácter idiosincrásico sino por el grado en que se halla involucrada. Idiosincrasia refiere el hecho de que todo ser humano presenta en su conducta algo de único, no compartido por ningún otro humano, Gordon Allport le daba el ca- lificativo de idiográfico; descripción de lo singular.

La persona se encuentra en juego y está, por así decirlo, más com- prometida en algunas conductas que en otras: en el acto de selección de pareja o en el duelo por la muerte de algún ser querido más que en un simple reflejo condicionado, en los movimiento de defensa frente a un animal peligroso en campo abierto más que en un bostezo o en un estornudo. “Por ello (escribe Alfredo Fierro, 1996) está justificado hablar de procesos de personalidad para referirse a ciertas clases de com- portamientos que están intensamente enraizados en la persona, comporta- mientos donde se hace especialmente visible la circunstancia de que la conducta es personal, conducta de un individuo concreto, a la vez que de ese individuo en su integridad, de esa persona como un todo”.

Por ello una de las primeras aproximaciones a “personalidad” con- siste en asimilarla y hacerla idéntica a “individuo”: “personal” igual a “individual”, así lo preconizaba Gordon W. Allport (1897-1967) uno de los pioneros de la sistematización de los estudios sobre personali- dad y a quien sus colegas dieran el título de “el señor Psicología”. A su vez Kluckhohn, Murray y Schneider (en Fierro, 1996) durante 1965 suscribieron la siguiente sentencia (que Allport hubiera leído gustoso): “Todo hombre tiene algo en común con todos los demás hombres. Todo hombre tiene algo en común con algún otro hombre. Todo hombre tiene algo único, no compartido por ningún otro hombre”. En una caracte- rización acorde con esta cita a cada una de las frases que expresa, le correspondería una disciplina o rama de la psicología. La psicología general o básica se referiría a los que los comportamientos humanos tienen de común y a las leyes generales que los rigen. La psicología diferencial estudiaría lo que tienen de diferente o propio y por compa- ración con ciertas personas, pero también de semejante con otras. La psicología de la personalidad se ocuparía de lo absolutamente único y personal, de los atributos comportamentales peculiares de un indivi- duo y de la singularidad y regularidad del perfil personal que integran.

Ya dentro de esos patrones o perfiles observables de conducta, un primer conjunto especialmente visible se agrupa alrededor del hecho diferencial, del aspecto de la diversidad interindividual que se mani- fiesta en el comportamiento. Es una de las características más sobresa-

 

lientes de la conducta humana: su diversidad a través de los grupos y de los individuos; tan sobresaliente que no ha pasado inadvertida a la psicología espontánea, popular y común. Seguramente los protohumanos de las cavernas y la edad de piedra se percataron ya de ese hecho, que la psicología científica explora, describe y trata de explicar, pero no ha sido la primera en detectar. El hecho ha sido, desde luego, la materia prima principal de toda literatura. El comportamiento humano aparece sorprendentemente variado y diferenciado, sobre todo, si se compara con la gran uniformidad del comportamiento de los animales, incluso de los más cercanos en tanto nuestra evolución como especies.

Fierro (1996) afirma que dentro del comportamiento humano la di- versidad no se produce desordenadamente o al azar; se organiza en pautas, patrones o perfiles de conducta fácilmente identificables y carac- terísticos de las personas. Estos patrones de comportamiento, diversos entre sí, constituyen un fenómeno complejo, que incluye, al menos, dos elementos, ambos relevantes: a) el hecho diferencial y de diversidad y b).- la estabilidad comportamental

El primero de ellos explica que en circunstancias idénticas o muy parecidas los humanos nos conducimos de maneras diferentes. La psi- cología científica ha estudiado este hecho y ha desarrollado una dis- ciplina para ocuparse del mismo, la psicología diferencial (ya citada); que estudia las diferencias distintivas tanto personales como colectivas o grupales del comportamiento. Esto es la diversidad (lo cual NO debe entenderse como un aval o coartada ideológica para justificar desigual- dades, racismo o discriminaciones sociales).

Como se verá con mayor detalle al entrar al tema de los perfiles criminales, los primeros intentos científicos posteriores a los humores hipocráticos, la frenología o el magnetismo animal reconocen los traba- jos de Ernst Kretschmer y William. H. Sheldon, quienes pretendieron identificar biotipos humanos, a la vez físicos y psicológicos.

Según Kretschmer se era asténico, pícnico o atlético con las consi- guientes consecuencias comportamentales. Por su parte W. H. Sheldon diferenciaba los carácteres somatotónico, cerebrotónico y viscerotónico según el predominio en el desarrollo de ciertos tejidos corporales. Pos- terior a la psicología de los tipos vino la psicología de los rasgos, viva todavía hoy pese a críticas y censuras. En ella ya no se categoriza a las personas en conjuntos cerrados de pertenencia recíprocamente exclu- yentes; se las sitúa sobre dimensiones continuas donde se da el más y el menos. Pero la psicología de las diferencias no sólo estudió la diver- sidad, sino también las similitudes entre las personas. La frase arriba citada de Kluckhohn, Schneider y Murray evidencia la diversidad hu- mana que se da en el seno de la comunidad, en el campo o las ciudades. La relativa importancia de lo común y lo diverso depende mucho del

 

punto de vista que se adopte: de la universalidad o del localismo, del etnocentrismo, de la mirada. Vistos con ojos de una inteligencia de otro planeta, los humanos seguramente nos parecemos mucho los unos a los otros. Incluso desde los propios ojos terrícolas nos asemejamos entre nosotros mucho más de lo que ocurre con otras especies animales. Por tanto está del todo justificado destacar lo “invariante” del comporta- miento humano y no sólo la generalidad de sus leyes, sino también la invariación y, por tanto, el carácter común de muchos de sus patrones de conducta. Son consideraciones apropiadas para no exagerar la am- plitud de la diversidad comportamental infrahumana. Son apropiadas asimismo para comentar que una psicología de personalidad no puede ni debe reducirse a psicología de las diferencias interindividuales.

El segundo de los puntos, el de la relativa constancia o estabilidad comportamental, argumenta que dichas diferencias, al igual que las si- militudes, son de grado. Aparecen con mayor o menor fuerza según el punto de vista del observador y según la escala de análisis. Lo mismo sucede con otra nota característica del comportamiento humano que es complementaria de su carácter diferencial: la de que una misma persona en momentos y situaciones diferentes, se comporta de mane- ra relativamente semejante. Es preciso resaltar “relativamente”, o sea: hasta cierto punto. Qué es igual y qué es diferente en la conducta, en la situación, es siempre asunto de grado, de medida, de punto de enfoque y escala de análisis. El hecho es, que en alguna medida, como otra parte y complemento del hecho diferencial, se da una cierta estabilidad en la conducta de cada persona. Los investigadores suelen distinguir entre ese término, que se circunscribe a la persistencia de las conductas de la persona a través del tiempo, y el término y concepto —con distintos alcances— de consistencia, que suele utilizarse para la persistencia a tra- vés de situaciones distintas y no sólo de tiempo. Algunos autores han caracterizado a la personalidad precisamente por la estabilidad, por la consistencia personal; sin embargo los autores formados en la tradición conductista postulan la especificidad situacional de la conducta huma- na, que estaría regida no por disposiciones intrapsíquicas permanentes, denominadas rasgos, sino por las condiciones estimulantes cambiantes.

Como se escribió al, inicio del epígrafe; PERSONALIDAD no es un conceptofácil de definir y hasta las mejores definiciones resultan abs- tractas. Así pues y ya en suma, la psicología de la personalidad estudia ciertas clases de conductas y también toda la conducta bajo ciertos as- pectos, pero no toda la conducta bajo cualquier aspecto. Personalidad es entonces un campo empírico vasto y complejo, en el que pueden identificarse tanto subconjuntos determinados o clases de conductas

—autorreferidas, de autoprotección, de presentación social—, cuanto atributos que caracterizan a toda conducta: peculiaridad e idiosincra- sia individual, estabilidad, procedencia de un sujeto agente, en verdad

 

activo y no solo reactivo, idéntico a sí mismo a través del tiempo. Te- niendo por objeto toda esa extensión de realidad comportamental, la psicología de la personalidad se aplica a describirla, explicarla, a poner de manifiesto su estructura, así como sus determinantes, su dinámica, sus procesos y también su funcionamiento.

Ahora, para no dejar un sentido de frustración en los amables lecto- res despidamos el apartado con una definición de personalidad referi- da por Carver y Scheier (1997): “Organización dinámica, en el interior de la persona, de los procesos psicofísicos que crean sus pautas de con- ducta, pensamientos y sentimientos característicos”.

1.1. Personalidad criminal.

El diagnóstico de la personalidad criminal o del estado de peligrosidad de un individuo o grupo tampoco es sencillo, debido a la dificultad de predecir una conducta humana. Sin embargo gracias a la revisión de una buena parte de los estudios clásicos que se han venido realizando desde el siglo antepasado se pueden obtener una serie de rasgos o ca- racterísticas de personalidad que son más frecuentes entre individuos o colectivos de delincuentes probadamente peligrosos.

En general dos son los elementos que pueden ayudar al diagnóstico del estado peligroso:

El diagnóstico de la capacidad criminal o lo que el italiano Rafael Garófalo en 1887 nombrara temibilidad y el diagnóstico de la inadapta- ción social

a. Diagnóstico de la capacidad criminal o temibilidad. La capacidad criminal se apoya en dos conceptos: la nocividad y la ininti- midabilidad (¡vaya término complejo!).

La nocividad se refiere a lo dañino que pudo haber sido el acto y si hubo o no odio o pasión en la ejecución de los hechos de- lictivos anteriores. Estos rasgos se traducen en términos psi- cológicos por su agresividad y su indiferencia afectiva.

La inintimidabilidad. En este caso se trata de conocer, a través del hecho, si el autor no se retuvo por las repercusiones que la realización del acto pudieran tener en contra suya o si se condicionó por los sentimientos que rodeaban la acción. En el lenguaje psicológico se trata de evaluar fundamentalmente el egocentrismo y la labilidad afectiva.

b. Diagnóstico de la inadaptación social. Que consiste en el estudio de los rasgos de temperamento, las aptitudes y las necesida- des instintivas. Estos rasgos y aptitudes son susceptibles de iluminar la motivación, el nivel de satisfacción y la dirección

 

general de una conducta criminal, pero no son suficientes para explicar el paso a la acción por sí mismos.

La valoración de estos elementos, especialmente cuando se realiza por medio de una serie de pruebas psicológicas (tests de inteligencia y personalidad, sobre todo midiendo determinadas características o funciones psicológicas) y completadas con un estudio sociocultural, pueden aproximarnos al diagnóstico de la peligrosidad criminal. No obstante, a pesar de ello hay extremos que el perito no puede llegar a conocer, como lo son la evolución de la personalidad del sujeto estudia- do o las circunstancias biográficas y ambientales que van a incidir sobre su personalidad.

Como ejemplo, para el caso de mujeres agredidas por sus parejas, existen una serie de elementos que pueden elevar el riesgo para que la amenaza se lleve a cabo; entre ellos esta la existencia de una maltrato crónico anterior (físico o psíquico), la separación de la pareja (es el mo- mento de mayor riesgo), la percepción de que la mujer rehaga su vida, el inicio de una relación sentimental con otra persona... En el agresor son especialmente negativos descubrir la ausencia de un sentimiento negativo en relación a lo que dicen que van a hacer por medio de las amenazas, las manifestaciones de indiferencia ante la posibilidad de ir a la cárcel en caso de llevarlas a cabo o la referencia, directa o indirecta, al suicidio tras cumplir con las amenazas.

Para lo anterior el estudio psicocriminológico es básico y tiene fuer- te trascendencia para la individualización penal.

Jurídicamente el estudio de la personalidad de un individuo pri- vado legítimamente de su libertad es de naturaleza administrativa y un dictamen emitido por un técnico/experto, mediante el cual se esta- blecen las peculiaridades personales del delincuente y los motivos de ejecución de un hecho ilícito, para determinar el grado de peligrosidad, constituyendo un elemento auxiliar al juzgador, que utilizará al mo- mento de individualizar la pena en la sentencia.

Criminológicamente es de interés particular el término peligrosidad, por ser elemento esencial del estudio de la personalidad, mismo que ha dado lugar a grandes discusiones, al considerarse como fundamento de la reacción penal, así Eugenio Cuello Calón (en Polanco, 2003), lo considera de la siguiente manera, “... éste concepto no constituye una novedad es más que centenario,1...suele considerarse como la posibili- dad o la probabilidad existente en una persona de cometer un delito. Se distingue una peligrosidad anterior al delito o peligrosidad social (va- gos, mendigos, prostitutas, rufianes, anormales peligrosos, etc.), y la pos-


1 Refiriéndose al concepto del alemán, Anselm Von Feyerbach, en 1799, dijo que por pe- ligrosidad, no se entiende otra cosa que aquélla cualidad de una persona que constituye un motivo de probabilidad de que ella violará el derecho. (Polanco, 2003).

 

terior al delito o peligrosidad criminal que consiste en haber cometido o intentado cometer un delito.”2

En el estudio de la personalidad que, “La peligrosidad está inte- grada por una serie de datos suministrados al juzgador en el proceso formado para investigar un delito y deducir la responsabilidad de su autor”.3

Para determinar si el procesado es peligroso, se requiere realizar el estudio de su personalidad, puesto que, “... para la aplicación de san- ciones, debía el juzgador tomar conocimiento directo del imputado, en ejercicio del principio procesal de inmediación —la que así posee un múltiple valor: criminalístico, jurídico, psicológico y criminológico— y ordenar la práctica de los estudios conducentes al conocimiento de su personalidad y a la emisión de una sentencia que se apoye en datos objetivos (comprobación del delito y de la participación) y subjetivos (diagnóstico y pronóstico de peligrosidad-readaptación).”4

El concepto de peligrosidad no se reglamenta en nuestra legislación, sin embargo, se empleó en el Código Penal para el Distrito Federal, de 1931, el término de temibilidad, contemplado en su artículo 52, en su inciso tercero, que establecía, “las condiciones especiales en que se encontraba en el momento de la comisión del delito y los demás ante- cedentes y condiciones personales que puedan comprobarse, así como sus vínculos de parentesco, de amistad, o nacidos de otras relaciones sociales, la calidad de las personas ofendidas y las circunstancias de tiempo, lugar, modo y ocasión que demuestren su mayor o menor te- mibilidad.”

Sesenta años después se abandona el criterio de temibilidad, al ha- berse regulado de la siguiente manera, “El juez fijará las penas y me- didas de seguridad que estime justas y procedentes dentro de los lí- mites señalados para cada delito, con base en la gravedad del ilícito y el grado de culpabilidad del agente...”Por consiguiente se incluye la culpabilidad del delincuente, la que se entiende como el conjunto de presupuestos o caracteres que debe tener una conducta para que le sea reprochada jurídicamente a su autor, también se considera como el ele- mento subjetivo del delito, que comprende el juicio de reproche por la ejecución de un hecho contrario a lo ordenado por la ley y el concepto de temibilidad se refiere a la circunstancias personales del delincuen- te, lo que lo hace socialmente peligroso por su malignidad, esto es, la perversidad constante y activa que se puede esperar de parte del mis-


2 Derecho Penal, Tomo I, Bosch, casa editorial, Barcelona, 1980, p.431 (Citados también por Polanco, 2003)

3 Carlos Pérez Luis, Tratado de Derecho Penal, Tomo II, Ed. Temis, Bogotá 1977, p. 553

4 García Ramírez, Sergio, Cuestiones Criminológicas y Penales contemporáneas, Ed. INACIPE, México, 1981, p.165 (ambos autores son citados igualmente en Polanco, 2003)

 

mo autor del delito, que trae como consecuencia la realización de actos criminales.

El fundamento para realizar el estudio de la personalidad del autor del delito, desprende a partir de que se haya dictado el auto de formal prisión o el auto de sujeción a proceso, toda vez que estas resoluciones son las que señalan el inicio de la instrucción lo que reglamente que el juzgador de la causa tome en cuenta las circunstancia peculiares del in- culpado, obteniendo elementos probatorios para conocer su edad, edu- cación e ilustración; sus costumbres y conductas anteriores; los motivos que lo impulsaron a delinquir, sus condiciones económicas y las espe- ciales en que se encontraban en el momento de que cometió el delito, su pertenencia —o no— a un grupo étnico, en su caso, y sus costumbres en dicho grupo; sus demás antecedentes penales que se puedan acreditar; también son de esencia conocer el parentesco, sus amistades, la calidad de la víctima y las circunstancias de tiempo, lugar, modo y ocasión; todo ello con la finalidad de demostrar la gravedad del delito y el grado de culpabilidad de su autor.

También se regula que las facultades anteriores, sean utilizadas en las actuaciones del Ministerio Público Federal, durante la averiguación previa y en la instrucción, tanto para ejercitar la acción penal como para formular conclusiones y aunque no se regula expresamente algún de- recho a la defensa respecto al estudio de la personalidad, y vista la re- levancia que adquiere dentro del proceso, la defensa puede objetar el dictamen que se rinde al respecto o en su caso podrá solicitar la ratifica- ción de los que intervinieron en su elaboración, porque de acuerdo a las reglas de la prueba pericial (Artículo 164 del Código de Procedimien- tos Penales para el Distrito Federal, 2009), cada parte tendrá derecho a nombrar hasta dos peritos, por lo que usando el derecho de contradic- ción, la defensa puede ofrecer la prueba pericial en la misma materia, como contraprueba, porque la prueba pericial tiene la característica de ser colegiada, en este supuesto el juez habrá de fundar y motivar a cual de los dictámenes le confiere prevalencia probatoria.

El inculpado puede también ser interrogado respecto a: Integración familiar, sus diversiones, hábitos, percepciones económicas, su adic- ción a las bebidas embriagantes o a las drogas, antecedentes penales, su religión, actividades laborales etc., con lo que el juzgador deberá tener mayor conocimiento de su personalidad.

Para que se elabore el dictamen correspondiente por el criminólo- go clínico, se trabaja conjuntamente con otros peritos: Psicólogos, Pe- dagogos, Sociólogos, Médicos u otros que se requieran, en el que se deberá describir, clasificar, y explicar al delincuente, como también su conducta, además en este diagnóstico que se le realiza al criminal, es necesario puntualizar la existencia de egocentrismo, labilidad afecti-

 

va, agresividad, indiferencia afectiva, inintimidabilidad, inadaptación, adaptación, suspicacia, desarrollo psicológico, deficiencia intelectual, psicosis, neurosis, actividad laboral, vagancia, mendicidad, diversión, entre otros conceptos de la criminología clínica.

En el dictamen criminológico respecto a la personalidad del delin- cuente, se contendrá el diagnóstico, el pronóstico, y en su caso el trata- miento que requiera el sujeto. En lo relativo al criminodiagnóstico que establece el cuerpo de peritos ya citado, se determinará la capacidad criminal, su adaptabilidad social y su estado peligroso, para poder rea- lizar correctamente un pronóstico y en su caso sugerir un adecuado tratamiento, en dicho estudio se determinará la peligrosidad del sujeto, atendiendo los criterios siguientes:

a. Baja, tomándose en consideración que: es primodelincuente, tiene baja capacidad criminal y alta adaptabilidad social; in- fluyó su ignorancia, tiene deseos de superación, tiene garan- tías mínimas de reincorporación, tiene trabajo estable antes del delito, etc.

b. Media, se determinará cuando: es primodelincuente o reinci- dente, lesiona a la sociedad, exista necesidad económica, ca- rezca de interés de superación, tenga familia desintegrada, su trabajo sea inestable antes de cometer el delito y

c. Alta, se concluye por: ser multireincidente o habitual, tener alta capacidad criminal, ser de baja capacidad de adaptabi- lidad social, tener alta capacidad de planeación delictiva, no tiene deseos de superación laboral o académica, existir recha- zo del grupo familiar.

En el estudio del delincuente descrito, al realizarse en base a la cri- minología clínica se sigue el paradigma etiológico, por cuanto que se elabora con causas, factores, estímulos, condiciones, circunstancias, modalidades, etc., o sea que se busca todo aquello que haya podido ge- nerar el nacimiento o desencadenamiento del hecho punible, sea bioló- gico, antropológico, físico, fisiológico, sociológico o de cualquier orden.

Para el juzgador, resulta necesario que forme pieza de autos el es- tudio criminológico de la personalidad del procesado; aunque se ad- vierte que existe jurisprudencia definida, en la que se dice, que en los dictámenes de la personalidad del indiciado, no es indispensable su existencia para dictar sentencia definitiva, porque son meras opiniones de técnicos, en alguna especialidad, orientadores del arbitrio judicial que no constituyen imperativos para el órgano jurisdiccional, además que no es un impedimento para que se pueda apreciar la personalidad del enjuiciado; lo asentado por nuestro máximo Tribunal Federal re- sulta no del todo aceptable, sin pretender rebatir este criterio, decimos que el juez no es un perito en criminología o en psicología; por con-

 

siguiente resulta indispensable el apoyo de los peritos especializados para determinar la personalidad del procesado; lo que no es imperativo es concederle valor probatorio pleno al dictamen que obra en autos, es decir, los jueces apreciarán o calificarán los dictámenes periciales a su prudente arbitrio, por lo que le podrán conceder valor o negarle valor, al momento de dictar la sentencia definitiva.

El estado peligroso puede definirse entonces como: “aquel com- portamiento del que, con gran probabilidad, puede derivarse un daño contra un bien jurídicamente protegido”. Entonces, la peligrosidad cri- minal consiste en un juicio de probabilidad de que un sujeto llegue a ser autor de un delito y generalmente parte de la base de que ya ha cometido algún hecho delictivo o se ha mostrado dentro de su entorno con diversas manifestaciones antisociales —aunque no necesariamente ilícitas o delictivas—. Para Landecho (citado por Chargoy, 1994) hay dos tipos de estado peligroso (peligrosidad): a) La peligrosidad criminal referida a la posibilidad de que el individuo cometa un delito o conti- núe con una vida criminal después de haber cometido un delito y b) La peligrosidad social que se refiere a la probabilidad que tiene una persona de llegar a convertirse en un ser parasitario o en un ser marginado y molesto para la sociedad; lo que detecta a un apersona parasocial o asocial.

1.2. Estudios en México.

Sumado a lo anterior y en el esquema de una aproximación en la meto- dológica psicojurídica, varios autores destacan en el intento por definir los conceptos que dan titulo al primer apartado de éste capítulo “La personalidad criminal”. Apartándonos, por ahora, de los clásicos (Ferri, Garófalo, Ingenieros, Vervaeck, Durkheim o Drapkin —entre otros—) y retomando posturas desde las seis últimas décadas, tenemos en orden cronológico los estudios e investigaciones de: Etienne de Greef (Bélgica, 1950); Sheldon y el matrimonio Glueck (EUA, 1950-1970); Jean Pina- tel (Francia, 1960-1974); Carlos María Landecho (España, 1967-1974) y para el caso de nuestro país al presidente de la Sociedad Mexicana de Psicología Criminal, J. Eric Chargoy (INACIPE) quien desde 1992 ha es- tructurado varias propuestas interesantes que progresivamente deben agregarse a las ya citadas para formular conjuntamente la denominada Teoría de la Personalidad Criminal. Teoría que presenta siete rasgos, disposiciones conductuales o indicadores principales, algunos de ellos igualmente representativos del Trastorno de Personalidad Antisocial (TPA) o Trastorno Disocial de la Personalidad (TDP) que se verán en el apartado siguiente.

1. Egocentrismo. Definido como la disposición conductual-acti- tudinal que permite a un individuo valorar, desde una posi-

 

ción personal muy particular, los sucesos y/o acontecimientos que se desarrollan a su alrededor; sin permitir que los miem- bros de la sociedad modifiquen su esquema de valores, al no considerar ni temer el enjuiciamiento de la misma.

2. Agresividad. Entendida como la disposición conductual que posee una persona para causar daño moral o físico a otra per- sona, grupo de personas, animales o cosas.

3. Indiferencia Afectiva. Descrita como la disposición conductual- actitudinal que permite a una persona no presentar ningún tipo de repercusión afectiva ante el sufrimiento, dolor o daño sufrido por los miembros de la sociedad como consecuencia de su conducta.

4. Tendencias Antisociales. Concebida como la disposición con- ductual-actitudinal que permite a una persona mantener una postura con la cual se manifiesta constantemente en contra de la sociedad.

5. Adaptabilidad Social. Conceptualizada como la disposición conductual-actitudinal que permite a una persona adecuar su comportamiento conforme a algunos de los requerimientos impuestos por la sociedad y con ello permanecer, de manera aparente, dentro de los límites tolerados por la ley y el grupo social. Hágase hincapié en que la adaptabilidad social puede, a su vez, presentar dos vertientes; una que permite disfrazar el potencial criminal, lo que permite pasar desapercibido por una buena y aparente adecuación social y otra que propicia la detección del potencial criminal al incrementar las manifesta- ciones que disminuyen la adecuación social.

6. Labilidad o Fragilidad Afectiva. Definida como la disposición conductual-actitudinal que impide que un sujeto vislumbre objetivamente los alcances y consecuencias de su conducta y se comporte de manera acorde a las necesidades afectivas que requiere satisfacer sin temer al castigo que se le pueda impo- ner por su conducta.

7. Identificación Criminal. Expuesta como la disposición conduc- tual-actitudinal que permite a un sujeto sentirse atraído y/o dispuesto a informarse o imitar los aspectos relacionados con actos o con modelos criminales o antisociales.

No olvidar los trabajos de los colegas del Centro de Psicología Fo- rense para Menores (CIPFOM), los textos de Alfredo Velazco en Ciu- dad Juárez o las propuestas metodológicas de la Dra. Luz Anyela Mo- rales Quintero (BUAP). El mismo Alfredo Mancilla de la FES-Zaragoza (UNAM), el detacado Dr. Eric García-López, Eric Gómez-Tagle, Manuel

 

Galván Castañeda (IMEPSIJ) y muchos otros jóvenes investigadores la- tinoamericanos quienes han imprimido nuevos aires para el desarrollo de la Psicología Jurídica, Criminológica y otras ciencias interesadas en la explicación de conductas diversa y divergentes

1.2.1. Causas crimino-resistentes.

Como se ilustró brevemente en la entrada, desde el comienzo de la in- vestigación acerca de la génesis del comportamiento delictivo, éste ha sido objeto de un debate intenso. Variados modelos y teorías han inten- tado explicar el fenómeno desde disciplinas tan diversas como la gené- tica, la economía, psicología, antropología, neurología, bioquímica y la fisiología. En un principio, cada disciplina intentaba formular teorías que explicaran el fenómeno delictivo en su totalidad. Hoy, sin embar- go, los diversos enfoques criminológicos tienden hacia la integración interdisciplinaria de las explicaciones sobre las variables que causan la delincuencia.

Actualmente se estima que el crimen es un fenómeno complejo y multicausal en cuyo origen participan múltiples variables (comunita- rias, socioeconómicas, familiares e individuales. También es importan- te recalcar que para entender cómo se genera el fenómeno delictivo se requiere comprender variados factores de riesgo: a) aquellos ligados al desarrollo del comportamiento delictivo, b) aquellos ligados al com- portamiento de la víctima —vulnerabilidad—, c) aquellos relacionados a la situación en la que ocurre el delito —iluminación, sitios solitarios— o d) aquellos relacionados con la relación social —desorganización co- munitaria, por ejemplo— y cuatro principales conductas de riesgo (abuso de drogas, sexualidad precoz o insegura, comportamiento violento y deserción escolar). Cuando se suman factores de riesgo a las conductas de riesgo lo más probable es que el resultado sea un comportamiento delic- tivo. Pero por qué muchas personas que viven en entornos con altos fac- tores de riesgo y presentan también conductas de riesgo nunca presen- tan un comportamiento delictivo o antijurídico. Visto de otra manera, sabemos que la criminalidad es un fenómeno multifactorial, sabemos que hay personas que cometen delitos y si todo individuo cuenta con el potencial necesario para violar las leyes y la sociedad ofrece numerosas oportunidades para hacerlo: ¿Por qué hay gente que no delinque, que le detiene, por qué obedecen las leyes? Buenas preguntas. Tratemos de darles solución.

Todas las personas tienen —o tenemos— ciertos mecanismos o fun- ciones preventivas que inhiben o impiden la presencia de un estímulo criminógeno. Dichos mecanismos actúan como inhibidores o reduc- tores conductuales que además permiten a la gente continuar dentro del ámbito de la legalidad, van de acuerdo a las exigencias socialmente

 

aceptadas o dentro de los límites tolerados por la ley, a ello le deno- minaremos Causas Crimino-Resistentes y pueden presentarse de dos maneras.

1.- Intimidabilidad (lo contrario a inintimidabilidad ¡uf!). Es el aspec- to psicológico inmediato o anterior a la comisión de la conducta anti- jurídica, y se da por temor a las consecuencias sociales, personales o familiares y a la imposibilidad de tomar una decisión que permita rea- lizar una conducta antisocial. Ejemplifiquemos: El alumno que puede sustraer el teléfono celular de la mochila de su compañero de clase pero no lo hace: a) por que no le interesa, b) porque desde su hogar ha in- troyectado perfectamente bien el respeto a los bienes ajenos, c) porque teme que —de ser descubierto— lo corran de la escuela y ello puede originar una decepción familiar muy fuerte o crear dolor y decepción a las personas que lo quieren. Es decir, el sujeto se intimida al tener pensamientos que le llevan a las posibles consecuencias de sus actos.

2.- Falta de nocividad criminal. Es el aspecto físico que se presenta mucho tiempo antes de la comisión de una conducta antisocial, es la ca- rencia de habilidades, cualidades o medios que permitan efectuar una conducta antisocial. Ejemplos: Una persona puede desear asaltar un banco, pero no tiene ni los conocimientos técnicos, ni las herramientas, ni la experiencia o presenta algún impedimento físico que aún con lo anterior le impide perpetrar el delito.

Para T. Hirschi (citado en García-Pablos de Molina, 2003) la cuestión se puede explicar a través de su teoría denominada “Social bond theory” (Teoría del arraigo social), ésta explica que aquellas personas que care- cen del necesario arraigo social o de interés y sensibilidad hacia los de- más, carece también del indispensable control disuasorio, encontrando libre el camino del crimen, independientemente del estrato social al que se pertenezca o el nivel académico que se tenga. El mismo autor escribe que son cuatro los factores que deciden la vinculación o arraigo de un individuo a la sociedad:

1.- Apego y consideración hacia las personas. El apego a los padres es un vínculo primario que asegura el arraigo social indispensable de todo individuo; si en mismo, difícilmente interiorizará éste sentimiento de respeto hacia los otros y hacia la propia autoridad. Sin un sentimiento de afecto por las personas, el individuo pierde la capacidad de relacio- narse coherentemente con el mundo y de desarrollar una conciencia social (por ejemplo los psicópatas).

2.- Identificación y compromiso con los valores convencionales. El tiem- po, costos y esfuerzo empleados en líneas de acción convencionales (Ahorro, educación, preparación escolar o académica…) son decisivos porque cuanto más se comprometa el individuo con los valores conven- cionales (propiedad, reputación, prestigio social, etc.) tanto más difícil

 

será que delinca, siquiera por miedo a poner en peligro su estatus, si- tuación adquiridos.

3.- Participación en actividades sociales. Una intensa participación en actividades convencionales (familia, diversión, deportes…) le aísla de una eventual tentación delictiva, mientras la desocupación y el ocio po- tencian ésta.

4.- Creencias. En aquellos individuos que carecen de creencias y có- digos morales la probabilidad de delinquir será más acusada. El des- arraigo, la insolidaridad y el vacío moral, impiden desarrollar valores como la admiración a códigos legales y el respeto a los derechos de los demás, frenos importantes de la conducta desviada.

Para otro autor W. Reckless (también citado por García-Pablos de Molina, 2003) existen simplemente dos factores o mecanismos de con- tención internos y externos:

a).- Internos: Residen, en definitiva, en la solidez de la personalidad individual; así, un buen autoconcepto, un fuerte “ego”, alto grado de tolerancia a la frustración, metas o proyectos claros y definidos. “El concepto favorable de símismo , escribe Reckless, procura firmeza fren- te a la presión de lo repugnante, frente a la atracción de las subculturas criminales; así como en los impulsos causados por el descontento y las experiencias frustrantes.

b).- E/ternos: Proceden de la coacción normativa que ejercen la so- ciedad y los diversos grupos sociales para controlar a sus miembros. De este modo se promueven el sentimiento de pertenencia a la comuni- dad y otros factores fundamentales, como consistente código moral; el refuerzo de valores normas y objetivos convencionales; la supervisión efectiva y disciplina y unos roles sociales plenos de sentido.

Reckless llega a la conclusión de que el aislamiento del crimen es un proceso continuo que refleja la internalización de los valores no crimi- nales y la conformidad hacia las expectativas de terceras personas muy significativas.

En estudios citados por Hein, Blanco y Mertz (2000) se ha observado que (en Chile) entre la mitad y dos tercios de los niños viven en hogares que presentan algún factor de riesgo (abuso, criminalidad familiar, al- coholismo de los padres, carencias económicas, entre otros) pese a ello no se presentan conductas de riesgo ni estas derivan en comportamien- tos criminales. Lo que demuestra que muchas personas que conviven con una gran cantidad de factores de riesgo, son capaces de sobrelle- varlos o anularlos y logran un desarrollo adaptativo y adecuado. Este fenómeno es atribuido a lo que los psicólogos denominan Resiliencia, definida como: “la capacidad humana para hacer frente a las adversi- dades de la vida, superarlas y salir de ello fortalecido o incluso trans-

 

formado” (Argüello, 1999 citado por Hein, Blanco y Mertz, 2000). Por ejemplo, un niño que logra permanecer en la escuela pese a no contar con apoyo familiar o vivir en un hogar donde existe maltrato o abuso de drogas puede entenderse como un niño o niña resiliente.

Las cualidades que presentan las personas resilientes se clasifican en dos tipos de cualidades (internas y del contexto):

1.- Internas, que incluyen:

a.- Habilidad Social. Provocar respuestas positivas en los demás, em- patía, habilidades de comunicación y sentido del humor.

b.- Habilidades para la solución de problemas. Ser capaz de planificar, pensamiento crítico, creativo y reflexivo, sabedores y conocedores de personas a quienes pueden acudir para solicitar ayuda en caso de tener problemas.

c.- Conciencia crítica. Reflexión (darse cuenta) de la estructura de las carencias en que se vive. Ejemplo: tener conciencia de que se tiene un padre alcohólico, una madre abusiva, una escuela deficiente, una co- munidad racista) además de crear sus propias estrategias para superar dichos escollos.

d.- Autonomía. Poseer noción de la propia identidad, autocontrol y autoeficacia (hace alusión a la percepción de que uno mismo es eficaz en el manejo de su medio ambiente y de solucionar los problemas que se le presentan), habilidad para actuar de manera independiente, ca- pacidad de resistir mensajes negativos de uno mismo y ser capaz de alejarse por sí mismo de los problemas (rechazar un ofrecimiento para a consumir drogas, por ejemplo) y

e.- Sentido de propósito. Tener aspiraciones deportivas, educativas, esperanza, persistencia, motivación de logro, optimismo y la capaci- dad para dirigir su propio comportamiento hacia el cumplimiento de dichas metas.

2.- Del contexto, las que a su vez incluyen:

a.- Relaciones sociales preocupadas. La presencia de otros que se preocupan por ellos. Por ejemplo la abuela o la tía que se hacen cargo de un niño desprotegido o a quien no pueden cuidar sus padres. Tener amigos cercanos y confidentes.

b.- Altas e/pectativas. Es particularmente que los adultos o institucio- nes cercanas tengan altas expectativas acerca de lo que un menor o un joven pueden lograr, lo que estimula el esfuerzo de la persona.

c.- Oportunidades de participación significativa. La oportunidad de participar en aquellos asuntos que les atañen, así como ser objeto de respeto y preocupación. El privar a las personas de oportunidades de

 

participación en actividades significativas puede convertirse en una circunstancia de riesgo.

Son estas personas resilientes a quienes podemos dedicar fielmente la famosa frase del poeta mexicano y precursor de la corriente Moder- nista Salvador Díaz Mirón, en su poema “A Gloria”: “Hay aves que cru- zan el pantano y no se manchan…” y quienes responden a las pregun- tas hechas en el segundo párrafo de la presente sección.

Al respecto, existen un concepto y un libro denominado: “El Efecto Lucifer” acuñado no hace mucho por el famoso psicólogo social Philip Zimbardo. Contextualizando: Durante 1971 en un experimento cono- cido como; “La Prisión de Stanford” el Dr. Zimbardo y sus estudiantes de la Universidad de Stanford, Craig Haney y Curt Banks, crearon un ambiente carcelario muy realista, una “mala canasta” en la que coloca- ron a 24 individuos voluntarios seleccionados entre estudiantes uni- versitarios para un experimento de dos semanas. Los eligieron de entre 75 estudiantes universitarios voluntarios que pasaron una batería de pruebas psicológicas. Tirando una moneda al aire, se decidía quién iba a hacer el papel de preso y quién el de guardia o custodio. Natural- mente, los prisioneros vivían allí día y noche, y los guardas hacían un turno de 8 horas. Al principio, no pasó nada, pero la segunda mañana los prisioneros se rebelaron, los guardas frenaron la rebelión y después crearon medidas contra los “prisioneros peligrosos”. Desde ese mo- mento, el abuso, la agresión, e incluso el placer sádico en humillar a los prisioneros se convirtió en una norma. A las 36 horas, un prisionero tuvo un colapso emocional y tuvo que ser liberado y volvió a ocurrir a otros prisioneros en los siguientes cuatro días.

Chicos buenos y normales se habían corrompido por el poder de su papel y por el soporte institucional para desempeñarlo que les diferen- ciaba de los simples y humildes prisioneros. El estudio, originalmente planeado para dos semanas, tuvo que parar a los seis días porque cada vez estaba más fuera de control.

En junio de 2007 P. Zimbardo presenta un libro oficial sobre el “E/- perimento Standford”, que se llama “El efecto Lucifer: entendiéndo cómo la gente buena se hace mala” («The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil» (Random House), sus conclusiones son inquie- tantes, pero más inquietante aún es que Zimbardo a sus 73 años haya tardado justo la mitad de su vida (36 años) en llevar la experiencia a un texto de carácter divulgativo, pareciera como si el propio Zimbardo no tuviera la conciencia tranquila y no es de extrañar porque él mis- mo ha declarado que le llegó a tomar gusto por ser director de aquella cárcel experimental. Aunque no es fácil conseguirlo, el libro ya ha sido traducido al castellano, sin embargo se puede adquirir en librerías por

 

Internet principalmente de editoriales españolas. Pero, como decían las abuelitas: “Esa es harina de otro costal”.

1.2.2. Causas crimino-impelentes.

De vuelta a la personalidad criminal entiéndase impelente como sinó- nimo de dar impulso, incitar o estimular. Y una vez desarrollados los apartados 1.2 y 1.2.1 podemos entender que es altamente probable que una persona desarrolle una personalidad criminal si no cuenta con: res- iliencia y sus derivados factores de protección (individuales, familiares o comunitarios), tolerancia a la frustración, buen autoconcepto, códigos morales positivos, participación en actividades sociales, identificación con los valores convencionales, intimidabilidad (es decir, capacidad de sentirse intimidado), falta de nocividad criminal y tampoco muestra apego hacia las personas (padres, hermanos, amigos, vecinos). Lo que lleva a la existencia de lo que los expertos denominan Causas Crimino- Impelentes. Las que a su vez se conforman por:

1.- Inintimidabilidad. Es la falta de temor o miedo ante el reproche (moral o físico) y las consecuencias que se presentan con la conducta (castigo, sentencia, medidas de reclusión, pena de muerte…). Para de- terminar dicho indicador se toman como base los siguientes aspectos, todos ellos ya definidos en el apartado 1.2: Egocentrismo, indiferencia afectiva, adaptabilidad social y fragilidad o labilidad afectiva.

2.- Nocividad criminal. El aspecto negativo de la falta de nocividad. Es cuando el individuo se encuentra en posesión de facultades o cuali- dades psíquicas, físicas o ambientales para poder comportarse en con- tra de la sociedad y poder también relacionarse con sujetos criminales. A la variable la integran: Identificación criminal, tendencias antisocia- les y agresividad.

Una vez que se presentan todos los indicadores de nocividad crimi- nal más los de inintimidabilidad, sube el nivel de estímulos criminó- genos o lo que Eric Chargoy denomina el umbral delincuencial, es decir, “una vez que dicho umbral se encuentra sobrepasado o saturado; se podrá dar el llamado paso al acto “situación que propicia y/o permite que una persona tome la decisión de realizar una conducta delictiva”, (Chargoy, 1994).

Toda persona, es bien sabido, puede en algún momento de su vida presentar cierto nivel de peligrosidad (estado peligroso), que para Chargoy (1994) es el estado previo a la comisión de un comportamiento antisocial y muchas veces antijurídico. El estado peligroso es entonces toda situación que permite o propicia que una persona se encuentre en posibilidad de tomar la decisión de efectuar una conducta antisocial y antijurídica (paso al acto).

 

1.3. Trastorno de personalidad antisocial (TPA).

Desde un punto de vista más psicocriminoide existe un trastorno de personalidad reconocido tanto por el Manual Diagnóstico y Estadísti- co de los Trastornos Mentales (DSM-IV; Pichot; López-Ibor y Valdéz, 1995) conocido como trastorno de la personalidad antisocial, abreviado TPA y en el documento de la Clasificación Internacional de las Enfer- medades en su décima revisión (CIE-10, Organización Mundial de la Salud, 1993) a diferencia del DSM-IV, resalta la ausencia de síntomas de trastorno comportamental en la infancia y el TPA recibe la denomi- nación de trastorno disocial de la personalidad TDP.

La existencia de trabajos relacionados con el trastorno es limitado a nivel local y nacional, por esta razón se ve la necesidad de explorar el co- nocimiento internacional sobre el mismo, con el fin de permitir ampliar y sentar bases importantes que generen investigaciones regionales.

Desde que el TPA fue introducido como un término oficial de diag- nosis, ha sido estudiado por diversos campos y diversos puntos de vis- ta, sin embargo, a pesar del interés que ha venido cobrando a través del tiempo dicha entidad clínica, aún no se evidencia una uniformidad en cuanto a su denominación, sus criterios diagnósticos y los factores psicológicos específicos que influyen en su etiología y curso; aunque se ha comprobado la existencia de factores de riesgo genéticos y en general biológicos, así como psicológicos y sociales que influyen en su aparición y mantenimiento, lo que deja ver que la posición explicativa actual más importante es la de la multicausalidad y la interacción entre los diversos factores de riesgo.

Esos principales factores psicológicos asociados a dicho trastorno son: 1) ausencia de empatía, 2) ausencia de miedo, 3) ausencia de re- mordimiento, 4) autoestima distorsionada, 5) búsqueda de sensaciones,

6) deshumanización de la víctima 7) distorsión de consecuencias 8) ego- centrismo, 9) evitación de responsabilidad, 10) extroversión, 11) hedo- nismo, 12) impulsividad, 13) inteligencia, 14) locus de control externo,

15) manipulación ajena, 16) motivación de autojustificación, 17) moti- vación por experimentar sensación de control/poder y 18) motivación por experimentar vitalidad.

Para Theodore Millon (1998) las personalidades antisociales son ex- trovertidas e inestables emocionalmente y se caracterizan por la hostili- dad, la rebeldía social y la ausencia de conductas emocionales de miedo ante el castigo y las situaciones arriesgadas, así como por los compor- tamientos impulsivos, la baja tolerancia a la frustración y la dificultad para la demora del reforzamiento (Millon, 1998).

Según el DSM-IV (1995) el diagnóstico del TPA está centrado en comportamientos observables como:

 

A. El individuo manifiesta un patrón general de desprecio y vio- lación de los derechos de los demás que se presenta desde la edad de quince años, como lo indican tres (o más) de los siguientes indicadores:

1. Fracaso para adaptarse a las normas sociales

2. Deshonestidad

3. Impulsividad

4. Irritabilidad y agresividad

5. Despreocupación

6. Irresponsabilidad persistente

7. Falta de remordimientos

B. El sujeto tiene al menos dieciocho años.

C. Existen pruebas de un trastorno disocial que comienza antes de los quince años.

D. El comportamiento antisocial no aparece en el transcurso de una esquizofrenia o un episodio maníaco (Lykken, 2000).

Complementario a la anterior descripción se encuentran otros crite- rios diagnósticos para la evaluación de la psicopatía más enfocados en características interpersonales y afectivas que en conductas desviadas, como son los desarrollados por Cleckley en 1982 y posteriormente Ro- bert Hare en 1991, quien identificó una constelación de diversas carac- terísticas presentes en las personalidades psicopáticas, que incluyen: locuacidad y encanto superficial, autovaloración exageradamente alta y arrogancia, ausencia total de remordimiento, ausencia de empatía en las relaciones interpersonales, manipulación ajena y con recurso fre- cuente al engaño, problemas de conducta en la infancia, conducta anti- social en la vida adulta, impulsividad, ausencia de control e irresponsa- bilidad. Por último, deberá tenerse cuidado al usar las denominaciones de TPA y psicopatía que no son sinónimos, así como tampoco lo son los términos de conducta criminal, conducta antisocial y trastorno antiso- cial de la personalidad, ni el de conducta criminal y psicopatía.

A continuación se exponen los factores psicológicos que se halla- ron asociados al TPA y a la psicopatía y que han probado ser de gran utilidad en la identificación de individuos con este desorden de perso- nalidad y se relacionarán algunos de estos factores con diversos delin- cuentes sistemáticos con el fin de ilustrar un tipo de trastorno de per- sonalidad y enlazar lo que dice la teoría con lo que se puede observar en un caso específico. Además las categorías deberán estar presentes al revisar el caso del criminal serial que aquí se aborda.

1.3.1. Ausencia de empatía.

El Dr. Robert Hare (1990, citado en McCord, 2000) asocian la psicopatía con deficiencias en la habilidad de poder comprender el estado emocio-

 

nal de otras personas, fallando entonces en la actitud de comprensión y aceptación del otro.

En un experimento realizado por Blair (1995, citado por Blair, Mu- rray y Mitchel, 2001) se estudió la relación entre la psicopatía y la pre- sencia de empatía del cual se concluyó que los psicópatas son empáti- cos ante unas expresiones (rabia y en general expresiones que denotan ira, ante las cuales son especialmente sensibles porque las interpretan como amenazas y tiene un sistema altamente defensivo) pero no para otras, lo que quiere decir que poseen una insensibilidad selectiva.

En la película de Stanley Kubrick de 1971 “A clockwork orange” (Na- ranja mecánica) estelarizada por Malcom McDowell como “Alex”; se aprecia una escena donde el personaje confinado ya en la cárcel, pasa parte de sus días en la biblioteca leyendo la Biblia —lo que le hace ganar la simpatía del sacerdote del penal—. “Alex” recrea en su mente pasajes del libro; por ejemplo en las siete caídas cuando Cristo carga su cruz (vía crucis) se extasía visualizándose como el centurión romano que apremia a Cristo para que apure la marcha hacía su cusifixión, sin embargo en los inicios del filme es insensible al dolor de sus víctimas e incluso al de sus propios “amigos”. Esto puede ser un buen ejemplo (fílmico) de lo que Blair, Murriay y Mitchel describen como “empatía selectiva”.

En el caso real del colombiano Luis Alfredo Garavito, a quien se le atribuyen cerca de 150 muertes, se puede evidenciar lo anterior te- niendo en cuenta que éste en el momento de violar y torturar a sus víctimas, no sentía ninguna clase de compasión por el sufrimiento que experimentaban los niños, sino que por el contrario se jactaba de cada situación (Aranguren, 2002; Vivas Botero, 2005).

Por cierto y a pesar de la constatación de las 150 muertes —hay quien afirma que en realidad fueron 192 niños—, en 2010 Garavito Cu- billas está a punto de salir de su confinamiento en Colombia (ese es el problema de que la dama Justicia tenga los ojos vendados).

1.3.2. Ausencia de miedo.

Lykken (1982, anotado por Sue, 1996) sostiene que debido a una pre- disposición genética las personas varían en su nivel de intrepidez y an- siedad. Es simple, las personas que tienen niveles altos de temor evitan los riesgos, el estrés y la estimulación intensa; las que son relativamente intrépidas buscan emociones y aventuras. Y en muchos casos aunque son conscientes de que sus conductas pueden ser castigadas, los indivi- duos con este tipo de personalidad pueden repetirlas y con frecuencia muestran poca angustia y ansiedad.

El aspecto más importante es que este rasgo ya es evidente en la infancia, es bastante estable en el tiempo (aunque no tanto como los

 

rasgos intelectuales, como es lógico), y que dicha estabilidad está sus- tancialmente relacionada con la variabilidad genética. Por tanto, dado que los niños con bajo miedo presentan una alta probabilidad de convertirse en delincuentes, la población criminal incluye más individuos con poco miedo que individuos miedosos, en comparación con la población no delincuente.

Sobre la exposición de este rasgo se puede concluir que los hallaz- gos de diversos autores son consistentes y convergentes, que la ausen- cia de miedo es un rasgo constante en la personalidad de los individuos antisociales y que constituye un criterio útil para el diagnóstico y la posterior intervención psicológica.

Para biopsicólogos como Arnold Buss existen tres emociones bási- cas desarrolladas evolutivamente y que están relacionadas con la su- pervivencia de los individuos y, por tanto, de la especie humana, estas son; la excitación sexual, la ira y el miedo. Y aunque para muchas per- sonas el no temer pudiera ser una virtud, la verdad es que el miedo nos permitió huir en situaciones donde estaba de por medio el pellejo y ese temor permitió que nuestros ancestros siguieran vivitos, coleando y con la capacidad de reproducirse, crear o inventar artefactos que les facilitaran la vida. Bien lo dice el refrán de la popular sabiduría: “¡Más vale decir aquí corrió, que aquí murió!”

1.3.3. Ausencia de remordimiento.

Según Aguilar (1996), una característica esencial que puede eviden- ciarse en las personas que padecen TPA es su escasa capacidad para experimentar remordimientos genuinos. En general, los psicópatas no suelen sentir culpa ni vergüenza en circunstancias en que sentirlas sería natural e inevitable. Sus declaraciones de arrepentimiento son simples ajustes oportunistas diseñados para resolver por el momento situacio- nes de apuro o acarrear beneficios jurídicos y de imagen ante el juez, la prensa o las mismas víctimas o allegados a ellas.

Complementa lo anterior Martens (2000), al señalar la relación entre varias características en especial las que tiene que ver con la ausencia de remordimiento y el TPA y Klinteberg (1996, citado por Pulkkinen, Vir- tanen, Klinteberg, Magnusson, 2000) fortalece la explicación afirmando que la falta de remordimiento o culpa denota una falta de sentimientos o intereses por las pérdidas, daño, y sufrimiento de las víctimas; una tendencia a ser descuidado, desapasionado, insensible y antipático.

Infinidad de criminales manifiestan, en su declaración, sentir culpa por todos los actos cometidos, dicen: —“pido perdón a Dios, a mucha gente, a la sociedad y a la justicia; pido perdón porque sin querer hacer- lo, algo me empujaba dentro de mi ser a cometer todos esos delitos”. Se hace difícil deducir si realmente eran sinceros en su declaración o si por

 

el contrario lo que buscaban conseguir era el no ser juzgados de manera dura (Aranguren, 2002). Constantemente en medios informativos, se observa que criminales crónicos o que llevaban actuando varios lustros, de pronto muestran un religioso arrepentimiento total y las lágrimas corren por sus ojos al momento de ser detenidos.

1.3.4. Autoestima distorsionada.

Algunos autores como Kazdin y Buela-Casal (1997) proponen que una autoestima negativa actúa como un factor de riesgo de la conducta an- tisocial, aunque otros sostienen que lo que realmente caracteriza a los individuos con personalidad antisocial (especialmente a los violentos) no es una baja autoestima, sino al contrario una autoestima altamente distorsionada sumada a una visión narcisista de sí mismos.

Sin embargo, estas personas pueden presentar una elevada autoesti- ma, ya que como lo afirma Walters (1990), citado por Echeburúa, (1996) pueden presentarse de forma favorable, a través de cualidades posi- tivas, lo que sugiere que es una cognición necesaria para perpetuar el estilo de vida criminal. Como se nota los autores muestran estudios que parecen contradictorios lo cual sólo puede resolverse con mayor investigación al respecto.

También se ha encontrado, que los sujetos antisociales realizan auto- valoraciones negativas en ciertos ámbitos (familia, ámbito académico), reportan ser personas introvertidas, con sentimientos de incapacidad, complejo de inferioridad y frustración constante, sin autoaceptación y una percepción de ser personas inmundas.

En cualquier caso, quedan aspectos no clarificados en esta área de trabajo. Si una baja autoestima (ya sea a nivel general o en ámbitos es- pecíficos) conduce a presentar el trastorno, habría que aclarar por qué en otros individuos una baja autoestima genera inhibición y trastornos de interiorización. Se debería analizar con profundidad qué caracterís- ticas personales y ambientales modulan las consecuencias conductua- les de una baja autoestima.

1.3.5. Búsqueda de sensaciones.

En conexión con el TPA, se puede decir que las personas que se encuen- tran dentro del grupo de los psicópatas presentan una alta puntuación en esta dimensión. Aunque la mayor parte de los buscadores de sensa- ciones no tienen personalidad antisocial, si todas las personas con este trastorno suelen ser buscadores de sensaciones y es la combinación de búsqueda de sensaciones, impulsividad y falta de socialización lo que lo subyace (Colom, 1998).

 

Zuckerman (1994, citado por Liebert y Spiegler, 2000) propone que la relación observada entre los niveles de testosterona y los rasgos de personalidad que incluyen la agresión, la pulsión sexual y la búsqueda de sensaciones pueden estar mediados por los efectos de la testosterona en el sistema dopamínico de los neurotransmisores por medio de una enzima que regula la acción de la dopamina llamada B-MAO.

Lo anterior puede relacionarse con el caso Garavito, quien cada vez utilizaba nuevos métodos para satisfacerse, ya que no solamente se conformaba con violar a sus víctimas, sino que también tenía que tortu- rarlas y matarlas, y por otra parte, él quería experimentar sensaciones nuevas matando ya no solamente a niños, sino a personas adultas, algo que no pudo llevar a cabo debido a su captura (Aranguren, 2002).

Analogías interesantes se encontrarán en el caso que aquí tratamos en el capítulo 7 con el asesino serial chihuahuense Gilberto Ortega Ortega.

1.3.6. Deshumanización de la víctima.

Individuos con TPA, cosifican, vuelven cosas, tratan cual si fuesen co- sas a las personas y no las ven como seres humanos, lo cual genera una deshumanización y explica, en parte y conjuntamente con las otras características; como la falta de remordimiento, de culpa y de empatía las atrocidades que estos sujetos llegan a cometer.

Según Albert Bandura (1986), la fuerza de las reacciones de auto- censura ante la conducta perjudicial depende, en parte, de cómo ve el autor a la gente contra la que se dirige el comportamiento perjudicial. Percibir a otra persona como ser humano intensifica las reacciones em- páticas por los demás gracias a la similitud percibida.

Alegrías y sufrimientos de los semejantes despiertan sentimientos más similares que las alegrías y los sufrimientos de personas extrañas o a las que se ha despojado de sus cualidades humanas.

Es bien sabido que el entrenamiento de muchos grupos paramilita- res y militares agrega en su repertorio procesos para que se deshuma- nice al enemigo; así mujeres, hombres y niños no son más que simples cosas y al destruir cosas se minimiza el sentimiento de culpa y el arre- pentimiento puede llegar a ser nulo.

1.3.7. Distorsión de las consecuencias.

Para Bandura (1986), una forma de debilitar las acciones de autodifu- sión opera por medio de la desconsideración o la falsa representación de las consecuencias de la acción. Cuando las personas deciden realizar actividades que son perjudiciales para los demás, ya sea por motivos de provecho personal o por móviles sociales, evitan enfrentarse o mini- mizan el daño que causan. Recuerdan con facilidad la información que

 

recibieron previamente sobre los beneficios potenciales del comporta- miento, pero son menos capaces de recordar sus efectos perjudiciales. Por ejemplo, el estadounidense John Wayne Gacy era un ciudadano modelo. Entretenía a los niños ingresados en los hospitales, disfrazado de “Pogo, el payaso”. Pero también violó, asesinó y enterró en su jardín a 33 pequeños y jóvenes mientras les leía pasajes de la Biblia. Al distor- sionar las consecuencias de sus actos, afirmaba que la sociedad debía estar en deuda con él “por haber limpiado el mundo de unos cuantos futuros ociosos y mariquitas”.

Para Barbaree (1991, citado en Egan, McMurran, Richardson y Blair, 2000) las personas se inclinan especialmente a minimizar los efectos perjudiciales cuando se conducen solas y por ello no pueden eludir con facilidad la responsabilidad. Además de la falta de atención selectiva y de una distorsión cognoscitiva de los efectos, la representación erró- nea puede implicar esfuerzos activos para desacreditar las pruebas del daño que causan.

1.3.8. Egocentrismo.

La exagerada exaltación de la propia personalidad como centro de la atención y actividades generales, usualmente se relaciona con la pre- sencia de TPA (Cleckley, 1955, citado por Lykken, 2000).

Para Lykken (2000), las personas con TPA se preocupan de sus pro- pias necesidades y deseos y no les importa a quien puedan herir para lo- grar sus metas. La presencia de esto se evidencia cuando el delincuente se siente importante cada vez que ve como sus actos son registrados en las primeras planas de los diarios. Su obsesión por recibir reconocimien- to les lleva a convertir en fetiche cada artículo de prensa que sobre él o sus actos se publica, los guarda cual trofeos (Aranguren, 2002).

1.3.9. Evitación de la responsabilidad.

En el TPA la irresponsabilidad generalmente se evidencia por las repe- tidas faltas en la realización de las obligaciones en la vida diaria, como por ejemplo, el abandono del trabajo, ausentismo en el mismo o falta de mantenimiento de sus hijos o de otras personas que dependen de ellos de forma habitual (Pichot, López-Ibor y Valdéz, 1995).

Powell y Huff (1997, citados en Sutton, Reeves, Keogh, 2000), expli- can de manera consistente la relación que existe entre la evitación de la responsabilidad y el TPA, lo cual se sugiere tomar en cuenta para su diagnóstico e intervención psicológica, es decir, a mayor TPA mayor irresponsabilidad, menor TPA, mayor responsabilidad.

 

1.3.10. Extroversión.

A pesar de los estudios que han relacionado la extroversión con la psi- copatía y el TPA, aún no se tiene una claridad sobre la influencia que dicho rasgo tiene sobre el trastorno, ya que algunos estudiosos difieren en cuanto a si estas personas son extrovertidas o introvertidas.

En cuanto a la heredabilidad de este rasgo, un estudio Sueco sobre Adopción y Envejecimiento de Gemelos (SATSA), arrojó una estima- ción de la heredabilidad de la extroversión de 0.41. (Pedersen, Plomin, McClearn y Friberg, 1988, citados por Liebert y Spiegler, 2000).

La extroversión ha dado lugar a datos muy contradictorios, recien- temente se ha planteado que pudiera relacionarse básicamente con una delincuencia juvenil, grupal, de carácter leve, y también contradictoria ha sido la evidencia sobre el neuroticismo. De las tres dimensiones de Eysenck, sólo el psicoticismo se ha visto consistentemente relacionado con el trastorno antisocial, en diferentes grupos y con distintos diseños metodológicos (Furnham y Thompson, 1991).

1.3.11. Hedonismo.

El hedonismo está relacionado con el trastorno de personalidad antiso- cial, lo que se evidencia en aspectos como la ausencia de planeación de metas a largo plazo.

Para Walters (1990, citado por Echeburúa, 1996) existen dos factores cognoscitivos, los cuales van ligados con el hedonismo.

El primero se denomina permisividad que consiste en el estatus privi- legiado y prerrogativa para satisfacer los propios deseos, y el segundo es la autoindulgencia, inherente al ser humano y se orienta hacia el placer.

Las personas con TPA no aprenden el valor de la gratificación a me- diano o largo plazo, además tienden a la impulsividad, búsqueda de satisfacción y placer sin considerar las consecuencias de sus acciones ni los deseos o necesidades de los demás.

1.3.12. Impulsividad.

La impulsividad es una dimensión de la personalidad caracterizada por un paso a la acción demasiado rápido sin la debida reflexión pre- via, es una respuesta inmediata ante un estímulo sin que medie necesa- riamente el razonamiento o el juicio además para Lykken (2000) la im- pulsividad patológica se caracteriza por una inadecuada planificación de la misma sin valorar las consecuencias de los actos.

A su vez M.Vitacco y R. Rogers (2001), mostraron el rol de la im- pulsividad, de la hiperactividad y de la búsqueda de sensaciones como predictores de la psicopatía en adolescentes.

 

Este rasgo puede verse ejemplificado en el caso de Gregorio Cár- denas, él mismo informa que no podía controlar sus impulsos de vio- lar a sus víctimas, en especial cuando se encontraba bajo el efecto del alcohol.

Se puede concluir que el rasgo de impulsividad es uno de los más documentados, tanto a nivel teórico como empírico y con mayor histo- ria de estudio, lo que quiere decir que se descubrió temprano.

Eso ha ayudado a concluir que, en efecto, existe una relación entre la impulsividad y el TPA.

1.3.13. Inteligencia.

A pesar de lo que el común de la gente piensa gracias a las películas de Hollywood, muchos trabajos científicos han demostrado que, en promedio, los psicópatas puntúan más bajo que los que no lo son en los tests (pruebas) de inteligencia (Wilson y Hernstein, 1985, citado por Tapias, 1999). Por otro lado, los estudios con las escalas de Wechsler constatan que, en los psicópatas, es el Coeficiente Intelectual (CI) verbal (pero no el CI manipulativo) el que tiende a ser bajo.

Otros autores mencionan que los psicópatas no son más inteligen- tes, simplemente eso es un mito, al contrario tienen deficiencias en su CI Verbal, pero pueden aprender de su carrera delictiva y de los errores anteriores y lo que sucede es que son más hábiles para evadir la justicia.

Esto en verdad es relevante pues si por lo general se tiene un prome- dio de 4 años para la captura de un asesino serial (ocho años en el caso de las mujeres) ahora imagínese que cada uno de ellos sea un potencial “Hannibal Lecter”, eso sí sería un grave problema. Afortunadamente la realidad es distinta a lo ofrecido por la cinematografía y otros medios masivos de diversión y comunicación, pero es menester de los investi- gadores tener esto en cuenta a la hora de elaborar sus estudios.

1.3.14. Locus de control externo.

La teoría del locus (lugar) de control es desarrollada principalmente por John B. Rotter, el investigador afirma que, por lo general, las personas atribuyen la causa de su comportamiento a factores internos (locus de control interno) o a causas externas (locus de control externo). Poniendo un simplificado ejemplo; el alumno que dice que ha reprobado un exa- men porque le cae mal a la maestra tendría un locus de control externo, mientras que el que afirma que reprobó porque no estudió muestra un locus de control interno. Los individuos que presentan TPA, general- mente identifican los acontecimientos que les suceden como resultado de fuerzas ajenas o externas a ellos mismos y que éstas actúan indepen-

 

dientemente de sus actos (Duran, 1998) como el destino, dios, voces extrañas, un alter ego imperativo, la pobreza, el desempleo, la minifalda de la víctima, el factor “X” etc.

Dentro de este rasgo Albert Bandura (1986), señala que los psicó- patas logran la autoexculpación al considerar que su conducta se ve forzada por las circunstancias, en lugar de verla como el resultado de una decisión personal.

Por lo general, en las personas con TPA hay bajo autocontrol cuya causalidad puede encontrarse en que no tuvieron control social en su infancia, es decir deficiente autoridad y bajo control parental (Branni- gan, Gemmell, Pevalin, Wade, 2002).

Un ejemplo que muestra la relación entre el locus de control externo y la psicopatía, muchos sujetos con conductas criminales atribuyen o justifican sus actos al maltrato que sufrió en su infancia por parte de sus padres o por personas quienes abusaron sexualmente de ellos. Inclu- so algunos criminales seriales (John W. Gacy, el hijo de Sam, Edward Gein…) describen un ente que se les aparece y es quien les ordena reali- zar sus delitos. Gilberto Ortega atribuye, constantemente, su comporta- miento a la ausencia paterna además hace mención de “Joel” y de “Jor- ge”, alter ego, ese otro Yo que incita al mal y justifica las acciones de los perpetradores (Ver Apéndice 1). Como se describe, puede decirse que este rasgo tiene una fuerte relación con el factor de autojustificación, ya que por lo general los individuos con personalidad antisocial, suelen culpar por sus actos a agentes externos, responsabilizar a la víctima, justificando así su conducta y entendiéndose como sujetos pasivos, ma- rinonetas del destino, títeres de las circunstancias.

1.3.15. Manipulación ajena.

Las personas diagnosticadas con TPA, son por lo general manipulado- res, utilizan a los demás para el logro de sus objetivos y no dudan en aprovechar las debilidades ajenas, que suelen descubrir rápidamente si son abusados y así mismo poder conseguir lo que se proponen sin importar la cantidad de engaños que puedan decirles a los que se en- cuentran a su alrededor (Stucchi, 2002).

Varios pederastas recurren al engaño y a la manipulación con el fin de ganarse la confianza de los niños, para así poder lograr su propósito y violarlos, satisfaciendo así sus deseos. Además se allegan a mujeres (generalmente madres solteras) lo que les ayuda para transmitir la ima- gen de una persona socialmente adaptada y así evadir las pesquisas de los investigadores policiales.

 

1.3.16. Motivación de autojustificación.

En cuanto a la justificación, en general, los sujetos psicópatas y los indivi- duos con TPA tienen una relación distorsionada con el resto del mundo, con el resto de las personas, en la que todo lo que hacen se justifica, esen- cialmente, por el solo hecho de que ellos lo hacen (Skrapec, 1997, citado por Raine, 1999). Estas personas distinguen entre lo moralmente bueno y malo del contexto social donde se desarrollan, reconocen a nivel cog- noscitivo haber obrado mal en el sentido de que saben que hay normas sociales y legales que regulan, prohíben y sancionan lo que han hecho pero, por otro lado, parecen estar personalmente convencidos de que sus acciones están justificadas (Skrapec, 1997, citada por Raine, 1999).

Para los psicópatas lo habitual es culpar al entorno (social, familiar) y a otros de sus actos; esto hace que su conducta esté justificada en el hecho de que las víctimas lo merecen (Pogrebin y colaboradores, 1992, citado por Egan y colaboradores, 2000).

Son innumerables los ejemplos de sociópatas que justifican sus ac- tos criminales por el maltrato y humillaciones que habían sufrido en su infancia, por parte de sus padres, de sus compañeros de clase, por haber sido abusados sexualmente en edades tempranas.

Skrapec, (1997 citado por Raine, 1999) agrega que Incluso cuando algunos psicópatas, asesinos en serie, refieren haber sido victimizados en la infancia no superaron los niveles promedio de crianza inadecua- da, es decir, no padecieron eventos realmente traumáticos, sino que evaluaron muy negativamente sus experiencias y las utilizan para la justificación de su conducta. Otros tantos explican que así las víctimas no sufrirán más por lo que deben ser considerados como ángeles salva- dores del sufrimiento de las personas.

1.3.17. Motivación de Control/Poder.

P. Smith y Sharp (1994), (en Sutton, Smith y Swettenham, 1999) señalan que el abuso del poder y la manipulación de creencias de otras perso- nas son aspectos característicos asociados a la personalidad antisocial.

Individuos con TPA en la mayoría de los casos desean tener el domi- nio de la situación, recurriendo al poder que pueden ejercer sobre sus víctimas para satisfacer sus deseos, despojándolos de todo el control que él siente que ellas —las víctimas— tienen sobre él, sobre sus emo- ciones. Los actos realizados por los asesinos en serie se convierten en una manera de librarse del peso que supone sentirse impotente, inca- paz o no hábil desde el punto de vista social, educativo, sexual u otros. La vida, la situación, el placer sexual está en las manos de los crimina- les, les gusta sentirse como seres todopoderosos, aunque sea sólo por un momento.

 

1.3.18. Motivación por experimentar vitalidad.

Muy ligado con el rasgo anterior las personas con personalidad psi- copática manifiestan tener una sensación radicalmente opuesta a la habitual, en la infancia y como adultos. A través de sus actos, se trans- forman en personas dotadas del poder sobre la vida y la muerte, una experiencia que les hace sentirse vivos. Estos individuos preservan o intensifican sus experiencias de vitalidad, y provocan una clase de ex- periencia trascendental de víctima impotente a asesinos omnipotentes (Skrapec, 1997, destacada por Raine, 1999).

La misma Candice Skrapec al concluir sobre las tres anteriores ca- racterísticas cognoscitivas (motivación de autojustificación, control/ poder y vitalidad) indica que los psicópatas tienen las mismas motiva- ciones que las otras personas pero, sus sentimientos de justificación, su necesidad de control y poder, y la búsqueda de vitalidad traspasan, van mucho más allá de las fronteras que retienen a los demás.

1.4. Agrupamientos.

Retomando las 18 características psicológicas asociadas al TPA, es impor- tante recalcar que la mayoría de éstas se presentan vinculadas entre sí.

Con los anteriores indicadores para reconocer el TPA lo que se quie- re decir, es que teóricamente, estos factores no se encuentran aislados sino que por el contrario, la presencia de uno permitirá presumir que el otro también este presente. Para la destacada Dra. Ángela Tapias Saldaña (1999), experta colombiana en Psicología Jurídica y Forense, teóricamente se pueden relacionar las características esbozadas en los siguientes grupos:

Grupo A: Se encuentran asociados Ausencia de empatía, Ausencia de remordimiento: La persona que no puede establecer empatía, ni re- laciones profundas, no se sentirá comprometida con el sufrimiento que ocasione a otro, dicho padecimiento no le vulnerará, lo cual puede ex- plicar su falta de remordimiento, es decir, no se arrepiente porque ese acontecimiento emocional realmente no le conmueve. De manera que la empatía favorece la falta de remordimiento y a la inversa.

Grupo B: Incluye el egocentrismo, el hedonismo y la distorsión de autoestima: la persona que está centrada en si misma tendrá la tenden- cia a defender sus propios intereses, a no ser altruista, a no aplazar su bienestar en aras de un bien social o de largo plazo, el egocentrista es hedonista y el hedonista luchará por obtener solo su propia satisfac- ción, incluso si para alcanzarla debe hacerlo a costa de otros. El hedo- nista y el egocentrista tendrán un exacerbado interés en su propia valía, incluso podrán exagerar su autoconcepto y generar una megalomanía. Esta manía de grandeza les favorecerá pensar que lo merecen todo, que

 

nadie tiene porque reprocharles nada, que está muy bien hacer lo que hacen porque se lo merecen, que su gran valía todo les justifica.

Grupo C: Incluye la autojustificación, el locus de control externo y la evitación de la responsabilidad: La autojustificación es una cognición que utiliza el TPA para atribuir a otros o a las circunstancias las causas de su conducta reprochable, de manera que la persona logra autojusti- ficarse argumentando que él no tiene el control, sino que fue provocado por las circunstancias, de manera que no es responsable, sino que la responsabilidad es atribuible realmente a otros y a las circunstancias.

Grupo D: Al cual pertenecerían aspectos psicológicos como el He- donismo, la impulsividad y la evitación de la responsabilidad. La per- sona hedonista, reaccionará a cualquier situación de la manera tal que pueda satisfacer sus impulsos primario, actuará sin reflexionar, moti- vado emocional, biológica o básicamente en sus “instintos” buscando el placer momentáneo y el reforzamiento inmediato. Como está tan motivado por lo de corto plazo no se comprometerá, no asumirá con- secuencias de largo plazo ni compromisos y tratará de evitar cualquier estímulo aversivo, como podría ser el castigo judicial y finalmente,

Grupo E: Bien señalan los autores que la búsqueda de sensacio- nes, la impulsividad la ausencia de miedo y la extroversión se asocian. Zuckerman (1978) y Hans Eysenck (1971) ilustran una persona que se orientará externamente, que no temerá las consecuencias, que es intré- pida es como una cadena, en la cual un eslabón conduce indefectible- mente al otro, son elementos concatenados inevitablemente. Hay que hacer la salvedad de que estos rasgos también se pueden relacionar a una persona con conducta prosocial como un detective o un médico, el límite entre la persona prosocial y la antisocial que poseen estos rasgos parece establecerse por medio de una decisión moral, un factor ético que determinó y ordenó el cauce en pro o en contra de la sociedad de dichas tendencias.

Para complementar lo anteriormente expuesto, es relevante citar al- gunos instrumentos diseñados para evaluar el TPA y la psicopatía. Pri- meramente están aquellos desarrollados específicamente para evaluar la psicopatía como el PCL-R (Psychopaty Checklist Revised), PCLR: SV (Psychopaty Checklist: Screening Version), Hare P-SCAN: Research Ver- sion y el SRP (Escala de Psicopatía); otras pruebas tales como el IPDE (Examen Internacional de los Trastornos de la Personalidad), el MMPI (Multifasic Minnesota Personality Inventary) y MCMI-III (Cuestionario Clínico Multiaxial de Millón-III) los cuales aunque evalúan la perso- nalidad de una manera general y no profundizan en la evaluación del TPA, sirven para identificar algunos rasgos que están presentes en los individuos con TPA, y otros instrumentos como el BAI (The Blame Attribution Inventory), el PICTS (The Psychological Inventory of Criminal

 

Thinking Styles), el PARS. (The Powell Avoidance of Responsibility Scale), ASP (Aberrant Self-Promotion) y ARS (Responsibility Scale), que ayudan a complementar la información anteriormente mencionada y además pueden contribuir al diagnóstico del TPA y la psicopatía (Tapias, 1999).

No sobra decir que los sujetos que cumplen con los criterios de TPA no pueden ser diagnosticados como psicópatas porque no cumplen con los rasgos de personalidad, que son los criterios diagnósticos funda- mentales para ser incluidos en este grupo. Por el contrario los psicó- patas cumplen tanto con los criterios conductuales del TPA como con los criterios de personalidad acuñados por Robert Hare, es decir, se constituyen como una subcategoría del TPA.

Esta diferenciación de ambas entidades diagnósticas se puede expli- car por el origen mismo de cada una de ellas, pues la denominación de psicopatía surgió hace 20 años aproximadamente, como una entidad clínica esclarecida en el ámbito forense y académico, al margen de las comunidades internacionales que dictan las normas taxonómicas clíni- cas de la psicología y la psiquiatría. En cambio el TPA nace del seno de la Asociación Psicológica Americana [American Psychological Associa- tion] (APA) que es coherente con una larga tradición clínica, que data de 60 años aproximadamente.

Para Tapias, Medina y Ruíz (2001) los psicópatas pueden compren- der cognoscitivamente el estado emocional de otras personas y eso les permite incluso manipularlas, pero no logran comprender empática- mente su estado emocional, lo cual se puede explicar por sus alteracio- nes de actividad frontotemporal, aspecto que les hace incólumes frente al sufrimiento de otros y los predispone a la violencia (Garrido Geno- vés y colaboradores, 1999).

Como puede destacarse de los cinco agrupamientos son conglome- rados intrincados de variables psicológicas, razón por la cual se justi- ficaría realizar estudios cuyo diseño permitiera un posterior análisis factorial.

Parafraseando, la sugerencia consiste en que se elija un grupo obje- tivamente uniforme, que haya también integridad conceptual y meto- dológica al momento de sustentar el estudio y, también realizar investi- gaciones por bloques o conglomerados de los diversos indicadores del TPA, como los descritos anteriormente.

En relación a la forma de evaluar el TPA, se esperaría que la deno- minación, el concepto y los criterios diagnósticos del mismo como una entidad clínica, fueran reflejados en los instrumentos diseñados para su evaluación; lastimosamente no se han diseñado muchos instrumen- tos para su diagnóstico y la mayoría de los psicólogos y psiquiatras realizan éste basados en una entrevista que les permita confirmar o descartar los criterios que aparecen en manuales internacionales como

 

el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales “DSM- IV” o el sistema de la Clasificación Internacional de la Enfermedades “el CIE-10” (Tapias, Medina y Ruíz, 2001).

1.5. Sociópatas, psicópatas, psicóticos…

Abordando el tema de la socio-psicopatía y como se ha venido descri- biendo aunque ambas —TPA y psicopatía— no son sinónimos parecen tener varios indicadores en común. A reserva de no resultar exagera- damente técnicos, a continuación se describen algunas características de la psicopatía que sirven para el análisis y construcción de perfiles criminales.

En 1952 la APA cambia el uso del término psicópata por el de so- ciópata aunque en el uso corriente se emplean indistintamente como sinónimos, sin embargo, existe una diferencia fundamental para los ex- pertos, un psicópata es un individuo que denota una clara enfermedad mental mientras que un sociópata es una persona que continuamente viola las leyes, los estatutos para la armonía societal y, por tanto, arre- mete contra las instituciones básicas de la convivencia colectiva sin que necesariamente pueda entender el daño que causa o aprender de su propia experiencia. Lo anterior no implica que no haya conciencia de la maldad de los actos, mas bien, el individuo tiende a minimizar el daño de los mismos, a autojustificar su comportamiento o a responsabilizar a las víctimas.

1.5.1. Psicodinamia sociopática.

A través de varios estudios e investigaciones diseñadas por psicólogos y psiquiatras de todo el mundo se expresa lo siguiente:

El psicópata tiene su origen en un ambiente familiar en exce- so violento o indulgente, es decir, demasiado permisivo, sin disciplina. Entonces actúa ya sea porque percibe que la vida ha sido injusta con él y debe retribuirle lo que le falta o bien, porque se merece todo y se le debe dar o seguir dando.

En todo caso, no hay una diferenciación clara de los límites y reglas en el hogar.

Tiene una personalidad débil y llena de ansiedad persecuto- ria, por ello agrede a los demás. Por lo anterior, tiene poca tolerancia a la frustración y cualquier demora le produce un intenso sufrimiento y desesperación.

En el hogar cuando niño(a), la agresión es un método para ob- tener lo que quiere, y aún cuando haya represalias, es mejor agredir que ser ignorado.

 

Iniciando por los padres o tutores, continuando con los maes- tros y al estar continuamente retando a la autoridad, vive en- tonces con la sensación de que ésta le ha de atrapar eventual- mente. Por ello, tiene un sentido moral hipertrofiado que le aplasta con la sensación de culpa.

La culpa es la que le impele a cometer el delito. Hay un ali- vio momentáneo, pero inmediatamente surge ésta y debe ser negada con otro delito. Es un círculo vicioso conformado por tres elementos que se repiten constantemente en un segmento causa-efecto–causa; estos son: Depresión-Culpa-Agresión… Depresión-Culpa-Agresión…

El psicópata huye de sus persecutores internos y proyecta su propia agresión a otros a los que ataca. Teme que su agresión se le redirija y lo destruya. Es un niño profundamente atemoriza- do que quiere hacer sentir a los demás su insoportable terror.

Por lo anterior, es una persona deprimida pero su agresión es una forma de negarla.

1.5.2. Características psicológicas.

Su percepción de las cosas y de lo que sucede a su alrededor se ve de tal forma alterada que su reacciones se ven condicionadas hasta el extremo de que nada ni nadie puede sacarle del error en que se encuentra. Una observación importante es el origen de ésta psicosis, que a grandes ras- gos derivaría de una causa interna o endógena ya sea el enfermo típico o por causas exógenas o externas, por el consumo masivo de alcohol o drogas lo cual provocaría ese estado psicótico. Estos individuos pre- sentarían cuadros de alucinaciones, delirios, cambios fuertes de humor o estado de ánimo. Debido a éste desorden mental que se produce en éstos individuos, la escena del crimen la definiríamos como desorgani- zada, fiel reflejo de lo que sucede en su cabeza.

Generalmente actúan en la zona donde se desenvuelven habitual- mente dejan numerosas evidencias y su localización resulta menos ar- dua que si de un psicópata se tratase.

Otra de las características importantes es su aspecto descuidado tan- to en su persona como su domicilio, vehículo, oficina etc. y el desorden en su vida tanto afectiva como social. Suelen ser solitarios y ofrecen una apariencia extraña a los demás. Aquí pueden caber igualmente los asesinos en masa, ya que sus acciones son debidas a una reacción gene- ralmente paranoica.

Las características presentes en la mayoría de los casos de estudio son las siguientes:

 

1. Marcada inestabilidad en todas sus conductas por lo que proyecta una personalidad con conflictos internos manifestados en una relación interpersonal agresiva y autodestructiva.

2. Dificultades en el pensamiento lógico debido a predominancia de inmadurez y procesos infantiles, esto afecta la verbalización de los afectos.

3. Su juicio de la realidad está desconectado, lo que favorece la fan- tasía y ansiedad persecutoria que proyecta, influyen en la percepción de la sociedad y los demás con respecto a él.

4. La comunicación es infantil y sádica, predominando la burla y la manipulación de los demás, especialmente en el plano familiar.

5. El lenguaje es concreto, cortado y autoritario.

6. Es inestable en su comportamiento (ansiedad de persecución) y con facilidad pasa del pensar o fantasear directo a la acción (lo que en inglés se conoce como acting-out)

7. Tiene un sentimiento de culpa distorsionado y con escasa capaci- dad de experimentar emociones normales de depresión.

Trabajos sobre psicopatía que datan de los años 80 afirmaban que los psicópatas tenían un dificultad para aprender e incluso lo demos- traban con estudios empíricos de laboratorio y por tanto de baja validez ecológica, acudieron a esta explicación porque observaban su reinci- dencia en la conducta a pesar de recibir los mayores estímulos aver- sivos y también por los altos umbrales de dolor reportados por ellos.

Pero puede ser que ellos tienen un aprendizaje diferencial, aprenden lo que les interesa, desarrollan versatilidad criminal, van aprendiendo a dejar menos evidencias, a evadir la acción policial, a contestar los interro- gatorios “conciencia forense”, etc. similar a cualquier otro ser humano, no aprenden lo que no quieren aprender y como no les interesa extinguir su conducta homicida o criminal no es efectivo ningún estímulo aversivo.

Los psicóticos son los que padecen de una enfermedad mental, como la esquizofrenia, la paranoia y motivados por dicho trastorno ejecutan homicidios u otros delitos. Se identifican generalmente como homicidas desorganizados.

A su vez los psicópatas son personalidades antisociales reincidentes, se caracterizan por parecer normales, tener capacidad de discernimien- to y normal curso de pensamiento y lenguaje, no padecen de remordi- mientos, tienen encanto y afecto superficial, son manipuladores, osten- tan megalomanía (autoestima distorsionada exageradamente positiva), mantienen conducta irresponsable hacia los hijos, hacia el trabajo y ha- cia su pareja, no establecen un proyecto de vida y desde la infancia pre- sentan conducta antisocial y son reincidentes hasta que son capturados por la justicia, es decir, solo los detiene el control social formal.

 

Uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta a la hora de estudiar un caso es poder diferenciar entre uno y otro tipo de criminal. Como se ha venido analizando las variables son muchas y diversas. Se trata de personajes con graves problemas psicoafectivos en un caso y en el otro de una persona aparentemente normal, fría y calculadora. No hay duda de que el criminal psicópata es el más difícil de detectar y apresar. Si en la mente del psicótico todo es confusión y desorden, esto se verá reflejado en la escena del crimen. El mismo será una persona con unas características precarias tanto en su vida personal como social y generará una violencia extrema y descontrolada.

Sin embargo a veces la línea entre estos psicóticos y psicópatas no está tan definida, lo cual genera un problema importante en cuanto a las consecuencias penales que esto supone. Veamos algunas de los in- dicadores y características psicopáticas.

En 1952 la Asociación Americana de Psiquiatría —no confundir con la Asociación Americana de Psicología— describía a los psicópatas como individuos de comportamiento habitualmente antisocial, que se muestran siempre inquietos, incapaces de extraer ninguna enseñanza de la experiencia pasada ni de los castigos recibidos, así como también de mostrar verdadera fidelidad a una persona, a un grupo o a un códi- go determinado. Suelen ser insensibles y hedonistas, de muy acentuada inmadurez emocional, carentes de responsabilidad y de juicio lúcido, y muy hábiles para racionalizar su comportamiento a fin de que parezca correcto, sensato y justificado. Stephen B. Karpman divide a los psicó- patas en dos tipos:

Agresivo-predadores: Individuos que satisfacen sus conveniencias con extremada agresividad y con una actuación fría e insensible, apropián- dose de cuanto desean.

Pasivo-parasitario: Obtienen lo que quieren practicando sobre los de- más una especie de sangría parasitaria consistente en aparentar desam- paro y necesidad de ayuda y de simpatía infinitas.

Otra de las clasificaciones claramente definidas que podemos hacer en cuanto a su forma de actuar es la del psicópata afectivo y el psicópa- ta depredador. El primero no controla sus emociones y actúa desorde- nadamente en un momento concreto. Sin embargo el psicópata depre- dador antes de actuar ha preparado el camino para el resultado final, es planificador, actúa fríamente.

En lo que todos los expertos están de acuerdo es en que dichos in- dividuos no experimentan sentimientos de culpabilidad, no tienen re- mordimientos y sufren una falta total de empatía, además de una gran capacidad para fingir. De igual forma uno de los términos que más aparecen en las diversas pero coincidentes definiciones es la moral, la ausencia de moral y falta de criterios éticos.

 

Estas características han llevado a algunos psicópatas criminales a fingir enfermedad mental para eludir sus actos, haciendo creer incluso que poseen una personalidad múltiple, que escuchan voces, que son poseídos por espíritus malignos.

Según la Asociación Americana de Psiquiatría existen algunos indi- cadores relevantes para detectar psicópatas. Entre los menores de quin- ce años, son posibles candidatos a la psicopatía (violenta o no) quienes cumplan tres o más de estos síntomas:

Frecuente ausentismo escolar.

Al menos dos fugas de casa sin retorno voluntario.

Inicios de peleas físicas.

Uso de armas en más de una ocasión.

Crueldad física con animales y/o personas.

Destrucción deliberada de la propiedad de otros.

Participación deliberada en más de un incendio.

Robos con falsificación y enfrentamiento con las víctimas.

A partir de los 18 años, una persona es un claro candidato a conver- tirse en un psicópata violento si cumple al menos cuatro de los siguien- tes requisitos:

Es incapaz de mantener un trabajo constante.

Actos antisociales frecuentes por los que puede haber sido detenido o no.

Irritabilidad y agresividad.

Incumplimiento de obligaciones económicas.

Incapaz de planificar a medio plazo.

Desinterés por la verdad. Uso repetido de la mentira, alias o bromas a los demás para obtener provecho o placer personal.

Despreocupación por la seguridad física, la propia y la de los demás.

Irresponsabilidad cuando se actúa como padre o cuidador.

Ausencia de una relación monógama durante más de un año.

Ausencia de remordimientos. Encuentra fácilmente justifica- ción para dañar, maltratar o robar a los demás.

El Dr. Robert Hare (1999) nos dice del psicópata:

“Conjuntamente, éste sujeto nos presenta una imagen de una persona preocupada por sí misma, cruel y sin remordimientos, con una carencia profunda de empatía y de la capacidad para formar relaciones cálidas con los demás, una persona que se comporta sin las restricciones que impone la conciencia. Lo que destaca en él es que están ausentes las cualidades esen- ciales que permiten a los seres humanos vivir en sociedad”.

 

1.6. Etapas de la mentalidad maligna.

El Dr. Carl Goldberg en su libro “Hablando con el Diablo” (Speaking with the devil) explora lo que el llama la mentalidad maligna o enfocada a la maldad, e intenta delinear los pasos que, desde su perspectiva, guían la conducta humana violenta.

Presento primeramente las etapas del desarrollo de la violencia en un sujeto usualmente no violento:

1. Quietud: la persona se siente en armonía con los demás previa- mente a una intrusión dolorosa en su vida.

2. Intrusión: Un atropello ha sido cometido en su contra o alguien importante a él.

3. Injusticia: Experimenta el evento/acto como injusto

4. Anomia: Comienza a experimentar una inconformidad contra el orden social establecido.

5. Vergüenza: Comienza a sentir humillación por ser una víctima o un observador impotente.

6. Ausencia de verbalización: Es incapaz de expresar su sentimien- to de injusticia/indignación o cuando lo hace es con personas muy cer- canas a él, usualmente amigos.

7. Auto-desprecio: Se descalifica por la forma como manejó el hecho.

8. Pánico: Los sentimientos de desprecio son intolerables; su sistema nervioso autónomo está bajo la acción del temor, confusión e intensa ira.

9. Desprecio al exterior: La ira se dirige contra los responsables o a quienes no hicieron nada en el hecho.

10. Racionalización: Debido a que el desprecio no es una forma ha- bitual de sentirse, da explicaciones lógicas para la expresión de su ira.

11. Deshumanización: Al intelectualizar su ira, deshumaniza tem- poralmente a aquellos que considera responsables del acto o de no ha- ber ayudado.

12. Anesteciamiento: Al deshumanizar a la víctima, le hace indife- rente a los actos que cometa contra ella.

13. Ataque: La violencia se ejerce contra la víctima.

14. Agitación: Tras el acto, el perpetrador experimenta vergüenza, culpa y remordimiento

Ahora las siete etapas del desarrollo de la agresividad en una perso- na usualmente violenta:

1. Vergüenza: Sentimientos crónicos de vergüenza y humillación que se transforman con el tiempo en autodesprecio.

 

2. Incapacidad para verbalizar: La persona que ha de cometer el crimen es incapaz de expresar su sentimiento interno de vergüenza/ humillación.

3. Agitación: El auto-desprecio se ha convertido en intenso e intole- rable lo cual causa excitabilidad motora.

4. Frenesí: Experimenta euforia en la búsqueda de una víctima, la cual puede recordarle su propio sentimiento de vulnerabilidad.

5. Excitación: Se siente energetizado al buscar la oportunidad de expresar su desprecio.

6. Ataque: Arremete contra la víctima sin detenerse a pensar.

7. Quietud: El perpetrador se siente superior y sereno a sus víctimas.

De acuerdo con las líneas precedentes se concluye que el avance del conocimiento de las ciencias forenses tiene una amplia repercusión tan- to en lo social, como en la administración de la justicia y que el estudio científico de la personalidad humana (Ver Apartado 1) es una de las tareas más importantes de la psicología desde sus mismos inicios como ciencia independiente de la reflexión filosófica.

Aunque, como se ha visto, es relativamente difícil hallar una defini- ción de personalidad que satisfaga a todos los psicólogos (o en general a los expertos en ciencias sociales), podemos considerarla en términos muy generales como el conjunto de características (socioculturales, psi- cológicas y biológicas) que hacen que un individuo sea el mismo y no otro, sean cuales sean las circunstancias de la vida en las que se en- cuentre. De modo que uno de los elementos clave de la personalidad es el hecho de que permanece relativamente estable a lo largo de toda la vida. Y este elemento vale tanto para caracterizar a las personalidades sanas o normales, como a las perturbadas o anormales.

Dicho aspecto es importante porque sirve para establecer un punto de partida fundamental: cuando se hable de una personalidad anor- mal, trastornada o patológica, se hace referencia a todo el modo de ser de un individuo, y no a aspectos concretos o parciales (según Belloch, Martínez y Pascual, 1996). Por ejemplo, cuando en psicopatología se habla de que tal o cual individuo tiene una depresión, nos estamos refiriendo a que esa persona presenta una alteración en su modo de ser o de comportarse habitualmente, pero suponemos que se trata de una alteración precisamente porque normalmente no es así. Sin embar- go cuando hablamos de trastorno de la personalidad, nos referimos a que el modo de ser habitual de ese individuo es enfermizo, patológico o anormal (en el sentido de que no es el modo de ser más frecuente de la persona o las personas).

Los trabajos que han estudiado los trastornos de la personalidad en su conjunto se han interesado por los tres temas siguientes: concepto,

 

instrumentos de evaluación y relación con los trastornos del estado de ánimo. Las cuestiones conceptuales de interés han girado alrededor de la validez interna del constructo de los trastornos de la personalidad, la conveniencia de considerarlos separadamente de otros trastornos men- tales, la estructura latente que subyace bajo ellos y la correspondencia de estos trastornos con otros modelos. Otro aspecto importante ha sido la propuesta de un nuevo tipo de trastorno de la personalidad: la per- sonalidad abrasiva (difícil).

Los sujetos con este trastorno se caracterizan por ser personas detes- tables, despóticas, compulsivas, manipulativas, con tendencia a la pro- yección y a transgredir las normas sociales. A nivel de la relación con los trastornos de ánimo se constata la atención prestada a los cambios experimentados por los rasgos de personalidad en pacientes depresi- vos tras la aplicación de fármacos antidepresivos y su valor pronóstico en la eficacia del tratamiento de la depresión. Además, los autores tam- bién se han interesado por su co-morbilidad con estos trastornos, su diagnóstico diferencial y la influencia en su desarrollo.

Finalmente (para Belloch, Martínez y Pascual, 1996) en cuanto a los instrumentos de evaluación se observa la existencia de diversos estudios que han analizado las propiedades psicométricas de distin- tos cuestionarios de autoinforme y entrevistas diagnósticas para la detección de los trastornos de la personalidad, entre las que destacan la Entrevista Internacional de Reconocimiento de los Trastornos de la Personalidad, la Entrevista Clínica Estructurada para el DSM-III-R de los Trastornos de la Personalidad (SCID-II), el Cuestionario de Criba SCID, el Inventario Multiaxial Clínico de Millon (MCMI-II), las Escalas de los Trastornos de la Personalidad del Inventario de Personalidad Multifásico de Minnesota (MMPI-2) y el Cuestionario Diagnóstico de Personalidad Revisado (PDQ-R) y el trabajo de estandarización que para tal efecto realizó sobre el Personality Asssesment Inventory (PAI) en Chihuahua la psicóloga veracruzana Alicia del Pilar Acosta Juárez (1997), lo anterior, sin contar lo que para el año 2010 depare el DSM-V.

Además de trabajar sobre los instrumentos de medición psicológi- ca descritos y en la creación de otros más, se sugiere que en futuros estudios los investigadores no pierdan de vista que pueden realizar investigación con población que cumpla los criterios de TPA o sociopa- tía, pero que no haya sido fichada o detectada por el sistema judicial o que no haya encausado su conducta de manera antisocial, esto aclararía factores determinantes para definir la adaptación o no de estos perso- najes. Además se debe trabajas más en los indicadores de peligrosidad y componentes de la personalidad criminal como los que proponen el mexicano Eric Chargoy y otros autores para diseñar instrumentos que, contemplando diversos entornos o ambientes socioculturales puedan

 

ser aplicados a muestras mexicanas tanto en espacios carcelarios como en otros más, escuelas, centros de trabajo y entonces diseñar mejores y más eficientes programas preventivos del delito.

 









CAPÍTULO II

El perfil del perfilador

 


 










Todo análisis e interpretación implican necesariamente una cierta reconstrucción

de una determinada posición temporal

que es, inevitablemente, distinta a la de su objeto

I. Mészáros.

“…Siempre me dejaban claro que tenían que volver al trabajo. Y yo no quería que se fueran…”

Jeffrey Dahmer (17 asesinatos entre 1978 y 1991)


Un perfilador es en esencia un investigador social; su trabajo de inves- tigación es reactivo pues al organizarse y sofisticarse la delincuencia, la perfilación, en cuando a su capacidad de respuesta, ha de fortalecerse y sistematizarse mucho mejor.

Una primera afirmación sobre la personalidad del perfilador es que además de ser un profesionista conocedor y experimentado, ha de estar especializado, según las diversas formas criminológicas y metodoló- gicas del delito y desde el punto de vista psicológico, además de po- seer una clara perspicacia —conocidas coloquialmente como “olfato” o “sexto sentido”— ha de tener una gran tolerancia a la frustración. Siempre estar dispuesto a ensayar hipótesis y seguir diversas líneas de investigación, fallar y volver a empezar. Más adelante se estudiarán las propuestas de varios perfiladores reconocidos: Douglas, Hazelwood, Ressler, Michaud y ahí se podrá observar como muchas de sus postu- ras son divergentes y hasta opuestas, pues mientras unos ponen como requisito el estudio de una carrera universitaria; preferentemente Psi- cología o Criminología, otros argumentan que no es necesario y que, prácticamente, cualquier persona con un poco de entrenamiento y ra- zonamiento lógico puede llegar a ser un buen perfilador. (Ver también el Anexo A donde el experfilador del FBI John Douglas se expresa en cuanto a estos temas).

En un 1990 estudio publicado en la revista Ley y la Conducta Hu- mana (Law and Human Behaviour, Vol. 14, No. 3), El Dr. Anthony Pi-

 

nizzotto —anteriormente de Universidad de Georgetown, ahora con la Unidad de la Ciencia Conductual del FBI— y Finkel Normando, PhD, de la Universidad de Georgetown, trabajaron y evaluaron en distin- tos ámbitos a un grupo de perfiladores del FBI, detectives policíacos entrenados por el FBI, detectives policíacos no entrenados por el FBI, psicólogos clínicos y estudiantes.

Los investigadores dieron a cada grupo materiales detallados de dos crímenes ya resueltos (un asesinato y una violación). Se les pidió a los participantes que escribieran perfiles de las personas que probable- mente podían cometer dichos crímenes y, posteriormente, se compara- ron dichos perfiles con los ofensores reales declarados culpables. Los resultados fueron mixtos.

Los perfiladores especializados escribieron más detalles y con mu- cho mayor respaldo, sus perfiles del violador eran más correctos que los de cualquier otro grupo. Sin embargo, en el caso del homicidio tu- vieron, en promedio, los mismos resultados que los no-perfiladores.

Trece años después el psicólogo forense australiano Richard Kocsis publicó en la Revista Internacional de Terapia del Ofensor y Criminolo- gía Comparativa (Vol. 47, No. 2) los resultados de una serie de estudios que reprodujeron y extendieron el trabajo de Pinizzotto y Finkel. Ri- chard Kocsis usó un caso resuelto de incendio provocado y casos de ase- sinatos para probar grupos de perfiladores profesionales, estudiantes de ciencia, estudiantes de psicología, reclutas policíacos, policías expe- rimentados, bomberos, médicos y participantes elegidos al azar. Kocsis escogió esos grupos porque los no-perfiladores mostraban habilidades consideradas esenciales en la elaboración de perfiles –experiencia en in- vestigación, conocimiento sobre teorías de la personalidad y fundamen- tos del comportamiento (psicólogos), experiencia (bomberos y policías), razonamiento lógico (estudiantes de ciencia) e intuición (médicos).

Nuevamente los perfiladores profesionales hicieron las prediccio- nes más correctas sobre los ofensores que cualquier otro grupo. Pero sus reportes no eran uniformes —tenían la variación estadística más alta que cualquiera de los otros grupos—. Globalmente los estudian- tes de ciencia hicieron el segundo mejor trabajo, lo que para R. Kocsis indica que la capacidad para el razonamiento lógico es una habilidad perfiladora particularmente importante. Pero para Robert Homant los perfiles tienen sus límites y adolecen de validez externa, es decir, capa- cidad para generalizarlos —lo cual, por el procedimiento mismo resul- ta evidente—.

Pero como se deduce de los estudios anteriores, es necesario que el perfilador se haya aproximado a la investigación judicial y a este tipo de problemáticas de manera académica o laboral, estos conocimientos serán la base para construir conocimientos específicos de la técnica con

 

base en ellos. Es decir, el perfilador es un especialista, por lo cual tiene como pre-requisito una formación de base que puede ser en derecho, psicología, criminología, psiquiatría, en investigación judicial, ciencias policiales u otras carreras que se apliquen al ámbito de la investigación jurídica-criminal. Brent Turvey, (1999, citado en Tapias, 2002) realiza una lista de trabajadores en el área para poderlos distinguir y conocer su principal labor o desempeño, ellos son:

Psicólogos jurídico-forenses: Su labor está en la habilidad de realizar entrevistas con el propósito de hacer diagnósticos, tratamiento y asesorías para determinar la competencia, sanidad o no de las personas. No están capacitados para las disciplinas criminalísticas relacionadas al estudio, recolección y análisis de evidencia física, ni tienen necesariamente la experiencia para interpretar conductas de la escena del crimen. Haciendo énfasis en la psicología; los roles que desempeña un psicólogo en el área de la criminalidad son:

Rol Clínico: los psicólogos interrogan a los clientes y utili- zan ayudas valiosas como test psicométricos (de Inteligencia, evaluación de funciones neuropsicológicas, personalidad, peligrosidad, veracidad del testimonio y estado mental) y el análisis de datos conductual.

Rol Experimental: Llevan a cabo experimentos relevantes para cierto caso.

Rol Actuarial: Los psicólogos aplican las probabilidades esta- dísticas a datos conductuales.

Rol de Consejero: Los psicólogos ofrecen asesorías individua- les a las víctimas y testigos cuando tienen que rendir declara- ciones con el fin de disminuir la ansiedad y que la declaración sea veraz. (Turvey, 1999 en Tapias 2002)

Psiquiatras forenses: Formados bajo el modelo médico y con conocimientos de ciencias del comportamiento. Aunque el enfoque teórico puede variar, están igualmente preparados para la labor que realizan también los psicólogos forenses.

Criminólogos: Académicos inclinados al trabajo con población agresora. Deben estar dispuestos a la investigación de datos empíricos, resultados estadísticas y perfiles inductivos de los agresores.

Detectives e investigadores policiacos: Se incluyen los oficiales de las diferentes corporaciones policiacas de los tres niveles de gobierno y perfiladores criminales del sector privado de todo el mundo que se entrenan en técnicas y se asesoran con cursos y seminarios, la lectura de libros e investigando, acu-

 

mulando así una experiencia investigadora. La habilidad y experiencia de los detectives que investigan crímenes graves han atraído siempre gran interés y muchos comentarios.

En años recientes, el papel del detective o de los investigadores pri- vados ha sido sujeto a un intenso escrutinio público, con frecuencia im- pulsado por reportes de la prensa sensacionalista. Frecuentemente, al- gún nuevo aspecto de la ciencia que actúa como soporte del trabajo del detective atrae la atención pública e incluso más si es un caso inusual. En contraste, la rutina y los aspectos profesionales de investigación son raramente destacados. Las indagaciones mayores pueden dejar cientos de sospechosos y es muy importante la priorización apropiada para permitir al investigador la utilización de su recurso más valioso, la ex- periencia. Dicha mezcla de la experiencia detectivesca, las teorías con- ductuales y las estadísticas contribuyen a la elaboración del perfil del delincuente desconocido y cubre fuentes como la policía, la academia, las ciencias médicas, psicológicas y forenses. Para que una técnica de perfil criminal sea efectiva, se requiere la habilidad de una agencia que entrene y que responda a las necesidades de los elaboradores de perfi- les, es decir, que sea competente, con acceso a la información necesaria para el caso, y que sean lo suficientemente analíticos en el área forense. (Turvey, 1999 citado por Tapias 2002).

2.1. Requerimientos indispensables del perfilador.

Para Roy Hazelwood (2002) siete son las características primordiales que debe reunir un perfilador exitoso:

1.- Lo primero que hay que buscar es experiencia de vida y ma- durez, estudiosos de la mentalidad criminal, investigadores policiales, victimólogos, detectives etc. Preferentemente entre 30 y 45 años.

2.- El segundo criterio es mente abierta, habrá que considerar dis- tintas opiniones y diferentes posturas al respecto de un mismo hecho, aquellos que creen que siempre tienen la razón o se rehúsan a escuchar razones distintas a las propias nunca serán buenos perfiladores.

3.- Un atributo indispensable es el sentido común o lo que Roy Ha- zelwood (2002) llama “inteligencia práctica” y del que admite que no siempre se encuentra en personas inteligentes, ni con buenos niveles de formación académica. Y como bien se dice popularmente “El sentido común es menos común de lo que se espera”.

4.- Otro criterio importante es la intuición, esa habilidad para saber o percibir cosas sin un procedo de razonamiento deliberado; a través de un discernimiento rápido y agudo.

5.- El perfilador deberá aislar o mantener al margen sus sentimien- tos al respecto del crimen, del criminal y de la víctima. Una manera

 

sugerida por Hazelwood y Michaud (2002) es evitar usar un lenguaje incendiario o peyorativo. Es decir el perfilador se puede dirigir hacia el criminal como organizado, desorganizado, mixto, psicópata, pero tratará de evitar términos como, demonio, bestia, maniático o loco, ca- níbal, monstruo. Asimismo deberá evitar empatizar o simpatizar con las víctimas (lo que Garrido contradice, ver en éste mismo trabajo el apartado 3.2.6). La simpatía puede obstaculizar el razonamiento claro. La antipatía puede afectar la objetividad. Paradójicamente es el mismo Hazelwood quien en su tratado sobre agresores sexuales nombra a és- tos los “tiburones blancos” de la raza humana. Escribe:

“Es el más complejo, rebuscado, destructivo e ingenioso de todos los ofenso- res criminales… representan el más grande desafío para los departamentos policiacos” (Hazelwood, 2001)

6.- Otras cualidades relevantes son una fuerte lógica analítica y pa- ciencia. Razonamiento sistemático, esa habilidad para conocer como B sigue a A. Sin apresurarse a sacar conclusiones, estudiando el crimen detalladamente y ordenadamente para captar conductas, razonando sobre los hechos meticulosamente y sintetizar toda la información dis- ponible. Proceder con un paso a la vez aunque se crea tener ya la res- puesta correcta.

7.- Finalmente el buen perfilador deberá tener la capacidad para de observar el crimen desde la perspectiva del agresor; deberá pensar como el criminal, entrar a la esfera de la visión criminal y no desde la perspectiva de la sociedad (un punto discutible para otros perfiladores).

¿Necesariamente se requieren de estudios profesionales? Haze- lwood y Michaud (2002) dicen que, desde la perspectiva académica, es un error asumir que sólo la elite intelectual de las universidades puede calificar para ser un perfilador/investigador criminal, para ellos una persona que sepa expresarse bien verbalmente y por escrito y que ade- más cuente con las cualidades descritas en los puntos 1-7 no tendrá por necesidad contar con un grado académico. Sin embargo varios exper- tos en salud mental, estudiosos del comportamiento y otras ciencias universitarias creen que siempre será mejor tener una base profesional para perfilar y básicamente en Psicología, Criminología o Psiquiatría (o las tres). A continuación se enlistan varios de los requerimientos técnico-académicos y socio-culturales de la preparación del perfilador. Algunos de ellos se abordan, desde otra perspectiva en el capítulo tres.

2.1.1. Conocimiento del contexto socio-cultural.

Debido a que nunca se sabe dónde va a ocurrir un crimen, al momento de localizarlo, el perfilador criminal debe tener bases o conocimiento del sitio donde se produjo la tragedia, es decir, se debe empapar y en-

 

tender los hábitos, los tipos de relaciones, los rituales que se vivan en la población donde se va a trabajar; debe saber cuál es el comportamiento o conducta que se tiene en este sitio para lograr entender o esclarecer el por qué del crimen.

Por ejemplo; El 24 de octubre de 2002 finalizan 22 días de terror en Washington, D. C. y sus alrededores, dos sujetos, John Allen Williams y John Lee Malvo hirieron gravemente a tres personas y mataron a 13 con un arma de fuego a larga distancia, dejaban recados donde se leía:

—“Querida policía yo soy Dios”—. (Figura siguiente)


O detrás de cartas del Tarot “La Muerte”, escribieron: “Sus hijos no están a salvo en ningún lugar ni en ningún momento”.


¿Qué hubiese pensado un perfilador avezado?, ¿Qué pensaríamos si vivimos, suponiendo, en Japón y hay un asesino serial que deja cartas de baraja en cada una de las escenas criminales con la leyenda: “Hola

 

soy Buda”? Segura y primeramente que se trata de una persona que no profesa la religión mayoritaria nipona que es el Sintoísmo —una mo- dalidad del Budismo—, si además conocemos que en ese país el 95% de las personas profesan dicha religión, la lista de sospechosos se reduci- ría enormemente, habría que buscar entonces en barrios de inmigrantes o en zonas específicas donde vivan personas no adeptas al sintoísmo.

Volviendo al caso inicial John Allen Williams, quien había crecido en la ciudad de Baton Rouge, Louisiana, se convirtió en 1988 a la reli- gión islámica y cambió su apellido de Williams a Muhammad o Moha- med. A eso se refiere el conocimiento del contexto sociocultural.

Por cierto, John Allen Muhammad murió por inyección letal en el Centro Correccional de Greensville el martes 10 de noviembre de 2009 en Virginia, EUA, una vez que el gobernador de dicho estado denegó su petición de clemencia.

2.1.2. Trabajo interdisciplinario

Al realizar un perfil psicocriminológico se necesita de un arduo trabajo interdisciplinario ya que se debe hacer un minucioso análisis de toda la escena del crimen lo cual requiere bastante tiempo; además de tener co- nocimientos en criminalística, derecho demografía, antropología, etc., también se debe tener experiencia en el área forense y en dicho senti- do el perfilador debe tener la capacidad de trabajar o coordinar equi- pos compuestos por profesionistas de diversas hechuras y posturas no siempre afines teórica u operativamente.

2.1.3. Tolerancia y persistencia.

El trabajo del perfilador es física y emocionalmente agotador pues el profesional se encuentra a diario con situaciones que pueden cuestio- nar su sentido existencial lo que puede resultar muy doloroso, el per- filador debe estar en la capacidad de tolerar estas informaciones y de modular su actitud frente a las mismas.

Existen informes estadísticos de la efectividad de la técnica pero también aparecen informes que avisan de la cantidad de casos en los que al utilizarse la técnica, invirtiendo gran cantidad de tiempo y di- nero en la investigación y no dan como resultado la detención del autor.

Por ello el perfilador debe ser capaz de afrontar los casos frustrantes.

Es pertinente destacar en este apartado que los profesionales de la Victimología estiman cinco niveles de victimización*, este último, el quinto nivel, es el que padecen aquellas personas relacionadas con la atención, prevención y combate al delito. Dichos personajes al estar tan cerca de la criminalidad, tienden a vivir con cierto temor o hasta a de-

 

sarrollar ciertas ideas persecutorias, para ellos o hacia sus allegados, como por ejemplo el Abogado Penalista experto en delitos de índole sexual que no desea inscribir a su hijo recién nacido en una guardería

—por temor a que abusen sexualmente del mismo— o el Agente del Ministerio Público que teme acudir a ciertos lugares porque conoce los índices de violencia y criminalidad de los mismos.

*Para no dejar incompleta la información; los otro cuatro niveles son: 1ro.- El que padece directamente quien sea sujeto pasivo de un delito; 2do.- También conocida como doble víctimización, es la pade- cida al entrar en contacto con el sistema judicial —acosar con pregun- tas malintencionadas a una mujer violada—; 3ro.- El generado por los problemas para la reinserción social o readaptación de las víctimas nuevamente a su vida normal y el 4to.- Conocido igualmente como co-victimización es el que sufren los familiares o personas cercanas de quien ha sido víctima directa de un delito —la familia de un padre secuestrado, por ejemplo—. Ofendidos, nombrados así en el sistema penal chihuahuense.

2.1.4. Conocimiento de los allegados a la víctima.

El policía debe mantener contacto tanto con la familia como con los amigos del delincuente para saber sus posibles conductas a tomar y así poder sobrevivir y sobrellevar la relación en esta persona (Ressler, 1999). El perfil se puede seguir construyendo gracias a la información que brinden las víctimas de los delitos ya que de acuerdo con las ca- racterísticas del comportamiento del delincuente se puede determinar cómo relacionarnos con cada agresor en lo particular.

2.1.5. Sistematizar la información.

Para valorar un caso y realizar un posterior perfil criminal es de vi- tal importancia clasificar la documentación pues en muchos casos es abundante y esto puede generar problemas en la consecución de los objetivos o en la identificación de patrones.

Se deben usar herramientas para poder clasificar los datos obteni- dos de ahí la importancia de empezar a generar bases informáticas que permitan guardar información y encontrarla cuando sea necesaria. Las bases de datos se pueden generar con criminales recluidos en las dis- tintas cárceles de México, que deben ser vistas, no tanto como centros de vicio, corrupción y escuelas del delito, sino como verdaderos labo- ratorios criminológicos donde se pueden hacer sinfín de investigacio- nes para luego aplicarse a la prevención, readaptación, explicación y control criminal.

 

2.1.6. Retomar casos sin resolver

La valoración del caso frío, según los norteamericanos, consiste en un caso que ha estado sin resolver o inactivo por un periodo de tiempo. Se debe tener en cuenta la falta de cooperación entre la víctima y el in- vestigador, falta de testimonios o estrategias aparentemente agotadas.

Para solucionar estos casos fríos se debe tener en cuenta el factor más importante, el tiempo, por esta razón se deben analizar aspectos como la culpa que con el tiempo puede aumentar, las relaciones que con el paso de los meses o años se disuelven o cambian, el miedo a denunciar pues con el tiempo es posible que este se reduzca, evidencias que pudo haber pasado por alto el personal que analizó la escena del crimen, el patólogo forense, etcétera.

2.1.7. Manejo adecuado de los medios de información.

La publicidad y la opinión pública son importantes y un buen perfi- lador las usará como ventaja para obtener el máximo de información acerca del crimen y el agresor. Sin embargo, los reportajes irresponsa- bles o los relatos ficticios pueden presentar grandes inexactitudes y dis- torsionar la perspectiva en el trabajo de perfilación y el procedimiento investigativo, sugiriendo ciertas habilidades y técnicas que en realidad simplemente no existen.

En muchos de los casos existe un riesgo real de nuevas agresiones mientras se elabora el perfil psicocriminológico.

Avisar a la ciudadanía puede traer consecuencias favorables como sacar a la luz más casos, hasta entonces desconocidos, aportar más pis- tas para la investigación y prevenir a posibles víctimas.

El inadecuado manejo mediático trae también consecuencias negati- vas como las cuatro que enlistan Per Stangeland y Antonio Hernández (2002):

1. El agresor “se enfriaría”; dejaría de actuar por algún tiempo, después aparecería más prudente y con otras estrategias para atrapar a las víctimas.

2. El agresor se puede mover a otra zona lo que haría más difícil su identificación.

3. Un aviso a todos los ciudadanos tendría poco efecto preven- tivo para quienes no cubran el perfil de las víctimas y menos aún si las víctimas no acostumbran ver, leer u oír los sistemas de información mediática.

4. Un aviso general a al población puede generar bastante alar- ma social. (Recuérdese la colectiva psicosis que generaron los medios al difundir el caso del violador de San Felipe —u otros tantos—, lo que ocasionó que personas inocentes que pasaban

 

por el lugar fueran acosados, agredidos o señalados por los ve- cinos del lugar).

En muchos momentos, algunos de ellos ya ocurridos frecuen- temente en nuestro país, se puede llegar a linchamientos o que la ciudadanía tome erróneamente la impartición de la justicia en sus manos.

2.1.8. Neutralidad

El objetivo de un examinador forense es ser neutral, tener una partici- pación desinteresada; asimismo lo deben ser los elaboradores de per- files criminales, ya que trabajan bajo los mismos estándares éticos. El perfilador procurará desentrañar la verdad objetiva, el hecho objetivo, sin deformarla ni tergiversarla para ceder a inclinaciones personales o a intereses inconfesables. Su misión es auxiliar a los encargados de administrar y procurar justicia en el descubrimiento de la verdad his- tórica de los hechos. Ello significa que cualquier desviación al respecto, deberá encontrar la más rotunda negativa. Moreno (2000) escribe:

“…además procederá con buen juicio, sin precipitaciones, sin audacias in- convenientes y pueriles, con e/tremo cuidado y total entrega”.


2.1.9. Observación e intuición

Es importante resaltar que para la optimización de las investigaciones criminales, la deducción es usada para dibujar al perpetrador que es co- nocido como el perfil criminal. Quienes sean fuertes en la observación y sean intuitivos, pueden aprender este importante conocimiento con el entrenamiento apropiado, guía y campo de experiencia (Stanton, 1997).

Los perfiles constituyen la aplicación de la teoría e investigación de las ciencias del comportamiento al conocimiento que el preparador del perfil tiene de pautas que pueden haberse repetido en varias escenas de crímenes; es importante que el preparador de perfiles observe muchas escenas de crímenes para que conozca las pautas y que tenga cierta familiaridad con bases de datos, estadísticas y delincuentes que hayan realizado delitos similares.

2.1.10. Desarrollo de Software.

Hoy día se ha trabajado con unos lineamientos básicos para la creación de sistemas de menú y comandos que ayuden a encontrar información almacenada de manera rápida y eficiente, en este sentido se utilizarían para la creación de bases de datos en la realización de perfiles criminales debido a la gran cantidad de información que generan haciendo necesa- rio el uso de computadoras como apoyo en el almacenamiento, evalua- ción y rápida recuperación de la información (Holmes y Holmes, 1996).

 

Es de vital importancia conocer algunas bases de datos en relación con los perfiles criminales, uno de los sistemas de computación acep- tado en Estados Unidos y usado en incidentes de crímenes es conocido como HOLMES el cual será utilizado en investigaciones múltiples o muy generales, excepto en los asesinatos “domésticos” o los homicidios involuntarios, donde el criminal es conocido y ha sido arrestado; por otro lado se encuentra el SIO, que analiza cualquier información más específica de la base de datos HOLMES (Stevens,1997, citado en Jack- son y Bekerian, 1997). Conociendo la base de datos general se pueden nombrar dos ejemplos de algunas de las más específicas:

La base de datos CATCHEM, contiene información sobre asesinatos de niños cubriendo alrededor de 35 años de datos y cifras de muertes, proporcionando guías de búsqueda de cuerpos filtrando información sobre algunos de los sospecho- sos.(Stevens,1997, en Jackson y Bekerian, 1997).

También en los EUA el Centro de Tratamiento de Massachus- sets ha creado un programa específico para la creación de perfiles de violadores llamado “tipología del violador versión 3” (MTC: R3), este programa aplicó los métodos racional y deductivo simultáneamente y el empírico-inductivo generan- do, probando e integrando taxonómicamente los perfiles de los violadores incluyendo también aspectos teóricos (Knight, Knight y Prentky, 1990, en Knight, Warren, Reboussin, Soley, 1998).

Análisis Geográfico Computarizado: Es uno de los avances de un programa computarizado llamado Criminal Geogra- phic Targetin (CGT), el cual asesora las características espa- ciales de los crímenes.

El Centro Nacional para el análisis de crímenes violentos (Na- tional Center for the analysis of Violent Crime “NCAVC”) desarrolló un sistema computarizado para analizar patrones criminales, denominado Programa para la aprehensión de criminales violentos o VICAP (Violent Criminal Apprehen- sion Program) que con base en información de patrones com- portamentales detecta y predice la conducta de criminales violentos (Arrigo, 1999).

Muchos otros estados de los Estados Unidos de Norteamérica han sistematizado sus propias bases de datos sobre crímenes violentos, in- cluyendo el New York State Homicide Assesment and Lead Tracking System (HALT) —sistema principal para el seguimiento y evaluación de homicidas— o el Michigan’s Homicide Investigative Tracking Sys- tem (HITS) —sistema de seguimento e investigación de homicidios—. La base de datos nacional está localizada en la academia de entrena-

 

miento del FBI en Quantico, Virginia dentro del VICAP que opera a tra- vés del Centro para el Análisis de Crímenes Violentos. (McCann, 1992).

Para el caso mexicano y de Chihuahua en lo particular es necesa- rio desarrollar más amplios y unificados sistemas computarizados de información regional/nacional. Con el fin de archivar en ellos toda la información nacional de delitos, es decir, que las instituciones guber- namentales (federales, estatales, municipales) que tengan o requieran información de un delito puedan consignar o consultar dicha red de in- formación. Esto hará posible detectar casos de delitos violentos seriales y aunar esfuerzos investigativos.

Un buen ejemplo en México lo presenta el Sistema Inteligente de In- formación Criminal (SIICRIM) que tenía por objetivo contar de manera oportuna, eficiente y real con información criminológica y criminalísti- ca que permita atacar de manera frontal el problema de la inseguridad y la impunidad, mediante el uso de la tecnología de la información.

Pero esos sistemas deben incluir mayor cantidad de información de la que se acostumbra a recabar, por ejemplo deben incluir aspectos como conducta verbal durante la ofensa, escena de crimen organizada o desorganizada, es decir, muchas variables más que permitan obtener información clave en el proceso de perfilación.

2.2. Sugerencias para la implementación en México.

Con base en todos los estudios y aportaciones que hasta ahora se des- criben se sugiere que para implementar nacionalmente la técnica de elaboración de perfiles psicocriminológicos basados en el escenario cri- minal deben seguirse los siguientes pasos:

1.- Selección de personal: se debe hacer una estricta selección de quie- nes formarán el grupo de perfiladores, para ello se debe contar con pro- fesionales provenientes de diferentes disciplinas (abogados, psiquia- tras, criminólogos, sociólogos, psicólogos, técnicos en criminalística, policías e investigadores judiciales) que desde su área estén dispuestos a aportar para que se pueda desarrollar la técnica.

Para el procedimiento de descripción del perfil se sugiere que los pro- fesionales sean principalmente psicólogos, criminólogos y psiquiatras.

Dentro de este grupo deben estar personas interesadas en un pro- ceso de mejoramiento continuo personal y profesional y con capacidad autodidáctica.

Personas con altos grados de madurez y de sensibilidad social, con excelentes estrategias de afrontamiento que les permitan manejar ade- cuadamente las difíciles situaciones a las que se verán expuestos. Per- sonas que presenten funcionalidad adecuada en todas sus áreas vitales (física, social, emocional, cultura general, médica), para que ellas repre-

 

senten una fortaleza personal y el equilibrio emocional para continuar la realización de su trabajo. Personas con capacidad para trabajar en equipos multidisciplinarios, que piensen de manera pro-social en cuan- to a compartir conocimiento, personas con mente abierta y con amplia información social, cultural, forense y de ética profesional. Personas con sed de conocimiento que deseen aprender mucho más allá de los límites de su disciplina, que sean capaces de generar también conoci- miento transdisciplinario.

Es deseable que sean personas que hayan demostrado en su trabajo un alto nivel ético, puesto que la información que van a adquirir puede convertirlas potencialmente en peligrosas.

2.- Capacitación: El grupo de perfiladores debe capacitarse en todos los temas expuestos en este trabajo, además debe aprender fundamen- tos de psicología general, de comportamiento anormal, de psicología de la motivación, técnicas de autocuidados especialmente de salud mental. Esta capacitación debe realizarse mediante sistemas pedagógi- cos distintos al tradicional que permitan a los perfiladores aprehender realmente la información y que genere en ellos un espíritu de equipo.

La capacitación debe hacerse principalmente con docentes naciona- les, no se descarta recibir asesoría de expertos extranjeros —la cercanía de Chihuahua con importantes ciudades de EUA puede facilitar el in- tercambio de expertos—, preferiblemente que conozcan la idiosincrasia de nuestro país y hacer una adaptación transcultural de la información.

Se sugiere mantener siempre contacto con expertos extranjeros, por lo menos hasta que los perfiladores estatales se encuentren en capacidad de actuar con completa autonomía, situación que tomará dos o tres años.

Esta capacitación debe entenderse como un proceso continuo, es de- cir, un perfilador nunca termina de aprender, de estudiar, de conocer.

3.- Generación de perfiles de agresores conocidos: Aunque comprende otra forma de perfilamiento es absolutamente necesaria para la técnica en cuestión.

Por eso se requiere definir el tipo de delitos y de conductas violentas que conviene estudiar, medir la frecuencia para cada tipo de dinámica criminal y con base en ello levantar los perfiles de una muestra signi- ficativa.

Para lograr esta meta se requiere el diseño o adaptación de instru- mentos psicométricos, el entrenamiento a profesionales de las ciencias sociales que se encarguen de hacer las entrevistas con los internos de las penitenciarías, sistematizar la información y realizar una síntesis de la misma que permita definir los perfiles de agresores violentos de Chihuahua.

 

Para ello la participación de las autoridades es fundamental pues por lo general tienden a ver a los investigadores como usurpadores, bichos raros que sólo buscan evidenciar las deficiencias del sistema jurídico-penal, nada más alejado de la realidad.

Las puertas de los centros penitenciarios, departamentos estadísti- cos, informes y bases de datos, deben estar, con las reservas de cada caso, abiertas a los profesionistas y académicos autorizados que deseen hacer estudios de investigación básica y aplicada pues eso repercutirá en un mejor desempeño y llevará frutos para todos: funcionarios, aca- démicos y ciudadanía en general.

4.- Desarrollar sistemas computarizados de información regional-nacional amplios y unificados.

Para archivar en ellos toda la información nacional de delitos, es decir, que las instituciones gubernamentales (municipales, estatales y federales) que tengan o requieran información de un delito puedan consignar o consultar dicha red de información. Esto hará posible de- tectar casos de delitos violentos seriales en diversas partes del territorio nacional y aunar esfuerzos investigativos.

5.- Generar un sistema de incentivos sociales, económicos y científicos: Que permitan a los perfiladores sentirse realizados con su labor, es-

timularlos para generar conocimiento, para producir resultados éticos

y para realizarse como personas y tener una vida familiar desahogada a través de su trabajo.

6.- Trabajo interdisciplinario e interinstitucional:

Por lo que se conoce del funcionamiento de los profesionales invo- lucrados en la investigación judicial en México será necesario hacer un arduo trabajo para que las personas que laboran para distintas institu- ciones y que desempeñan diversos cargos modifiquen sus actitudes y sean capaces de generar sinergia y de actuar como uno solo.

Que entiendan que el apoyo a la ciudadanía es su real misión, que manda la meta y no una persona, que comprendan que el mejor puesto es el del servicio, que vean en sus compañeros un apoyo y que deseen significar eso para los otros.

7.- Combinación de la técnica con otras de investigación judicial y ajuste de la misma al sistema jurídico nacional.

Con errores pero también con propuestas de vanguardia, el estado de Chihuahua se ha destacado por ser punta nacional en propuestas legislativas, electorales, jurídicas y penales.

La perfilación será otra técnica más de investigación judicial, de ma- nera que debe combinarse con las técnicas tradicionales (como las fo- renses) y con las demás técnicas de perfilamiento como la de agresores conocidos o la de perfiles geográficos.

 

Las técnicas tradicionales deberán también adecuarse a la de perfi- lamiento, de manera que desde las técnicas criminalísticas empleadas en la escena del crimen, se comprometan en capturar toda la evidencia psicológica posible, que se incluyan en las actas de inspección de ca- dáver aspectos que pueden ser simbólicos, que se filme o fotografíe la escena del crimen de manera que se pueda reutilizar las veces que sea necesario que la analicen los perfiladores y otros expertos que sean necesarios para el perfilamiento y que impliquen la ampliación en los procedimientos tradicionales.

Adicionalmente debe hacerse una reflexión con los legisladores y demás profesionales del Derecho para que esta técnica sea legislada, adecuada y aceptada por el sistema jurídico estatal para que, poste- riormente, pueda ser difundida a través de perfiladores que actúen en diversas regiones del país.

8.- Como última sugerencia se propone; hacer una apropiación pruden- te del conocimiento:

No realizar un despliegue publicitario alrededor de la fundación de la unidad de perfiladores, usar y mejorar las técnicas y estrategias de- sarrolladas en el extranjero de manera que en Chihuahua se avance de manera vertiginosa pero de acuerdo con la realidad de la criminalidad y la justicia propias de un pueblo particular.

 


 









CAPÍTULO III

Perfilando

 


 











La vida de cada hombre es un largo y doble aprendizaje:

saber decir y saber oír.

El uno implica al otro para saber decir hay que aprender a escuchar. Empezamos escuchando a la gente que nos rodea y así comenzamos a hablar con ellos

y con nosotros mismos.

Octavio Paz



Perfiles.

Según el psicólogo alemán Friedrich Dörsch (1976) un perfil es: un “Mé- todo gráfico de representación de resultados de mediciones (por ej., cualidades de un sujeto, puntuaciones de un grupo en un test, etc.)… presenta la ventaja de poder obtenerse con una ojeada una clara idea de los resultados, pero las relaciones están simplificadas”.

La moderna disciplina del desarrollo de Perfiles Criminológicos se debe a una historia diversa basada en el estudio de la conducta criminal (Criminología), el estudio de los trastornos mentales y de personalidad (Diversas ramificaciones de la Psicología y Psiquiatría) y el examen de evidencias físicas (Técnicas Criminalísticas). En sus muy variadas for- mas, siempre ha involucrado la inferencia de características criminales para propósitos judiciales y de investigación. El razonamiento detrás de esas inferencias, de cualquier forma, no siempre ha sido consistente. Variando desde una base en argumentos estadísticos para reconocer patrones de conducta criminal hasta opiniones intuitivas basadas en la experiencia personal.

El desarrollo de perfiles criminológicos, es una herramienta útil que forma parte del arsenal del que disponen las Ciencias Jurídico-Forenses para auxiliar la investigación criminal.

En muchos aspectos, además de los conocimientos necesarios la co- rrecta perfilación recae en la habilidad y experiencia del investigador, siendo más susceptibles de éste tipo de análisis, aquellos casos en los que el agresor exhibe a través de su modo de actuación signos que su- gieren la presencia de psicopatología. Por ésta razón, quizás los más

 

vinculados a tal actividad han sido aquellos en los que se sospecha o afirma la actuación de un delincuente serial.

Por tanto la perfilación criminal es una técnica de investigación psi- cojudicial que se puede clasificar entre las técnicas de orientación y las de probabilidad. ¿Qué se debe entender con eso?: Dentro de las diver- sas técnicas de investigación criminológica y criminalística no todas revisten el mismo alcance y valor. Se tienen entonces tres tipos o clasi- ficaciones principales de técnicas según su grado de especificidad: de orientación, de probabilidad y de certeza. Las técnicas de orientación son poco específicas. Sus resultados, por lo tanto, solamente admiten establecer presunciones, es decir, ubican en el terreno de la posibilidad (por ejemplo el moldeado de huellas en yeso). Las de probabilidad son más específicas que las de orientación. Sus resultados en consecuencia permiten emitir juicios fundamentales y con sólidas razones, pero no excluyen cierto riesgo de error (un examen poligráfico). Por último, las técnicas de certeza son rigurosamente específicas y autorizan manifes- tar juicios válidos y concluyentes que no dejan lugar a duda alguna (puede ser una prueba de ADN).

Un perfil criminológico será entonces una estimación acerca de las características biográficas y del estilo de vida del responsable de una serie de delitos (principalmente homicidios y/o violaciones) que inclu- ye una predicción acerca de su lugar de habitación, su centro de opera- ciones criminales y cuáles son las áreas o zonas y fechas probables en las que puede volver a actuar. Utilizando una analogía en búsqueda de mayor claridad, se puede expresar que un perfil criminal sería como un retrato hablado y un diagnóstico psicológico como una fotografía.

Para el Dr. Grover Maurice Godwin (2001) de la Universidad de Alaska en Anchorage, la técnica de la perfilación criminal para clasifi- car a los delincuentes se ha convertido en una útil herramienta para la investigación desde 1841 con la publicación de “Asesinatos en la calle Morgue” —Murders in the rue Morgue— del genial Edgar Alan Poe, en la que el detective Agustin Dupin mostró su capacidad para “leer” los patrones de comprtamiento de un compañero mientras daba un paseo por París.

A finales del siglo XIX, justo en los tiempos de los asesinatos de Whitechapel, y del “chalequero” en la ciudad de México, atribuidos a uno de los criminales seriales más famosos Jack el Destripador un pató- logo forense llamado George B. Phillips y el conferencista en medicina forense Thomas Bond desarrollaron el “modelo herida” al encontrar en las escenas dejadas por el destripador ciertas concordancias en cuanto a los cortes o marcas encontrados en cuerpos varios, lo que hacía supo- ner que era la obra del mismo autor. El Dr. T. Bond escribió al jefe de la división de investigación criminal:

 


“El asesino debe ser un hombre de gran fuerza física, genial y atre- vido. No hay evidencia de cómplices. En mi opinión debe tener re- currentes ataques de manía homicida y erótica. El carácter de las mutilaciones indica que el hombre tiene una condición sexual in- controlable. Es probable que el asesino sea de edad media de mirada inofensiva y cuidadosa y va respetablemente vestido. Usa un abrigo que le permite escapar por las calles sin sangre en manos o ropa visi- ble; se asume que es solitario y de hábitos excéntricos; probablemen- te sin ocupación pero con una pequeña pensión. Vive posiblemente entre personas respetables que conocen su carácter y hábitos”.

El Dr. Bond basó su perfil solamente en su personal experiencia pero su propuesta sería aceptada por creativa e inteligente para muchos de los investigadores policiales contemporáneos.

Pero para Vicente Garrido Genovés profesor de la Universidad de Valencia y Patricia López Lucio (2006), periodista especializada en investigación policíaca, el primer caso que puede ser considerado el ejercicio serio de perfil de un delincuente desconocido se debe al Dr. neoyorquino James A. Brussel al aplicar el razonamiento lógico deduc- tivo, su experiencia y el cálculo de probabilidades para llevar en 1957

—69 años después del perfil de Bond— a la captura de George Metes- ky apodado por la prensa de Manhattan “the mad bomber”. George “El bombardero loco” Metesky fue un verdadero dolor de cabeza para los frustrados investigadores pues durante 16 años (1940-1956) eludió a la policía de Nueva York y plantó más de 30 bombas pequeñas alrededor de la ciudad, dentro de cines, en casillas telefónicas y otras áreas públi- cas. Se puede decir que estos fueron los inicios de lo que hoy se conoce como perfilación criminal, un arte que más adelante permitiría estable- cer los retratos psicológicos de distintos tipos de criminales: asesinos, secuestradores, terroristas, violadores, pedófilos y pirómanos, a partir de detalles aparentemente triviales.

En realidad, no fue hasta principios de los años 80 cuando esta técni- ca empezó a ser utilizada en los Estados Unidos como una eficaz ayuda en la investigación criminal. Por aquel entonces no se hacía una clara distinción entre los distintos tipos de criminales, y mucho menos desde un punto de vista psicológico. La mayoría de los cuerpos de seguridad dejaban ese papel a otros profesionales como sociólogos o trabajadores sociales, sirviéndose como disculpa que la única misión de la policía era únicamente detener al delincuente y no estudiar su personalidad. Un pequeño grupo de agentes del FBI que más tarde fundarían la famo- sa Unidad de Ciencias del Comportamiento (hoy llamada Unidad de Apoyo a la Investigación), les demostrarían con hechos lo equivocados que estaban.

 

La curiosidad de estos agentes los llevó a la Asociación Psiquiátri- ca Americana y a la Academia Americana de Ciencias Forenses, entre otras, para considerar que expertos ajenos al mundo de la policía po- dían enseñarles cosas que no sabían.

Al mismo tiempo se pusieron en contacto con departamentos de po- licía locales y les pidieron copias de sus casos archivados sobre los cri- minales violentos con el fin de estudiar casos individuales y establecer alguna similitud entre ellos. Así, analizando detenidamente ese mate- rial, comenzaron a ver las posibilidades de realizar una investigación en profundidad que condujera a una mayor comprensión de los crimi- nales violentos. Al final, llegaron a un punto en el que desearon charlar con las personas que sabían más que nadie sobre este tipo de crímenes y que mejor les podían enseñar, los propios criminales. Querían saber más sobre el carácter del asesino, del delincuente en lo general, qué factores de su entorno, de su infancia y de sus antecedentes les hacían desear cometer tales crímenes. Consiguiendo suficiente información de bastantes entrevistados podrían confeccionar más adelante listas útiles y comprobar si ciertos tópicos eran o no reales, por ejemplo, si el asesi- no realmente volvía a la escena del crimen.

Así, en las entrevistas descubrieron cosas tan sorprendentes como que Charles Manson, el inductor de los crímenes de Sharon Tate y de una serie de personas más, había suscitado en sus adeptos de “La Fa- milia” las ganas de cometer la masacre para ganar popularidad cuando comenzó a perder el control sobre ellos y no porque se creyese la versión particular del Apocalipsis que predicaba, como se pensó durante mucho tiempo. O como David Berkowitz [El hijo de Sam], el asesino de media docena de personas en Nueva York que había engañado a varios psi- quiatras alegando que había asesinado por órdenes de un perro poseído por un demonio, mentía simplemente para hacer creer a las autoridades que estaba loco, pero la verdadera razón de que matase a mujeres era su resentimiento hacia su madre y la incapacidad de establecer relaciones satisfactorias con ellas. Mientras acechaba a las víctimas y disparaba so- bre ellas se excitaba y después de los disparos, se masturbaba.

Finalmente, estos pioneros en psicología criminal lograron que se creara el ahora afamado “Programa para la aprehensión de criminales violentos” VICAP (Violent Criminal Aprehension Program), una gigantes- ca base de datos que agrupa la mayoría de los homicidios violentos cometidos en los Estados Unidos (unos 23,000 crímenes cada año, de los cuales 700 sin móvil aparente) y que permite establecer similitudes entre diferentes crímenes para buscar un agresor común. Por ejemplo, si un policía de una localidad introduce en la base de datos un homi- cidio que acaba de ser cometido y describe que la víctima ha sufrido agresión sexual y mutilación de algún miembro, automáticamente verá

 

en pantalla todos los crímenes cometidos bajo esas circunstancias. Con esto el agente podrá determinar si se trata de un caso aislado o si es obra de un mismo asesino.

3.1. Tipos de perfiles.

Dentro de la investigación criminal existen tres maneras elementales de elaborar los perfiles:

1.- Perfiles de agresores conocidos, igualmente llamado perfil cri- minológico o método inductivo; 2.- Perfiles de agresores desconocidos, perfil psicológico o método deductivo y 3.- Perfil geográfico. No se des- cartan la perfilación victimal, jurídica, criminalística, etc. Veamos cómo se distingue cada uno de los tres primeros:

3.1.1. Perfiles de agresores conocidos

Perfil criminológico; criminal o método inductivo. Consiste en la caracteri- zación de los agresores conocidos o población carcelaria para extraer características generales; es decir, se parte de lo particular a lo general; por ejemplo: si el investigador está elaborando perfiles de agresores dentro de una cárcel, entonces entrevistará a un violador y nota que no es asertivo, luego a otro y observa lo mismo entonces, si se repite el patrón, el investigador podrá extraer una característica promedio de los violadores —para el ejemplo la falta de asertividad—. Para obtener estos datos, los investigadores realizan entrevistas por una parte de de- lincuentes sentenciados por el mismo delito (robo de auto, por ejemplo) o también aplicando estudios diversos a criminales violentos condena- dos sin posibilidades de salir de la cárcel, para que así brinden amplia información y con esta no tengan nada que ganar o perder. Además se basan en la observación conductual y en informes de la conducta del delincuente brindada por otras personas (allegados, víctimas o custo- dios). También se nutren los investigadores de datos provenientes del expediente judicial y con base en todas estas fuentes se construye el perfil inductivo. (Ressler, 1999). Homant y Kennedy (1998) afirman que este perfil se usó para la estrategia de entrevista y testimonios de indi- viduos, determinando si sus características emparejan con las caracte- rísticas de una base de datos de una específica clase de agresores. La ventaja de este modelo es que es un gran facilitador de características, pues ofrece premisas con cualidades básicas del agresor que permiten perfilarlo y predecir su comportamiento. (Turvey, 1999).

Entre sus ventajas es una herramienta muy fácil de utilizar, no se necesita un conocimiento especializado en ciencias forenses ni entre- namiento en el ámbito de la investigación de la conducta criminal, no lleva mucho tiempo y no implica grandes habilidades analíticas por parte del perfilador.

 

En sus desventajas están: el grupo de sujetos pudo no haber estado apropiadamente muestreado, los sujetos pudieron mentir o falsear los datos por lo que se deben seguir estrictos controles de medición de las variables en cuestión, incluyendo la validez y la confiabilidad de los instrumentos a través de estrictos modelos de control estadístico; no se incluyen criminales que han logrado evadir la justicia –generalmente más inteligentes y habilidosos, dichas inexactitudes pueden de manera inapropiada implicar a individuos inocentes.

3.1.2. Perfiles de agresores desconocidos

Perfil psicológico o método deductivo. Este método, también llamado “aná- lisis de la evidencia del comportamiento” se desarrolla haciendo infe- rencias con base en el análisis de la evidencia psicológica de la escena del crimen. Como su nombre lo indica, se trata de ir de lo general a lo particular; es decir, de premisas generales como la edad del agresor, la condición étnica de la víctima, las agresiones específicas que el criminal hizo a la víctima como cubrirle la cara o dejar algún tipo de simbo- logía…, posteriormente de la evidencia psicológica se extraen rasgos del agresor para dar como resultado un perfil particular. Por ejemplo: agresor adulto, joven, blanco, sin aparente sentimiento de culpabilidad, impulsivo, nivel académico medio-superior, etcétera.

Para realizar este perfil resulta de mucha utilidad hacer comparacio- nes con las características de otros comportamientos criminales simila- res de población conocida (penitenciaria o carcelaria) obtenida median- te el método inductivo. (Turvey, 1999).

Este método se puede usar como un tipo investigativo y adjudicati- vo, ya que como primera medida, el análisis de la evidencia conductual puede ser sistemáticamente examinada e interpretada para los hechos del caso y después de esto puede ser usado para asistir en el proceso que se ponga a disposición en una corte legal (Turvey, 1999).

El perfil criminal deductivo no implica un individuo específico ni un crimen específico.

Puede ser usado para sugerir un tipo de individuo con característi- cas psicológicas y emocionales específicas; describe solo las caracterís- ticas evidentes en la conducta criminal a la mano, así como las circuns- tancias de tal conducta.

Los encargados de hacer perfiles deductivos, recopilan informa- ción de la escena del crimen para analizarla y poder revelar qué tipo de persona lo cometió. Los casos reales de crímenes no se resuelven por pequeñas pistas, sino por el análisis de todas las pistas y los patrones del crimen. El perfil de criminales desconocidos interpreta la evidencia forense que incluye observar la escena del crimen, tomar fotografías,

 

reportes de autopsia, fotografías de la autopsia, además del estudio in- dividual del agresor y la victima partiendo de los patrones de conducta se deducen las características del agresor(es), la demografía, emociones y motivaciones (Turvey,1999).

El método de perfil deductivo incluye dos fases:

La fase investigadora: en la que como su nombre lo indica se investiga todo lo que tiene que ver con las evidencias ya sean físicas o conductuales.

La fase del ensayo: esta fase involucra el análisis de eviden- cias conductuales de crímenes conocidos donde ya existe un sospechoso, por esta razón la meta en este caso es auxilia en el proceso de entrevista o interrogatorio y a desarrollar la visión de la fantasía en la mente del ofensor.

Como se observa, las deducciones de lo que pudo haber pasado en la escena criminal son teórica o empíricamente conducidas por la acti- vidad de investigación y prueba de hipótesis, pero, en la mayoría de los casos, se encuentran sostenidas en la experiencia personal.

3.1.3. Perfil geográfico.

Relacionado con las características físicas del lugar, podría llamarse perfil de la escena del crimen, ya que intenta generalizar la vinculación de las localizaciones de la escena del crimen con la probable residencia de un agresor desconocido.Aunque este tipo de perfil es primordial- mente empírico, emplea el concepto de mapa mental y trata de recons- truir una representación psicológica relevante de las áreas del crimen en donde el agresor se sienta confortable (Homant, 1998). El Dr. En Psicología Forense Kim Rossmo (1997) citado por Homant (1998) afir- ma que un perfil geográfico es de gran ayuda para refinar el perfil de la escena del crimen, ya que lo que se intenta es generalizar la vinculación de la localización de la escena del crimen con la posible residencia del agresor, además de ayudar a formular el mapa mental.

Es importante mencionar que algunas agrupaciones policíacas la- tinoamericanas (Colombia, por ejemplo) están utilizando técnicas de georeferenciación, es decir, están implementando la técnica del perfil geográfico. De esa manera el perfil geográfico pretende contestar rele- vantes preguntas como: ¿Dónde es más probable que seleccione a sus víctimas? ¿Cómo se desplaza el asesino? ¿Cuál es la zona más probable para la base de operaciones del criminal? ¿Dónde puede ser el siguiente ataque? Vicente Garrido (2006) dice que incluso; “se puede deducir el tipo de trabajo que tiene combinando los lugares y las horas en los que mata (alguien con un horario y un lugar de trabajo estables es impro- bable que pueda atacar en lugares distantes y en horas variables)”. Se

 

estudia cómo se desplazan los delincuentes a la hora de cometer sus agresiones, manteniendo que esos desplazamientos están condiciona- dos por la experiencia que el delincuente tiene de la zona en que vive o trabaja “mapa mental”. Para entenderlo no sólo habrá que estudiar la escena del delito sino las rutas de acceso, de salida, las horas de los ataques, el tipo de víctima y la manera en que ataca.

EL psicólogo británico y profesor de la Universidad de Liverpool David Canter (citado en Garrido, 2006) desarrolló la hipótesis del círcu- lo, según la cual hay una alta probabilidad de que el agresor viva en una zona determinada por un círculo trazado a partir del diámetro que une los dos crímenes más alejados, con una tendencia a que su hogar o zona de operatividad, se sitúe en el centro del mismo, a su vez, el ahora asesor de varios departamentos policiales Kim Rossmo (también citado por Garrido, 2006) a través de análisis matemáticos estableció el principio del decaimiento de la distancia, que predice que a medida que el victimario aumenta el desplazamiento para cometer sus crímenes, la frecuencia de los mismos disminuye ya que con la distancia aumentan también los riesgos y los costos psicológicos (inseguridad). Otra de las aportaciones de Kim Rossmo fue señalar la existencia de un área muy próxima a la habitación del delincuente a la que llamó zona de protec- ción, donde no protagonizará ningún ataque para evitar ser reconocido.

Los tres tipos de perfiles descritos no están reñidos entre sí y en muchas ocasiones se puede tener una buena y más confiable conclu- sión al perfilar si se extrae información aplicando las tres técnicas en combinación.

3.2. Arte y Ciencia.

Para muchos estudiosos la elaboración de perfiles criminales es un arte y una ciencia; una ciencia artística o arte con fundamentos científicos también podríamos afirmar. Se pueden encontrar un sinnúmero de di- ferencias entre la actitud adoptada un científico comparadas con las de un artista. Sus actividades y algunos principios divergen notoriamente en numerosos aspectos. Pero hay también un número importante de analogías entre ambos. Uno y otro quieren interpretar al universo y expresarse a sí mismos. Ambos buscan generalidad y de ser posible universalidad en sus expresiones. Los dos buscan armonía y uniformi- dad en la naturaleza. Los dos están preocupados por el problema fun- damental de las relaciones entre lo general y lo particular, lo abstracto y lo concreto. Los dos intentan modelar el universo a la medida de la mentalidad humana y de su propia personalidad.

Para Fernando Arias Galicia (2005) Tanto el hombre de ciencia como el artista reconocen y estudian las limitaciones de sus técnicas. La preocu- pación científica del límite de precisión que puede alcanzar una medida

 

o del grado de alteración que introducen en un fenómeno los métodos y aparatos de observación es análoga a la preocupación del pintor por las características de la tela, los pinceles y de los colores que emplea.

Además, mientras más complicado un problema, cuanto mayor el número de variables que intervienen, más difícil es el análisis científico. Mientras más insólito es un evento, más difícil de promulgar los princi- pios generales que lo explican y las obras de arte son eventos insólitos. Mientras más subjetivo es un fenómeno, más se resiste a la reducción a fórmulas explícitas confrontables con los hechos y la belleza es una noción eminentemente subjetiva. Arias (2005) afirma: “La creación ar- tística, como la científica, es un proceso individual intuitivo, no lógico”.

En ese tenor, la Psicología Criminológica —desde donde se deri- van las principales propuestas para la perfilación—, se dedica a com- prender las motivaciones y el estilo de vida de los delincuentes; intenta comprender qué busca el delincuente con sus acciones y para ello hace frente a las cuestiones del “por qué” y del “para qué”, en la primera pre- gunta se intenta determinar un móvil, mientras que la segunda encierra mayor sutileza, en el “para qué” hay una proyección hacia el futuro, se busca la finalidad última de esa acción. Es un nivel más complejo de explicación, permite comprender lo que el sujeto quiere expresar en la comisión de sus delitos, una narración y el investigador debe ser capaz de leer esa historia si quiere llegar a comprender quién puede actuar de ese modo. El criminal se expresa a través de sus delitos, el “texto” son sus crímenes, el “tema” lo que quiere transmitir con ellos lo que se concreta con el modus operandi y la firma que se exhibe en la escena del delito. Busca sentirse dueño de la vida o de la muerte en un asesinato. Al pretender una sensación profunda de omnipotencia (como es el caso de muchos agresores sexuales), tal sensación se logra en cada muerte, pero es efímera: al cabo de un tiempo la necesidad resurge, está ahí como un déficit permanente del sujeto. Y además, escribe Garrido (2006: 39), —“esa sensación nunca está a la altura de lo fantaseado. Es en rea- lidad un proceso similar a una adicción. Ésta sólo desaparecerá cuando cese tal necesidad o cuando el sujeto haya aprendido a canalizarla de un modo distinto, es decir, cuando la narración que escribe el sujeto con su comportamiento (expresión de su yo) haya logrado un nuevo argumento y ya no desee volver a matar”.

Existen varios artículos (ver Godwin, 2001) que proporcionan un buen número de bases para desatar la polémica alrededor de los perfi- les psicocriminológicos. Dichos perfiles, a menudo contradictorios, se ven opacados a varios supuestos y conclusiones oscuras sobre los actos delictivos y las características inferidas basadas únicamente en senti- mientos personales o derivadas de experiencias de los últimos casos lo que puede ser, además de empírico, engañoso para las investigaciones

 

policíacas. Como alternativa la investigación y retroalimentación entre los diferentes estudiosos de las ciencias sociales puede llevar a mejores soluciones para las investigaciones criminales.

3.3. Realización del perfil.

Para realizar un correcto perfil psicocriminológico deben tomarse a consideración varias etapas, además el investigador debe estar dotado de una poderosa facultad de observación. Así como de una inteligen- cia capaz de discernir con exactitud los hechos y el significado de los mismos. Ha de ser paciente, debe multiplicar sus comprobaciones para estar seguro de no incurrir en el error. Ha de ser imparcial, siempre dispuesto a desechar sus propias ideas cuando las evidencias las des- mientan. Deberá ser riguroso y analítico observador de los hechos, ya que éstos quedan y —como afirma Rafael Moreno (2000)— “las teorías pasan”. Finalmente, debe tener siempre presente que observar sin pen- sar es tan peligroso como pensar sin observar.

Para la escuela de perfilación creada por Roy Hazelwood son sólo cuatro los pasos que se deben seguir. En su libro “Dark Dreams” [Sue- ños Obscuros], (2002) expresa —palabras más palabras menos— que la simplificación, la parsimonia, al perfilar será siempre preferible a la complejidad y por ello es que propone cuatro etapas, estas son:

a. Identificar las conductas significativas que han ocurrido, (¿Qué pasó?)

b. Crear una opinión sobre el por qué ocurrieron, (¿Por qué

pasó?)

c. Reconstrucción de la secuencia de eventos (¿Cómo pasó?) y

d. Determinar qué tipo de personaje pudo haber cometido el crimen de esa manera y con base en las razones esgrimidas en el paso dos. (¿Quién lo hizo o, mejor, quién pudo haberlo hecho?).

Robert Ressler establece seis etapas (Ressler y cols., 1992, Woodwor- th y Porter, 2001 citados en Soria y Sáiz, 2006) para la generación del perfil: la recolección de datos para elaborarlo, modelos del proceso de decisión, análisis del crimen, perfil criminal, la investigación y, por úl- timo, la aprehensión.

A su vez para el Profesor Vicente Garrido Genovés, los conceptos esenciales de la técnica del perfil criminológico son: escena del crimen, evaluación de los distintos informes, geografía de los delitos, modus operandi, firma y victimología o perfil victimológico.

Personalmente propongo un modelo de perfilación, al que he nom- brado MURDER [Asesinato en inglés]. MURDER es el acrónimo de Modelo Multifásico para la Resolución de Delitos Recurrentes.

 

En términos generales incluye 7 fases —cada una con diversas in- terfases— mediante las cuales se puede establecer el perfil de un suje- to o grupos delictivos sistemáticos. Es una propuesta de investigación psicocriminológica aún en fase experimental y al que, si el tiempo es amable y la razón perdura, dedicaremos un libro completo en 2012. (Ver figura siguiente).



3.3.1. Evaluación de la escena del crimen.

El Código Federal de Procedimientos Penales mexicano establece la obligación por la cual la autoridad responsable de la investigación de los delitos deberá asegurar, ya sea protegiéndolos, poniéndolos en se- cuestro judicial o al cuidado y bajo la responsabilidad de una persona, los instrumentos del delito, las cosas que sean producto u objeto de éste, así como aquellos en que existan huellas del mismo o pudieran tener relación con éste.

Una vez que se tiene el expediente con los datos del caso y tras una evaluación de los hechos, empezamos estudiando en primer lugar la escena del crimen. Para el trabajo en la escena del delito se tiene una regla de oro: No tocar, cambiar o alterar cosa alguna hasta que esté debida- mente identificada, registrada, medida y fotografiada o lo que los expertos criminalistas llaman “fijar la escena del crimen”. Recordemos que cada dato, por elemental que parezca, puede proporcionar un indicio sobre la persona que se busca, es por eso que la protección del escenario del delito tiene como finalidad que permanezca tal cual lo dejó el delin- cuente, de manera que todos los indicios mantengan inalterables su situación, posición y estado original. Si esto se logra es posible recons- truir los hechos con apego a la realidad, así como examinar los indicios en el laboratorio, cuando no sea posible hacerlo en el propio lugar, sin

 

la más mínima alteración, siempre y cuando hayan sido levantados y embalados cuidadosamente, es decir empaquetar las evidencias encon- tradas en las escenas criminales de la manera debida, con el registro correspondiente y anotando claramente las condiciones en que estos se levantaron, quién o quiénes lo hicieron y a que personal fue entrega- do. Es evidente que un inadecuado manejo de evidencias conduce a su destrucción, deterioro o contaminación. En ese sentido se consideran cuatro tipos principales de escenas delictivas.

1. Del hecho.

2. Del hallazgo.

3. De enlace o transferencia.

4. Circunstancial.

Brent Turvey (2008) con base en el ambiente en que se encuentra propone otros cuatro criterios para calificar las escenas delictivas:

1. De interior (casas, apartamentos, edificios, oficinas…)

2. De vehículos (trenes, barcos, camiones, autos…)

3. De exterior (campo abierto, bosque, parque, desierto…)

4. Bajo agua (mar, pantanos, ríos, pozos…)

El mismo autor atendiendo al contacto producido entre agresor y víctima distingue tres tipos de escenas:

1.- Primaria. Donde existe mayor contacto entre ambos, se invierte más tiempo y se dan más agresiones hacia la víctima.

2.- Secundaria. Interacción en menor cantidad, puede ser —en un homicidio— el lugar donde se abandona el cadáver. Dentro de un mis- mo delito puede haber varias escenas secundarias.

3.- Intermedia. Es intermedia entre la escena primaria y el abandono del cuerpo. Es un tipo de escena secundaria que generalmente sirve para trasladar el cadáver desde la escena primaria hasta donde se deja el cuerpo.

Resulta muy conveniente visitar físicamente dichos escenarios. Para preservar la escena del delito, los investigadores, generalmente servi- dores públicos, que primero lleguen a ella, deben asegurarse de actuar con rapidez, pero con cuidado extremo para no modificarla.

Se deberán anotar el estado de puertas, ventanas, huellas que se pierden fácilmente, como rodadas de llanta, pisadas en lodo, etc. Re- portar olores (pólvora, cigarro, gas, marihuana, etc.) el estado de la iluminación del lugar y las condiciones climatológicas y de horario y visibilidad, así como la posición original del mobiliario y demás ele- mentos físicos presentes. Para el éxito en esta tarea fundamental del investigador, deberá realizar una inspección completa de la escena. En el caso de homicidio percatarse de los rastros de violencia y posibles movimientos de la víctima y el victimario. Después deberá detectar y

 

ubicar las evidencias, deberán fijarse estas fotográficamente y acto se- guido, describirlas con exactitud asignándoles un número de identifi- cación estableciendo hora y fecha, deberá tomar en cuenta cada pieza debe contener una anotación que especifique el lugar preciso donde fue encontrada, su posición, y su ubicación en un croquis del lugar, com- plementando con fotografías forenses de la escena.

La administración de las investigaciones: Este es un punto medular de la investigación criminal, para darle continuidad al trabajo, permitir su seguimiento y evaluación permanente y final, cada investigación es diferente, aun por delitos idénticos. La investigación de la escena del crimen es el corazón del método de trabajo del perfilador. Se basa en el famoso principio forense de Loccard o también llamado principio del in- tercambio que se expresa como sigue: cuando un criminal interacciona con una víctima, hay algo de él que se transfiere a ella o al resto del escenario y también de la víctima hacia él.

El perfilador se enfocará en el análisis primario de las huellas psico- lógicas y la policía científica o criminalística lo hará con indicios o res- tos físicos. Como se observó ya; pueden existir varias escenas delictuo- sas, por ejemplo; se secuestra a una persona, se transporta a un lugar donde se le mata y se tira el cadáver en otro. Aquí se tienen entonces tres escenas criminales. La escena primaria o principal es aquella donde se produce la agresión más importante, generalmente supone la muerte de la víctima y suelen encontrarse en ella mayor cantidad de eviden- cias físicas y psicológicas del delincuente, el resto se denomina escena secundaria. Al trabajar en la escena del crimen Koetzsche (citado por González de la Vega y colaboradores, 2004) sugiere aplicar el acrónimo PRELIMINAR, para memorizar la secuencia de las acciones a seguir por quien acude en primer lugar a la escena, mismo procedimiento que no es estático y que puede variar de acuerdo a las condiciones de cada caso en particular, pero sirve como una guía para quien incursiona sin mucha experiencia en escenas criminales:

P Proceder con prontitud y cautela a la escena R Rendir ayuda al lesionado (si los hubiere) E Efectuar la detención del sospechoso (a)

L Localizar e identificar a los testigos

I Entrevista (de Interview en inglés)

M Mantener la escena del delito y proteger evidencias

I Interrogar sospechosos

N Anotar las condiciones del hecho y de testigos A Administrar la recopilación de las evidencias, y R Reportar con sencillez, veracidad y corrección

La descripción detallada de una escena delictiva es muy importante, permite determinar si el asesino es organizado o desorganizado. No

 

sirve de mucho decirle a un agente que se anda detrás de una personali- dad psicopática, limítrofe o con rasgos paranoides si el policía no tiene preparación en sistemas de clasificación psico-psiquiátricos (DSM-V, por ejemplo). Es necesario comunicar en términos que se puedan en- tender. En vez de decir que una escena de un crimen presenta señales de una personalidad psicopática, decimos que aquel crimen en particu- lar era organizado, desorganizado o mixto.

La distinción, de la que se escribirá más adelante, entre organizado y desorganizado es una forma fundamental de separar dos tipos com- pletamente diferentes de personalidades.

La característica fundamental del delincuente organizado es su ca- pacidad de planear el delito. Sus crímenes derivan de unas fantasías premeditadas, y normalmente escoge a sus víctimas, lleva consigo el arma del crimen y procura no dejar pistas una vez que comete el ho- micidio.

De este tipo de personas podemos deducir en términos generales que no suelen tener antecedentes psiquiátricos pero sí antecedentes penales, pueden mantener una vida social perfectamente normal [alta adaptabilidad], suelen tomar alcohol o estupefacientes y que actúan so- los o en raras ocasiones acompañados de un cómplice.

Lo que caracteriza al asesino desorganizado es todo lo contrario que en el caso anterior. Éste no escoge a las víctimas de manera lógica, suele atacar a las llamadas “víctimas de oportunidad”, es decir, la primera persona a la que considere una presa fácil. Como arma del crimen uti- lizan lo primero que tienen a mano, un cuchillo de cocina, una piedra, una cuerda..., no tienen mucho cuidado para ocultar los restos de san- gre, semen o el mismo cadáver.

Es más fácil determinar el móvil cuando se trata de un asesino orga- nizado porque premedita, planifica y es capaz de llevar a cabo un plan de acción lógico. Por otro lado, el asesino desorganizado comete sus crímenes por motivos derivados, frecuentemente, por una enfermedad mental y los procesos cognitivos que la acompañan, (visiones, alucina- ciones auditivas…). Además, sabemos que son personas introvertidas y antisociales, al límite de la marginación, solitarios, raramente tienen un empleo estable, viven solos o con los padres y que su comportamiento generalmente es agresivo.

El método más acertado para solventar la mayoría de los crímenes, es la predicción de la conducta basándose en motivos conocidos. En los crímenes en serie violentos, el motivo es desconocido para el investiga- dor, por lo que éste tendrá que solucionarlo acercándose en la dirección opuesta, es decir, conociendo perfectamente la conducta del agresor.

 

Para conseguir la obtención de un perfil del criminal con suficiente entidad para darnos una imagen lo más aproximada a lo que busca- mos, hay dos conceptos que deben ser aceptados por el investigador:

1º - Los agresores en serie violentos y de tipo sexual, generalmente han hecho realidad su crimen en sus fantasías antes que con una vícti- ma real.

2º - La mayoría de las conductas satisfacen un deseo o necesidad. Aceptando estos dos conceptos básicos, un investigador puede de-

ducir lo que el agresor desea, qué necesidades tiene y la conducta que

se va a apreciar en la escena del crimen.

Un punto igualmente importante es que un buen investigador y perfilador deberá conocer los elementos que componen los vestigios, indicios o evidencias que aparecen en la escena del crimen. Se entiende por esto cualquier material potencial útil para relacionar a un sospe- choso, un arma o un lugar con un delito; los indicios son pues los com- puestos (químicos, físicos, biológicos…) que suelen estar relacionados con la ejecución de una conducta social criminal, Di Mayo (citado por Soria, 2006) establece una gran subdivisión de dos tipos:

a).- Muestras biológicas u orgánicas: sangre, mordeduras, saliva, uñas, tejidos orgánicos, cabellos y semen.

b).- Muestras no biológicas o inorgánicas: tierra, vidrios, pintura, fibras, armas, balas, casquillos y ropas.

Es evidente la necesidad de conocimientos en diferentes técnicas criminalísticas por parte del perfilador o, al menos, no deberá ser ajeno a sus diversos lenguajes. La modernización de los servicios periciales no debe limitarse a la adquisición de recursos tecnológicos, pues por muy avanzados que éstos fueren no reportarían utilidad alguna a falta de personal capacitado para su adecuado manejo y efectivo aprove- chamiento; el equipo humano sigue y seguirá siendo factor primordial en las tareas de investigación, toda vez que su creciente complejidad requiere la intervención de elementos profesionales, de auténticos es- pecialistas. “Especialización y formación científica, son los puntos de apoyo del eje en torno al cual debe moverse la justicia moderna (Jimé- nez de Asúa, 1964 en Moreno González, 2000).

3.3.2. Evaluación de los distintos informes

Esta etapa consiste en el análisis de los informes preliminares de la policía, de lo que han constatado los agentes en su prospección en el lugar del crimen, en las interrogaciones a testigos y sospechosos o en los análisis de pruebas y balística, así como los informes realizados en la autopsia.

 

Una vez establecido el perfil se puede describir al agresor por su comportamiento y determinar qué deseo quiso satisfacer con sus actos para predecir sus acciones posteriores. Luego se comunica a los inves- tigadores, con consejos o sugerencias para su uso en el terreno en fun- ción del tipo de caso o en el interrogatorio de sospechosos, por ejemplo, las técnicas proactivas.

El problema de la perfilación es que el material base proviene del estudio del comportamiento humano y eso implica variabilidad, diver- sidad y, en muchas ocasiones; incertidumbre.

Si un perfil está equivocado puede dirigirse la investigación en otra dirección, por eso hay que estar completamente seguro de lo que se dice en él.

Siempre puede y debe ser afinado en función de los nuevos elemen- tos de la investigación y eso conducirá, sin duda, a la identificación del delincuente.

3.3.3. Geografía delictiva.

Se incluyen básicamente dos variables, por un lado los actos de precau- ción y por el otro la modificación o alteración de la escena criminal.

Los primeros son comportamientos realizados por el delincuente antes, durante o después de un delito para confundir, desviar o equi- vocar una investigación, con el objetivo de impedir que se le relacione con un delito o se descubra que éste se ha cometido.

Las siguientes son algunas conductas que revelan precaución por parte del perpetrador de un delito

Anotar la identidad la identidad de una víctima para intimidarla y evitar la denuncia

Quitar sus ropas a la víctima para controlarla mejor o retardar la solicitud de ayuda

Quemar el cadáver o modificar la escena del crimen mediante el incendio, eliminando rastros “para Vicente Garrido (2006) puede ser también una expresión de coraje o rencor extremo”.

Utilizar guantes, preservativos, máscaras o disfraces, alterar la voz

Buscar la oscuridad para cometer el delito

Buscar un lugar que facilite la acción

Seleccionar víctimas desconocidas, con retraso mental o socialmente vulnerables (ancianas, pordioseros, niños de la calle, prostitutas u otras personas dedicadas a oficios considerados de baja calidad como empleadas domésticas, albañiles, étc).

 

Pero los actos de precaución no deben confundirse con los efectua- dos con el propósito de amañar la escena.

Una escena modificada o alterada ocurre cuando la evidencia ha sido intencionalmente alterada para alejar sospechas o confundir a los investigadores por lo que la reconstrucción del crimen es algo funda- mental para dilucidar la cuestión.

3.3.4. Modus operandi.

Modus operandi es un término latino cuyo significado es “método de operación (ejecución)”, en sentido estricto significa modo de proceder, obrar o actuar y desde un enfoque jurídico-criminológico es el modo en que se lleva a cabo un crimen, para Brent Turvey (citado en Garrido, 2006) “El modus operandi de un criminal lo constituyen sus elecciones y conductas por las que pretende consumar un delito. El modus operandi refleja cómo comete un delito, y es diferente de la firma del criminal, que nos informa del porqué comete el delito”.

La manera de indagar sobre el modus operandi fue descubierta a principios del pasado siglo por el Mariscal de campo Sir Llewelyn W. Atcherley cuando era Jefe de West Riding en Yorkshire Inglaterra. Scot- land Yard y otras policías de Inglaterra emplean una modificación del sistema de Atcherley, el método fue introducido en los EUA por Agustin Vollmer y se utilizó en un buen número de organizaciones dedicadas a la investigación criminal de ese país y con diversos grados de éxito.

La bondad del sistema depende de la habilidad de los investigado- res y de la persona que lleva el archivo. Los investigadores deberán ser capaces de descubrir y dar cuenta de métodos y hechos esenciales para la correcta clasificación del delito; y el archivista deberá ser capaz de clasificar los datos que obtenga y compararlos con los que ya estén en el archivo.

Todas las personas desarrollan o conservan rasgos, ademanes y ma- neras de hacer las cosas que son exclusivos de cada quien sirviendo como medios de identificación siendo lo mismo para los delincuentes; la manera como cada uno comete un delito lo distinguirá de los demás que cometen el mismo delito.

Elementos primordiales que hay que tomar en cuenta para describir el modus operandi:

1. Clasificación del delito: Tipo general del delito cometido: Homici- dio, asalto, robo, allanamiento de morada, abuso sexual etc.

2. Clase de víctima: Ocupación, edad, sexo, color, complexión, estado civil, etc.

3. Tipo de propiedad: Clase: tienda, casa, oficina, almacén, campo abierto, etc.

 

Ubicación: lugar adyacente a la calle, a un callejón o a un terreno vacante, urbano o rural.

4. ¿Cómo se efectuó el asalto?, ¿Por dónde entro el ladrón?, ¿De qué manera? ¿Dónde está la víctima en ese momento?

5. Medios empleados: ¿Cómo logro entrar al edificio? herramientas, artificios, mañas…

6. Objeto del asalto: ¿Qué buscaba el delincuente?, ¿Tras de que iba?: Dinero, documentos, joyas, satisfacción sexual…

7. Fecha y hora. Clima en el momento de cometer el delito, con la exactitud que sea posible

8. Señales individuales: Cualquier característica o peculiaridad que ayude a establecer una identidad tentativa que distinga a este delin- cuente de otro que cometen delitos del mismo tipo. Eso incluirá:

Preparativos para el asalto: Alguna actuación sospechosa del delin- cuente, algunas preguntas que haya hecho, pretextos o palabras que uso el delincuente.

Elementos de identificación durante el asalto: Actuaciones y métodos, Pretextos para entrar, Precauciones: cerradura de frente retacada con palillos de fósforos o bloqueada, Preparativos para escapar: puerta ventana abierta o emparejada, Medios empleados para evitar identi- ficación, actos no necesarios para cometer el delito: descuido, cincel olvidado.

elementos posteriores al ataque: Actos, explicaciones que dio, mane- ra de utilizar o de deshacerse de lo robado.

9. Otros informes pertinentes: nombre de la víctima, dirección del lu- gar de residencia, dirección del lugar del negocio, número de teléfono, dónde se cometió el delito, quien dio aviso, dirección de la persona que dio aviso, fecha y hora en que se recibió el aviso, descripción del sospechoso.

La clasificación de los delitos se anota en tarjetas con índice, la cua- les guiaran al investigador a los casos en que los detalles del delito sean similares en muchos aspectos. De esta manera el investigador dispone de una lista de delitos cometidos de manera semejante y estudia cuida- dosamente cada uno para eliminar que no concuerdan y concentrarse en los que si tenga similitud. De esta manera tendrá una relativa certeza de que una serie de delitos ha sido cometida por el mismo delincuente o delincuentes, y cuando se haga la aprehensión, los podrá confrontar con sus delitos anteriores.

Hay que tomar muy en cuenta que el delincuente adopta determina- da manera de actuar y es increíble cómo se apega a ella, parece que una vez que ha aprendido un método, cree que siempre le dará resultado.

 

Por lo tanto se convierte en un especialista que actúa dentro de una rama determinada de amplio campo. Por consistente el investigador deberá familiarizarse con los métodos generales que emplean los diver- sos tipos de delincuentes.

Tomando en cuenta que este modo operativo puede variar a lo lar- go del tiempo puesto que, como otras habilidades, pueden aprenderse, evolucionar o degenerarse con posterioridad.

Los agentes de la autoridad especialistas en diferentes delitos como robo abuso sexual, homicidio, han establecido que existe una caracte- rística fundamental en la forma de cometer el delito, que determina la existencia de los tipos delictivos ya descritos; organizado, mixto y desorganizado. Como apunte final a éste párrafo destaco que quienes proponen esta clasificación, omiten la respuesta o resistencia de la víc- tima, lo que puede ocasionar que un delincuente organizado aparezca en una escena desorganizada o caótica si la víctima ha presentado una férrea defensa u oposición.

Para el perfilador el modus operandi puede proporcionar mucha in- formación del agresor acerca de los procedimientos o técnicas carac- terísticos de: a) una disciplina, habilidad criminal (o no), oficio o pro- fesión particular; b) un conocimiento particular de la víctima, lo que sugiere una relación anterior y c) un conocimiento particular de una escena del crimen. Al ser una conducta aprendida y conforme el tiempo transcurre el modus operandi puede cambiar volviéndose más elabora- do o puede deteriorase si, por ejemplo, el agresor sufre algún tipo de enfermedad degenerativa o alguna adicción grave o disfuncional. De cualquier manera sirve al ofensor para:

Proteger la identidad (ocultar el rostro, amenazar o eliminar testigos)

Consumar exitosamente la agresión (portar un arma, amarrar a la víctima, llevarla a lugares apartados) y

Facilitar la huida tras la agresión (llevar un vehículo robado, inmovilizar a la víctima).

Una lista, no exhaustiva, también descrita por Garrido Genovés (2006) incluye conductas habituales en el modus operandi y son las que siguen:

1. Número de delincuentes

2. Planificación antes del crimen

3. Seleccionar el lugar del delito

4. Ruta seguida para llegar al lugar del delito

5. Vigilancia previa de la víctima o escena donde se cometerá la agresión

 

6. Implicación de una víctima durante el crimen (no relacionada a la fantasía del agresor).

7. Empleo de un arma

8. Empleo de utensilios para el control de la víctima

9. Naturaleza y extensión de las heridas sufridas por la víctima

10. El método en que se mata a la víctima (en su caso)

11. Naturaleza y extensión de los actos de precaución

12. Lugar y posición de las ropas de la víctima

13. Lugar y posición del cuerpo de la víctima

14. Elementos tomados de la escena del crimen para evitar la identificación u obtener un lucro

15. Método de traslado hacia y desde la o las escenas del crimen

Igualmente debe recalcarse que el modus operandi no es el motivo, es el método, el motivo es la razón que se refleja en las conductas de la firma, signo o sello.

Aquí es pertinente señalar otra regla básica; la formación y la infor- mación que posee el investigador, debe dirigirse de manera integral y completa a estructurar la llamada Regla MOM.

La primera M se refiere a la necesidad de aspirar siempre a conocer el Móvil o Motivo de la conducta delictiva (lucro, ven- ganza pasional, autodefensa).

La O recuerda que es preciso saber las circunstancias de Opor- tunidad que tuvo el delincuente para realizar el hecho y como último punto

La segunda M se relaciona con el Modo de ejecución (modus operandi) tema que se ha venido abordando en el presente pa- rágrafo.

Este sistema MOM, al relacionarlo con la lista inicial de “sospecho- sos” o probables responsables de la comisión, le sirve al investigador para ir desechando hipótesis de trabajo y cerrar el círculo de los persona- jes involucrados (González de la Vega, Aguilar, Salas y Arenas, 2004: 4-5)

3.3.5. Firma

En el estudio de la escena delictiva, el análisis de la firma es esencial, porque permitirá vincular varios crímenes entre sí.

La firma (sign o signature behaviour, en inglés) se dirige a satisfacer las necesidades psicológicas y emocionales del agresor “describe el ele- mento único —del delincuente— y su personal compulsión, lo cual per- manece estático. Por ello se distingue del modus operandi que es fluido y cambia” Este último evoluciona a medida que el criminal progresa en su carrera y que va acumulando experiencia. Si puede encontrar un medio mejor para transportar los cadáveres, por ejemplo, lo utilizará.

 

Lo que nunca cambiará, es la firma, es decir, el motivo psicológico por el cual comete el crimen. Bien es cierto que en ocasiones y tratándose de delincuentes experimentados la firma puede evolucionar con el tiem- po, pero su núcleo nunca cambia, es decir, la esencia de la conducta expresiva del agresor, el núcleo permanece aunque pueda haber cam- bios periféricos. Por ejemplo, un homicida necrófilo inicia con pocos actos de mutilación después de la muerte en sus primeras víctimas; pero éstos van creciendo en número a medida que va matando (El caso de Jeffrey Dahmer “El caníbal de Milwakee” es ilustrativo).

Un policía inteligente se da cuenta de que un delincuente conocido vuelve a su oficio; podemos decir que deja una tarjeta de vista en el lugar donde comete cada delito; por lo tanto el lugar y la manera de actuar viene siendo un sello de identificación.

La firma implica signos importantes para la identificación de la per- sonalidad del agresor, por ejemplo, el uso de cierto tipo de cuerdas, el tipo de heridas que infringe, los signos rituales, mutilaciones y torturas son hechos estáticos, no varían de un crimen a otro. Incluso para Ro- bert Keppel (citado en Garrido, 2006: 46) la firma es mucho más difícil de alterar que el modus operandi y viene siendo como la “carta o tarjeta de presentación” del delincuente, una huella que deja con el objeto de satisfacerle, un sello que le identifica.

En una firma criminal existen dos partes separadas pero interde- pendientes. Primero está el aspecto general de la firma, que representa los temas emocionales o psicológicos que el delincuente satisface cuan- do comete el delito (lucro, ira, venganza, experimentación, ganar con- fianza o seguridad en sí mismo, autoafirmación o sadismo). El tema general de la firma se refiere entonces al motivo último del crimen.

La segunda parte de la firma delictiva la comprenden los aspectos manifestados por las conductas de dicha firma, todo aquello que no es necesario para cometer el delito pero que muestra necesidades psico- lógicas o emocionales que destacan el aspecto general (motivo último) antes señalado.

Los investigadores novatos tienden a creer que cuando un delin- cuente repite la misma conducta en dos o más crímenes, eso puede ser considerado parte de la firma, pero, aunque sea habitual, eso es un error. La mera repetición de la conducta no es suficiente ya que puede ser un elemento del modus operandi —como ya se sabe—.

Para ilustrar mejor, según Vicente Garrido (2006), la firma del delin- cuente tiende a incluir cinco elementos esenciales, estos son:

1. Toma un tiempo extra para completarse, más allá de la con- ducta funcional del modus operandi

2. Es un comportamiento innecesario para la comisión del delito

 

3. Implica una expresión del mundo emocional, de las fantasías o de las necesidades del delincuente

4. Es una expresión de la fantasía del delincuente

5. El tipo de víctima seleccionada

Si una conducta satisface esos elementos básicos entonces se trata de la firma. Pero para valorarla el perfilador debe considerar lo siguiente:

a. Si existe suficiente evidencia de comportamiento derivada de la escena del crimen (deducir cómo sucedieron los hechos, las heridas apreciables en la víctima, etc). Por ello es imprescin- dible la adecuada reconstrucción de la escena criminal.

b. Si la cantidad de evidencia del comportamiento es represen- tativa de las necesidades del delincuente (por ejemplo; todo aquello que no hubiese pasado si el delincuente —por la ra- zón que sea— no hubiera tenido el tiempo suficiente para “expresarse”, teniendo que abandonar la escena delictiva an- tes de lo que había pensado).

Para ilustrar entendamos el caso del ladrón de bancos que, una vez ejecutado el robo, y ya sometidos los cuentahabientes, les hacia desnu- darse, con lo que ganaba tiempo para la huida. Aquí el amenazar a los sujetos para desprenderse de la ropa era parte de su modus operandi.

Por otra parte, otro robabancos, quien una vez con el dinero en bol- sas o maletas pedía de manera amenazante a las personas presentes que se desnudaran, que adoptaran poses sexuales y posteriormente les sacaba fotografías. Aquí la solicitud de desnudarse y tomas fotografías eran parte de la firma.

Sólo con un buen cúmulo de estimaciones probabilísticas y la expe- riencia del investigador se podrá señalar, con poco margen de error, lo que es y no es la firma delictiva.

Cerramos el epígrafe con la frase de Blas Pascal: ”Le coeur a ses rai- sons, que la raison ne connaît pas” (El corazón tiene razones que la razón desconoce).

3.3.6. Estudio victimológico

El papel de la víctima es fundamental si queremos comprender la mo- tivación del asesino y su manera de operar. Empezamos calculando el riesgo que corría la víctima, usando factores tales como la edad, profe- sión y estilo de vida, para establecer si era una persona de riesgo alto, moderado o bajo, ya que el riesgo para la víctima está relacionado di- rectamente con el riesgo para el agresor, por ejemplo, secuestrar a una víctima en la calle al mediodía supone un alto riesgo, y eso indica que el agresor puede estar obrando bajo ciertos tipos de estresantes perso- nales o que necesita excitarse para poder cometer el crimen.

 

Para llegar a conocer la relación entre víctima y agresor debemos conocer un poco más acerca de la personalidad del sujeto pasivo sobre quien recae directamente la agresión (violación, hurto, secuestro, ho- micidio, abuso…), entrevistando a los familiares, por ejemplo. Siempre hay que preguntarse el porqué una víctima a sido elegida y no otra,

¿Por su aspecto físico? ¿Por su entorno social? ¿Sus costumbres? ¿Por qué ha despertado una fantasía en el agresor? ¿Por su vulnerabilidad o facilidad para acceder a ella?

Una vez que se conoce un poco más a la víctima, se puede deducir cuál pudo haber sido su reacción ante el agresor y llegar a otro tipo de conclusiones respecto a éste: ¿Por qué una víctima que es de naturaleza pasiva ha podido recibir tantos golpes en la cara? ¿Por qué tiene síntomas de tortura cuando sabemos que por su personalidad tuvo que haber ce- dido a todo lo que le pedía el agresor? Tal vez esto indique que el agresor disfruta torturando a las víctimas, lo importante para él era castigarlas.

Saber como la víctima pudo reaccionar nos dice mucho sobre el agresor. La víctima es la última persona en presenciar el crimen. Si lo- gra sobrevivir, la información que puede proporcionar es muy relevan- te; si fallece, son los hechos del lugar del delito los que deben narrar la historia. De cualquier manera, el investigador debe averiguar todo lo que pueda acerca de las personas agredidas, eso incluye: rasgos físicos; relaciones afectivas, estado civil; estilo de vida, nivel educativo, ocupa- ción, datos del lugar donde vive —o vivía—, historia médico/psiquiá- trica y policial, historia sexual y social; últimas actividades, gustos y la manera en que aprovechaba su tiempo libre.

Los rasgos físicos no pueden desestimarse. La edad es un factor de selección muy habitual entre los delincuentes y aquí particularmente los niños y personas de la tercera edad resultan mayormente vulnerables.

El tipo de vestimenta juega también un papel importante, pues esta “dice” a los criminales ante qué tipo de persona se está (niños en condi- ción de calle, pordioseros, sexoservidoras(es), hombres y mujeres acau- dalados). Lo cual no implica que no pueda haber sesgos en la selección de las víctimas, pero incluso el tipo de estereotipos o prejuicios de cada delincuente expresa también rasgos de su personalidad.

El círculo afectivo e incluso el estado civil pueden también dar luz a los perfiladores sobre algunas características del criminal. En un caso de un violador serial en la española ciudad de Málaga, descrito por Per Stangeland y J. A. Hernández Sánchez (2002), los perfiladores estiman el estado civil del violador con acuerdo al estado civil de sus víctimas. La hipótesis de los investigadores se basa en el cambio de actuación, de mujeres casadas a jóvenes estudiantes —cuando el violador comienza a atacar mujeres solteras, los perfiladores asumen que se ha casado y, en efecto, su apreciación fue correcta—.

 

En la historia clínica se trata de considerar cualquier afección física o psicológica que permita entender la vida y afecciones de la víctima y el tipo de personas con quienes se relacionaba. Garrido (2006) dice que habrá que ponerse especial cuidado en trastornos de personalidad, fobias o manías que puedan ayudar a construir el perfil victimológico.

La composición étnica de la zona, la heterogeneidad u homogenei- dad de la comunidad, sistemas de creencias, religión, costumbres, tam- poco deben dejarse a un lado; una persona de un grupo étnico diferente al de la mayoría puede ser objeto de discriminación o agresiones racis- tas o, en ocasiones, su deasaparición puede pasar desapercibida por ve- cinos o policías al no pertenecer al grupo mayoritariamente importante (triste pero cierto).

La ocupación de una víctima amplía la red de relaciones que posee, por ello el escrutinio de los sujetos con los que la víctima tenía contactos personales, laborales o profesionales puede arrojar indicios muy va- liosos. Enemistades del trabajo, conflictos y otros agravios cosechados antes del delito deben ser examinados con cuidado.

La historia sexual de alguien también arroja luz sobre sus relaciones sociales y los lugares que frecuentaba. Determinadas prácticas sexuales como el sadomasoquismo pueden ser consideradas de riesgo, en la me- dida en que ponen a la víctima en contacto con personas que pueden albergar tendencias violentas.

Asimismo el historial policial-judicial de la víctima dice mucho so- bre su personalidad y estilo de vida. Es bueno advertir que ya existe una técnica psicojurídica conocida como autopsia psicológica <quizá se pueda entrar a debate entre los conceptos autopsia y necropsia, pero el primero de ellos, es mejor aceptado por la comunidad científica y forense>. Específicamente un Modelo de Autopsia Psicológica Integral o Integrado (MAPI) desarrollado por la psiquiatra cubana Teresita Gar- cía Pérez que puede ser aplicado en situaciones de suicidio, homicidios dudosos e incluso casos de secuestro o desapariciones de personas. Este procedimiento es, en breve, una reconstrucción sociopsicopatoló- gica postmortem. Sobre ella escribiré en el siguiente epígrafe.

Hay una pregunta muy importante al respecto de los últimos mo- vimientos conocidos de la víctima ¿Qué hizo poco antes de la agresión que pudiera poner al agresor en guardia?; reconstruir las últimas horas o días ayuda a comprender mejor la posible razón del ataque.

Un buen perfil victimológico es absolutamente prioritario para de- finir el círculo de personas donde habría que buscar y al conocer los criterios de selección del asesino permite predecir el tipo de víctima futura, diseñar planes preventivos y llevar a comprender quién podía querer dañarla.

 

Muchos investigadores criminológicos se disocian de la víctima con el propósito de lograr un trabajo eficaz, la analizan y estudian, pero no se permiten el lujo de compadecerse de ella. No obstante al alejarse de su humanidad —para no sufrir— se pierde la oportunidad de cono- cerla mejor, de familiarizarse con su vida y eso es determinante para realizar un correcto perfil victimológico. Las víctimas merecen com- prensión como personas —y no un juicio moral— porque sólo teniendo presente esa humanidad se puede llegar a comprender.

Cierro otra vez con una frase que resume, en parte, el material aquí expuesto:

“Para tal víctima busca tal victimario; habitualmente ajustan como el guante a la mano”.

3.3.6.1. Autopsia Psicológica.

La autopsia psicológica, aunque poco conocida, es una de las herra- mientas más valiosas para diferentes tipos de investigaciones victimo- lógicas —suicidios consumados, homicidios y accidentes dudosos, se- cuestros e incluso en casos de personas desaparecidas—. Es una técnica de investigación psicojurídica mediante la cual se recoge información retrospectiva amplia al respecto de personas incluidas dentro de las categorías ya señaladas. Su propósito es obtener una visión lo más clara posible de la situación vital, salud mental, personalidad y posibles tra- tamientos proporcionados por instituciones o profesionales de la salud antes del suceso (homicidio, suicido, accidente, secuestro).

Los primeros estudios serios sobre autopsia psicológica se sitúan en París allá por el año de 1920, pero la idea original (el concepto mismo) se atribuye al médico-forense californiano Theodore J. Curpey con el apo- yo de Norman Farberow (según comunicación personal con el Dr. Eric García-López de la Universidad Complutense de Madrid, julio 2006).

Sin embargo para E. T. Isometsä (2002) el primer estudio moderno de autopsia psicológica lo realizaron Eli Robins y sus colaboradores en la Universidad de Washington en San Luis Missouri entre 1956 y 1957 quienes investigaron cuidadosamente 134 suicidios consecutivos durante un periodo de un año. Dorpat y Riple (en Isometsä, 2002) re- plicaron sus hallazgos en un segundo estudio en el área de Seattle po- cos años después y aproximadamente al mismo tiempo Robert Litman, Norman Farberow y Edwin Schneidman (el finlandés Isometsä afirma que es Schneidman y no Curpey quien acuña el término) en el Centro de Prevención del Suicidio de la ciudad de Los Ángeles (EUA) habían desarrollado un método para ayudar a la oficina del examinador médi- co a decidir si un fallecido había consumado el suicidio o había muerto accidentalmente.

 

Para nuestro país el dato histórico se da en el Instituto Mexicano de Psiquiatría donde en 1983 se hacen los primeros estudios sobre la técnica y se aplica a partir de 1994 —aunque no se cuenta con un segui- miento claro para dichos trabajos. En el estado de Chihuahua se tiene el estudio de Jesús Vaca, Ever Lozano y Adrían Chávez (2005) como pionero en éste campo.

Como debe suponerse, al inicio de la implementación de la técni- ca existían muchas formas de realizarla y los psicólogos y psicólogas a cargo de diferentes departamentos donde se desarrollaba la técni- ca lo hacían desde diferentes ópticas. Dichas perspectivas generaron corrientes de aplicación o marcos generales donde cada sustentante llevaba a cabo el trabajo de acuerdo a su paradigma donde se había formado —o deformado— (Gestalt, Conductismo, Psicoanálisis…) y, como ya se ha visto, para el caso de las ciencias sociales no existe un solo paradigma, sino muchos modelos explicativos.

Así, en sus inicios la técnica obedecía al área de la que provenía el investigador (educativa, jurídica, clínica, social…) o de la “marca” que llevaran por la escuela en donde hicieron sus estudios.

En respuesta a lo anterior la psiquiatra forense Teresita García Pérez (Ministerio Cubano de Salud Pública e Instituto de Medicina Legal de Cuba) crea en 1990 a partir del Protocolo de Autopsia Psicológica (PAP) el Modelo de Autopsia Psicológica Integrado (MAPI), de formato cla- ro, extenso y con respuestas cerradas que buscan evitar el sesgo de los investigadores y fortalecer la confiabilidad del instrumento además de ser verificable por terceros peritos. El MAPI se aplica para definir la causa médico-legal de muertes dudosas y sus resultados pueden retipi- ficar un delito (ver epígrafe 4.6) e incluso modificar sentencias o reso- luciones finales emitidas por jueces; sus investigaciones nos muestran poblaciones vulnerables y sirven para desarrollar programas específi- cos de prevención victimal.

La autopsia psicológica caracteriza al occiso (o ausente) con sus conflictos motivacionales y estilos de vida, estableciendo un círculo de sospechosos y ofreciendo a los investigadores elementos de probabili- dad en cuanto a los posibles autores. Mediante éste procedimiento se evalúan: estilo de vida, personalidad, áreas de conflicto, señales presui- cidas, estado presuicida, valorar el estado mental antes de la muerte o desaparición, factores de riesgo suicida o a la accidentalidad. Por ejem- plo, un corredor de autos o una persona inclinada por asistir a lugares donde se practica sexo sadomasoquista tienen mayor probabilidad de sufrir una agresión o tener un accidente que un bibliotecario. Un in- dividuo adulto con un estilo de vida sedentario es menos propenso a meterse en problemas que un varón adolescente altamente sociable.

 

Después de los primeras indagaciones (análisis de la escena del de- lito, informes policiales, cartas diarios, hogar) el siguiente paso es la en- trevista a personas que conocieron de cerca al finado, preferentemente familiares, amigos, vecinos, compañeros de estudio, trabajo o religión, relaciones de pareja formales u ocasionales. Es importante aclarar que la selección de las fuentes de información debe excluir a presuntos sos- pechosos de estar involucrados en la muerte de la víctima, pues ob- viamente el riesgo de sesgo es muy elevado, en otras palabras, la alta posibilidad de desviar la investigación.

Por obvias razones, para implementar el procedimiento de autopsia psicológica es necesario un equipo multidisciplinario de expertos que aporten sus conocimientos para conseguir un mejor análisis de las con- diciones, relaciones, comportamientos y situaciones de un ser humano muerto (o desaparecido) en dudosas condiciones. Ya dentro del campo de la Psicología Forense el poder contar con la ayuda del cuerpo legal (jueces, policías, abogados, criminalistas, etc.) es de suma importancia para la investigación; estar al lado de los investigadores policíacos per- mite acceder a elementos judiciales como notas, cartas, diarios, funda- mentales para caracterizar al occiso y develar la clave del enigma de su muerte/desaparición.

Teresita García (2000 en Rodríguez 2003) plantea que una vez reco- gidos todos los elementos necesarios para conformar una caracteriza- ción del occiso se realiza una discusión colectiva en la cual participan los peritos y los investigadores policiales y se ofrece un informe pericial en términos probabilísticos, pues se trata de una evaluación indirecta y de conclusiones inferenciales que cobran valor solo al sumarse el resto de los elementos criminalísticos, policíacos y médico-legales.

Para concluir debemos destacar que el método perfeccionado por Teresita García (MAPI) es también de utilidad en la prevención de la violencia, ya sea suicidio, homicidio o accidentes dudosos pues recono- ce las causas de esas muertes.

Su utilización ha revelado ventajas además, para lograr la caracteri- zación de la víctima en el homicidio, lo cual resulta de vital importancia para la prevención criminal, teniendo en cuenta que se trata de un fenó- meno de tendencia creciente y causante de notables pérdidas humanas y materiales.

3.4. Limitaciones de la técnica de perfilación.

Un perfil criminológico proporciona ayuda a la investigación policial para capturar a un delincuente desconocido. Se basa en un estudio ex- haustivo de todo lo que se sabe de él a través de las víctimas y de todas las pistas dejadas en la escena o lugar del crimen, con el fin de establecer hipótesis —líneas de investigación— sobre la persona que los cometió.

 

Con un buen perfil se reduce el número de sospechosos a una canti- dad manejable para los agentes encargados de la investigación policial por lo que la agiliza.

Así, se contribuye a un esclarecimiento más rápido y se reduce el riesgo de futuras víctimas. Pero se debe tener en claro que este tipo de perfil, de uso en investigación policial, no es lo mismo que un diagnós- tico psicológico o psiquiátrico.

A la hora de elaborar el primero el autor de los hechos es un desco- nocido y nunca pretende presentar un diagnóstico de la personalidad sino una hipótesis sobre ciertos rasgos de personalidad.

Si bien los perfiles son una herramienta útil, no son el resultado de encantamientos mágicos ni son siempre fidedignos por lo que no se de- ben tomar literalmente, es decir, que la investigación no se limitará a las personas que tengan las características indicadas en el perfil criminal.

Este sirve para describir una generalidad de personas, no para se- ñalar a un individuo determinado. Además frecuentemente, la usan los investigadores como técnica proactiva para inducir a los asesinos a entregarse.

Debido a que el momento de la recopilación de información tanto de la víctima como de los testigos se puede tornar muy amplia, eso genera que algunas veces se obtengan datos erróneos y por tal motivo se dé una conclusión que no genere resultados óptimos; esto a su vez puede enfocar u ofrecer conclusiones de un perfil criminal o un sospechoso que en realidad no lo es, (Turvey, 1999).

Respecto a la técnica de perfilación, específicamente, el impedimen- to más serio a la aprobación empírica ha sido la ausencia de medidas adecuadas y estandarizadas de indicadores de la escena del crimen; algunos investigadores han hecho esfuerzos para regularizar las defi- niciones operacionales de las variables de la escena del crimen o del proceso por medio del cual se hacen definiciones o mediciones en la escena del crimen. (Douglas y Jun, 1992; Hazelwood y Burguess, 1987; Hazelwood y Douglas, 1980; Lanning, 1992; Ressler et al., 1988; Warren, Reboussin, Hazelwood y Wright, 1991)

Hay igualmente un significativo componente subjetivo en la inves- tigación de la escena criminal.

Como en otras áreas especializadas del conocimiento, aquí las habi- lidades cognoscitivas adquiridas y los procesos de decisión exitosos no siempre están claros (Bedard y Chi, 1992, citado por Knight, Warren, Reboussin y Soley, 1998), el cuidado debe tenerse para adquirir la in- formación de los expertos en la toma de la decisión.

De hecho, ciertos aspectos de sus análisis, como el reconocimiento de grupos de ofensores pueden eludir análisis empíricos y pueden tener

 

que seguir siendo el dominio exclusivo de investigadores expertos (Dou- glas y Jun, 1992; Meehl, 1973 citados por Knight y colaboradores, 1998).

Además algunos estudios hechos por Turvey (1999) indican que los profesionales de la administración de la ley pueden tener prejuicios de perfiles que los predisponen a buscar ciertos perpetradores y convertir la técnica en una forma de discriminación, el objetivo es que a pesar de que existan ciertos rasgos característicos de los perfiles, se debe tener bastante cuidado para no ofender o agredir a personas que aunque pue- den cumplir con algunos patrones, no están implicados en el crimen.

En cuanto le concierne a la Psicología, Gudjonsson (1993) citado por Jackson y Bekerian (2000) hace una lista de las principales razones por las que la evidencia psicológica puede no ser confiable al elaborar perfiles:

1. Deficiencia de conocimiento, habilidades y experiencia.

2. Carencia de preparación, disciplina y entereza.

3. Inapropiado uso de las pruebas psicológicas o mala interpre- tación de los resultados y

4. Anhelo por agradar a la gente o por quedar bien con los me- dios informativos.

Una evidencia específica del uso inapropiado de esta técnica son los estereotipos, prejuicios y la discriminación, que pueden también des- encadenar procesos judiciales contra los propios perfiladores, un caso ocurrido en el aeropuerto internacional de Cleveland donde una pareja de árabes (Julia y Hassan Abbass), se disponían a realizar un viaje de vacaciones a una isla del caribe; sin embargo al tratar de abordar el vue- lo fueron acusados de terroristas basados en sus características (origen étnico, genero y religión) ya que en las aerolíneas norteamericanas se utiliza el perfil del pasajero como la técnica de seguridad más efectiva que existe; la pareja demandó a la aerolínea y finalmente fueron indem- nizados por cuatro millones de dólares (Higgins, 1997).

Ciertas veces el uso de listas de perfiles en agencias de seguridad crea discriminaciones pues los datos demográficos se usan para des- cubrir posibles sospechosos; existen quejas debido a esto ya que a mu- chos afroamericanos se les ha creado el perfil injusto de traficantes de droga (Higgins, 1997).

Un ejemplo de lo mencionado anteriormente se encontró cuando un conductor de raza negra fue asediado por un automóvil de la poli- cía por suponer una infracción de tráfico, el oficial cuestionó al chofer tratando de encontrar respuestas incoherentes para poder investigar el vehículo y es exactamente esta clase de tratamiento injusto que lleva las minorías a desconfiar del sistema de justicia (Higgins, 1997).

Algunos puntos relevantes de los perfiles criminales se basan en creencias políticas radicales, problemas de salud mental, sentimientos

 

de injusticia o problemas de dinero —como el error de creer que la po- breza es un factor único para detonar la criminalidad—.

Lo anterior no siempre resulta ser correcto porque muchas de estas personas no cometen actos delictivos y no es posible arrestar a alguien simplemente porque cumple con el perfil, es decir, porque es pobre, negro, hispano, homosexual o indígena, la base debe manejarse con mucho criterio y mayor cautela.

 









CAPÍTULO IV

Asesinos seriales

 


 










“La agresión maligna no es instintiva sino que se adquiere, se aprende. Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y crecen estimuladas por los ingredientes crue- les del medio hasta llegar a formar una parte inseparable del carácter adulto. Los seres humanos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestro carácter. Pero nuestros complejos comportamientos, desde el sadismo al altruismo, son el producto de un largo proceso evolutivo condicionado

por las fuerzas sociales y la cultura”.

Luis Rojas Marcos, “Las semillas de la violencia”.


…9.- “La absolución del simple asesinato cometido

en la persona de un laico se fija en 15 libras, 4 sueldos, 3 dineros”

10.- “Si el asesino hubiese dado muerte a dos o más hombres en un mismo día, pagará como si hubiese asesinado a uno solo” Taxa Camarae5 del papa León X.


Desde el comienzo de la historia se han producido hechos delez- nables que parecen inherentes a la condición humana, y como tales la sociedad, para protegerse, ha ido creando sus propios medios de defensa para combatirlos y otros para entenderlos aún con el mismo fin.

Ante el homicidio la Ley castiga, pero es el último eslabón al que se llega tras una labor de investigación que no siempre llega a buen puerto por motivos varios. El conocimiento de algunas tipologías de homicidios es en ocasiones fundamental para conseguir el fin deseado, que es descubrir al autor de los hechos.


5 La Ta/a Camarae es una tarifa compuesta de 35 artículos promulgada en el año 1517 por el Papa León X (Florencia 1475; Roma 1521) con el fin de vender indulgencias, esto es perdonar las culpas a todos cuantos pudiesen pagar unas buenas libras al pontífice…no había delito por horrible que fuese, que no pudiese ser perdonado a cambio de dinero. León X declaró abierto el cielo para quienes, clérigos o laicos, hubiesen violado a niños y adultos, asesinado a uno o a varios, estafado a sus acreedores, abortado… pero tuviesen a bien ser generosos con las arcas papales. (Rodríguez, 2004).

 

Conocer la personalidad del autor, cómo piensa, cómo actúa, qué le motiva, es parte importante de la labor investigadora, lo que implica entender algunos de los conceptos básicos que ayudarán a realizar un perfil exitoso del criminal.

Hay crímenes que por sus características y ausencia clara de un mo- dus operandi, crean un serio problema al investigador al cerrársele las vías de investigación. En los crímenes en serie violentos el motivo es desconocido para éste por lo que tendrá que solucionarlo acercándose en la dirección opuesta, es decir, conociendo perfectamente la conducta del agresor.

La historia de los criminales seriales o sistemáticos tiene siglos de existencia. Antes de pasar a algunas historias debo aclarar que “aun- que todos los asesinos seriales son criminales no todos los criminales seriales son asesinos”, en otros términos, tenemos innumerables acon- tecimientos de pedófilos, abusadores sexuales o violadores que nunca matan a sus víctimas, sin embargo caen en la categoría de criminales seriales pero no de asesinos.

4.1. De Hashhashiyun a asesino.

En 1048 dentro de lo que —todavía— hoy es Irán (antes llamado El Rayy), nace Hassan al-Sabbah, el fundador de una organización religio- sa legendaria conocidos como nizaríes o batiníes —palabra derivada de bâtin, “interior” opuesta a zâhir, “exterior”.

Sabbah procede de una adinerada familia, se sabe que fue un hom- bre inteligente, interesado en la ciencia y filosofía de su época; amigo íntimo del sabio Omar Jayyam, y del visir Nizam al-Mulk.

En 1090, Sabbah y sus adeptos tomaron por sorpresa la inexpugna- ble fortaleza de Alamut —”nido del águila”—, llamándola “la enseñan- za del águila”, la cual sería utilizada como base de operaciones para la secta políticorreligiosa más letal que el mundo conocía hasta entonces (Reyes de, mayo 2010).

Una vez asignada su misión, se les mandaba a cumplirla individual- mente o —rara vez— en pequeños grupos. Iban disfrazados de ascetas o comerciantes y transitaban por la ciudad del sujeto elegido, dominan- do sus costumbres, rutas y hábitos.

Su entereza, precisión y capacidad para aniquilar enemigos hizo pensar que Sabbah los acostumbraba a ingerir hachís, esa resina extraí- da de hojas y plantas del cáñamo que fumada o mascada crea una ener- vante sensación. Por eso, se creía, recibieron el nombre de hashhashiyun

—”los que ingieren hachís”.

 

La hipótesis ha sido refutada, fue Marco Polo a quien se le atribuye, pero él estuvo en Alamut, hasta después de su destrucción en manos y armas de tropas mongolas.

El escritor Amin Maalouf propone sus nombre como una derivación de asáz, “fundación”, por lo que assassiyun, significaría “los fieles a la fundación”.

Conforme aumentaba su poder, Hassan al-Sabbah llenó su fortaleza de bellos jardines, una impresionante biblioteca y laboratorios donde filósofos, científicos y teólogos pudieran debatir y trabajar con comple- ta libertad. Incluso los asesinos acuñaron su propia moneda e infiltra- dos hasta el seno de la nueva corte, se volvieron temidos y respetados entre sus enemigos islámicos y cruzados.

Durante el asalto de la fortaleza de Alamut en 1256, la secta fue ul- timada por el líder mongol Hulagu Kan —hermano de Kublai Kan y nieto del gran Gengis Kan—.

Novecientos años después de los nizaríes el término “Asesino Serial” se volvió corriente. Pero asesinos seriales han habido desde el principio de los tiempos. Los primeros en registro, no eran resentidos sociales maltratados desde niños, sino aristócratas que podían darse el lujo de crear y darle la espalda a la Ley. Se habla del primo del emperador Han nombrado Liu Peng-li quien, antes de nuestra era, matara a cien per- sonas en sus paseos vespertinos; suele recordarse al francés Gilles de Reis, de comienzos del siglo XV, como un horrendo pedófilo que llegó a acribillar a cientos de niños; la húngara Erzsébeth o Elizabeth Báthory torturó a más de seiscientas doncellas y niñas; a comienzos del XIX, el hindú Thug Berham estranguló a 931 personas que se encontró por el camino; y a finales del siglo XIX, vino el afamado Jack, el destripador de prostitutas londinenses, a convertirse en la gran inspiración de los inventores de cuentos y ficciones.

Así, desde G. K. Chesterton o Edgar Alan Poe hasta Patrick Süskind, desde Thomas Bond hasta David Canter o Maurice Godwin, los novelis- tas y especialistas han tratado de entrar en las cabezas de esos personajes.

Los directores de cine no se quedan nunca atrás: en M (1931), del expresionista vienés Fritz Lang, Peter Lorre interpreta a un temible ase- sino de niños; en Monsieur Verdou/ (1947), una de las cuantas películas habladas de Charles Chaplin, un responsable padre de familia asesina a las millonarias con las que se casa; en Peeping Tom (1960), la obra maes- tra de Michael Powell, un verdugo de la nueva era filma el último gesto de dolor de sus víctimas; en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, un aniñado hotelero llamado Norman Bates (inspirado en Edward Gein y Ed Kemper) acuchilla a las mujeres que no le gustan a su madre; y en Frenesí (1972), del mismo Hitchcock, un tipo simpático se venga de los maltratos de su ex-mujer ahorcando a sus conquistas con una

 

corbata que se pone de vez en cuando. En El silencio de los inocentes (1991), dirigida por Jonathan Demme, Hannibal Lecter (un Frankenstein inspirado en varios criminales seriales reales) no solo se ha convertido en un paradigma de construcción dramática para quienes estudian la carrera de cine (el primer encuentro de la protagonista con el mons- truo sofisticado Hannibal Lecter suele citarse como un ejemplo de lo que es el suspenso), sino que se ha convertido en una sombra que ha arruinado casi todos los trabajos del género que han venido después (incluidas las continuaciones de las historias de Lecter como Dragón Rojo o Hannibal).

Cambiando la filmografía para entrar en la etnografía; durante la Edad Media la incapacidad para comprender tales crímenes hizo que se atribuyeran a hombres lobo, brujas y vampiros o se veía en ellos la presencia de elementos demoníacos. Los primeros casos registrados

—y sentenciados— se remontan a las épocas del Vlad Tepes o “Vlad el Empalador” y “la Condesa sangrienta” Erzsébeth Báthory o Elizabeth Bathory. Veamos:

4.1.1. Vladislav Draculea.

Vladislav Tepes, “Vlad el Empalador”, conocido en el mundo entero como Drácula, nació en Rumania (1428-1476). Hijo de Vlad Dracul (ca- ballero de la orden del dragón - 1431) y nieto de Mircea el Grande, so- berano de Velaquia (1368-1418) fue uno de los príncipes rumanos que por sus diversas hazañas y su nada corriente personalidad, llamó la atención y ocasiono el interés de forma muy especial no solo de sus contemporáneos sino también de la historia y literatura actuales. Fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad Dracul, príncipe de Velaquia (antiguo principado danubiano, que formo con Moldavia el reino de Rumania). Hoy en día, constituye dos regiones geográficas bien defini- das: la Mutenia, situada al este del río Olt, y la Oltenia, al oeste. El viejo Vlad se gana por méritos propios el apodo de “Dracul” (para algunos el Dragón, para otros más amarillistas El Diablo) por su afamada cruel- dad y sangre fría y que posteriormente heredaría su predecesor.

Se estima que vio el mundo por primera vez en la ciudad de Sighi- soara (Transilvania, situada en la región de Brashov, y fundada en 1280). Su padre residía allí en una mansión que hoy todavía se conserva (Bran Castle). Ha pasado a la historia por su apodo Drácula (provie- ne de “Draculea”. La terminación “ulea” en rumano quiere decir “hijo de”, lo que podría traducirse como “El hijo de Dracul”, lo que a su vez traducen como Dragón o Diablo).

Reinó como príncipe de Velaquia en 1448; de 1456 a 1462, y final- mente en 1476, año de su muerte. El pueblo le puso como apodo tam- bién “Tepes” (Empalador) ya que esta era la pena capital a la que más

 

era aficionado y que aplicaba con más prodigalidad, aunque esta últi- ma expresión, hasta mediados del siglo XVI no aparecería en ningún documento.

En el año 1459, Draculea ordeno empalar a algunos rebeldes desta- cados y arrojar al fuego a otros, siendo este el macabro y tortuoso ini- cio de su carrera de crueldades. Favorecido por la suerte, logro atrapar al más peligroso de sus adversarios, Dan Voeivod en la primavera de 1460, al que obligo a cavar su propia tumba y asistir a sus funerales an- tes de hacerlo decapitar. El 24 de Agosto redujo a los últimos rebeldes; hizo empalar a algunos pero curiosamente se mostró excesivamente generoso con otros. El 11 de Enero de 1462, en una carta que estaba dirigida al nuevo soberano húngaro Matías Corvino, daba cuenta de haber acabado con más de 24,000 enemigos habiendo hecho amontonar sus cabezas y contarlas, con la excepción de los que murieron en los incendios de sus casas.

Consecuencia de estas incursiones, los pobladores estaban tan des- moralizados que muchos de ellos prefirieron abandonar Estambul ante el temor de que este pudiera apoderarse de la ciudad, conquistada hace pocos años y en la que aún quedaba gente, que recordando el espléndido periodo bizantino, no hubieran dudado en levantarse contra sus domi- nadores. Enfurecido, Muhammad II dispuso de un gran ejército de unos

250.000 hombres y una flota dispuesta a remontar el Danubio. Vlad no podía oponer más de 10.000 hombres y recurrir a tácticas como la guerri- lla y la “tierra quemada” (primavera/verano de 1462). Tras sufrir muchas bajas, haberse declarado una importante epidemia de peste y no poder apoderarse la flota turca de la ciudadela de Kilia (al sur de Moldavia), el Sultán ordena la retirada de sus tropas. Finalmente, tras una serie de in- trigas (falsificación de documentos incluida) muy de la época y del lugar, Muhammad logra que el Rey ordenara el arresto de Vladislav quien fue encerrado durante doce años, primero en Visegrado (cerca de Sarajevo, a orillas del Drina) y posteriormente en las inmediaciones de Budapest, donde era tratado con mayores las consideraciones.

Las circunstancias que permitieron a Vlad, librarse de la prisión no están muy claras, pero es sabido que tomo parte en la batalla de Vaslui (en la región de Jashi, Moldavia), el 10 de Enero de 1475, formando parte del contingente enviado por el Rey de Hungría, se observa al príncipe transilvano Steven Báthory (primo lejano de nuestra siguiente protago- nista) contra los turcos. Lo curioso y por otro lado cierto, es que Draculea volvía a ocupar su trono el 11 de Noviembre de 1476. Semanas más tarde, los turcos le sorprendieron con una escolta de sólo 200 hombres (de los cuales sólo sobrevivieron 10 para contarlo) y le dieron muerte. La cabeza de Vlad fue enviada a Estambul y exhibida públicamente. Le sucedió su hermano Randu quien reino hasta Septiembre de 1500.

 

4.1.2. La Condesa Sangrienta.

Erzsébeth Báthory o Elizabeth Bathory nació en 1560 en una de las me- jores familias de Transilvana. Tenía muchos parientes poderosos, un cardenal, un príncipe, un primo que era el primer ministro de Hungría y, tal vez, el más famoso su familia era Steven Báthory, Rey de Polonia.

A la edad de 15 años Elizabeth se caso con el Conde Ferencz Nas- dasdy ”El héroe negro de Hungría”, quien constantemente sostenía ba- tallas diversas.

Mientras él guerreaba, Thorko el sirviente de Elizabeth la introdujo al ocultismo.

Cerca de los 20 años empezó a torturar las chicas de la servidumbre con la ayuda de su vieja enfermera Lioona Joo, y otros cómplices, el mayordomo Johannes Ujvary, Thorko, un leñador llamado Darvula y Dorottya Sientes —considerada una bruja—.

En 1600, Ferencz muere y empieza el verdadero periodo de atroci- dades de Elizabeth, quien era bastante vanidosa y temía a hacerse vieja y perder la belleza.

Un día, por accidente, una chica de la servidumbre le jaló un cabello mientras la peinaba, Elizabeth le apretó la mano tan duro a la chica que ésta comenzó a sangrar, su sangre cayó en la mano de Elizabeth. En el instante Báthory sintió, en su piel una frescura que nunca había sentido, ahí estaba el secreto para la eterna piel joven. Thorko ató a la sirvienta, la cortaron y llenaron un recipiente con su sangre.

Elizabeth se baño en sangre para hacer bello todo su cuerpo. Duran- te los 10 siguientes años Elizabeth prosiguió desangrando bellas chicas para sus baños rojos. Como suele ocurrir, una de sus víctimas escapó y les dijo a las autoridades lo que estaba pasando en el castillo Csejthe. El 30 de diciembre una comisión encabezada por el primo de Elizabeth, el Conde Cuyorgy Thurzo, quedó horrorizada por las terribles cosas que vieron ahí: Una chica muerta en la recámara, en el calabozo descubrie- ron muchas mujeres vivas y perforadas por utensilios varios, bajo el castillo exhumaron los cuerpos de alrededor de 50 mujeres.

Elizabeth fue puesta en arresto, en su propio castillo, el juicio dio inicio en 1611. El mayordomo Johannes Ujvary, testificó que habían sido asesinadas alrededor de 37 mujeres solteras, 6 de las cuales traba- jaban en el castillo; las víctimas eran atadas hacia arriba, torturadas y cortadas con tijeras. La vieja enfermera de Elizabeth testificó que alre- dedor de 40 mujeres habían sido torturadas y asesinadas.

La sentencia fue que, exceptuando a la Condesa, todos los involu- crados en las atrocidades fueran decapitados y cremados. A las dos cómplices, consideradas brujas, se les rompieron los dedos, y fueron quemadas vivas.

 

Báthory fue encerrada en un cuartucho del castillo sin ventanas, sólo con un pequeño hueco por donde se le pasaba comida. El rey Mathias II demandaba la muerte para Elizabeth, pero debido a su primo el primer ministro, el rey acordó un solitario confinamiento de por vida. Cuatro años después “La Condesa sangrienta” estaba muerta.

Existen algunas conexiones entre los Báthory y los Drácula. El co- mandante de la expedición que ayudó a Drácula a regresar al trono en 1475 era el príncipe Steven Báthory, ambas familias mostraban un dragón diseñado para sus nobles escudos.

4.2. Locura.

Doscientos años después de los hechos que se han relatado, se dejan a un lado las brujas y los hombres-lobo y se retoma la la Locura elogiada por Erasmus de Rótterdam como el único camino para explicar com- portamientos de los homicidas seriales.

Richard Krafft-Ebing “mentalista célebre” examinó por allá de 1872 al italiano Vincent Verzeni quien asesinó a varias mujeres y posterior- mente bebió su sangre; el dictamen de Krafft-Ebing fue contundente: “a pesar de sus hábitos excesivamente particulares Versen era un hombre completamente cuerdo”.

Hoy día muchas personas —incluyendo psicólogos clínicos, crimi- nólogos, antropólogos y psiquiatras— creen que los asesinos seriales son, por definición, enfermos mentales. Pero, quien esto escribe tiene varias objeciones al respecto:

1. Ni todos los asesinos seriales son enfermos mentales, ni todos los enfermos mentales son asesinos seriales. En un estudio efectuado en 2006 por el Ministerio de Salud en Suecia, se en- contró que del total de delitos graves cometidos cada año sólo el 6% era perpetrado por personas con trastornos mentales. Es decir, de cada 100 delitos graves (homicidios, violaciones, secuestros…) 94 fueron cometidos por individuos cuerdos, sanos o sin aparente patología neuropsicológica. Concluyen- do: ahora resulta que es más peligroso un individuo mental- mente sano —al menos en Suecia— que alguien que padezca de sus facultades mentales.

2. El afirmar, sin ton ni son, que los homicidas seriales son per- sonas con graves patologías psicológicas no hace más que disculpar (justificar) sus actos y atribuirles el beneficio de la inimputabilidad, en otras palabras, la ventaja de no ser consi- derados sujetos responsables ni conscientes de sus actos y por tanto no culpables y así no deben pasar por un procedimiento penal. El afamado Doctor Alfonso Quiróz Cuarón, eminente

 

chihuahuense y criminólogo mexicano, alguna vez escribió algo similar a lo siguiente: “lo que hace más peligroso a un criminal, es su normalidad, entre más se parece a nosotros, más difícil será el diagnóstico y por lo tanto su captura”.

Bien es cierto que el presentar trastornos afectivos, intelectuales o emocionales puede en muchos casos alterar la capacidad de raciocinio, juicio y consciencia. Pero es igualmente cierto que no en todos los casos de psicotrastornos eso ocurre; Ejemplo: una persona puede pasar por un periodo depresivo y sin embargo tener la capacidad de razonamien- to, juicio, análisis, resolución de problemas y hasta proyección y pla- neación de su comportamiento futuro. Su depresión (que, en ciertos ca- sos, puede ser un atenuante) no debe ser pretexto para decir: —“¡Maté a fulanito de tal porque me sentía muy triste ya que en mi infancia nunca recibí regalos en día de mi cumpleaños!”. Y un Juez responder:

—“¡Muy bien Sr. X, queda usted perdonado, es inocente del cargo que se le imputa; puede ir a su casa!”.

Vicente Garrido Genovés (2006) resume su punto de vista de la si- guiente manera:

“El hecho de que alguien desafíe los principios esenciales de la vida humana en sociedad, los cuales hemos creado a lo largo de los siglos, no es prueba ni razón suficiente para considerarlo “enfermo”, “loco” o “degenerado”. El asesino en serie es otro tipo de hombre, alguien que, por razones biológicas y/o ambientales, ha aprendido que el mejor modo de forjarse una identidad satisfactoria es convirtiéndose en un predador, esto, es, quitándole la vida a la víctima… Ésta es la tragedia del asesino serial (y desde luego, de sus víctimas): no le bas- ta con ser quien es, busca una identidad nueva que sólo puede alcan- zar golpeando, torturando, violando, matando. Esa identidad tiene como común denominador el poder, el control, la extática sensación de gozar de la sexualidad y del don de quitar la vida de la víctima. Cuando acechan, atacan y matan son en verdad como ellos quieren ser; su vida oculta es falsa, un disfraz para vivir entre nosotros. Ésta es su naturaleza esencial”.

Si otra cosa sorprende de los criminales seriales una vez que han sido capturados es que su entorno social, sus amigos y familia, siempre les tachó de “normales”; tal vez y en pocos casos se les clasifica de ex- travagantes o “un poquito raros” pero nada fuera de lo común.

Otros más aunque padecen trastornos importantes tienden a disi- mularlos y presentarse creíblemente como personas estables y lúcidas. Por ejemplo, el californiano Edmund Emil Kemper (El gigante de Santa Cruz) sale en 1969 del psiquátrico, mata a cerca de 6 chicas. En 1972 y mientras se entregaba a esta orgía criminal durante trece meses acudió a una de las evaluaciones psiquiátricas a las que debía someterse con

 

regularidad, fingió tal lucidez que según los peritos que lo examinaron, ya no representaba una amenaza para sí mismo ni para los demás.

Ese día llevaba en la cajuela de su coche la cabeza decapitada de su víctima más reciente.

Para otros estudiosos del fenómeno como Robert K. Ressler (quien en 1974 acuñó el término “asesino serial” y antes de él se les llamaba simplemente “asesinatos cometidos por desconocidos”) la antigüedad de los asesinos seriales tiene 130 años pero forma parte de una olea- da de violencia que ha ido creciendo desde mediados del siglo XIX. Y, según él, está relacionado con la creciente complejidad social, la glo- balización y la violencia difundida y generalizada que se contagia por todas partes.

“Las mismas películas de acción y los mismos programas televisi- vos, los mismos teléfonos y otros equipos tecnológicos y, muchas veces, los mismos materiales pornográficos acentúan la similitud de los aspectos más oscuros de las culturas entrelazadas, esos aspec- tos que parecen albergar en su interior las semillas de la violencia”, (Ressler, 2003).

En Japón, por ejemplo, la popularidad de tiras cómicas para mujeres como Amour, centradas en la excitación erótica de la violación y la vio- lencia sexual contra las mujeres, subraya la relación de sexo y violencia.

Allí donde la gente se sienta apartada de la sociedad, donde los ve- cinos apenas se conozcan, donde las familias no mantengan una comu- nicación estrecha, donde los adolescentes deambulen por calles peli- grosas, donde la violencia sea una viable respuesta a los problemas de índole diversa, el aumento vertiginoso de los asesinatos seriales será una consecuencia preocupante. Hasta antes de Jack el Destripador, los grandes asesinos de la historia (aparte de generales, reyes y coloniza- dores diversos) habían sido del tipo Barba Azul: mataban a sus esposas, o esposos, masacraban a su familia; los componentes emocionales de dichos actos resultaban para muchos comprensibles y podían entender que un arrebato de furia podía desembocar en un crimen contra los cónyuges, los hijos o todos a la vez. Por el contrario, el asesinato come- tido por un desconocido resultaba incomprensible.

Para el Doctor Cristoph Paulus (citado por Wisnewski, 2004) na- die se convierte en asesino múltiple sin antes haber padecido pertur- baciones graves en su desarrollo personal. Para el experto la relación madre-hijo desempeña un papel clave en el desarrollo de la agresión y la violencia extremas. Cuanto más comprensiva y comunicativa se comporta una madre en la educación de sus hijos menos pronunciada será la agresividad de éstos y por el contrario, las madres que muestran a menudo la frustración y el enfado que provoca en ellas su hijo y a

 

quien consideran más bien como una carga, suelen tener vástagos muy agresivos.

Los estudios del FBI sobre asesinos seriales pusieron de manifiesto que la relación de los asesinos con la madre estaba marcada “sin ex- cepción”, por la frialdad, distancia, el abandono, el poco o nulo calor emocional y la ausencia del contacto corporal. A su vez, la figura pater- na generalmente tiende a ser brutal y con historia de maltrato, alcoho- lismo y abandono.

El “gigante asesino” Kemper (ya citado) tuvo la mala suerte de pa- recerse mucho a su padre, el primer marido de su madre, y por ello tuvo que sufrir. Su madre lo solía encerrar por las noches, a la hora de dormir, en una bodega oscura, donde casi se volvió loco de miedo y de odio. Mientras tanto, la madre y la hermana descansaban plácidamente en sus habitaciones.

Es así que muchos perfiladores explican que es posible que un niño al que su madre maltrató, del que abusó o el que presenció las golpizas a su madre por parte de un padre misógino y extremadamente agresivo se convierta, posteriormente, en un adulto que odia a las mujeres y puede cometer lo que se conoce como “matricidio por representación”, en térmi- nos sencillos, el criminal serial heterosexual estaría matando simbólica- mente a su madre, liberando su rabia más profunda en aquellas mujeres que comparten algún rasgo o característica física de su progenitora.

4.3. Tres elementos.

El homicidio como cualquier conducta humana tiene una motivación implícita, que puede ser un móvil antecedente o consecuente, para ilustrar la motivación antecedente se podría pensar en la venganza:

—”mató porque esa persona le había hecho daño”— y para ejempli- ficar la motivación consecuente podemos traer a colación el interés de lucro que observamos en los sicarios, quienes se autodescriben como

—”un asesino a sueldo”—.

Es probable que existan infinitas motivaciones para aniquilar a otro ser humano y dependiendo de la motivación es posible que se atraiga el interés de ciertas comunidades, tanto para que expliquen el fenómeno, como para que propongan alguna forma de intervención. Por ejemplo si se comete homicidio en aras de ideologías se atraerá el interés de las ciencias políticas o a la sociología, si la motivación para matar a otro es sacrificarlo en un “rito” se llamará la atención a los estudiosos de las religiones; si el homicidio tiene un motivo pasional se atraerá a la psicología y a la psiquiatría; si la motivación es el lucro se atraerá la economía e incluso al trabajo social.

 

Un dato interesante es que en la mayor parte de los asesinos en serie el arma predilecta ha sido el cuchillo, seguido por el método de estran- gulación y, en tercer lugar, la asfixia.

Los asesinos en serie no suelen usar pistolas, ya que estas matan a distancia y ellos buscan la satisfacción personal de matar con sus pro- pias manos.

Para efectos del tema que titula el capítulo, la referencia se hará so- bre aquellos delitos (básicamente homicidios) que atraen la atención y requiere la intervención de la psicología, la criminología y/o la psiquia- tría, razón por la cual quedan excluidos los homicidios en los cuales el lucro fue el móvil principal. También queda excluido el tema de homi- cidio único o simple, que puede haber sucedido como un hecho aislado en la vida del autor material; esto debido a que el capítulo hace refe- rencia al homicidio serial, que es una conducta reiterativa, que implica mayor alteración y complejidad de la topografía conductual. Para ello el modelo explicativo abordará factores neuropsicosociales.

4.3.1. Neuropsicológicos.

En el año de 1999 durante la 4a. Reunión Internacional sobre Biolo- gía y Sociología de la Violencia, Adrian Raine (citado por Tapias, 2002) presentó sus conclusiones de múltiples estudios con técnicas de neu- roimagen que han demostrado que los psicópatas y personas violentas presentan deficiencias funcionales y estructurales en las regiones ante- riores del cerebro.

Concretamente encontró que padecen de una disfunción frontotem- poral y dificulta el establecimiento inhibiciones conductuales o control de estructuras subcorticales filogenéticamente más primitivas como la amigdala; estas disfunciones en el plano comportamental se traducen en comportamientos irresponsables, arriesgados; en el plano de perso- nalidad conllevan a impulsividad, inmadurez; en el plano social se tra- ducen en dificultad para resolver problemas y para procesar grandes cantidades de información verbal.

El giro angular izquierdo también presenta un menor nivel de acti- vidad, actividad que resulta fundamental porque es un área de con- fluencia de información proveniente de los lóbulos temporal, parietal y occipital. Esta disfunción disminuye la capacidad de procesar infor- mación verbal, se asocia a fracaso escolar y laboral e incluso a incapaci- dad en el procesamiento de información de significados emocionales. Un asesino serial puede argumentar: —”se de esas emociones por los libros y por lo que las personas cuentan, pero no es algo que yo haya experimentado”....

 

La dificultad para procesar información emocional les dificulta es- tablecer vínculos afectivos profundos, de ahí su insensibilidad ante el dolor ajeno y su deslealtad, si a esto se suma un déficit en inhibiciones se estará entonces frente a un detonante de violencia conductual.

Menor actividad del cuerpo calloso de los asesinos y por ello menor control del hemisferio izquierdo sobre el derecho que es el productor de emociones negativas, adicionalmente lesiones de esta zona se aso- cian con dificultad en la expresión de emociones e incapacidad para comprender implicaciones a largo plazo de cualquier evento.

Además en estudios comparativos entre grupos con asesinos y gru- pos de no-asesinos se encontró que entre los homicidas había menor vo- lumen de sustancia gris prefrontal en contraste con el volumen de sustancia blanca que era igual para el grupo de asesino que para el grupo control.

Otro hallazgo interesante es de orden descriptivo establece una re- lación entre edad e inicio y declinación de la conducta violenta de los homicidas, afirma que la conducta homicida comienza en los jóvenes norteamericanos por ahí de los 20 años y disminuye su peligrosidad con el advenimiento de la cuarta década de vida del individuo.

Esta descripción induce a inferir que un periodo de maduración neurohormonal refrenaría a los sujetos violentos, sin embargo es un ha- llazgo que hay que tomar con el respectivo beneficio de la duda, debido a que célebres homicidas en muchas partes del mundo han exhibido la conducta más violenta cerca del cumplimiento de sus 40 años de vida.

La adicción a la violencia es otro supuesto que se filtra dignamente entre las explicaciones neuropsicológicas. Implica la comisión de un hecho que por primera vez se realizó tal vez por azar, por ensayo y error o motivado por una fantasía, pero que resultó tan estimulante y gratificante para el individuo que cometió el hecho porque le dispara los niveles de adrenalina de tal modo que le condiciona fuertemente y le motiva para repetir su acción. Muchos de ellos afirman: —” es como una adicción, aprendí que tenía que hacer para sentirme completo”—.

Si se aceptan sin mayor análisis las explicaciones biofisiológicas, quiere decir, para muchos, que se está afirmando que el homicida se- rial es un paciente trastornado mentalmente y que por ello no puede responder judicialmente por sus actos, es decir, merece la categoría de inimputable. No es así, sencillamente sólo se afirma que existe un componente neurológico, que requiere de tratamiento, pero que se tra- ta de un elemento que por si solo no explica un comportamiento tan complejo.

Seguramente las conductas prosociales también tienen un sustrato en el Sistema Nervioso Central y no por ello se las atribuimos exclusi- vamente a nuestro cerebro.

 

Hay que destacar que la mayoría de los estudios cifran la influencia de factores biológicos en no más de 20% del total de casos de violencia.

Sin embargo es necesario conocer el sustrato biológico del compor- tamiento agresivo para poder entender cómo operan y se combinan sobre él los factores ambientales.

Será entonces que el desorden mental tiene por causa un desorden bioquímico o ¿El desorden bioquímico se debe a su vez a angustias psi- cológicas que afectan a las suprarrenales? Sería imprudente afirmarlo. Por lo pronto, lo que podemos decir es que los indicios están siendo tratados sistemáticamente y los sabuesos —bioquímicos, psiquiatras, neurofisiólogos y psicólogos— siguen la pista.

4.3.2. Psicológicos.

La mejor forma de conocer las motivaciones de los homicidas seriales es hablar con ellos cuando están condenados y ya no tienen nada que perder si dicen la verdad, este, como ya se vio, es otro de los métodos de elaboración de perfiles criminales. Sckrapeck (1999) en un estudio con metodología de fenomenología empírica, se basó en narraciones personales de homicidas seriales condenados y logró identificar que sus motivaciones se centraban en la sensación de máximo poder/con- trol y vitalidad durante la comisión del acto, en el cual alcanzaban la sensación de clímax por controlar a otro, se autopercibían como omni- potentes con poder sobre la vida y la muerte. Aunque fuera una sensa- ción fugaz era innegable y esto les aliviaba de su frecuente sensación de debilidad, insatisfacción, de sinsentido y aburrimiento. Además los asesinatos los hacía sentirse vivos, experimentar un éxtasis eufórico el desfogue de una ira violenta que les producía gran placer, la sexuali- dad se asocia a la vitalidad, luego un estado de calma y por último de alivio, pero esas sensaciones no eran duraderas y después de cada ase- sinato se volvían más inquietos y se agitaban más fácilmente.

Las entrevistas con estos homicidas revelaron que tienen unas mo- tivaciones similares a las de otras personas, sin embargo su necesidad de control, poder y vitalidad les llevan mucho más allá de las fronteras que nos retienen a los demás.

Otros autores han hecho una interpretación distorsionada del fenó- meno y afirman que es la sensación de continuo malestar la que re- sulta acuciante para el homicida, es un elemento predisponente de su conducta criminal y ese malestar solo se alivia acudiendo al asesinato. Terminan así estableciendo una justificación científica para un hecho antisocial, brindando un tratamiento psicológico sustitutivo y evasivo de la pena privativa de libertad establecida por el Derecho Penal.

 

Los principios del aprendizaje se pueden aplicar también a la expli- cación de este comportamiento, es decir, los homicidas aprenden por modelamiento “imitan un modelo”, la mayoría de ellos afirma haber padecido humillaciones y haber sido víctimizados por otros, de manera que se justifican en la replicación de su modelo. O pueden aprender también por moldeamiento “alguien les va modulando su conducta, les retroalimenta y ayuda a perfeccionar”, esta es la modalidad menos frecuente, pues parece que para ellos es más seguro actuar individual- mente, además de que no tienen interés en relacionarse con otros, ni siquiera para ejercer su conducta delictiva. O pueden adquirir compor- tamientos por aprendizaje vicario “aprenden viendo directa e indirec- tamente”, por ejemplo Garavito vio muchas veces a Hannibal Lecter en la película del silencio de los inocentes y deseaba ser como él o Gilberto Ortega Ortega ha leído varios textos sobre asesinos seriales incluyen- do el silencio de los corderos o el Dragón Rojo lo que explica muchas de sus peticiones a autoridades carcelarias, como solicitar para la cena cerebros o riñones de niños —cosa que antes de leer los textos o ver las películas no aparecían en sus cartas—.

Aprenden también por ensayo y error, por descuido o al azar hi- rieron a su víctima y al emanar la sangre les produjo una satisfacción inesperada que los llevó a repetir la conducta de herir para ver sangrar.

Los principios del aprendizaje permiten explicar cómo las carreras delictivas evolucionan desde conductas más frecuentes hasta otras me- nos frecuentes, desde los delitos de tasa alta a los delitos de tasa baja, que van desarrollando niveles de progresividad tal que los niveles su- periores permiten inferir presuponer la previa exhibición de conductas inferiores.

Al estudiar personalidades antisociales se encuentran cogniciones constantes entre las cuales está la justificación principalmente ellos se perciben a sí mismos como víctimas y creen que su padecimiento les justifica para hacer perecer a otros, como víctimas furiosas “que ellos actúan así porque también fueron víctimas y padecieron a manos de otros”. Ellos de manera habitual culpan a otros, afirman que “las víc- timas lo merecían”, “que era una venganza”, “que las mujeres estaban pagando por sus pecados, ya que una de ellas lo había humillado”, “que en el mundo funciona la ley del más fuerte”, “que es una fuerza superior a ellos, que los domina y los obliga a matar, que es un impulso que no pueden controlar”.

También la justificación colinda con la estrategia de evitación de la responsabilidad que tiene tres factores principales: el primero es que los individuos con trastorno de personalidad antisocial se justifican y se sienten víctimas; el segundo, es que evitan la culpa y el tercero es su falta acentuada de remordimiento.

 

Bandura (en Tapias, 1999), afirma que una forma de reforzar las autojustificaciones, opera por medio de la desconsideración o la falsa representación de las consecuencias de la acción. Cuando las personas deciden realizar actividades que son perjudiciales para los demás, ya sea por motivos de provecho personal o por móviles sociales, evitan en- frentarse o minimizan el daño que causan. “No le hice daño, la alivie del dolor que implica vivir”. Recuerdan con facilidad la información que recibieron previamente sobre los beneficios potenciales del comporta- miento, pero son menos capaces de recordar sus efectos perjudiciales.

4.3.3. Sociales.

Las teorías más frecuentes según S. Egger (1999) son las de la sociali- zación inadecuada que afirman que los asesinos en serie han sufrido durante su infancia, que presentan sentimientos persistentes de impo- tencia y desamparo, situaciones extremas de privación social y psico- lógica, abuso y abandono tempranos, falta de cariño por parte de los padres, con frecuencia tienen relaciones inusuales o no naturales con sus madres.

Al investigar los antecedentes de 4 de ellos que parecían muy si- milares entre si (John Wayne Gacy alias “Pogo” el payaso, Henry Lee Lucas, Keneth Bianchi, Theodore Bundy) Egger encontró grandes coin- cidencias en sus antecedentes familiares, todos eran hijos ilegítimos y tenían madres dominantes, o progenitores con problemas emocionales, o padres divorciados. La intensa rabia del asesino en serie parece ser un reflejo del horror sufrido durante la infancia.

Disciplina inconsistente, es decir en ocasiones muy rígida y en otra muy permisiva, débil control social formal, establecimiento de bajo au- tocontrol y percibirse como víctimas que padecieron humillaciones de otros

4.4. Detrás de la máscara.

Al referirnos al homicida serial hacemos alusión a la definición de una persona que mata reiteradamente, logra cometer más de 3 muertes, ge- neralmente opera individualmente, generalmente asesina a personas de su propio grupo étnico, cada vez que lo hace mata a una sola perso- na, no suele tener algún vínculo con la víctima, carece de móviles claros y que lo hace en diversos momentos, pasando por pausas o intervalos de “enfriamiento”. Actúan como depredadores, acechan, se acercan y matan.

También existen mujeres asesinas seriales, pero son desestimadas por el sistema judicial y por la academia, tal vez porque ellas no utilizan métodos violentos, sino menos vistosos o evidentes como el envenena- miento, por prejuicios culturales que indican que una mujer “es inca-

 

paz de privar de la vida a otra persona” o porque no tienen estadísticas de víctimas tan altas como los hombres homicidas. En todo caso sobre ellos existe una mayor documentación.

Los asesinos en serie no conforman una única categoría. Son varias las clasificaciones y tipologías que de ellos se han hecho, pero es espe- cialmente útil para el proceso investigador por su sencillez y operati- vidad aquella desarrollada por el FBI y que distingue a los asesinos en serie en tres categorías: organizado, desorganizado y mixto —más adelante se abordan—.

De acuerdo con Steven Egger (1999) un asesino serial se define por las siguientes características:

Un mínimo de 3 a 5 víctimas, con un periodo de tiempo entre un crimen y el siguiente

El asesino no tiene relación con las víctimas. Aparentemente el cri- men ocurre al azar o sin conexión con los otros

Los asesinatos reflejan el sadismo del criminal y su necesidad de tomar el control de la víctima

Raramente el asesino obtiene una ganancia material, el motivo siem- pre es de orden psicológico

Las víctimas tienen un valor “simbólico” para el asesino, esto se en- tiende tras ver que hay un método específico para matar

El asesino casi siempre escoge víctimas vulnerables, tales como prostitutas, niños, etc.

4.5. Fases.

Después del primer asesinato, el responsable se encuentra excitado, asustado e incluso arrepentido. Sin embargo, generalmente después del primer delito de homicidio, se sentirá más seguro y pensará que volverá a hacerlo con mayor perfección.

Incorporará detalles del primer asesinato a sus fantasías y comenza- rá a planear e imaginar futuros crímenes.

En el proceso de “caza” de los homicidas seriales se pueden diferen- ciar las fases siguientes:

4.5.1. Áurea.

Fase de aislamiento social e inclusión hacia el mundo de fantasías de muerte y destrucción. En sus fantasías ellos crean otra realidad, una en la cual tienen el control total y no se sienten amenazados, sino do- minantes.

La fantasía por si sola puede satisfacerlos momentáneamente, pero también puede ser insuficiente e impulsarlos imperiosamente a matar.

 

Todas las personas tienen fantasías como vías de escape temporal, pero para un asesino en serie, lo que comienza como tal evoluciona en algo a realizar. Gradualmente la necesidad de liberar éstas fantasías llega a convertirse en un acto compulsivo, llegando a sucumbir a éstas.

4.5.2. Pesca.

Fase para elegir y frecuentar sitios adecuados para encontrar a su vícti- ma. Busca una víctima que se adapte a sus preferencias, o un lugar en el que pueda controlar el riesgo que entraña la acción que va a cometer.

4.5.3. Seducción.

Una vez elegida la víctima comienza el acecho antes de empezar a cor- tejarla. Sus hábitos, donde trabaja, con quién anda, a donde le gusta ir... el cazador humano en esta etapa puede actuar con violencia directa e inmovilizar a sus víctimas o también puede experimentar un placer es- pecial por atraer a sus víctimas y burlar su autoprotección. Esto último lo realizan los más experimentados y versátiles.

4.5.4. Captura.

Tratan de ganarse la confianza de su víctima para conducirlas hasta su trampa. Algunos son tan seductores que no les resulta difícil con- vencerla de que suban a su coche transmitiéndolas una sensación de seguridad. Es un periodo en el cual “cierran la trampa” y disfrutan de las reacciones de terror a las víctimas, utilizan medios físicos o psicoló- gicos para inmovilizarlas.

4.5.5. Asesinato.

Momento el que los asesinos seriales aniquilan, utilizando su modo de operación en particular, su estilo personal, durante el homicidio experi- mentan clímax. Es la culminación de la fantasía del criminal. Es frecuente que muchos psicópatas experimenten un orgasmo mientras matan.

4.5.6. Fetichista o totémica.

El asesinato les ofrece un placer intenso, pero pasajero, por ésta razón algunos se quedan con algún recuerdo del momento. Esto les servirá para revivir posteriormente el momento culminante de su acción.

El homicida guarda un fetiche que le permita recordar su hazaña, revivir la escena. Recauda un trofeo que le permite prolongar la expe- riencia. Los “trofeos” pueden ser desde objetos personales o prendas de las víctimas, hasta torsos, cráneos, pezones o cualquier otra parte del cuerpo.

 

4.5.7. Depresivo.

Crisis posterior al homicidio que puede llevarlos incluso a tener ideas suicidas, aunque pocos de ellos consuman su propia muerte. En esta fase se preguntan el por qué de su comportamiento, se sienten mal pues son conscientes del daño que causan la las víctimas y a sus allegados. El ase- sino sufre una depresión post-crimen lo que puede llevarle frecuente- mente a un nuevo asesinato, repitiendo de ésta forma el ciclo anterior. En otros términos, cuando aparece la depresión, ésta desencadena nueva- mente el ciclo homicida (razón por la cual este fenómeno criminal es co- nocido como asesinato serial, porque existe un patrón definido en serie).

La duración de éste proceso a través de sus diferentes fases deter- minará el espacio de tiempo transcurrido entre un crimen y otro, y solo con la detención del asesino se podrá detener el ciclo. Uno de los pro- blemas más graves con los que se encuentra el investigador es el propio tiempo transcurrido entre la aparición de una víctima y la siguiente, junto con la movilidad de estos individuos. Tendríamos entonces dife- rentes tipos de asesinos en serie. Los denominados asesinos móviles o itinerantes que se desplazarían de región en región matando al azar o buscando víctimas concretas, asesinos locales que permanecen cerca de su ciudad e incluso los que matan siempre en el mismo lugar.

Esta evidente falla no revierte el doloroso pasado infantil, sino que refuerza las lesiones emocionales. La tortura y la muerte de la víctima no libera al psicópata de su estigma, sino que revive su tragedia personal.

Siempre culpando a otros por sus crímenes, los asesinos seriales cla- man que el actual clima de violencia dentro de la misma sociedad, los orilla a cometer tan horrendas acciones.

Independiente de las fases descritas, todos los casos de homicidio obtienen un resultado similar, eliminan una víctima inocente y así se involucran en una conducta que cumple con todos los elementos de un delito, pues es típica, antijurídica, culpable y punible, por lo que siem- pre tendrán la atención y la intervención de profesionales del derecho, la criminología y la policía judicial.

4.6. Elementos del delito.

A continuación se describen brevemente los elementos de un delito para quienes no estén versados en temas jurídicos, pero antes se re- dacta la conceptualización teóricamente perfecta de delito (Carrancá, 1976 citado en Arredondo y colaboradores, 2000):

“Delito es una conducta de acción u omisión, típica, antijurídica, culpable y punible, en la que obviamente debe existir un sujeto activo y un sujeto pasivo”

 

Conducta de acción u omisión: Por ser una forma de comportamiento que se realiza o se deja de hacer (secuestrar o matar a alguien serían ejemplos de acción; omitir auxilio a una persona accidentada o dejar de pagar impuestos son ejemplos de omisión)

Típica: Debe cumplir todos los elementos señalados en el tipo y se encuentra contemplada dentro de las normas del Derecho Penal; para este caso el Código Penal del Estado de Chihuahua en el Título Prime- ro (Delitos contra la vida y la integridad corporal) en su Capítulo I y Artículos del 123 al 128 establece varias modalidades en que se puede privar de la vida a una o varias personas, por ejemplo en el caso del homicidio el Artículo 123 reza:

“A quien prive de la vida a otra persona, se le impondrá de ocho a veinte años de prisión. Se entenderá la pérdida de la vida en los términos de la Ley General de Salud”.

En términos simples, típica, para este caso significa que está contem- plada y redactada en el código penal correspondiente.

Antijurídica: Por ir en contra de las leyes, de las normas del Derecho.

Culpable: Porque existen simultáneamente los elementos de Con- ciencia (capacidad de entender lo que se hace, está haciendo o se va a hacer); Voluntad (capacidad de querer hacer o no hacer) y Posibilidad (la capacidad física, de realización)

Punible: Que conlleva una sanción penal, apegada y señalada por las normas del Derecho.

Sujeto activo: Es el autor material o intelectual de la conducta (delin- cuente)

Sujeto pasivo: Es quien recibe o quien sufre la acción como conse- cuencia de la comisión de la conducta (víctimas u ofendidos). Por ejem- plo, en el caso de un secuestro la víctima sería la persona secuestrada y los ofendidos sus hijos, padres, etcétera. Más específicamente y con acuerdo a los cambios en la legislatura penal del estado de Chihuahua, las víctimas son aquellas personas afectadas directamente por un deli- to. Si, por ejemplo, la persona fue muerta en el delito, los ofendidos son su cónyuge y/o sus hijos. Si estos faltan, los ofendidos serán conside- rados en el siguiente orden: padres o abuelos; conviviente, hermanos, adoptado o adoptantes.

En este sentido, solemente las personas físicas, con capacidad de voluntad, podemos ser sujetos activos de alguna figura delictiva. Por que ni las máquina, ni los animales, las plantas o las personas jurídi- co-colectivas pueden ser sujetos activos, al menos en el Derecho penal mexicano. (Quintino, 2010)

 

4.7. Tipos de homicidas.

Un asesino es, por lógica, una persona que comete un acto de un asesi- nato y un asesinato es un delito de carácter muy específico que consiste en matar a una persona con alguna de las siguientes circunstancias:

Alevosía: consiste en el empleo de medios, modos o formas en la ejecución que tiendan directa y especialmente a asegu- rarla, sin riesgo para el agresor que proceda de la defensa que pudiera hacer la víctima o con la búsqueda consciente de que el delito quede impune. Son casos de alevosía aquellos en los que se aprovecha la particular situación de desvalimiento e indefensión del agredido, cuando la ejecución es súbita e in- esperada, por sorpresa, o cuando se hace mediante acechan- za, apostamiento, trampa, emboscada o celada. También lo son la nocturnidad o el disfraz, que impide el reconocimiento del autor del crimen.

Precio, recompensa o promesa.

Ensañamiento: aumentando deliberada y de forma inhumana el dolor del agredido. El ensañamiento se aprecia tanto por la intención, como por el objetivo resultado de incrementar el dolor del agredido, y por ello excluye actos realizados sobre el cadáver con posterioridad a la muerte de la víctima (que podría constituir otro delito diferente, como es la profanación de cadáver).

También se entiende que se trata de asesinato cuando el homicidio se realiza por medio de inundación, incendio, explosivo o veneno, en- tendiendo por este último cualquier sustancia que introducida en el cuerpo humano por ingestión, inyección o inhalación pueda producir la muerte. La comisión de un asesinato mediante inundación o incendio supone que éste es el medio utilizado, no que se comete por ese motivo.

Las diferencias entre homicidio y asesinato estriban pues, en que mientras que el homicidio es el delito que alguien comete por acabar con la vida de una persona, el asesinato requiere de un mayor número de requisitos.

El asesinato no se trata de un homicidio agravado, sino de un delito distinto (de acuerdo con la mayoría de las doctrinas y las jurispruden- cias), en el que las circunstancias señaladas son elementos constitutivos del mismo. En el asesinato existe una mayor intensidad del propósito criminal que en el homicidio, por los medios perjudiciales utilizados de un modo especial o por la inconfundible malicia y peligrosidad que se revela.

 

Desobedeciendo nuevamente a la muy estricta técnica jurídica, y por razones didácticas más que jurídicas, en el trabajo presente los con- ceptos homicida y asesino serán estimados como equivalentes.

Existen útiles subdivisiones de los homicidas que resultan ser valio- sas al momento de comprender el fenómeno.

4.7.1. Según el orden del lugar de los hechos.

Según la planeación del crimen y las evidencias dejadas en el lugar de los hechos. Para el multicitado John Douglas, los asesinos seriales tienen tres ideas fijas —la manipulación, el dominio y el control de la situación— y una personalidad que puede ser dividida en dos grandes categorías:

4.7.2. De grupos o masivo.

Es el que aniquila a varias personas al mismo tiempo. A su vez esta dividido en:

4.7.3. Familiar.

Aquel que mata a su familia, a una familia nuclear o a la mayoría de ellos y algunas veces se suicida él mismo. En México tenemos los casos de Orlando Magaña Dorantes (en 2002), homicida de la familia Narezo- Loyola y a Diego Santoy Riveroll de la familia Peña-Coss en el año de 2006. Sentenciado a 138 años de prisión, 2010.

4.7.4. Múltiple.

Es el que mata a un grupo de desconocidos, se asocia a periodos de agi- tación por enfermedad mental (psicosis, paranoia, maniaco-depresión). Esta tipología se adopta en cuanto al número de víctimas, cuatro o más, y su ubicación en un mismo lugar o escena del crimen. Generalmente sus víctimas son de un entorno conocido y puede que tengan o no rela- ción directa con él, también es reseñable que achaque a sus víctimas sus problemas y actúe a modo de venganza o como medio de resolución de éstos.

El asesino en masa piensa que está en posesión de la verdad, sufre lo que se denomina un delirio y podrá tener su comienzo por la pérdida total del contacto con la realidad.

Ejemplos de ésta tipología los vemos cada cierto tiempo en la socie- dad americana por los medios de comunicación, en los cuales observa- mos casos como el de jóvenes que irrumpen en su instituto o univer- sidad (recuérdese recientemente el caso del Tecnológico de Virginia) causando varias víctimas para luego suicidarse, o en los casos en que las víctimas se producen en el entorno de una secta destructiva, cau-

 

sando el líder a través de su influencia la muerte de sus adeptos. En resumen, se trata de una acción límite trazada por el individuo como única salida.

4.7.5. Según la movilidad.

a.- Sedentario. Mata en una misma zona, es geográficamente estable.

b.- Itinerante. Es geográficamente transitorio, se dedica a matar y se traslada de ciudad para desorientar a las autoridades y evadir las in- vestigaciones criminales. Puede o no usar varias identidades, obtiene lucro de actividades ilícitas o informales, nunca permanecen en traba- jos estables, no conserva vínculos familiares, ni sociales. Esta tipología es la que menos nos encontraremos con toda seguridad. Hablamos en éste apartado de crímenes cometidos en lugares diferentes y en un pe- riodo de tiempo muy breve. El asesino no tiene tiempo para serenarse entre la comisión de un hecho y el siguiente. Se puede decir que todos los crímenes son resultado de un único suceso de inicio, y que puede durar el tiempo en función de los fines del criminal. Para quien escribe este trabajo se puede presentar un homicida mixto, según su movilidad (vera apartado 4.6), el término que hemos acuñado, a reserva de propo- ner una acepción más adecuada, es homicida transverso o transversal, ya que puede actuar en una región por un tiempo perpetrar cuatro o cinco asesinatos y luego moverte a otra zona o ciudad lejana, matar a dos o tres personas y así hasta ser detenido.

4.7.6. Según otras agresiones.

Es decir que además del homicidio cometen otro tipo de lesiones perso- nales o actos violentos contra sus víctimas.

a.- Homicida se/ual: (asesino lujurioso). Es el que causa la muerte de sus víctimas, pero acompaña su hecho de actos sexuales, como violar a la víctima, cercenarle partes sexuales o genitales, introduce objetos extraños en sus orificios genitales o excretorios. El acto sexual se puede ver como una forma de usar y abusar de la otra persona, el pene puede ser considerado un “arma”.

b.- Homicida sádico: es el que arremete actos de tortura contra la víc- tima mientras ella está viva. Otros criminales realizan actos explorato- rios con el cuerpo inerte de su víctima, quema o descuartiza el cadáver. (Ver apartado 4.11).

4.7.7. Según características de personalidad.

Comprendiendo la personalidad como la fundamental motivación para la realización del acto, los subdivide en trastornados mentalmente y en personalidades antisociales.

 

En los asesinos seriales hay una importante alteración psicológica, de origen multifactorial y requiere de la calificada y ética intervención por parte de la psicología, en áreas como la prevención, la evaluación, el tratamiento y la investigación de estos criminales. La presencia de dicha alteración psicológica no justifica el estado jurídico de inimputabilidad.

Es consabido que en este fenómeno la sola intervención psicológica no es completamente eficaz para la modificación de la conducta, por eso se sugiere que el psicólogo refuerce la investigación criminal, se consti- tuya en asesor para la justicia en asuntos como elaboración de perfiles, vinculación de casos, conducción de interrogatorios; que el psicólogo se convierta en un asesor que promueva la unificación de bases de datos de criminalidad nacionales e interinstitucionales; todo lo cual elevaría la eficacia de la detección y detención de los asesinos seriales.

El homicidio serial es un delito que requieren del control social for- mal, para evitar reincidencia de un comportamiento que parece inmo- dificable e imparable, pero sería muy interesante se estableciera una política de prevención ya que la detección temprana permitiría la im- plantación de un control eficaz y económico y cumpliría la misión de neutralizar de las conductas punibles; aunque es posible que los poten- ciales asesinos continúen encubiertamente con sus motivaciones y fan- tasías antisociales, pero lo que la sociedad puede exigirles es solamente la evitación de consumación de los actos para hacer perecer a otros, quedaría por establecer cuál es el límite para la psicología y la interven- ción social entre la fantasía y la comisión de los punibles.

El geógrafo del crimen Kim Rossmo elaboró una interesante tipo- logía delincuencial en relación con los métodos de búsqueda que un asesino serial puede tener de sus víctimas, veamos:

1.- Cazador (hunter):   El agresor busca a una víctima teniendo

como base de operaciones su casa; los delitos que comete suelen estar en el perímetro de su ciudad; él acude a los lugares que conoce que pueden tener las víctimas que desea.

2.- Pescador (poacher):   El agresor busca una víctima teniendo como

base de operaciones un lugar diferente de su casa, o bien se traslada a otra ciudad para se- leccionarla.

3.- Oportunista (troller):  El agresor actúa aprovechando una oportu-

nidad que se le brinda mientras realiza una actividad convencional.

4.- Trampero (trapper): El agresor asume una posición u ocupación,

o crea una situación que le permite encontrar víctimas en un lugar que él controla.

 

El mismo Rossmo (referido por Garrido, 2006) también ha creado una clasificación referida a los métodos con los que el asesino ataca a sus víctimas.

1.- Raptor (raptor): El agresor ataca inmediatamente después

del encuentro con la víctima.

2.- Acosador (stalker) El agresor espía y sigue a una víctima a la

que ha seleccionado antes, y luego ataca de forma sorpresiva.

3.- Emboscada (ambusher): El agresor ataca a la víctima una vez que

la ha engañado para que acuda a un lugar que él tiene bajo control.

Los métodos anteriormente descritos sirven para ir puliendo el tra- bajo en la perfilación y preparan al perfilador para conocer y reconocer variaciones importantes dentro de los individuos en estudio. Además se deben complementar las investigaciones con el esquema de clasifica- ción propuesto por el FBI como resultado de los estudios hechos desde 1978 utilizando entrevistas con asesinos condenados como base para construir las clasificaciones futuras. En 1995 una base de la reestruc- turación combinó a la Unidad de las Ciencias del Comportamiento, el Programa para la Aprehensión de Criminales Violentos y el Grupo de Respuesta ante Incidentes Críticos. Desde entonces se proponen básica- mente cuatro tipologías, basadas en la motivación, sobre los criminales sistemáticos que merecen ser anotadas:

a).- Poder/Control. La motivación procede del poder ejercido sobre la víctima mediante su dominación completa y en su capacidad para decidir sobre su vida y/o muerte. La escena del crimen es controlada (ver punto 4.7), pocas evidencias forenses, el cadáver se oculta en otro lugar. Los rastros presentes en la escena delictiva coinciden en buena medida con el siguiente tipo de asesino.

b).- Hedonístico. Su justificación se fundamenta en la conexión entre violencia y gratificación sexual y/o emocional. Escena del crimen con- trolada, pocas o ninguna pista. La víctima suele ser torturada y violada antes de la muerte, es frecuente el asesinato por estrangulamiento, aun- que también con armas cortantes y punzocortantes, pues lo relevante no es el acto sexual. Colmes diferencia y los subdivide en el asesino sádico (lust murderer) y el asesino emocional (thrill murderer), el primero suele mutilar el cadáver y realizar actos de canibalismo y necrofilia con él, lo que no es habitual en el segundo.

c).- Misionero. Su fundamentación está guiada por un “deber mo- ral” para eliminar un grupo de víctimas específico (véase el asesino del 31000) como por ejemplo prostitutas, negros, judíos, homosexua- les. Tiene creencias personales fanáticas, sus procesos mentales se en-

 

cuentran en contacto con la realidad, no delira ni alucina. Puede ser desorganizado u organizado (apartado 4.7), aunque lo habitual es lo segundo, habitualmente la escena es controlada, no suele esconder o desplazar el cuerpo de la víctima.

d).- Visionario. Sujeto, muchas veces psicótico, con alucinaciones o delirios que le impulsan a matar (Joel de Gilberto Ortega o Jack el malo de John Wayne Gacy, por citar dos). La escena criminal tiene abundan- te evidencia forense, arma y cadáver son abandonados ahí mismo. La víctima suele ser una víctima de oportunidad y pueden aparecer actos de necrofilia, mutilaciones, canibalismo, etc.

Además de lo anterior los criminales sistemáticos presentan unifor- midades sociales que trataremos en el siguiente apartado.

4.8. Regularidades.

Como se ha visto, los asesinos en serie son individuos que tienen un historial de múltiples lesiones mortales en individuos que usualmente no conocen de antemano. Sin duda, todos —o casi todos— alguna vez en la vida hemos tenido impulsos de extrema violencia, inconfesables deseos sexuales y otras cosas por el estilo; sin embargo hay un límite que no traspasamos, detrás del cual nuestra conducta permanece en la normalidad. Llámese a esto ética, moralidad, super-yo o condiciona- miento social, sea lo que sea, está ausente en la mente del asesino serial.

Muchas veces el desarrollo de los criminales llega a lo que podríamos llamar “vidas espejo” y así cuando se analiza la infancia de Chikatilo, J.

W. Gacy, Barraza, Garavito u Ortega pareciera que lo único que cambia es el lugar y los nombres, por lo demás hay semejanzas sorprendentes.

Dichas semejanzas pueden advertir con cierta exactitud si un niño o niña puede devenir en un homicida serial, pero lo mejor de todo es que podemos diseñar planes y programas preventivos para evitar que los factores se presenten lo menos posible y en la menor cantidad y combinación.

Los expertos han encontrado trece indicadores que aparecen regu- larmente en este tipo de individuos.

Estos son:

4.8.1. Semejanzas.

Poseen una infancia traumática o quedaron marcados por al- gún acontecimiento relevante durante su niñez. Algunos son abusados emocional o psicológicamente por sus padres.

Desde niños provocan incendios o sienten placer torturando y matando animales.

 

Recientemente se confirmó que 95% de los asesinos captura- dos presentan traumas en la parte frontal del cerebro, lo que indica un nivel de agresividad mayor que el promedio.

Su nivel intelectual está por encima del normal.

Tienen diferencias polarizadas con la religión. Algunos renie- gan de ella y otros dicen ser enviados de Dios.

Reflejan un comportamiento relajado ante los demás. Pueden llegar a percibirse como carismáticos.

Algunos logran pasar un examen de polígrafo (instrumento para medir reacciones psicofisiológicas asociadas con el ser conciente de mentir, para unos es un “detector de mentiras”, para algunos más avezados es realmente un “verificador de la verdad”).

Logran manipular a sus víctimas a través de una representa- ción casi real de simpatía, ya que no pueden sentirla.

4.8.2. Excusas.

El asesino serial siempre tratará de excusar su conducta. Esto con el fin de evitar las cárceles o la pena de muerte pero a decir verdad pocas ve- ces logran salirse con la suya. Jeffrey Dahmer declaró que había nacido incompleto, Ted Bundy dijo que todo fue culpa de la pornografía, Her- bert Mullin culpó a las voces dentro de su cabeza, ellas le impulsaban al crimen mientras cantaban la canción de la muerte. John Wayne Gacy se limitó a mentar pestes y dijo que sus víctimas merecían morir, Gil- berto Ortega a la ausencia de su padre y los presuntos abusos sexuales sufridos desde los 4 años.

4.8.3. Ciclos violentos.

En su libro “Serial Killers” (Asesinos seriales), Joel Norris describe los ciclos de violencia como generacionales: “Los padres que abusan de sus hijos tanto física como psicológicamente instalan en ellos instintos de violencia, recurso al cual acudirán en primer lugar para resolver sus retos y problemas personales.”

4.8.4. Disciplina.

Algunos padres piensan que ser estrictos y celosos en la disciplina, crea hijos diestros y exitosos. Pero está demostrado que ocurre lo contrario, más bien resulta un completo desastre. Si entre el infante y sus prime- ros tutores, sean estos sus padres biológicos o no, se crean deficientes lazos afectivos se pierde el fundamento tras el cual nace la nobleza y confianza hacia otros semejantes.

 

Aquel que carece de lo anterior queda aislado; en su soledad apa- recen violentas fantasías, que se convierten en la única fuente de felici- dad. Y todo esto, en sustitución de la interacción social.

Los expertos citados a los largo del libro: Robert Ressler, Ann Bur- gess y John Douglas llegan a la conclusión de que tras esta fallida infan- cia, el individuo crece acompañado de sus fantasías sobre dominación y control. No experimentando simpatía ni remordimiento alguno por los demás. Toda persona es reducida a un mero símbolo que puede ser manipulado de acuerdo a la fantasía en turno.

4.8.5. Abuso infantil.

Los especialistas tienen muy claro que el abuso infantil, de cualquier tipo y en cualquier grado, no es la causa directa en la formación de un futuro asesino. Pero si es un factor muy importante para entender al psicópata. Sabemos que mucha gente padece en la niñez, pero entonces el mundo tendría que estar repleto de criminales.

La gran mayoría de los asesinos culpan a sus padres y madres. Exageran cuando describen los abusos y el maltrato. Muchos quieren creerles y provocan que éstos declaren más de la cuenta, así ganan sim- patía frente al público y en no pocos impartidores de justicia. Lo que sí es seguro: el abuso infantil no sólo genera reacciones violentas, sino que afecta al desarrollo, el crecimiento y la nutrición del pequeño, entre otras cosas.

4.8.6. Padres.

Ambos padres suelen ser fuente de terror para los infantes. Por lo gene- ral a la madre se le culpa más que al padre, toda vez que, en mayor me- dida, éste desaparece o nunca estuvo presente. La queja es si la madre fue sobreprotectora o muy distante, sexualmente muy activa o repri- mida. Con el padre, que porque fue alcohólico, golpeador y misógino.

La marginación y la ignorancia preceden muchas de estas conduc- tas. Que también devienen en fanatismo religioso y en violentos arran- ques para imponer la disciplina.

A pesar de que la mayoría de criminales seriales fue víctima de abu- so infantil, no siempre es así. Lo desconcertante es que también surgen asesinos en familias más normales; aparentemente. Encontramos en- tonces que pueden nacer personas predispuestas al crimen. Nada ni nadie es culpable directo de las tragedias por venir.

4.8.7. Tríada fatal.

Los factores que están casi siempre presentes en el historial de un ase- sino serial son:

 

Piromanía

Crueldad contra los animales

Incontinencia (orinarse por las noches o incluso en el día)

Usualmente la piromanía representa una actividad de estimulación sexual. La rápida destrucción de la propiedad material es para el piro- maníaco de igual intensidad que la destrucción de otra vida humana. Como ya he dicho, “el otro” no es más que un objeto, un símbolo para el asesino serial. Por lo que el cambio entre prender fuego y asesinar es muy fácil para estos criminales.

Torturar animales es uno de los más claros focos rojos. Porque se entiende que ésta no es más que una práctica para el incipiente asesino. Lastimar a los compañeros, refuerza los patrones de soledad en el infan- te, por lo que libera su estrés contra seres indefensos. Sacan la furia que llevan dentro, pero evitando molestas consecuencias sociales. Edmund Kemper enterró vivo al gato familiar, para después sacarlo y cortarle la cabeza. J. Dahmer era conocido por su crueldad contra los perros. A quienes decapitaba y colgaba las cabezas en palos junto a su casa.

Orinar la cama, es uno de los síntomas más desconocido, dada su naturaleza íntima.

Sin embargo se estima que 60% de los criminales seriales orinaron su cama aún en la adolescencia. Cosa notable si consideramos que per- sonas con lesiones cerebrales y retraso logran contenerse a una edad aceptable.

Por el contrario el asesino serial siendo una persona «normal» y a veces extremadamente inteligente no logra controlar esta situación.

Aparte de la triada de focos rojos: piromanía, incontinencia y cruel- dad hacia los animales, existen varios factores más que determinan fu- turas conductas psicópatas.

Se ha descubierto que varios asesinos seriales fueron adoptados, ates- tiguaron en su infancia violencia extrema o que fueron recluidos en re- formatorios juveniles, donde se convirtieron en peligrosos criminales.

4.8.8. Adopción.

Se ha descubierto que la adopción es un factor de bastante peso en la psicología del asesino serial. Una vez conocida su situación (de ser adoptado) al individuo le asaltan dos preguntas:

¿Fui rechazado por mis padres (padre; madre o ambos)?

¿Eran mis padres unos malvivientes o unos héroes?

Si el infante, por cualquier razón, ya tiene una frágil psique; es en- tonces más sencillo que al enterarse sobre su adopción surjan en su mente serios problemas de personalidad. Lo primero que resiente es el rechazo por parte de sus verdaderos padres biológicos. Tal vez su ma-

 

dre era una prostituta, o su padre un gángster, o tal vez no. Si el afectado busca a sus verdaderos padres y nuevamente es rechazado, el efecto puede ser desastroso.

La adopción no es mala en sí, pero a ciertos niños les provoca con- flictos de identidad.

4.8.9. Rechazo social.

Desde temprana edad muchos asesinos seriales son rechazados. Mien- tras la soledad de estos niños crece también lo hacen sus morbosas fan- tasías.

4.8.10. Otros componentes.

Factores ambientales que los psicólogos dicen que pueden crear a un sociópata:

Los estudios muestran que 60% de los psicópatas han perdi- do a uno de los padres.

El infante es privado de amor maternal; los padres están au- sentes o alejados.

Un régimen incorrecto de disciplina: un padre implacable y la madre débil, el niño aprende a odiar la autoridad y a ma- nipular a la madre.

Padres disfuncionales que en privado devastan al infante, mientras que a la sociedad presentan una fachada de familia feliz.

Las pruebas indican que el sistema nervioso del psicópata es dis- tinto. Experimenta menos miedo y ansiedad que el común de las per- sonas. Con dos grupos de personas, unos normales y otros psicópatas, se realizó un estudio el cual consistía en hacer aprender cual de cuatro palancas encendía un cierto foco verde. Sin embargo al jalar la palanca equivocada ocurría una penalización (choque eléctrico). Ambos grupos cometieron el mismo número de errores, pero el grupo sano aprendió rápidamente evitando los choques, mientras que a los sociópatas les tomo mucho más tiempo para lograrlo. Justamente es esta necesidad por emociones fuertes, la que provoca que el psicópata busque situa- ciones peligrosas. Justamente es esta necesidad por emociones fuertes, la que provoca que el psicópata busque situaciones peligrosas. La ge- nética y la fisiología son factores decisivos en el desarrollo de un ase- sino serial; sin embargo no son capaces de explicar todo. Los factores ambientales pueden crear o destruir por completo una personalidad psicópata.

Los psicópatas no quieren cambiar y la mayoría termina en prisio- nes, en vez de hospitales psiquiátricos.

 

De acuerdo al Dr. J. Reid Meloy, autor del libro: “The Psychopathic Mind Origins, Dynamics and Treatment”, (Los orígenes de la mente psi- copática, dinámicas y tratamiento) (citado por Egger, 1999) el psicópa- ta es solo capaz de desarrollar relaciones sadomasoquistas basadas en el poder, no el apego afectivo. Ellos se identifican con el rol agresivo, como el de un padre abusivo, y atacan al débil (ellos mismos) proyec- tándose en otras personas.

Según el Dr. Meloy, en la tierna infancia del psicópata, ocurre una separación de la personalidad: uno es el yo (vulnerable por dentro) y el otro (que es intruso y agresivo) esto debido a cualquier experiencia desagradable. Entonces el infante espera que toda experiencia “exter- na” sea dolorosa, por lo que se retrae a si mismo. Este mecanismo de autoprotección construye una “armadura del carácter” que desconfía de todo y no permite el paso hacia adentro. El niño se rehúsa a identifi- carse con sus padres a quienes toma por malévolos extraños.

Pronto, el niño ya no sentirá simpatía por nadie. El muro ha sido terminado y durará para siempre.

En el desarrollo normal, el chico crea lazos amorosos con su madre. Pero para el psicópata, la madre es tomada como un “predador agresi- vo, o un extraño.” En el caso de psicópatas violentos, asesinos seriales incluidos, los lazos son de sadomasoquismo o agresión. Cuando están cazando a su “presa” el asesino no experimenta enojo o furia alguna. Por el contrario parece entrar en un transe. Busca víctimas altamente idealizadas a las cuales avergonzará, humillará y destruirá. Degradan- do de este modo a la víctima, el psicópata busca destruir al enemigo hostil que mora en su propia mente. Actúan sin una pizca de miedo creyéndose omnipotentes, algunas veces pretenden ser la encarnación misma del demonio.

El psicópata conoce bien lo que es bueno y lo que no lo es dentro de una sociedad. Se comporta con tanta sinceridad que hace pensar a los demás que cree en los valores humanos. Son francamente intratables, al grado de que algunos leen libros de psicología con tal de imitar las conductas del esquizofrénico. Como sea posible tratan de manipular a sus captadores o a los terapeutas.

4.8.11. Desviación sexual.

Para Steven Egger (1999) el asalto sexual es el instrumento por el cual se alcanza el poder y la dominación final de la víctima. Otros por el contrario, opinan que la causa raíz es la desviación sexual y el poder/ dominación es la herramienta para alcanzar la satisfacción.

Lo que no se pone a discusión es que la mayoría de los crimina- les seriales tienen una profunda fijación por las figuras de autoridad, a

 

quienes tratan de emular, como si por hacerlo también disfrutaran del poder y autoridad para matar y castigar.

El asesino no concibe el sexo como un asunto de pareja, algo de mu- tuo consentimiento. En él, sus fantasías sexuales son una mezcla entre poder, dominación y otras fuerzas abstractas; confundiéndose unas con otras resultando en algo completamente trastornado.

De acuerdo con Ressler, Burguess y Douglas autores del libro: “Se-

/ual Homicide: Patterns and Motives” (Patrones y motivos de los homici- das sexuales), el número de asesinatos cometidos sin motivo aparente ha crecido enormemente. Dichos autores han establecido una clasifica- ción para diferenciar estos crímenes:

Unos son los violadores que matan a su víctima para evitar ser delatados y posteriormente capturados.

Otros son los asesinos impulsados por un sadismo mas pro- fundo, el cual implica asesinar a la victima sin mayores con- sideraciones.

Los primeros no encuentran satisfacción sexual asesinando a sus víctimas, mientras que los segundos es lo que justamente buscan: en- contrar una emoción suficientemente fuerte que consiga excitarlos y les brinde la mayor satisfacción posible.

La mutilación de la víctima desencadena las bizarras fantasías del psicópata. Continúan agrediendo el cuerpo aún cuando ya ocurrió el fallecimiento de la infortunada persona. Ed Kemper aceptó tener un fuerte deseo sexual al cometer sus crímenes: las mujeres de sus fanta- sías sexuales no estaban vivas, sino muertas.

Muchos asesinos asocian al sexo no con la vida, sino con la muer- te. Otros más con el pecado. Algunos asesinos seriales tienen un claro desvío contra las mujeres a quienes tratan de eliminar en cuanto les es posible.

El especialista Richard Tithecott opina que la mente psicópata del asesino lucha furiosamente contra su propio lado femenino. Algo con- tradictorio es el resultado de todo esto, dado que los ataques son consi- derados expresiones de la agresividad y esta se cree como de una mas- culinidad exacerbada.

Antes de comenzar a matar, muchos asesinos seriales mostraron profunda admiración por la muerte. Sin embargo podían no haber esco- gido el camino del crimen y haberse convertido en doctores, científicos o artistas. Al menos podían ser embalsamadores. Como el psicópata es incapaz de experimentar lazos afectivos por otra persona, el incorporar a otro aún comiéndoselo, constituye la sustitución perfecta. La inciden- cia de psicosis en los asesinos seriales es de la misma proporción que la del resto de las personas comunes y corrientes.

 

4.8.12. Fantasías.

Es uno de los factores relevantes, la fantasía acompaña al asesino siste- mático antes, durante y después del hecho. En un momento dado, para mantener viva su fantasía, el asesino serial necesita vivirla. Se debate en conseguirlo tal vez por años, pero el inexorable momento llega. Llegan días de intenso retraimiento, entra en trance como preludio del crimen, y todo esto es producto de sus fantasías. La víctima entra a escena sien- do un mero símbolo u objeto que jugará el desdichado papel que el psicópata le tiene preparado. Las extrañas y crueles mutilaciones que el asesino propina a la víctima son parte de un rito interno, que solo él comprende. Aún con lo grotesco y brutal que pueda parecer el crimen, casi nunca alcanza el nivel de la fantasía misma. Usualmente termina en desilusión, pero a pesar de lo anterior la fantasía nunca se aleja, se- guirá unida fuertemente a la psique del asesino. Ocurre en varios casos que el psicópata mantiene “souvenirs”, recuerdos pues, producto de sus crímenes, los cuales utiliza para alimentar y mantener las fantasías. Se tiene seguro que las drogas y el alcohol al combinarse con fantasías alimentadas por varios meses o años son dos detonantes importantes de conductas criminales.

4.8.13. Estrés.

De acuerdo a Ressler, los agentes “estresantes” resultan ser ciertos eventos tras los cuales el psicópata es llevado al extremo del crimen. Estos pueden ser: “conflictos con personas del sexo opuesto, con los padres, dificultad económica, problemas maritales, el nacimiento de un niño, daño físico, asuntos legales, muerte de alguien cercano, etc.” Situaciones todas ellas, que someten al individuo a fuertes cargas de estrés. En tanto que el asesino se ve abrumado por la frustración, el enfado y el resentimiento, las fantasías comienzan a confundirse con la realidad hasta eclipsarla por completo. Esta evidente falla no revierte el doloroso pasado infantil, sino que refuerza las lesiones emocionales. La tortura y la muerte de la víctima no libera al psicópata de su estigma, sino que revive su tragedia personal lo que inicia el ciclo o la seriali- dad delictiva. Si aparece la depresión, ésta desencadena el comienzo del ciclo (razón por la cual este fenómeno criminal es conocido como asesinato serial, es decir, existe un patrón definido en serie).

4.9. ¿Organizado, desorganizado o mixto?

A mayor organización mayor planeación, menores evidencias, menos facilidad para su captura, mayor experiencia delincuencial y mayor edad. El asesino organizado es un tipo metódico que planifica cuidado- samente sus crímenes, acecha a su presa, trae consigo su arma predilec- ta y sólo entonces —una vez que tiene a la víctima en su poder— come-

 

te el asesinato, de manera lenta. El tipo organizado planea sus crímenes de modo consciente, a diferencia del desorganizado, que comete sus actos de forma improvisada. Esta disparidad entre ambos, premedita- ción frente a improvisación, queda reflejada en la escena del crimen y en el resultado de su comportamiento.

Por otra parte a mayor desorganización del lugar de los hechos, mayores evidencias, mayor facilidad para la captura e incluso mayor juventud e inexperiencia criminal. El asesino desorganizado está domi- nado por impulsos súbitos, elige a sus víctimas espontáneamente, las domina y las mata con cualquier utensilio a su alcance. Pero también algunos criminales muestran características pertenecientes a ambos ti- pos incluyéndose entonces en la categoría “mixta”. Veamos.

4.9.1. Organizado.

Según la clasificación del FBI, son astutos, antisociales, gregarios, pla- nean y la escena criminal es una proyección de lo mismo, aparenta una normalidad exterior, creativo y con preferencia hacia ciertas víctimas. Se siente mejor que la policía y que la comunidad en general a quienes bus- ca ofender a toda costa. A pesar de guardar mucho rencor en su interior, se muestra calmado y relajado, incluso a la hora de perpetrar el delito, donde mantiene un orden antes, durante y después del asesinato. La se- lección de la víctima es primordial para la satisfacción de sus fantasías, su capacidad delictiva mejora conforme avanza en sus delitos, lleva un arma la conserva después de retirarse, conoce sobre principios crimina- lísticos para no dejar huellas —o dejar las menos posibles—, (consciencia forense le llaman los expertos).

Es más probable que torture y viole a su víctima antes de darle muerte; mientras el desorganizado es probable que primero las mate y posteriormente realice actos sexuales con ellas. Varios investigadores sugieren que si el crimen es emocional y la venganza guía al perpe- trador el mismo foco de la venganza es una explicación bastante am- plia para describir las diferencias individuales entre asesinos seriales, es decir, no se explica por qué algunos necesitan “vengarse” en varias ocasiones.

Sus características distintivas se resumen de la siguiente manera: Ofensa planeada; víctima extraña o sin relación previa con el agresor; personaliza a la víctima, controla su lenguaje y conversación; controla la escena criminal; somete a la víctima sin que haya, necesariamente violencia excesiva, restringe varios de sus actos, traslada el cuerpo, lle- va consigo el arma antes y después, dejan pocos rastros o evidencias. Generalmente el sujeto regresa a la escena criminal y gusta de “hacer noticia” sobre su crimen.

 

4.9.2. Desorganizado.

Muchos críticos han discutido las muertes desorganizadas sobre todo por motivos de gratificación sexual. Se dice que el desorganizado es re- traído, cobarde y sus delitos no están planeados. La escena desorgani- zada reflejaría entonces una serie de pulsiones sexuales descontroladas debidas a una frustración sexual y la necesidad específica de humillar y torturar, la dominación es un elemento crucial en los crímenes seriales- sexuales. Dichos delincuentes o muestran conocimientos criminalísticos o para ocultar sus evidencias, la víctima es despersonalizada, además de incluir mutilación, sacar los intestinos, amputación y vampirismo y generalmente dejan a las víctimas en el mismo lugar donde las privaron de la vida sin cubrir el cuerpo. Resumiendo su actuar tenemos que: La ofensa es espontánea; víctima conocida y despersonalizada, conversa- ción mínima, la escena del crimen es caótica, violencia inesperada, no tiene restricciones, sexo después de la muerte, no mueve o traslada el cuerpo, dejan el arma y un buen número de evidencias físicas. No se siente seguro ni cómodo aventurándose lejos de su hogar o trabajo, por ello cometerá sus delitos dentro de su propio vecindario o en lugares cercanos. Aunque es desorganizado la importancia psicológica que le ofrece el acto criminal es tan elevada que suele llevar un diario donde registra sus actividades, características de sus víctimas y sus fantasías relacionadas con el crimen. Ello es una vivencia interior y, por conse- cuencia, a diferencia del criminal organizado, no sentirá la necesidad de seguir sus crímenes a través de los medios de información.

4.9.3. Desacuerdos.

Las diferencias entre los dos tipos parecen originar varias teorías sobre los desórdenes de la personalidad agresiva, al afirmar que el organiza- do puede controlar su comportamiento agresivo mientras que para el delincuente desorganizado no puede. Sin embargo, el tercer tipo, poco se discute en la literatura y es el tipo mixto. Esta clasificación se agrega para acomodar a los que no cupieron en una u otra categoría. Por ejem- plo un delincuente que planea el ataque pero a la hora de ejecutar a su víctima lo hace con el primer objeto que tenga a la mano.

Por otra parte, la hipótesis de que los asesinos seriales que mutilan, tienen sexo postmortem y actos de canibalismo son desorganizados es ciertamente discutible, empero los comportamientos que describen a cada tipo no son mutuamente excluyentes; una variedad de compor- tamientos puede ocurrir en cualquier escena. Tampoco hay muchas explicaciones de por qué los asesinos tienen la necesidad varias veces de repetir su conducta antijurídica, las explicaciones de venganza y pulsiones sádicas parecen bastante vagas. El esquema organizado- desorganizado tampoco proporciona razones por las que los asesinos

 

prefieren unas víctimas y pasan por alto a muchas personas que tam- bién podrían serlo.

4.10. Movilidad sociocriminal.

Según Pitrim Sorokin (en Solís, 1977) la movilidad social consiste en la transición de una posición social a otra. Retomando aspectos de movili- dad delictiva, el criminólogo mexicano Héctor Solís Quiroga menciona dos tipos: la horizontal y la vertical. La primera es el desplazamiento de individuos o grupos, de una posición a otra dentro del mismo estrato social, de un tipo de ocupación criminal ejecutada en diversos lugares. Por ejemplo, una persona o grupo dedicado al secuestro (dependiendo de su grado de éxito, habilidades, relaciones políticas, acción policíaca, temibilidad, poderío económico y otros) puede hacerlo en distintas ciu- dades del país o región pero siempre manteniendo el mismo giro crimi- nal. También acontece cuando los delincuentes de una ciudad adoptan las costumbres, lenguaje o la moralidad de otra provincia. Por movili- dad vertical se entiende el movimiento de individuos o de grupos de un estrato criminal a otro, sea ascendiendo o descendiendo en jerarquía o en clase social. Por ejemplo cuando el miembro de una banda se eleva a jefe de la misma, o cuando un carterista se dedica a robo de residen- cias. Para Solís Quiroga (1977) también puede hablarse de verticalidad cuando, por ejemplo, el bajo lenguaje de los delincuentes, después de tener una movilidad horizontal al comunicarse a los familiares, compa- ñeros de escuela, profesores y de ahí a otras clases sociales. El citado es- tudioso de la sociología criminal dice que: “En la Penitenciaría de Mé- xico se usaban los términos ‘apantallar’ por deslumbrar o impresionar; ‘chivearse’ por inhibirse o volverse tímido; y después ya lo usaban las damas de buenas familias”. Siguiendo con los ejemplos, un narcotra- ficante que posteriormente pasará a ser guardaespaldas (guarura; por cierto término tarahumara que significa grande) de otro más poderoso tendría una movilidad vertical pero en sentido descendente.

Como lo hemos expuesto en líneas anteriores, se puede hablar tam- bién de una movilidad mixta o transversal, es decir, criminales que incluyen ambos tipos de movilidad en su actuar antijurídico. Va otro ejemplo; Un delincuente en Chihuahua decide robarse un vehículo es- tacionado afuera de un cine; posteriormente y debido a la acción poli- cial “que ya le pisa los talones” emigra a Sonora donde, después de un tiempo, “a punta de pistola”, baja a una persona de su vehículo para robárselo; de ahí se traslada a Tlaxcala, en dicha ciudad mata a una per- sona y la despoja de su auto, ahora el criminal se mueve para Toluca y en esa ciudad viola y mata a una mujer para posteriormente robar su carro. En dicha escalada criminal se observaría un sujeto, que, además

 

de incrementar su peligrosidad incluye ambos tipos de movilidad al mismo tiempo. Es a eso a lo que le llamamos movilidad transversal.

Entre los delincuentes recurrentes y con varios años infringiendo la ley el delito es considerado como algo natural, normal y no reprobable; como una manera de ganarse la vida que será más productiva cuanto más afinada y hábil sea la técnica delictiva. Como toda actividad huma- na está expuesta a peligros: que los rivales ataquen o invadan esferas, que la policía le aprehenda, que el sujeto sea procesado y puesto en pri- sión (vacación forzada que puede ser bien aprovechada para ponerse en contacto con los delincuentes e/pertos), que la policía se proponga ex- plotar al delincuente recién salido de la cárcel; y que tal explotación se haga cuando ya está trabajando honradamente y al lado de su familia, pues en ese caso ella sirve de pretexto para facilitar las extorsiones; que los criminales pertenecientes a la policía, se conviertan en jefes de los ajenos a ella, para alcanzar fines económicos o para los actos concretos, robos, homicidios, etc.

Como en todas partes, los criminales deben escoger su propia acti- vidad y se observan cambios de giro, posiblemente con igual frecuencia que en otros aspectos de la vida.

 









CAPITULO V

Criminales seriales en México

 


 










“En una sociedad de santos los demonios son e/cepciones

muy frecuentes”.

J. Majfud.


Se escribe: “criminales seriales” y no “homicidas seriales” por lo si- guiente. Aunque los casos más sonados y publicitariamente atractivos son los de los homicidas sistemáticos o seriales, debe uno ser claro de que NO TODOS los criminales de esa índole son asesinos u homicidas, existen violadores, que no matan a sus víctimas, ladrones de casas, au- tos, bancos, comercios o personas, etc. que incluyen la serialidad en sus delitos pero excluyen el homicidio.

En los dos siguientes apartados se analizarán algunos de ellos aun- que en el presente si se incluyen particularmente homicidas.

5.1. Un modelo pseudo-criminológico para México.

En México desde finales del siglo XIX, en pleno Porfiriato, se agudizó la contradicción respecto de quienes se concebían como ciudadanos y quienes no lo eran, se conforma la diferencia entre ciudadanos hono- rables y criminales. Lo que develó un aspecto de la ideología de las clases hegemónicas. Los delincuentes serán todos aquellos o aquellas que alteren el orden establecido, contradiga los preceptos divinos, el matrimonio o la fidelidad o no cumplan con las normas de la nación, lo que incluye idioma, costumbres. Es posible plantear que en esa época se consolidó plenamente nuestro “paradigma criminológico”.

Julio Guerrero en su célebre texto “La génesis del crimen en Mé/ico” aparecido en 1901 analiza los factores criminales combinando elementos atmosféricos y geográficos, cientificismo positivista y rasgos históricos, prehispánicos y contemporáneos. Desde su peculiar cosmovisión descri- be a los distintos sectores sociales de esa época. Destaca e su análisis a léperos e indios y los ubica viviendo en las calles y dormitorios públicos; mendigos, recogedores de basura, hilacheras o costureras, quienes viven en promiscuidad sexual, se embriagan cotidianamente y “de su seno se reclutan los rateros y son encubridores oficiosos de crímenes muy im- portantes. Insensibles al sufrimiento moral, el físico les lastima poco, y

 

poco gozan con el placer”. A su vez, en 1904 Carlos Roumagnac publica “Los criminales en Mé/ico” obra que alcanza notoriedad e influye en diver- sas instancias de la Academia y en organizaciones de profesionistas aún hasta los años treinta y los cuarenta del pasado siglo. Escribe Aarón Ra- mos Pérez (s/f): “Roumagnac pertenece al grupo de los científicos, aplica la metodología positivista para adecuar teorías y tipologías de criminólogos europeos a México”. Treinta años después de la obra de Roumagnac se funda la Academia Mexicana de Ciencias Penales (AMCP) y se publica la revista Criminalia que convoca a médicos, juristas y antropólogos quienes desarrollan tesis, o mejor, ocurrencias como la del “delincuente nato” de C. Lombroso, hoy reliquia para museo criminológico —aunque sigua siendo dogma y fascinación para muchos “renombrados criminólogos mexica- nos” a pesar de haber sido expuesta hace ya más de 117 años—. No se cuestiona aquí el tiempo desde que fue desarrollado el modelo, sino que la descripción no cumple con los requisitos de la rigurosidad científica-. Roumagnac intentaba probar que la degeneración es inherente a las clases subalternas: características del rostro, su tez morena, su complexión física, su forma de vestir o de hablar los convierte en sospechosos y peligrosos.

La bióloga Laura Suárez (en Ramos Pérez, s/f) señala que la tipolo- gía lombrosiana, la frenología, la tesis del atavismo, la biotipología y las pruebas que miden el coeficiente intelectual o CI, se han empleado como marco de “cientificidad” para apoyar la ideología que sustente el racismo y el clasismo para definir a los sujetos socialmente marginados: genuinos portadores de conductas anormales producto de la herencia y mediante atavismos se vinculan con la criminalidad, el pauperismo, el mal vivir, la debilidad mental, la prostitución, la locura y la homo- sexualidad. Por ello debían tomarse medidas radicales: la eliminación, esterilización, mutilación y el encierro en manicomios. No por nada en 1931 se funda la Sociedad Eugenésica Mexicana para el mejoramiento de la Raza por medio del emblanquecimiento y desindianización de la población para alcanzar el progreso social, cuyo fundamento científico eran la Antropometría de Bertillon (ya descrita en la introducción del trabajo presente), el darwinismo social y las tesis de la degeneración, todas ellas aprobadas y avaladas por un buen número de juristas, neu- rólogos, psiquiatras, médicos y antropólogos nacionales.

5.2. Criminales sistemáticos.

Hoy día, algunos conocedores del fenómeno estiman que el 85% de los criminales sistemáticos viven en los Estados Unidos de Norteamérica y el 15% restante se encuentran repartidos por todo el orbe. Nuestro país no podía quedar atrás en el rubro de los criminales seriales, aunque la lista no es extensa, su capacidad delictiva y la violencia mostrada están a la par de los peores asesinos seriales extranjeros.

 

Como se ha escrito, tal vez las técnicas mexicanas para detectarlos no sean las idóneas y, posiblemente, hemos tenido —y tal vez tenemos— varios asesinos seriales en activo sin que aún se pueda confirmar, de- bido a un inadecuado manejo de la información. Como los casos de mujeres descuartizadas en el Estado de México o ciertos feminicidios en Ciudad Juárez, donde las lesiones de muchas de las víctimas son heridas de aspecto cortante y punzo-cortante; otras han perecido pro- ducto del estrangulamiento y algunas a consecuencia de fracturas en cráneo o muy posiblemente por apaleamiento. Dichas lesiones, señalan los estudiosos del tema, son típicas de los asesinos en serie.

Mientras no se centralice en un gran banco de datos que comprenda actividades investigativo-criminales, médico legales, entomológicas, judiciales, psicosociales o de aquellas otras disciplinas que deban in- tervenir, mientras no se comparta la información como un solo equipo de trabajo y en su interior se analice, se tracen metas y tareas por de- sarrollar en aras de conseguir la mayor cantidad de rastros y huellas, mientras no se indague lo que sucede en ciudades o estados vecinos

—incluyendo franjas fronterizas—, es decir, mientras no se rompan los “diques interestatales” que sólo sirven de ventaja a los delincuentes, mientras no se comparta y discuta la información entre pares y no sola- mente con los medios amarillistas de información difícilmente se podrá tener éxito en la investigación.

Álvaro Vivas (2005), abogado y criminalista colombiano escribe: “Podrán llamar a los asesores o expertos que se quiera a contribuir en el caso con sus valiosos conocimientos, pero poco o nada se podrá hacer, mientras el pueblo mexicano no confíe en su propia policía; mientras los gobiernos estatales y el gobierno federal no le brinde su apoyo, mientras los medios de comunicación continúen estigma- tizándola, porque en el temor a equivocarse, no tendrá iniciativa y ante todo compromiso, amor por lo que hacen, seguirán laborando con una presión inclemente, contraria a sus principios”.

5.2.1. 1880. Francisco Guerrero Pérez, “El chalequero”.

El 31 de agosto de 1888 comenzó la matanza de prostitutas en el barrio de White Chapel, en Londres. En poco más de dos me- ses cinco mujeres fueron asesinadas por quien la historia co- noce como Jack, The Ripper, el mítico Jack, El Destripador, con- siderado el primer asesino en serie en los anales del crimen. Durante la misma época, finales de 1888, aterrorizaba a la ciudad de México un violador, asesino y degollador conocido como El Chaleque- ro, quien atacaba a sus víctimas por los rumbos del barrio de Peralvillo.

Mientras la policía de Scotland Yard se encontraba confundida y burlada ante la aparición de la quinta víctima de Jack, El Destripador,

 

la policía mexicana se hallaba desconcertada, pues ya sumaban más de una docena las mujeres degolladas en los márgenes de Río Consulado.

A mediados de 1880, Francisco Guerrero (algunos investigadores también le llaman Antonio Prida), conocido como “El chalequero”, gra- cias a su peculiar vestimenta de pantalones estrechos de casimir, fajas multicolores y chalecos con cintas o agujetas y sus chaquetas charras; cometió más de 20 crímenes violentos contra mujeres que trabajaban como prostitutas en las calles de la ciudad de México.

Otra versión en torno del apodo de El chalequero expresa que ma- taba y violaba “a chaleco”, es decir, a la fuerza. El asesino era descrito como “guapo, elegante, galán y pendenciero”. Además, se contaba, era mantenido por un grupo de mujerzuelas.

El modus operandi de Guerrero o Prida era sencillo, abordaba a las mujeres y les proponía sin más rodeos un encuentro sexual, posterior- mente, dependiendo de la disposición de cada víctima para satisfacer los deseos del homicida, Guerrero las violaba, apuñalaba y degollaba tirando sus restos en los alrededores de Río Consulado. A diferencia de otros criminales históricos, El Chalequero nunca trató de ocultar su verdadera identidad.

El 13 de junio de 1888, tras varios años de burlar a la justicia y mien- tras en Londres Jack el destripador se preparaba para conmocionar al mundo; Francisco Guerrero fue finalmente arrestado y condenado a muerte en México, sin embargo el Presidente Porfirio Díaz, quien go- bernó el país de 1844 hasta 1911, cambió la sentencia a sólo 20 años en la prisión de San Juan de Ulúa, una pequeña isla en la que se ubican la antigua fortaleza y el otrora puerto (también del mismo nombre) cons- truido por los españoles al mando de Hernán Cortés el 22 de abril de 1519. Por tal motivo el multihomicida quedó en libertad para 1904.

Nuevamente fue arrestado el 13 de junio 1908, exactamente 20 años después de la primera aprehensión, por el asesinato y decapitación de una anciana tres meses antes en los márgenes del Río Consulado, ca- racterísticas típicas en los crímenes de “El chalequero”, fue sentenciado a muerte en septiembre de ese año pero falleció en 1910 mientras espe- raba su ejecución.

Resulta increíble que este criminal mexicano, tal vez el primer ase- sino en serie registrado en los anales policiales mexicanos, permanezca prácticamente en el olvido para criminólogos e investigadores de pro- cesos delictivos.

5.2.2. Gregorio Cárdenas, “El estrangulador de Tacuba”.

Tres décadas posteriores a la muerte del Chalequero; Gregorio Cárde- nas Hernández, bautizado por la prensa de 1942 como “El estrangula-

 

dor de Tacuba”, destacaba como un brillante estudiante universitario de ciencias químicas que frecuentaba prostitutas y vivía en la calle Mar del Norte número 20 de la colonia Tacuba en el Distrito Federal.

Su historia delictiva inicia en 1939, cuando en el centro nocturno “Astoria” conoció a la joven Sabina Lara de quien se hizo novio y poste- riormente tuvo relaciones sexuales con ella; la chica era menor de edad lo que llevó a la justicia a acusarlo de estupro; sin embargo Goyo se casó con la chica para lograr desvanecer la acción de la justicia.

Pero entre la segunda quincena de agosto de 1942 y el 2 de septiem- bre siguiente, es decir, en menos de 20 días cometió cuatro homicidios de manera alevosa, a mujeres a quienes sepultó clandestinamente en el patio de su casa.

La cronología de los asesinatos fue como sigue:

1. El 15 de agosto de 1942 llevó a su casa del Mar del Norte, entre las 10 y las 11 de la noche a una sexoservidora María de los Án- geles Moreno a quien asesinó entre las 5 y las 7 de la mañana del día siguiente y enterró en el jardín de su casa.

2. Ocho días después llevó a esa misma casa a Rosa Reyes Quiróz, otra prostituta a quien asesinó entre la una y las dos de la maña- na del día siguiente sepultándola en el mismo jardín tres horas después.

3. El 29 de agosto llevo a su casa a una tercera prostituta llamada Raquel Martínez León a quien mato como a las 11 de la noche y sepultó entre las 3 y las 4 de la mañana del día siguiente

4. El 2 de septiembre levó a su casa a su novia Graciela Arias Ava- los a quien privó de la vida entre las 9 y las 10 de la noche se- pultándola en el mismo jardín los primeros minutos del 3 de septiembre.

La denuncia de Manuel Arias sobre la desaparición de su hija co- dujo al agente José Acosta Suárez al domicilio citado y allí encontró el cuerpo desnudo casi a flor de tierra; boca abajo y envuelto en una larga colcha con las manos y los pies atados.

“Eran mujeres del arroyo a quienes subía a mi coche, después de levantarlas en diversas calles. A todas las llevé a mi casa, tuve intimi- dad con ellas y luego las maté estrangulándolas con cintas que después servían para amarrarlas” relato quien es considerado el primer asesino serial de México al general Leopoldo Treviño Garza, jefe de los servi- cios secretos en México de aquella época.

Con el argumento de una fuerte decepción sentimental provocada por su exesposa Sabina, que lo afectó al grado de sentir un odio irra- cional y profundo hacia todas las mujeres, una verdadera sed de ven- ganza contra el género femenino, un impulso invencible de destruir, de

 

desgarrar y de matar. Pero con relación a sus crímenes cometidos decía no experimentar remordimiento alguno porque no se sentía culpable de ellos. Al contrario decía ser víctima de una injusticia por habérsele encerrado y alejado de sus familiares.

El famoso Goyo fue trasladado el 10 de noviembre de 1943 al Ma- nicomio General de la Castañeda donde, después de varios tratamien- tos de electrochoques, desapareció su estado confuso y obtuvo diversos privilegios: recibía visitas de amigos y familiares, asistía a la biblioteca donde leía libros de psiquiatría y asistía a las clases que sobre esa materia impartía el Dr. Leopoldo Salazar Viniegra, director del manicomio, esta- bleció una tienda y salía libremente a la calle a efectuar compras diversas.

El afamado psicocriminólogo chihuahuense Dr. Alfonso Quiróz Cuarón, quien se entrevistó e hizo estudios varios sobre el estrangu- lador desde su aprehensión hasta mediados de los años 50s. explicaba que los delitos cometidos habían sido consecuencia de una secuela por una infección que de niño sufrió, que ya para 1975 sus impulsos sexua- les desviados y patológicos eran nulos, que sus hijos y sus cuatro libros (sobre litigios) que escribió gracias a las clases que le dio un juez que estuvo preso con él, le servían de freno.

Debido al dictamen anterior, no se puede dejar a un lado y es menes- ter advertir que las ciencias con un enfoque clínico (psiquiatría, psicolo- gía clínica y hasta la misma medicina) presentan divergencias hacia su interior, éstas se acrecientan por el número de escuelas, orientaciones, tendencias y preferencias de tratamiento, lo que puede crear variacio- nes al momento de emitir un dictamen, lo que se vuelve más riesgoso en el ámbito forense, pues no sólo se confunde al juzgador, sino que debilita la estructura de credibilidad que los expertos o peritos deban ejercer ante los tribunales. Ello no implica que los expertos forenses de- ban emitir diagnósticos idénticos, pues lo verdaderamente importante para el juzgador, no es el diagnóstico en sí mismo, sino el fundamento de éste, la pulcritud en el tratamiento de la información brindada por el peritaje y demás entrevistados, la estructuración de su dictamen y la relación que ello guarda con lo que se está juzgando. Podrá haber dis- paridad de criterios, pero no para confundir a la audiencia, sino para confrontar posturas en beneficio de la verdad y la justicia.

En el caso que nos atañe, por ejemplo, Soto Ramírez (citado por Gar- cía, LaCalle y Pérez-Marqués, 2006) explica que por aquellos años de los homicidios del criminal de Tacuba “se generó un debate muy in- teresante en nuestro país que giraba en torno a sus crímenes”. El Dr. Quiróz Cuarón escribió un libro titulado “Un estrangulador de mujeres”, en el que se recogen varios dictámenes sobre Goyo Cárdenas. Además los homicidios del susodicho “convocaron a numerosos especialistas de diversas disciplinas del país. En el seno de la Sociedad de Neurología y

 

Psiquiatría de México se abrió un largo debate sobre el estado de la sa- lud mental del referido sujeto homicida”. (Soto, 2005 en García, LaCalle y Pérez-Marqués, 2006). Al respecto Codón y Esbec (por García, LaCalle y Pérez-Marqués, 2006) manifiestan, citando a Valenciano, “las polémi- cas que indican lo controvertido del diagnostico psiquiátrico forense” y añaden “como el caso de Gregorio Cárdenas… “esquizofrénico” para Salazar, “necrófilo con desdoblamiento de personalidad” para Alfon- so Millán, “heredohiético obsesivo” según Núñez Chávez y “vampiro” para Pavón Andreu; (Codón y Esbec, 1994). Por su parte José Revueltas en ese mismo año (1942) escribía: “Ahora ya no se discute si Gregorio Cárdenas Hernández es un enfermo, discútese tan sólo, si el criminal de Tacuba es un “esquizofrénico” o si, como lo sostiene el Doctor Gonzalo Labora, es un “epiléptico psíquico”. Y lo discuten nada menos que per- sonalidades especialistas en neurología tan eminentes como el Doctor Salazar Viniegra, el Doctor Manuel Guevara Oropeza y el Doctor Alfon- so Millán” (García, LaCalle y Pérez-Marqués, 2006). Lo anterior da una idea del alto riesgo que puede significar la falta de un código —por lo menos del léxico o la jerga técnica— de formación u orientación en el delicado ámbito de la psicología y/o la psiquiatría forenses.

En fin, en sus últimos años de vida, el primer asesino serial mexica- no, aparte de escribir, se dedicaba a narrar historias verídicas ocurridas en el Palacio Negro de Lecumberri y después de 34 años de pasear entre manicomios y la prisión, el 8 de septiembre de 1976 quedó en libertad, instaló un despacho legal cerca de Lecumberri para continuar con su labor de apoyo y asesorías a presos necesitados de justicia a quienes les cobraba lo que pudieran pagarles y casi hasta su muerte a la edad de 82 años (en 1999) continúo llevando casos. Como anécdota de nuestro surrealista país, a principios de los años ochenta fue convocado a una reunión del Congreso de la Unión donde los presentes, de pie, lo home- najearon y ovacionaron.

5.2.3. Juan Vallejo Corona.

Juan Vallejo Corona nace en el año de 1934 en México y desde joven emigró a la ciudad de Yuba en California, Estados Unidos. Se casó, for- mo una familia y al paso del tiempo se convirtió en contratista de mano de obra.

El 19 de Mayo de 1971 un granjero japonés de la zona, sale a pasear por sus huertos de durazno y nota que alguien ha excavado entre dos árboles un hoyo de dimensiones semejantes a las de una tumba. Decide llamar a la policía que en un principio no sospecha nada extraño. Para sorpresa de todos al excavar se encuentran con el cadáver de un hom- bre blanco y delgado. En vida el sujeto se llamaba Kenneth Whiteacre y había sido apuñalado en el pecho, golpeado en la cabeza y detrás

 

del cráneo. En sus ropas se encontró un panfleto de pornografía homo- sexual. A pesar del nada agradable descubrimiento, para la policía no había razón de alarmarse.

Los peritos tomaron algunas impresiones de las huellas de una ca- mioneta que estuvo en el sitio pero no se le dio importancia al asunto y el cuerpo no fue estudiado con la minuciosidad requerida. Los detec- tives concluyeron que pudo haber sido el resultado de una pelea, un suceso al azaroso.

Unos cuantos días después se halló otro cuerpo en las huertas de la zona. El 24 de Mayo del mismo año, mientras operaban un tractor en un rancho vecino, los trabajadores tuvieron que parar al encontrar partes de la tierra colapsadas. De nuevo fue llamada la policía y se en- contró el cuerpo de Charles Flemming un vagabundo del lugar. Esta vez las autoridades actuaron con mayor cautela y la búsqueda de más cuerpos se intensificó hasta que un oficial descubrió un pequeño cami- no entre la vegetación que los condujo a una enorme tumba colectiva.

A lo largo de la rivera encontraron tierra sospechosamente revuelta. Cuando comenzaron a remover el suelo con las palas encontraron las piezas claves del caso. Unas notas del mercado de la ciudad a nombre de un tal Juan V. Corona, despachadas hacia pocos días. Al excavar en- contraron otro cadáver, un hombre con las mismas heridas de muerte, golpes en la cabeza y laceraciones producidas por lo que parecía ser un machete. El sujeto enterrado era un granjero indigente. Siguieron apa- reciendo cuerpos con diferentes grados de descomposición. Algunos de ellos tuvieron que ser colocados dentro de bolsas de plástico para su posterior identificación.

Indudablemente era esta fosa colectiva el producto de un solo cri- minal puesto que todos los cuerpos presentaban signos de un mismo ritual de muerte. La firma, según se ha explicado en el apartado 3.2.5. Las victimas aparecían con evidentes signos de asalto sexual y con los calzones a los tobillos. La mayoría eran trabajadores emigrantes y/o vagabundos, asesinados con arma punzocortante y golpes a la cabeza. Algunos incluso habían recibido un tiro. A pesar de la evidencia contra Juan Corona, el sheriff Roy Whitaker hizo énfasis en el cuidado que de- bían guardar sus subalternos en la recuperación de cuerpos. Las recetas eran buenas pistas, pero se debía encontrar algo más. A estas alturas de la conmoción el sheriff Whitaker ya conocía algunos detalles muy oscuros acerca del contratista mexicano Juan Vallejo Corona.

Por principio de cuentas circulaban rumores acerca de Corona y algunas relaciones suyas con hombres homosexuales, rumores al fin. Luego estaba el hecho de que en 1956 había sido diagnosticado de es- quizofrenia y conforme a los usos médicos de entonces fue sometido a terapia de electrochoques —recuérdese que Goyo Cárdenas recibió la

 

misma dosis terapéutica durante su estancia en La Castañeda incluyen- do inyecciones de Pentotal Sódico o “suero de la verdad”—. También se conocía a la perfección un episodio que involucraba a su hermano Natividad Corona, conocido y violento homosexual que operaba el café “Guadalajara” en el poblado de Marysville. Esa ocasión apareció en el baño del lugar un joven a quien con un machete le habían volado parte del cuero cabelludo. El sujeto fue auxiliado por otros comensales y Natividad Corona huyó hacia México. La existencia de este lío entre homosexuales daba mucho en que pensar acerca de Juan Corona.

En una época que todavía no se explotaba el uso de tecnología fo- rense compleja, la única manera de construir el caso contra Juan Corona era mediante evidencia circunstancial. Los fiscales sabían que las notas del mercado podían ser rebatidas durante el juicio así es que mediante los testimonios de muchas fuentes podían armar un mosaico que sus- tituyera la evidencia que en otros casos es concluyente y liga al asesino con las víctimas.

Para entonces el trabajo del departamento de policía se multiplicó enormemente. El 4 de Junio la búsqueda llegó a su final. El conteo que- dó en 25 cuerpos, de los cuales únicamente tres no eran cadáveres de anglosajones, tampoco hubo uno solo de origen mexicano. Tras un ar- duo proceso, todos fueron identificados menos 4 que permanecieron en calidad de desconocidos.

En una de las tumbas se halló una pieza más de evidencia contra Juan Corona. Un recibo bancario a nombre del contratista. Obvio que el caso tomó mucha fuerza, pero el sheriff Whitaker convocó a destiempo a una conferencia de prensa donde sin previo juicio ni mayores dili- gencias legales inculpó al mexicano de los crímenes —como se juzgó y sentenció recientemente “sin juicio de por medio” (Julio, 2007) a un chino-mexicano acusado de traficar con pseudoefedrina—.

Dicho apresuramiento, —como la mayoría de los apresuramientos en los que no median ni juicio, ni razón, ni nada— resultó contraprodu- cente puesto que abrió el caso al escrutinio de más abogados y especia- listas que determinaran realmente si había evidencia suficiente contra Corona. Ya en custodia a Corona se le comenzó a investigar surgiendo el detalle de cuando fue tratado por sus delirios mentales años atrás y de cómo había recibido una docena de tratamientos a base de electro- choques. La información señalaba que Corona era un pacífico hombre de familia, padre de cuatro mujeres y un devoto que no faltaba un solo domingo a la iglesia. Sus ingresos rondaban los $20,000 dólares al año y no había quejas de que abusara de los trabajadores temporales a quie- nes contrataba. Sin embargo, existía el testimonio de quienes hablaban de un Juan Corona irascible y violento y de que había sido visto rondar los entierros tras las huertas.

 

La evidencia forense presentaba múltiples dificultades. La sangre hallada en la camioneta resultó ser de un trabajador herido que había sido transportado en dicho vehículo. Su famoso machete no presentaba rastros sanguíneos y la de otros lugares resultó ser pintura. Las huellas de llanta halladas en los sitios no concordaron con las de la camioneta, tampoco la bala hallada en uno de los cadáveres pertenecía a la pistola de Corona, en fin que ni las marcas de herida de machete ligaban con certeza al contratista con los muertos.

El juicio contra J. V. Corona fue sumamente largo y tedioso. Las principales disputas giraron en torno a la evidencia forense y a su com- plicada y fallida recopilación. Ningún especialista que pasó a rendir testimonio en la corte pudo asegurar al 100% que los cuchillos y el ma- chete de Corona estaban conectados con los cadáveres encontrados su- mado al hecho de que nadie pudo concluir que Juan V. Corona fuera homosexual, este dato hubiera resultado crucial dada la evidencia de que los crímenes tenían una motivación notoriamente sexual. Hawk, el abogado defensor basó gran parte de su estrategia en sugerir, que había sido el hermano de Juan, es decir Natividad Corona, el verdadero responsable de la matanza.

Usualmente cuando se acusa a un multihomicida basta con proce- sarlo por uno o dos crímenes del total que se le adjudican, pero en este caso ese detalle de atiborrar de acusaciones constituía la estrategia de la parte acusadora para conformar un caso ganador. Finalmente ambas partes dieron por agotado su trabajo y el jurado decidió que Juan V. Corona era culpable de 25 homicidios y en consecuencia el juez recetó 25 cadenas perpetuas con derecho a libertad condicional.

Poco tiempo después Corona volvió a juicio puesto que un nuevo grupo de abogados tomó la defensa del caso y decidió que no se le ha- bía defendido correctamente en su primer juicio. Básicamente el jurado argumentó que Corona era el más probable culpable por la evidencia de su bitácora personal donde había anotado un registro de los nom- bres de varias de las victimas halladas y siendo de ese modo, no se modificó la sentencia del juicio anterior.

En cuanto a Corona, no lo pasó bien en la prisión estatal de Corco- van, California, fue atacado por 4 internos quienes lo cocieron a puña- ladas, casi muriendo y perdiendo un ojo tras el ataque. Posteriormente empeoró su salud y fue diagnosticado con demencia senil.

5.2.4. Un asesino de homosexuales.

Raúl Osiel Marroquín Reyes alias “El sádico” nacido en 1980 en Tampico, Tamaulipas, asesino serial y secuestrador confeso. Estuvo preso en un pe- nal de la ciudad de Tampico por robo calificado. Este individuo cursó un año en la escuela Médico Militar obteniendo el rango de Sargento Primero

 

Su modus operandi consistía en contactar a hombres jóvenes en cafés y centros nocturnos, principalmente en la Zona Rosa de la Ciudad de México, con quienes entablaba amistad y una vez obteniendo la con- fianza de su víctima los invitaba a un hotel.

En dicho lugar Marroquín Reyes interrogaba a sus acompañantes para determinar si contaban con recursos económicos y en caso de no tenerlos eran liberados, en cambio los que disponían de dinero eran llevados con engaños al departamento del inculpado, donde presunta- mente eran sometidos, ultrajados y asesinados.

El cautiverio de las víctimas duraba entre cinco y siete días en el departamento de Marroquín Reyes que era utilizado como casa de se- guridad, donde además los secuestrados eran torturados y finalmente ahorcados con una soga hasta privarlos de la vida. Posteriormente el detenido introducía los cuerpos dentro de maletas negras que aban- donaba en la vía pública. De noviembre a diciembre de 2005 consumó cuatro secuestros de homosexuales por los que obtuvo no más de 150 mil pesos.

Durante el mes de diciembre de 2005, en diversos puntos de la Ciu- dad de México, fueron encontradas maletas de viaje negras que conte- nían cadáveres de personas. El patrón de conducta de Raúl Osiel Ma- rroquín Reyes incluía la utilización de cinchos de plástico para sujetar las manos de sus víctimas y la firma por la colocación de un listón rojo en el cuello, así como la sustracción de las identificaciones de los pla- giados, las cuales conservaba y portaba al momento de su detención.

Cabe señalar que el presunto delincuente a una de sus víctimas le arrancó la piel de la frente con una navaja para realizar la figura de una estrella de cinco puntas “para desviar las investigaciones hacia sectas o grupos satánicos” –según su propio testimonio. Las investigaciones que llevaron a la detención de Marroquín iniciaron el 30 de noviembre de 2005, con motivo de la denuncia del secuestro de un empleado de una televisora, por quien exigía 120 mil pesos. Sin embargo, el cuerpo sin vida de esta persona apareció el 9 de diciembre en las inmediacio- nes de la estación del Metro Chabacano. Asimismo, como resultado de las indagatorias se estableció que “El Sádico”, es presunto responsable del secuestro y homicidio de otras dos víctimas, ambos de 23 años de edad, quienes fueron plagiados los días 17 y 18 de diciembre del 2005, cuyos cuerpos fueron encontrados el 23 de diciembre dentro de una maleta en la calle Andrés Molina Enríquez, colonia Asturias.

La voz de Raúl Osiel Marroquín Reyes está registrada en la base de datos de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) en dos casos de secuestro. Los secuestros y homicidios reconocidos por el detenido son los del empleado de una televisora, de 32 años de edad; de un estudian- te de 20 años de edad, secuestrado el 27 octubre del 2005, cuyo cadáver

 

fue abandonado en las inmediaciones de la estación del Metro Chaba- cano. Así como el de un empleado de 28 años de edad, secuestrado el mes de octubre de 2005, a quien conoció en un restaurante ubicado en el perímetro de la Zona Rosa, mismo que fue llevado al hotel “Amazo- nas”, donde apareció maniatado de pies y manos. También reconoce el plagio y homicidio de dos empleados de 23 años de edad, quienes fueron localizados muertos en la colonia Asturias. Y finalmente, asume el secuestro de una persona que trabajaba en un restaurante, a quien secuestró y posteriormente liberó en la estación del Metro La Viga.

El “matagays” como lo bautizo la prensa capitalina fue presentado a los medios (23 de enero de 2006). Sin altibajos, de pie y firme respondió a todas las preguntas de los reporteros, como:

—¿Te arrepientes?

—No. Lo único que me duele es haber afectado a mi familia y a la gente que me conoce

—¿A cuántas personas secuestraste?

—A seis, a dos liberé y a cuatro maté

—¿Cómo los matabas?

—Los ahorcaba con sogas

—¿Qué te motivaba?

—Nada. Hice un bien a la humanidad por que estos sujetos malea- ban a la infancia. En los bares ellos llegaban solos y me abordaban, se me hacía más fácil tratar a esas víctimas. (He aquí un ejemplo de homi- cida misionero).

Reveló que de no haber sido detenido evolucionaría sus métodos y seleccionaría mejor a sus víctimas de buena posición y dinero. En el epílogo de la entrevista se le inquirió si volvería a matar y respondió:

—Sí. Sólo que refinaría mis métodos, para no cometer los mismos errores para no ser detenido.

Al momento de la detención, a Raúl Osiel Marroquín le fueron ase- guradas tres tarjetas bancarias, un teléfono celular, dos credenciales del Instituto Federal Electoral (IFE) propiedad de dos de las víctimas que privó de la vida y una navaja, utilizada para torturar a sus plagiados.

Algunas de las credenciales del IFE las pegaba en su pared como “trofeos” (obsérvese la Fase Fetichista).

5.2.5. La mataviejitas.

A través de la evolución de la historia, el papel de la mujer en la socie- dad se ha visto influenciado por factores de tipo biológico, cultural y social que han hecho que su participación en los delitos sea diferente a la del hombre. Esto ha ocasionado que las investigaciones en el tema de

 

la criminalidad estén enfocadas al género masculino, generalizando los hallazgos a la criminalidad femenina.

A pesar de que el rol de la mujer se ha visto opacado en muchos as- pectos, existen argumentos teóricos que evidencian que la mujer puede cometer crímenes similares a los que cometen los hombres, como los asesinatos seriales, por supuesto, encontrado diferencias en los perfiles por género.

A través del desarrollo del presente estudio, se evidencia que el tema mujer-crimen poco se han abordado y existen diferencias entre la criminalidad registrada, la criminalidad real y son pocos los investi- gadores enfocados en mujeres asesinas sistemáticas. Por ello, estudios formales en materia de asesinas seriales hay pocos y la gran cantidad de información que se encuentra en ocasiones no proporciona todos los datos que permitan desarrollar un perfil de la asesina serial de manera rigurosa y tampoco se han realizado investigaciones en torno al tema. (Arango y Guerrero, s/f).

Kelleher y Kelleher (citados por Arango y Guerrero, s/f) sugieren una tipología diferente, basada en si la mujer asesina en serie actuaba sola y otra si era en compañía. A partir de estos argumentos, construye- ron una clasificación fundamentada en nueve subcategorías:

a. Viuda Negra: sistemáticamente asesina múltiples esposos, compañeros u otros miembros de la familia

b. Asesina en equipo o grupal: asesina o participa en el asesinato de otros en conjunción de al menos otra persona

c. Ángel de la Muerte: sistemáticamente asesina personas que están bajo su cuidado de alguna forma o que reciben atención médica

d. Problema de locura: asesinan en aparente aleatoriedad y des- pués son juzgadas por demencia (locura)

e. Depredadoras Se/uales: sistemáticamente asesinan en claros ac- tos sexuales.

f. Homicidio ine/plicado: asesinan por razones que son totalmen- te inexplicables o por motivos que no son claros

g. Venganza: sistemáticamente asesinan por odio o celos

h. Crímenes sin Resolver: asesinatos sin resolver que pueden ser atribuidos a una mujer.

i. Ganancia o Crimen: sistemáticamente asesinan por un benefi- cio o en el curso de otro crimen o delito.

De acuerdo con la clasificación descrita, Kelleher y Kelleher (citados por Arango y Guerrero, s/f) definen cada una de las tipologías propues- tas, como sigue:

 

a. Las mujeres asesinas en serie que actúan solas; son a menudo maduras, cuidadosas, deliberadas, socialmente adaptadas y altamente organizadas. Ellas usualmente atacan sus víctimas en sus casas o lugares de trabajo. Ellas tienden a utilizar un arma específica como veneno, inyección letal o sofocación.

b. Las que actúan en compañía; tienden a ser más jóvenes, agre- sivas, viciosas en sus ataques, algunas veces desorganizadas y usualmente incapaces de tener un plan cuidadoso. Ellas usualmente atacan a sus víctimas en diversas locaciones, tien- den a usar armas de fuego, blancas o tortura.

Por lo general al hacer un estudio sobre delincuencia, se tienen en cuenta aspectos como la personalidad y el desarrollo de posibles psico- patologías en el individuo. En la literatura referente al perfil del asesino en serie generalmente se encuentran estudios en los que se evidencian hallazgos de psicopatología presente en los hombres que cometen ase- sinatos en serie, por lo general los diagnósticos están basados en tras- tornos de personalidad o en trastornos psicóticos.

Para el caso de las mujeres asesinas en serie, aún no se han encon- trado estudios representativos que evidencien la aparición de algún trastorno psicopatológico en las mujeres asesinas seriales, sin embargo, si se elaborara un estudio detallado del tema, seguramente se encontra- rían evidencias psicopatológicas en el comportamiento criminal de las mujeres delincuentes, teniendo en cuenta la importante influencia del medio en el desarrollo evolutivo de la mujer delincuente.

Las investigadoras sudamericanas Sandra Arango y Andrea Gue- rrero (s/f) encontraron que en lo referente a los motivos por lo que las mujeres de su estudio asesinaban destacaba, con la mayor frecuencia, la motivación económica “Fue el dinero, en un 24.24%, a través del robo, la estafa o acelerando la herencia con la muerte de la víctima”. (Arango y Guerrero, s/f).

Teniendo en cuenta los hallazgos teóricos, a diferencia de los ase- sinos seriales, las mujeres tendrían motivaciones de otro tipo y serían escasos las situaciones en las que se evidenciara la presencia de algún tipo de trastorno, sin embargo, consideramos que si se profundizará en el estudio de los casos de asesinas seriales más conocidos y documen- tados, sería posible desde la psicopatología obtener hallazgos significa- tivos en cuanto a la presencia de algún tipo de trastorno en las mujeres asesinas seriales, considerando que algunos de estos, a nivel epidemio- lógico, se presentan con mayor frecuencia en un sector de la población o en un género como, por ejemplo, el trastorno de personalidad anti- social (TPA), que es diagnosticado con mayor frecuencia en hombres.

Aunque el campo del estudio criminal en materia de asesina serial es bastante reducido consideramos se debe ampliar el campo en este tipo de

 

estudios, que permita avanzar hacia la comprensión de fenómeno del cri- men serial y crear estrategias legales y sociales que permitan disminuir y prevenir los índices delictivos. Veamos un caso de impacto nacional.

Como tantos otros de los personajes tratados en el texto, Juana Ba- rraza Samperio tuvo una violenta infancia: su madre era alcohólica y frecuentemente la golpeaba con saña. Cuando Juana tenía 13 años su madre la entregó a un hombre a cambio de dos cervezas quien la violó y quedó embarazada.

Dedicada en algunas ocasiones a la lucha libre (bajo el profético seu- dónimo de “La Dama del Silencio”) o a la venta de palomitas de maíz afuera de la famosa Arena México, llegó a cometer homicidios dentro del área metropolitana de la Ciudad de México. El primer asesinato atribuido a “La mataviejitas” fue cometido a fines de 1990 y, hasta su captura (2006), se estiman cerca de 25 víctimas mortales.

Esta asesina en serie se ha vuelto uno de los casos más interesantes dentro de la historia criminal mexicana, ya que durante muchos años mantuvo la comisión de sus crímenes sin ser capturada. Los conoce- dores del tema estiman que, generalmente debido a prejuicios y otras circunstancias de estereotipos genéricos, las mujeres asesinas tardan el doble que los hombres en ser aprehendidas (promedio: mujeres 8 años; varones 4 años).

Todas las víctimas eran mujeres adultas mayores, quienes, por lo general, vivían solas. Las muertes eran provocadas por golpes o estran- gulación seguidas de robos. En casos aislados, se encontró evidencia de abuso sexual en las víctimas.

En el curso de las actividades criminales de Barraza, las autoridades policíacas fueron duramente criticadas por los medios de comunica- ción y se criticó el hecho de que el asesino era buscado, inútilmente, en- tre las prostitutas y/o travestís del Distrito Federal. El mismo Bernardo Bátiz, entonces Procurador de Justicia capitalino, había indicado que “El Mata viejitas” era “brillantemente listo” (creyéndose todavía que se trataba de un hombre y no de una mujer) que cometía sus crímenes después de ganarse la confianza de sus víctimas. Los oficiales que in- vestigaban el modus operandi sospecharon que él autor se presentaba como trabajador del gobierno, ofreciendo programas de beneficencia para personas de la tercera edad.

La búsqueda fue complicada debido al cúmulo de evidencias con- tradictorias. En un punto de la investigación, la policía conjeturó que eran dos asesinos los que podrían estar implicados. También se puso singular atención en la extraña coincidencia de que por lo menos tres de las víctimas del asesino poseían una copia de una pintura del siglo XVIII, Niño en Chaleco Rojo, del artista francés Jean-Baptiste Greuze. Interesantemente, antes de la captura de la presunta asesina, las auto-

 

ridades mexicanas divulgaban declaraciones de testigos que señalaban que el asesino usaba ropa de mujer para acceder a los apartamentos de las víctimas. Una “mujer” grande con blusa roja.

La cúspide de la investigación ocurrió el 25 de enero de 2006 cuando se arrestó a una persona sospechosa huyendo del hogar de la última de las víctimas. Ana María Reyes Alfaro, de 82 años de edad, residente de la delegación Venustiano Carranza, había sido estrangulada con un estetoscopio.

Para sorpresa de muchos, que suponían que el asesino era de sexo masculino, la persona detenida fue Juana Barraza Samperio, entonces de 48 años. Al ser detenida portaba un estetoscopio, formas de solicitud de pensión para adultos mayores y una tarjeta que la identificaba como trabajadora social. Preliminarmente, la policía aseguró que las huellas digitales de Barraza habían sido encontradas en la escena de por lo me- nos 10 asesinatos.

Por años Barraza canalizó la violencia con su afición a la lucha libre, que envuelve un alto grado de agresividad y le permitía sublimar sus impulsos homicidas. De hecho según la psicóloga Feggy Ostrosky Se- het (Junio, 2007): —“Empezó a matar cuando dejó ese deporte, tal vez porque ya no tuvo el espacio para exhibir su fuerza física y mostrar poder sobre los demás, una necesidad presente en la mayoría de los asesinos”—.

A las pocas horas de la detención de Barraza y por solicitud de las au- toridades judiciales Ostrosky y su equipo de la Facultad de Psicología de la UNAM realizaron una Tomografía por Emisión de Positrones (TEP) buscando tumores cerebrales causantes de alteraciones que pudieran explicar su conducta, además se le practicaron electroencefalogramas cuantitativos, que registra la actividad cerebral en segmentos de milise- gundos, se aplicaron electrodos que miden la respuesta de los músculos de la cara del cerebro y la frecuencia cardiaca ante estímulos desagrada- bles y varia evaluaciones neuropsicológicas mostraron que, en efecto, la “mataviejitas” presenta alteraciones fisiológicas; una desconexión entre las áreas subcorticales del cerebro (donde se regulan la culpabilidad y los remordimientos) sin los cuales se puede matar a sangre fría.

Al momento de su captura, Barraza Samperio, confesó haber asesi- nado a Reyes Alfaro y a otras tres mujeres, pero negó estar implicada en el resto de los asesinatos. Comentó a los reporteros que había visitado la casa de Reyes Alfaro en búsqueda de trabajo como lavandera: —“Us- tedes sabrán por qué lo hice cuando lean mi declaración policial”— agregó finalmente Barraza. ¿Podría, simbólicamente, estar matando a su madre?... Puede ser.

Juana Barraza Samperio fue sentenciada al mediodía del 31 de mar- zo de 2008 por 16 homicidios cometidos a personas de la tercera edad,

 

en los cuales pudo ser comprobada su autoría, así como los 12 robos realizados en los domicilios de sus víctimas. El juez 67 de lo penal en la ciudad de México, Enrique Juárez Saavedra, dictó una sentencia de 759 años de prisión y una multa de 2 mil 86 días de salario mínimo (cien mil 453 pesos), para Barraza. Aunque la legislación penal mexicana impide aplicar penas superiores a los 50 años de confinamiento, que de hecho será la sentencia que la “Mataviejitas” deberá cumplir. De esta manera Juana Barraza podrá salir en libertad en el año 2056.6

5.3. Criminales seriales en Chihuahua.

Chihuahua es el estado más grande de la República Mexicana. Para darse cuenta de lo que se quiere decir con “grande” tomemos la cita del antropólogo Luis González Rodríguez quien en la introducción de su obra “Tarahumara. La sierra y el hombre” escribió:

“…baste decir que dentro de sus límites cabrían los estados de Aguascalientes, Campeche, Colima, Guanajuato, Hidalgo, Morelos, Nayarit, Puebla, Querétaro, Tabasco, Tlaxcala, Yucatán, México, el Distrito Federal, todas las islas mexicanas, y aún le sobrarían a Chi- huahua unos 5,000 Kms2.” (González, 1982).

Es un estado inmenso, rico en variedades climáticas, pero su fortale- za principal está en sus personas. Personas templadas por climas con- trastantes y no siempre benignos. La entrega, la valentía y la lealtad han sido características que en la Historia Nacional han quedado escritas sobre el carácter de la gente de Chihuahua, un estado grande; aunque nunca tan grande como su gente.

Sin embargo, como en todas las épocas y todas las sociedades, en Chihuahua la delincuencia también se ha hecho presente de mil mane- ras; mas indecibles aún que los colores de un bosque en otoño.

Delincuentes que por su notoriedad y su capacidad criminal deben ser analizados con seriedad. Vayamos pues al punto.

5.3.1. El asesino del 31000.

El mote del asesino del 31000 se debe al código postal donde el ho- micida a perpetrado sus ataques, todos ellos en el centro de la ciudad de Chihuahua, todas sus víctimas han sido prostitutas, sin encontrarse rastros de ADN del asesino, lo que puede indicar que sólo las mataba sin tener relaciones con ellas. Todos los homicidios se han cometido entre las nueve de la noche y las dos de la mañana.


6 Por desgracia, una vez detenida Juana Barraza, los homicidios contra ancianas y an- cianos en la ciudad de México no cesaron. La criminóloga mexicana Claudia Barragán reconoció que es necesario implementar un avanzado sistema para detectar a los asesinos seriales pues, en ese rubro: —“Estamos en pañales”— expresó.

 

A las víctimas se las encontró amarradas con cintas blancas y cerca- no a ellas aparece un recado que dice: —“Soy el salvador de los peca- dores”—, otra firma.

El perfil se ha establecido así: un hombre de entre 30 a 40 años, de cultura media o regular, bien parecido, con conocimiento de la zona, no busca el placer sexual, organizado, pulcro y muy apegado a la religión católica. Puede que labore en la zona centro.

5.3.2. Fantomas.

Luis Antonio Durán Palomo alias “El Fantomas”, asaltante organizado que planeaba sus robos cuidadosamente, vigilaba cada movimientos de sus víctimas aprovechando la vida y circunstancias rutinarias de muchas de ellas.

Para algunos investigadores criminales el proceder rutinario es un buen elemento para ser víctima de un delito directo (asalto) o indirecto (robo a casa habitación o comercio).

Fantomas, astuto e inteligente, ingresaba a los domicilios por la no- che, extraía joyas, relojes dinero y demás utensilios de valor.

Una vez resguardado su botín ingresaba a la recámara de sus víc- timas y encendía su linterna justo en la cara de las mismas, salía del domicilio y cuando la víctima reaccionaba del susto, el robo y el “lam- parazo” (su firma) Fantomas se había esfumado.

El sujeto únicamente robaba en fraccionamientos de un nivel econó- micamente pudiente, su tez es blanca, con un nivel educativo aceptable, atlético, con buen porte al vestir y aseado en su persona (lo que no des- pertaba sospechas en sus víctimas mientras las analizaba). En su haber realizó robos en las siguientes colonias; San Felipe (20); Haciendas del Valle (15), Residencial Campestre (10) y Campanario 8 robos. Su cap- tura llevo seis meses de ardua labor por parte de la Policía Municipal de Chihuahua en ese entonces teniendo como Coordinador Operativo a Francisco Martínez Domínguez. Fue aprehendido, el 17 de febrero del 2001 en la colonia Lomas del Campestre al intentar introducirse a un domicilio. Al momento de su captura confesó que su meta era ser el mejor asaltante de la ciudad. Durán Palomo abandona el CERESO en mayo de 2002, su adicción a las drogas ha disminuido su capacidad criminal (más no su peligrosidad). Hoy día, cada vez más dañado, roba autopartes para solventar su farmacodependencia.

5.3.3. Violador de San Felipe.

Un caso muy sonado en la ciudad de Chihuahua fue el del Violador de la Colonia San Felipe. Todo inició el día tres de julio del año 2002 con la primera violación en un Despacho de la Calle Arquitectos (interesante-

 

mente aquí también se perpetró el último de los ataques atribuidos al mismo personaje).

Las violaciones denunciadas —ocho en total— muestran periodos de enfriamiento de hasta tres meses.

Las víctimas eran, en mayor número profesionistas, bien parecidas, viven o trabajan solas o con otra compañera (quien fungía como espec- tadora, amenazada por el violador), eran penetradas con un objeto ci- líndrico —generalmente la punta de un destapacaños o el mango de un cepillo—, amarradas con cables telefónicos y accesorios que se encon- traban en el lugar de los hechos. Las víctimas narran que el victimario cubría su cara con un pasamontañas, el trato y las preguntas hacia ellas fueron las mismas.

En un lapso aproximado de 6 meses días se presentaron ocho casos de violación con el mismo patrón y todos denunciados en el Departamento de Averiguaciones Previas, la zona de los ataques fue dentro y cerca de la Colonia San Felipe en la zona central de la ciudad de Chihuahua.

Un lugar tranquilo, de clase media y media alta con un buen prome- dio de en el nivel académico de sus habitantes.

El criminal atacaba de noche o madrugada una vez que, se supone, había estudiado la vida de sus víctimas. Se introducía generalmente por una ventana abierta o mal cerrada.

Si había un vehículo fuera de la casa, una vez que sometía a la vícti- ma le solicitaba las llaves del auto, salía y lo estacionaba lejos de la casa, esperando que si alguien llegaba creyese que la mujer se encontraba fuera del domicilio.

Para entender mejor a los violadores seriales se sugiere repasar los puntos descritos y elaborados por J. C. Romi (1970, 1980 y 1995), en el capítulo V.

 


 









CAPÍTULO VI

Retrato del mal

 


 










“… la resistencia del sujeto, o la necesidad de hacer desaparecer las pruebas del atentado, pueden conducir al criminal al homicidio por diversos medios, de los cuales el más frecuente es la estrangulación.

El atentado impulsivo de orden se/ual va, pues, implicado accidentalmente de homicidio.

El criminal agrava su acto haciendo desaparecer el cadáver, despedazándolo, sepultándolo o arrojándolo al agua.

Los perversos se/uales constitucionales son individuos peligrosos y representan un objeto de terror para los que los rodean”.

Henry Claude.


El presente capítulo es el colofón de la obra; el mismo se complementa con los Apéndices B, C y D y el Anexo 1.

Con un respeto profundo se escriben los nombres de víctimas y ofendidos, sus tristes e irreparables pérdidas pueden contribuir al es- tudio de los criminales seriales y, entonces, poder desarrollar mejores estrategias de captura y prevención. Igualmente puede ser visto como un ejercicio final, donde el lector aplique las técnicas, conocimientos y clasificaciones criminales vistas en las cuatro primeras divisiones del libro. Durante la presente propuesta gráfica también se han señalado algunas de las características relevantes del “Asesino de niños de la calle”. Su ficha de identificación dice así:

Nombre: Gilberto Ortega Ortega Fecha de Nacimiento: 25 de octubre de 1969 Lugar: General Trías, Chihuahua

Homicidios: 40

Primer homicidio: A los 12 años

Sentencia: 40 años por los asesinatos de los niños Adán Durán y Jaime Enrique Espinoza.

Padre: Exmilitar, Gilberto Zavala Sánchez

Madre: Bertha Yolanda Ortega Ortega

Estudios: Primaria.

 

6.1. La vida.

Gilberto Ortega Ortega nace el 25 de octubre de 1969, en el Municipio de General Trías, Chihuahua. Hijo de Bertha Yolanda Ortega Ortega y de un exmilitar de nombre Gilberto Zavala Sánchez; este último nunca vivió con ellos.

Figura 1. Retrato de frente de Gilberto Ortega Ortega.

Los primeros años de vida Ortega los vivió en General Trías, en compañía de su hermana y su madre, quién para solventar las necesi- dades de la casa trabajaba todo el día quedando al cuidado de Gilberto su hermana. A él le gustaba salir a jugar en el campo, lanzar piedras al río, hacer barquitos de papel además de torturar y matar animales como gatos y perros, cabe destacar que, en lo general, no contaba con amigos, era un niño solitario.

Sin conocer el por qué, su abuelo materno se fue a vivir con ellos. Allí inician sus rencores, pues el nuevo inquilino los insultaba diciendo a él y a su hermana que eran unos bastardos, asimismo ofendía a su mamá ya que esta fue concebida fuera del matrimonio del señor, la suma de ello fundamenta el fuerte detonante del odio que Ortega llegó a sentir hacia su abuelo, pero lo que agravó la situación fue que la ma- dre soportaba todos sus insultos. El abuelo llegó a decir a la madre de Ortega Ortega que: —“solo le faltaba darle las nalgas”—.

El mismo Ortega afirma que a la edad de cuatro años empezó a ser víctima de abuso sexual; un tío político exmilitar le hacía tocamientos, hasta que finalmente a los siete años lo violó, a nadie le comentó nada de lo que estaba viviendo por miedo a que no le creyeran, a esta misma edad su madre los manda a él y a su hermana a vivir a Estados Unidos a un pueblito de Washington llamado Wanashi, al cuidado de su tía y su tío quien abusaba de él sexualmente, la finalidad de su progenitora era que obtuvieran una mejor educación así como una mejor calidad de vida. A esa edad Gilberto empieza a mostrar tendencias homosexuales llamándole la atención personas de su mismo sexo, jugaba con niños originarios de Guadalajara que habitan en el mismo pueblo que él.

 

Su violencia llegó al grado que cuando discutía con su hermana lle- gaba a agredirla físicamente hasta que un día le ensartó unas tijeras en el pecho tratando de privarla de la vida siendo. Primer intento fallido.

A la edad de 12 años tuvo un sueño en el que se veía en una cárcel por el resto de su vida y se visualizó matando niños para que el sue- ño profético se volviera realidad. Su juventud trascurrió de una forma anormal ya que siempre prefería estar solo que salir con amigos, tuvo varios noviazgos pero de corta duración ya que no le satisfacían de nin- guna forma, prefería las relaciones homosexuales.

En 1987 obtuvo su residencia en Estados Unidos, al contraer nupcias procreando un hijo ese mismo año, a la edad de 18 años; cometiendo su primer asesinato un año después, en dicho país.

A los 21 años decide regresar a México por su afán de matar niños y evitar que su hijo se convirtiera en una de sus víctimas: Esto ocurrió en el año de 1990; al llegar a la Ciudad de Chihuahua decide enlistarse en el Ejército permaneciendo en este por tres años. En las fuerzas ar- madas alcanzó el grado de Sargento Segundo durante su permanencia en el 52 Batallón de Infantería estuvo destacamentado en Chihuahua y posteriormente fue trasladado al estado de Michoacán. Por lo mis- mo tiene conocimientos amplios sobre armas, defensa personal y en su declaración afirmó haber sido guardaespaldas de narcotraficantes estadounidenses.

En 1993 causó baja en el Ejército y estuvo detenido por el delito de robo durante tres meses en el Centro de Readaptación Social (CERESO) en el municipio de Aquiles Serdán, Chihuahua. A la salida del centro de reclusión ingresó a la Policía Municipal de Belisario Domínguez donde permaneció hasta 1996.

En agosto de 1995 decide matar a Jaime Adán Sigala quien limpiaba vidrios en la calle; atribuye el asesinato para que el menor ya no sufriera, ató los brazos del chico al tronco de un árbol y las piernas a su automó- vil para desmembrarlo.

Durante el mes de junio de 1997 trabajó en el Partido Acción Na- cional (PAN) como brigadista, pero esto lo utilizó para acercarse a su próxima víctima, un niño de 11 años quien llevaba por nombre Jaime Enrique Espinosa.

Jaime vendía dulces en una esquina y Ortega lo invitó a ir a poner gasolina, posteriormente lo llevo a un cerro donde lo ató de manos y lo descuartizo, dos meses después mata a un amigo de él llamado José, este asesinato lo cometió porque escuchó una voz que le decía que lo matara, decidió atarlo a una silla y cortarle la cabeza.

Ese mismo año pero el 11 de octubre decide privar de la vida a su vecino de 13 años, Adán Durán Leos. Expresa haberlo realizado por ven-

 

ganza ya que la mayoría de sus vecinos lo despreciaban por sus preferen- cias sexuales, el pequeño fue ultimado por medio de impactos de bala.

Después de esto Ortega regresó a su casa pero al llegar ya estaba la madre del menor preguntando por su hijo. Gilberto le contestó que ya lo había matado, decide irse a esconder a General Trías por un tiempo, después se traslada a una casa ubicada en el Barrio de Londres en la Ciudad de Chihuahua la cual perteneció a un exdelincuente (Carlos Méndez alias “El Charly”) hasta que el 25 de Noviembre de ese mismo año lo detienen elementos de la Policía Judicial del Estado, mismos que lo trasladan al CERESO.

Ortega confesó sus crímenes pero sólo se encontraron pruebas que lo incriminaron por el homicidio de Adán Eulogio Durán Leos y el de Jaime Enrique Espinosa Estrada, se le sentenció el 9 de julio de 1998 por el primer crimen a 40 años de prisión y a Reparación del Daño por la cantidad de $42,184.00 como indemnización a favor de los deudos de los occisos, ya que el delito fue homicidio calificado con ventaja y brutal ferocidad, y por el segundo delito se le condena a 35 años de prisión ambos con las agravantes de premeditación, alevosía, ventaja, brutal ferocidad y asfixia para el caso específico de Jaime Espinoza.

El 29 de julio de 1999 lo trasladan al CERESO de Puente Grande Jalisco, pero el 25 de noviembre del 2003 reingresa al CERESO de Aqui- les Serdán trasladado del CEFEREPSI (Centro Federal de Readaptación Psicológica ubicado en la localidad de Ayala, Morelos).

El día 23 de agosto del año 2007 en medio de un operativo policia- co se realizó un intercambio de 24 peligrosos reos de penales de Chi- huahua, por 34 presos de baja peligrosidad provenientes de CERESOS federales, entre ellos iba Gilberto Ortega.

En la entrevista que aparece en los agregados expresa su deseo de salir para volver a sentir la adrenalina que le propiciaba matar niños y practicar el canibalismo comiéndose parte de los órganos de sus vícti- mas ya fueran crudas o cocidas.

Por lo pronto sigue planeando como va a asesinar a su próxima víc- tima (fase aurea).

La única persona de su familia que en la actualidad lo visita es su madre; se comunica con su hijo —quien tiene 20 o 21 años (2010)— por medio de cartas o llamadas telefónicas pero no le ha querido decir que se encuentra detenido y menos de los delitos que ha cometido.

6.2. Las muertes.

Aunque él mismo arroja datos contradictorios, al parecer Ortega Or- tega tenía siempre bien definidas las características esenciales de sus víctimas (Apéndice 1):

 

Niños (las niñas no le llamaban la atención pues afirma que en ellas veía la figura materna y como ama tanto a su mamá no le gustaría que la lastimaran).

Edad de entre los 7 años y 17 años (Explica las edades por- que son las mismas en las que él fue abusado sexualmente y violado).

Niños en condición de calle. Especialmente limpiaparabrisas, al ser éstos presas fáciles por su inocencia o confianza hacia la demás gente.

El sábado 4 de octubre de 1996 cerca de las nueve de la noche el pequeño Adán se encontraba cerca de su domicilio acompañado de sus amigos del barrio, junto a ellos también estaba un tipo al que sólo co- nocían por el nombre de Gilberto. Poco tiempo después todos se des- pidieron y solos quedaron Adán y Gilberto; no pasaron ni 15 minutos cuando los papás del niño echaron de menos la algarabía que suelen hacer los pequeños muchachos al jugar.

Al salir de casa, se percataron que Adancito ya no estaba. Pregun- taron a los demás niños que habían estado jugando en la esquina de las calles Xóchitl y Chichén Itzá, ellos confirmaron que Adán se había quedado solo con Gilberto.

Esa misma noche, los papás acudieron ante las autoridades compe- tentes para pedir auxilio. Aseguraban que se trataba de un secuestro, pero en Averiguaciones Previas les indicaron que mejor esperaran para ver si aparecía ya que no podían recibir la denuncia de secuestro sin que antes no haya pruebas fehacientes de que fue plagiado.

El domingo, los padres de Adán fueron hasta la casa de Gilberto, suplicaron que entregara al niño, ya que había testigos varios de que él había sido la última persona que estuvo con Adán.

Quien aparecía como presunto responsable del secuestro del niño, hasta ese momento, se negó a dar cualquier información. Dijo que no sabía nada, que desconocía completamente el paradero de Adán.

Al día siguiente, de nueva cuenta la madre de Adán, completamente desmoralizada por la ausencia de su hijo mayor, suplicó ante Gilberto para que le dijera dónde estaba su pequeño, que se lo entregara, que es- taba segura que él sabía en qué lugar se encontraba. Silencio. Culminó su búsqueda.

El Matagatos relató que conoció a Adán a través de su hermanito Felipe Reyes Ortega y que el día que le dio muerte, “se despertó con ganas de matar”.

Aseguró Ortega que no recuerda qué día lo mató, pero dijo que fue en octubre de 1996 y que el menor de manera voluntaria se subió al carro, luego de que lo invitó a disparar en el cerro.

 

Agregó que desde que se subió Adán al carro, pensó en matarlo, y en el trayecto de la colonia Infonavit Nacional rumbo al cerro ubicado a espaldas del Hotel Camino Real fueron platicando cosas sin importan- cia. Los hechos fueron más o menos así:

El homicida sube con engaños al menor de edad a su vehículo, des- pués, el niño presiente el peligro e insiste a su victimario a que lo re- grese a su casa.

El homicida no accede y golpea a su víctima para someterla, ade- más, para que no lo vieran los otros automovilistas y los alertara, deci- de atarlo de las manos.

Esto ocurre entre las 21:30 y las 23:00 horas del mismo sábado. Co- nocedor del terreno, decide llevar su vehículo a despoblado, por lo que llega hasta el arroyuelo en donde fue encontrado el cuerpo sin vida.

En ese lugar baja al menor del auto y con saña dispara su pistola. Cuatro impactos en total. Lentamente, las noches frescas descomponen el pequeño cuerpo.

Ortega Ortega indicó que, en efecto, al llegar al lugar que eligió, le amarró las manos sólo para matarlo y a quemarropa hizo los disparos.

También confesó que arrastró el cuerpo de Adán y lo aventó a un arroyo, para luego desnudarlo con la finalidad de que se descompusie- ra más rápido el cadáver.

Después le volvió a poner la ropa al cadáver de Adán y finalmente le puso una piedra encima y regresó a su casa, en donde durmió tran- quilo. Por la mañana salió y encargó la pistola a Manuel Vargas, en el ejido Francisco Villa.

Explicó a detalle (Ver Anexo C) cómo se fueron sucediendo los he- chos; primero en torno a la muerte de Adán, he aquí parte de su testi- monio:

—”Lo invité a pasear, subió a mi carro, dimos vueltas por la ciu- dad”.

—¿Y luego?

—De ahí, pues ya... lo maté.

—¿A dónde lo llevaste?

—”Al cerro, a espaldas del hotel, caminamos un rato, después lo amarré”.

—¿Qué más hiciste?

—”Nada, nada más lo maté, le di cuatro balazos”.

—¿Por qué lo mataste?

 

—”Por problemas de barrio. No era nada contra el niño, ni contra su familia. Fue por puro coraje. A la brava, porque me dieron ganas de matar a una persona”.

—¿Por qué?

—”Porque quedas tocadisco (trastornado) nada más de ver tanto desmadre en el Ejército”.

—Hay muchos en el Ejército y no andan matando. ¿Tienes algún trauma?

—”Sí, pero es muy personal, nada tiene qué ver con mi madre. Ten- go mi psicóloga de cabecera, pero tenía rato de no consultarla”.

—Después de que lo asesinaste ¿qué hiciste?

—”Me fui para la casa y me acosté a dormir. Al otro día dejé un recado diciendo que, por problemas, tenía que salir de la ciudad y me fui a Trías”

—¿Por qué asesinar a un niño?

—”¿Por qué no...?”.

Como lo señala en su narración, Gilberto Ortega viajó a General Trías (aproximadamente a unos 50 kilómetros al suroeste de la ciudad de Chihuahua), donde estuvo por unos días en casa de su tío, Manuel Antonio Borunda Ortega. Posteriormente abordó su auto para dejar- lo abandonado al observar agentes de la Policía Judicial por lo que se fue caminando desde Trías hasta la comunidad de Palomas, en donde tomó un camión para regresar la ciudad de Chihuahua. La pistola con que victimó a Adán Durán, la dejó Gilberto Ortega a un señor del Ejido Francisco Villa, localizado en el kilómetro 17 de la carretera a Juárez.

Al cuestionar a Ortega Ortega sobre si había dejado algún recado a alguien, comentó que sí, que le dejó un recado a su amigo Octavio Villa Paredes, con quien obtuvo la pistola. Dijo que en el recado sólo le decía que había tenido problemas y que después se comunicaba.

Aseguró Gilberto que desde entonces estuvo en la ciudad con varios amigos, hasta que fue detenido el martes 25 de noviembre de 1997, en la casa de Ulises Méndez Chávez. El cadáver de Adán fue encontrado en un arroyuelo cercano a una maquiladora al noroeste de la ciudad.

La causa de muerte: tres impactos de bala “a quemarropa” y en la cabeza, lesiones diversas y heridas causadas por arrastre. El médico legista no pudo determinar si hubo o no abuso sexual, debido al estado de descomposición de su cuerpo.


Cuando una vela se e/tingue, la luz yace muerta en el suelo…

 


 

Posteriormente al caso descrito y gracias a versiones confirmadas por otro conocedor del caso (el criminólogo José Luis Prieto Montes) y dos menores de la secundaria en la que Adán estudiaba, del turno ma- tutino pero amigos de él, fueron amenazados de muerte por teléfono, razón por la que sus padres determinaron que dejaran de asistir a clases.

En ese tenso clima Ortega fue también interrogado por agentes de la hoy extinta Policía Judicial del Estado (PJE), a quienes comentó que había asesinado a varias personas, entre ellas a otro niño de apellidos Espinoza Estrada.

La familia del niño Espinoza Estrada habitaba en la calle Farallón número 4307, en la colonia Paso del Norte. Su pequeño hijo “Quique” había desaparecido desde el 21 de junio de 1997 y fue hasta el día dos de julio cuando su padre interpuso la denuncia. Dentro de las primeras investigaciones, se supo que el niño había sido visto con un sujeto nom- brado Gilberto Ortega.

De acuerdo a las primeras investigaciones, Ortega secuestró al niño Estrada Espinoza, vendedor de chicles en los cruceros de la ciudad y a quien el homicida conocía.

El criminal aceptó y confesó con frialdad que a “Quique el chiclero”

—como Ortega le llamaba— lo violentó sexualmente, le puso una bolsa de plástico en la cabeza hasta que lo mató, luego le quitó la ropa.

Con la ayuda de dos sabuesos de la Dirección de Seguridad Pública Municipal (DSPM), el día 26 de noviembre de 1997 se encontró una osamenta de un menor de edad, las primeras investigaciones confir- maron que se trataba de quien en vida llevara el nombre de del niño Jaime Enrique Estrada, de 11 años de edad y habitaba en el domicilio ya citado. (Ver Anexo C).

El expolicía municipal de Belisario Domínguez y de General Trías, dijo tener en su haber un total de 4 crímenes de esta naturaleza, uno de ellos el de un anciano, a quien dejó en las inmediaciones de PEMEX, después de asesinarlo, otro el de un indígena tarahumara a quien subió a su auto (lo había bautizado como “El carro de la muerte”)

Se presume, por indagaciones posteriores, que Gilberto Ortega pue- de estar relacionado con otros homicidios más.

En esas fechas de captura asegura que los asesinatos que cometió ya los confesó y no tiene más que decir. Que fue claro y dijo todo lo que había hecho, que no quería le cargaran muertos que a él no le co- rresponden. Posteriormente —cinco o seis años después— se retrac- ta y afirma haber matado a cerca de 40 personas iniciando su carrera infractora desde los 12 años de edad al dar muerte a las personas que abusaban sexualmente de él.

 

6.2.1. Victimología.

La elección de victimas no fue difícil. Por ejemplo; al pasar por un cru- cero en su automóvil, un niño se ofrecía a limpiarle el vidrio. Él lo de- tectaba y analizaba la frecuencia y los tiempos que estaba en ese cruce- ro. Lo identificaba, lo embaucaba ofreciendo buenas propinas 20 o 30 pesos, lo invitaba a dar una vuelta y finalmente cometía el homicidio.

Adán Eulogio Durán Leos fue visto por última vez el sábado 4 de octubre de 1997 en la noche por sus amigos de la colonia, todos se des- pidieron, pero él se quedó con un tipo al que conocían por Gilberto, sus familiares sospecharon de él por considerarlo un tipo extraño.

Los padres del niño dieron a conocer su desaparición el día citado y cerca de las diez de la noche, a la altura de las calles Xóchitl y Chichén Itzá, en la colonia Infonavit Nacional a 30 metros del domicilio de la familia Durán.

No fue hasta el 14 de octubre de 1997 cuando unas personas que pasaban por el lugar, mismo que es de muy difícil acceso para los vehí- culos, que se percataron de que en unos matorrales estaba una persona inerte. Al acercarse, percibieron un olor fétido y fue entonces cuando comprendieron que se trataba de un cadáver. Al momento de ser en- contrado tenía aproximadamente 36 horas de haber muerto.

De inmediato se dio aviso a las autoridades, mismas que momentos después arribaron al lugar en varias unidades de la Policía Judicial del Estado. Fueron conducidos hasta el lugar por las personas que encon- traron el cuerpo. Las causas de muerte ya se describieron.

Adán Durán Leos de trece años (nació el 2 de septiembre de 1984), primogénito. Él y su familia tenían residiendo en la ciudad de Chi- huahua seis años, ya que la empresa para la que trabajaba el señor Adán Durán en Ciudad Juárez lo liquidó y decidieron venirse a radicar a Chihuahua.

Adán cursó sus estudios de nivel primaria en la escuela Carlos Vi- llarreal de Ciudad Juárez, su ciudad natal, y en el cuarto año, vinieron a vivir a Chihuahua.

En la primaria Quetzalcóatl concluyó su instrucción primaria e in- gresó con un promedio general de 9.6 a la Secundaria Federal No. 12.

Cuando recién se mudaron a esta capital provenientes de Ciudad Juárez, Adán y su madre se sentían solos y querían regresar a la fronte- ra donde quedaron sus familiares, luego la paradoja de esto: No volvie- ron por la violencia que se desató en aquella frontera.

Descrito como un niño muy estudioso que participaba activamen- te en el equipo de fútbol de la escuela, un destacado atleta de la Liga Churubusco.

 

Riguroso en sus estudios, aficionado a la lectura y en especial a los cuentos. La familia asegura que con ellos fue siempre respetuoso.

Su mayor anhelo: tener una hermanita.

Después de un sentido homenaje en su secundaria y acompañado por decenas de personas su cuerpo fue enterrado en el Cementerio La Colina.


Cabe señalar que una vecina de Candelaria Leos, la madre de Adán, llamada Amalia Saucedo y madre, a su vez de Julio Antonio Saucedo, otro joven desaparecido antes que Adán y luego encontrado muerto, señalaría que el asesino del pequeño Adán, pudo ser también el de su hijo pues, Gilberto Ortega Ortega, frecuentaba a Julio Antonio y, miste- riosamente desde el día de su desaparición, nunca se volvió a parar en la casa de Doña Amalia.


27 de noviembre 1997. Las autoridades localizan la osamenta del niño Jaime Enrique Espinoza Estrada, a unos 500 metros de las “Cur- vas del Perico”. En medio del llanto José Espinoza Estrada, de 72 años, reconoció las prendas de vestir de su hijo y lo describe como “Quique” de 11 años de edad, estudiante y vendedor de periódico y de chicles en los cruceros de la zona norte, específicamente trabajaba, por la Avenida Revolución y calle 25ª.

Recuerda que en la búsqueda de su hijo por el sector donde vendía sus chicles, un intendente que barría las oficinas de campaña de un can- didato panista le dijo que vio al niño con un señor de un vehículo negro.

Durante el mes de junio de 1996, Gilberto Ortega Ortega trabajó como brigadista en la campaña del Acción Nacional cuyas oficinas se ubicaban en la avenida Revolución y calle 27, durante la contienda de carácter federal.

El excandidato del PAN por el sexto distrito, José Mario Rodríguez, señaló que Ortega Ortega trabajó durante un tiempo en la campaña.

—”Estuvo sólo un tiempo, era conflictivo, altanero y presumía oca- sionalmente de ser homosexual, por lo que tuvo problemas con sus compañeros. Después él mismo dejó el trabajo”—, dijo.

—Igualmente aceptó que hasta ahí llegaba con frecuencia José Enri- que, quien se dedicaba a la venta de chicles en cruceros y camiones. Fue en ese entonces cuando se presume que Ortega conoció a José Enrique Estrada Espinoza para, posteriormente, darle muerte.

—”Una vez yo mismo le pregunté a ese señor (refiriéndose a Gilber- to Ortega) por mi hijo y confirmó que lo vio, aunque me aseguró que sólo le dio rait hasta la gasolinera Victoria”. —expresó el afligido padre.

 

6.2.2. Caza.

Primeramente identificaba al niño con las características ya mencionadas.

Analizaba horarios y frecuencia con la que estaba el niño en ese crucero.

Por limpiar el vidrio de su carro ofrecía de 20 a 30 pesos.

Después de un tiempo los invitaba a comer o a dar una vuelta (ya se había ganado la confianza del niño).

Los niños accedían, tenía poder de convencimiento y sabía ganarse la confianza de la gente, al menos de los niños.

Trasladaba a los menores a una parte lejana de la ciudad.

Cometía el delito.

Ortega explica que una vez fallecidos los niños procedía a co- merse algunas partes de ellos como son, hígado, pene, testí- culos y viseras (algunas partes se las comía crudas o a veces las cocinaba).

Lo anterior puede ser ya la influencia de las películas (como “El si- lencio de los inocentes”, que el mismo dice admirar). Además se debe resaltar que en la investigación del caso se supo que el homicida estaba leyendo el libro del “Dragón Rojo” de la misma zaga que “El silencio de los corderos” y “Hannibal”. A raíz de eso sus cartas y peticiones a las autoridades del CERESO giraban en torno a que requería cerebros y riñones de infantes para su cena. Además:

Acepta haber practicado el canibalismo (a la fecha no hay pruebas de ello).

Afirma nunca haber violado a ningún niño.

Cometido el delito procedía a tomarse una caguama que compraba antes con toda la tranquilidad. Nuevamente nada de ello lo expresó en sus primeras declaraciones. Recuérdese que Hannibal Lecter degustaba un vino Cianti, cuando había matado a dos policías en su celda.

No tenía forma específica de cometer sus homicidios, ya que solo los imaginaba, o en lo que veía en las películas o leía en libros y los llevaba a cabo, dependiendo de su estado anímico. Recuérdese también su afirmación: —“Ese día me levanté con ganas de matar a alguien”.

En cuanto a los intervalos de tiempo, dice no tener uno defi- nido entre una víctima y otra. Según sus palabras —“Como podía matar 4 niños en un año lo podría hacer en un mes”— todo dependía de la facilidad con que se ganara la confianza de los niños. (fase de enfriamiento)

 

A la fecha y con lecturas varias sobre el tema, sigue alimen- tando sus fantasías e imaginando la forma matar niños.

6.3. Pesquisas.

Inicialmente Gilberto Ortega no era buscado por la policía hasta que ocurrió el asesinato del niño Durán, sin embargo, al realizar diversas investigaciones policiales se manejó la versión de que se pudiera tratar de un asesino sistemático, quien, antes de ser capturado, pudo haber cometido varios crímenes sin esclarecer.

Una vez notificados de la desaparición del pequeño Adán Durán Leos y alertados por la peligrosidad del sujeto la Policía Judicial en el Estado de Chihuahua cercó prácticamente todo el territorio tratando de arrestar a Gilberto Ortega Ortega, principal sospechoso del asesinato del menor.

Se informaba, de manera extraoficial, que existía la posibilidad de que Ortega Ortega, alias “El Gato”, exmilitar y exconvicto, hubiera co- metido otros asesinatos, como el de Julio Antonio Saucedo Acosta, de 26 años de edad, quien fue muerto de un balazo en la cabeza a media- dos de 1996.

El procurador estatal solicitó públicamente a la comunidad su co- laboración para dar aviso a las autoridades sobre el paradero de este sujeto.

De acuerdo con informes policíacos, Ortega Ortega supuestamente tenía amistades y familiares en diferentes ciudades del estado, como Cuauhtémoc, Parral y Delicias, por lo que elementos de la PJE monta- ron vigilancia en esas zonas.

En las primeras indagaciones efectuadas en la casa de Ortega Orte- ga se encontraron cuatro casquillos calibre .22 (presumiblemente fue- ron los disparados en contra de Adán).

La fotografía del presunto homicida fue boletinada en todo el esta- do, en las entidades circunvecinas y también en la Unión Americana, aunque todo indicaba que no huyó con ese rumbo por dos aspectos: a.- dejó su pasaporte y b.- por los problemas con la justicia norteame- ricana.

Al iniciar con las investigaciones, el grupo de homicidios, coordina- do en ese entonces por el licenciado Rigoberto Moreno Prieto, movilizó a gran parte de su personal para recabar los datos suficientes con los familiares para así obtener datos de él o los presuntos criminales.

Cuatro menores interrogados por los agentes de la PJE, aseguraron que al momento de despedirse de Adán llegó un sujeto al que sólo co- nocían como Gilberto y los dos se quedaron platicando. Después de encontrado el cuerpo sin vida del niño de 13 años, Adán Durán, el mis-

 

mo lunes por la tarde personal de la Policía Judicial del Estado desta- camentado en General Trías, logró detectar un vehículo abandonado en las inmediaciones del lugar, el auto coincidía con las características del que tripulaba, hasta entonces el presunto asesino Ortega. Fueron los propios familiares de Ortega Ortega quienes, ante la presencia del agente del Ministerio Público, aseguraron que dicha unidad, un Ford de modelo atrasado, color negro mate y con vidrios ahumados, era pro- piedad del hombre buscado, quien se dio a la fuga luego de saber que el cuerpo de Adán había sido descubierto.

Los agentes judiciales catearon tres domicilios, el propio, donde vi- vía con sus padres Gilberto Ortega Ortega y el de dos familiares más, agumentando que se trata de una persona extremadamente peligrosa. Varias llamadas anónimas alertaban a la Policía Judicial del Estado so- bre el posible escondite de Gilberto Ortega Ortega. Seis judiciales acu- dieron a las rancherías llamadas Santa Ana y Chinihuilla, en el munici- pio de General Trías, sin embargo, primeramente, la búsqueda no tuvo resultados satisfactorios. En el mapa de la página siguiente se pueden apreciar, en la esquina inferior izquierda tanto la comunidad de Chi- nihuilla como la de Santa Ana (de Arriba) y la distancia aproximada desde la capital chihuahuense. Igualmente, más cercana a la capital, se destaca la Estación Palomas.

Un día los policías llegaron a la casa de Miguel Ortega, familiar cer- cano del homicida, éste se encontraba puliendo cuernos de toro, que es su trabajo y era ayudado por su esposa:

—Buenas tardes. Pues aquí venimos a molestarlos otra vez, porque recibimos una denuncia anónima de que estaba aquí Gilberto—, dijo uno de los agentes judiciales a los esposos Ortega.

—Mire, yo ya les dije que no sé donde está Gilberto, si supiera ya se los habría dicho para que lo detengan, y le ayuden porque él está enfermo—, afirmó la esposa de Miguel Ortega.

Y prosiguió la comunicación: —Como le dije ahorita, yo no quiero más problemas, si supiera donde está Gilberto les diría, pero no sé, aquí estuvo creo que hasta el martes en la mañana, pero no sé para donde se fue. Nomás dijo ya me voy y se fue y se lo juro que no sé donde lo pueden encontrar, tal vez por ahí anda, o por Chinihuillas— repitió Miguel Ortega a los policías.

Los cuatro agentes se trasladaron a la ranchería de Chinihuillas, ubi- cada a unos 15 kilómetros de Santa Ana, donde hay unas 20 casas pero sólo tres de ellas se encontraban habitadas; el resto son tapias o fincas abandonadas.

Los policías investigadores se entrevistaron con los pocos vecinos que se encontraban así como con algunos agricultores que en ese mo-

 

mento juntaban su fríjol, aseguraron que la última ocasión en que vie- ron a Gilberto había sido una semana antes en compañía de Miguel y del cuñado de éste.

Los mismos habitantes de Chinihuillas pidieron a los agentes po- liciacos que se revisaran las casas abandonadas por el miedo que les daba el que rondara un sujeto así.

Por la noche, los agentes judiciales montaron un operativo de vigi- lancia cercano a la casa de Miguel Ortega, porque según éste había la posibilidad de que Gilberto «bajara», aunque nunca dijo de donde.

La búsqueda del presunto homicida continuó hasta altas horas de la noche, en la comunidad de Santa Ana, en Chinihuillas y hasta en algu- nos centros de reunión de homosexuales de la ciudad de Chihuahua, las primeras horas no hubo resultados en las primeras horas.

24 de noviembre de 1997. Cierto temor colectivo se apodera de los padres de familia de la Escuela Secundaria No. 12, de la colonia Infona- vit Nacional. Ahora sostienen que el asesino del pequeño Adán se en- cuentra por las calles rondando y disfrazado de mujer. (En entrevistas con vecinos de Ortega Ortega uno de ellos afirmó que en ocasiones, el extraño ser “acostumbraba vestirse de mujer”, —“una robusta mujer, para encontrar alguien con quien tener relaciones sexuales”— (según comunicación personal con José Luis Prieto Montes, 30 de julio de 2007).

Las denuncias de paterfamilias señalan que en los últimos días se ha visto a Gilberto Ortega Ortega en las inmediaciones del plantel y ha- blan de supuestas amenazas telefónicas a dos compañeritos de primer año del fallecido Adán Durán.

26 de noviembre 1997.

—¡Aquí estoy!

—¡Sal de ahí, cabrón! —Le gritó el Comandante Navarrete.

—¡Nada, nada!

—¡Aquí estoy! —dijo Ortega mientras salía con las manos en alto.

Esas fueron las palabras de Gilberto Ortega Ortega al momento de ser detenido por elementos del Grupo de Homicidios y Lesiones de la Procuraduría General de Justicia del Estado.

A casi dos meses del asesinato del pequeño Adán y alrededor de las seis de la tarde, su victimario fue aprehendido en un domicilio de la colonia Barrio de Londres, junto con otras dos personas, (quienes posteriormente quedarían en libertad pero bajo las reservas de la Ley).

El paradero de Gilberto Ortega fue denunciado por una mujer que reconoció su rostro aparecido en los periódicos locales, fue detenido en la casa de un hermano del tristemente célebre Carlos Méndez Chávez,

 

alias el “Charly”, quien murió asesinado en la antigua Penitenciaría del Estado tras una larga cadena de ingresos al penal por delitos menores.

En su declaración preparatoria, Gilberto Ortega aceptó haber quita- do la vida a Durán Leos, a otras dos personas, cuyos cuerpos también abandonó en el cerro donde victimó a Adán; se inculpó de matar a un anciano al cual abandonó en terrenos cercanos a la planta PEMEX de la salida a Delicias y a un tarahumara, además de participar en varios asaltos realizados en diversas carreteras. (Ver Anexo C)

En esos primeros minutos el asesino explicó que andaba por el es- tado de Sonora y el 22 de noviembre de 1997 regresó a la ciudad de Chihuahua.

—”Pedí albergue a unos amigos, quienes no sabían lo que había he- cho, me abrieron las puertas de su hogar porque les dije que venía de México y estaba muy cansado”.

Al momento de su aprehensión, Ortega Ortega no estaba armado, y en principio opuso resistencia:

—”Se puso un poco brusco, pero al ver el tamaño del operativo, de- cidió entregarse”, —describió el comandante Navarrete Pérez.

Nuevamente, Gilberto Ortega dijo a las autoridades que lo hizo “porque tiene un trauma desde que trabajó en el Ejército, pero nada más”.

Sus huellas dactilares fueron enviadas a varias partes de la Repúbli- ca para buscar un cotejo con otros delitos similares y no resueltos.

Al confrontarlo ante los medios no quiso responder a los cuestiona- mientos hechos por reporteros, ni siquiera quiso manifestar una discul- pa a los familiares de las víctimas.

El Juez Séptimo de lo Penal, Javier Pineda Arzola, dictó auto de for- mal prisión al infanticida Gilberto Ortega Ortega, alias “La Tota” por múltiple homicidio calificado con todas las agravantes: premeditación, alevosía y ventaja. Para ambos homicidios comprobados; el nueve de julio de 1998 Gilberto Ortega Ortega fue sentenciado a una pena con- junta de 75 años en prisión.

6.4. Estudios.

Es difícil acceder a la vida completa de Ortega Ortega y solamente él conocerá el fondo del abismo en el que vivió. Sin embargo las entrevis- tas, la teoría descrita en los primeros capítulos, los reportes biopsico- sociales, los expedientes o causas penales, (297/97 o 02735/97) y sus es- critos aparecidos en anexos del presente estudio, pueden dar una idea menos confusa del individuo en cuestión.

 

Según los estudios psicológicos practicados a Ortega el que obran en el expediente 02735/97 y que incluye la entrevista clínica, Test de la Figura Humana de Machover, Test de los Colores de Luscher, el Test Gestáltico Visomotor de Bender, el antiguo —por no escribir antiquí- simo— y famoso Test de las Manchas de Rorschach y el BETA II-R de Lauretta Bender, aplicados el primero de diciembre del año 2003; dibu- jan a un personaje tímido, con un coeficiente de inteligencia menor a la norma o promedio (Ortega muestra un puntaje de 60 siendo el pro- medio de 100) con una edad mental de 20 años con seis meses siendo que, al momento de la aplicación psicométrica contaba ya con 34 años. Individuo con gran dificultad para manejar su agresividad, tendencia al narcisismo, rasgos obsesivos compulsivos y un gran temor a la sole- dad. Una persona que tiende a hacer las cosas de una misma manera; independiente y desadaptado. Represivo en sus afectos y privado de toda espontaneidad (rasgo que se presenta regularmente en esquizoi- des y en cuadros depresivos). Se suma la falta de diferenciación sexual, primitivismo, desorganización, desprecio y regresión. Muestra un alto grado de despersonalización, sentido de inferioridad y un alto grado de sobrevigilancia e introversión. Miedo y pérdida de la realidad, in- fantilismo psicosexual. El informe concluye con la sentencia: —“Falta tomar en cuenta el desprecio hacia la mujer con defensa ante una ima- gen materna castrante”.

Posteriormente en una carta escrita en julio de 2004 se observa la mención de “Joel” su Alter-Ego, su otro Yo o, como lo hemos visto en los primeros capítulos, simplemente su excusa para no responsabilizarse de los homicidios cometidos.

El escrito reza así (se transcribe, tal cual, incluyendo errores orto- gráficos):

“El jueves 22 JOEL me ordenó matar al psicólogo M…, incluso tube la opor- tunidad de matarlo pero de pronto una voz me dijo toda via no es el momento por eso no lo hice pero tenía el poder de dios, de hacerlo”.

Otras líneas, por demás interesantes en sus aspectos grafoscópicos, religiosos y de fondo:

“C. Jesucristo hijo de Dios Presente:

por medio de la presente (borrones) Nos dirijimos con el debido respeto (bo- rrones) que se merese el SR todo poderoso. Asi mismo para solicitarle me diga en sueños o en visiones como obtener de nuevo mis alas ya que Joel y Jorge me piden que me suicide ya sea cortandome las venas o colgandome por favor le pido me indique como obtener las alas”.

 

Bajo el escrito aparece tres veces la abreviatura Atte (Atentamente) y bajo ellas los nombres de Joel, en primer término, Gilberto Ortega O. al centro de la carta y Jorge en el extremo derecho.

Recordemos que muchos homicidas sistemáticos famosos han cita- do estos otros-yo o apariciones, voces que les dicen qué hacer y cómo hacerlo; John Wayne Gacy –con Jack el malo; David Berkowitz “El hijo de Sam” –afirmaba que un perro labrador, poseído pos Satanás le ordena- ba matar; Garavito –voces de las huestes infernales (según su propio testi- monio)-. Ortega Ortega no podía quedar al margen. Cierto es también que, una vez sentenciados o al borde de los corredores de la muerte, en entrevistas “off the record” (fuera del aire o no grabadas) han acep- tado que los Alter-Ego eran una ingeniosa estrategia “a veces sugerida por sus propios abogados” para ser considerados locos de remate y entonces dejar a un lado el procedimiento penal al no ser considerados responsables de sus actos y su conciencia lo que en términos legales se dice inimputables.

Es decir, una estrategia legal que si era eficaz traería beneficios a corto plazo. En una prueba psicológica el Test de Frases Incompletas de Sacks (SSCT), Ortega Ortega escribe:

“Es mi amigo Joel, en las ocupaciones me llevo mejor con Joel y siento que tengo la habilidad para dialogar con Joel. Algún día yo volveré a ser rey”.

Lo único que permanece estable es el cambio, y la personalidad aun- que estable: cambia, los estudios citados pertenecen al año 2004 (aun- que el Anexo B, reporta un estudio criminológico fechado en agosto de 2006) y son una simple muestra de los que ocurría por la cabeza, cora- zón y afectos de Gilberto Ortega en ese momento: los estudios psico- métricos pierden su validez después de un tiempo. Lo que aquí hemos mostrado no puede ya tomarse como un diagnóstico real de Ortega. Lo cierto es que la teoría apunta más para el deterioro psico-afectivo.

En otra carta, reciente (2007) pero no fechada y dirigida al Director del CERESO del Municipio de Aquiles Serdán Ortega, entre otras cosas, redacta literal:

“…Mi deseo es esponer lo siguiente con el debido respeto ya que mi si- tuación no es para una rehabilitación ya que por alguna razon no me han otorgado las actividades con las que cuenta este centro de readaptación so- cial… Yo considero con todo respeto que su servidor necesita y que es lo mas necesario para una rehabilitación son cesiones terapeuticas psicologi- cas pero con personal capacitado en cuestion que todo lo que les e/ponga le den credibilidad sin importar por que delito me encuentre recluido… y me encuentro desubicado totalmente en cuestiones de salud mental no es mi deseo volver a un hospital psiquiatrico no quiero medicamento solo deseo ser una persona util que no sientan temor de mi persona eso me afecta mu-

 


cho… Deseo ser un interno pero no puedo lograrlo si uds no me alludan, el echo de haber desempeñado algun trabajo para el gobierno de estados unidos y/o teritorio nasional Me/ico, no pueden etiquetarme como una persona de alta peligrosidad… ya que llevo 9 años compurgados sin presentar algun insidente como riña faltas a la autoridad cumplo con todos los reglamentos y disposiciones que se me han ordenado… se despide su distinguido y se- guro servidor“.

Dicen los perfiladores del FBI que el 85% de los agresores sexuales no tienen remedio (no se rehabilitan ni surten efecto los programas o sesiones terapéuticas) y del otro 15% se duda que lo hagan.

En un artículo aparecido el día primero de agosto de 2007 en el Dia- rio “El Clarín” de la hermana República Argentina aparece el caso de un multiviolador reincidente que ha sorprendido a medio mundo con su declaración y petición de condena.

La descarnada confesión de Fernando Alberto Irusta, violador rein- cidente, sorprendió tanto como su inédito pedido: —”Señores jueces, yo no me voy a recuperar a esta altura. Pasé casi la mitad de mi vida en la cárcel. Les pido que me condenen a la pena de muerte, porque cuando salga voy a rein- cidir”. Al escucharlo, todos se quedaron en silencio en la Cámara 4ª del Crimen de la ciudad de Córdoba, que finalmente decidió condenarlo a 20 años de prisión.

Albañil de oficio, trabajador migrante, Irusta tiene 37 años y un hijo. En 1991 lo condenaron a ocho años de cárcel por violación pero salió antes por buena conducta. Enseguida reincidió y, en 1996, volvieron a encontrarlo culpable: le unificaron toda la pena en 15 años.

En 2005, Irusta salió en libertad, pero no se demoró en volver a vio- lar. Esta vez, las víctimas fueron siete niñas de entre nueve y doce años.

Además los jueces de la Cámara 4ª del Crimen indicaron que Irusta deberá someterse a un tratamiento psiquiátrico específico para intentar su recuperación.

La Cámara tuvo en cuenta, más allá de las pericias de ADN que confirmaron su autoría en todos los hechos, que el dictamen de los psi- cólogos forenses fue muy claro.

Las pericias revelaron que dicho personaje tiene una marcada into- lerancia a la frustración y que su objeto de deseo sexual coincide con el perfil de las víctimas: chicas menores de edad.

Estos resultados fueron aprovechados por el defensor Marcelo Jai- me, quien en un primer momento intentó atacar la acusación de la que- rella y de la fiscal, Laura Battistelli. Hizo un planteo por la inimputabi- lidad del acusado, pero no prosperó.

Así se llegó a la audiencia del lunes, realizada a puertas a cerradas, y al dramático pedido de Irusta. Tras escucharlo, el camarista Jorge Mon-

 

tero aseguró que: —”Nunca había escuchado un pedido así. Fue un verdadero pedido de ayuda”—, opinó Montero.

También es cierto que la sentencias no son sumativas, por ejemplo para el caso Garavito la sentencia por cada uno de los 130 niños muer- tos que se le comprobaron sería, en su inicio de 1858 años, pero la pena máxima en Colombia es de 40 años más los beneficios pro-reo (a favor del detenido) lo más seguro es que Garavito, al estas alturas, vaya libre por las calles de alguna ciudad sudamericana.

Después de estar cerca de 15 años en la cárcel (por la muerte, mutila- ción y tortura de 142 niños, aunque hay quien afirma que pudieron ser más de 200, la sentencia ofrece un promedio de un mes por cada niño).

El día 23 de agosto del año 2007 en medio de un impresionante ope- rativo policiaco se realizó un intercambio de 24 peligrosos reos de pe- nales de Chihuahua, por 34 presos de baja peligrosidad provenientes de CERESOS federales.

Los 24 presos que entregaron las autoridades de Chihuahua fueron enviados en avión a diferentes reclusorios de alta seguridad. Entre los reos que fueron trasladados de Chihuahua, se encontraba Gilberto Or- tega Ortega, el descuartizador de niños, siendo esta la segunda vez que Ortega Ortega es movido hacia penales fuera del estado; la vez anterior fue enviado a Puente Grande, Jalisco, en 1999.

Para finalizar el presente capítulo debe agregarse que el reconoci- miento de los patrones individuales de cada delincuente es una de las habilidades y requerimientos principales de un investigador criminal.

El reconocimiento oportuno de dichos patrones o maneras de pro- ceder criminal puede ahorrar muchas vidas y varios dolores de cabeza a las policías locales. No se debe descartar el uso de la estadística para- métrica y no-paramétrica y diferentes programas computacionales (si el lector infiere que “en nuestro país No existe alguno”; pues entonces habrá que construirlos).

Deberá evitarse también el uso erróneo de los perfiles y aplicar la ética profesional en áreas donde los conflictos de interés pudieran pre- sentarse.

Con evitar el uso erróneo nos referimos que se debe desarrollar un código deontológico para los perfiladores o de los investigadores fo- renses en lo general y en caso de que no exista uno ad-hoc, aceptar los desarrollados para profesionales de la investigación criminalística. Ra- fael Moreno González (2000) incluye en su libro “Compendio de Cri- minalística” un apartado denominado Deontología Pericial que, con sus adecuaciones, bien puede aplicarse a los incipientes perfiladores mexicanos.

 

Cualquier técnica y aplicación legal puede ser bondadosa o dañina. Dañina si se emplea mal, si se utiliza de forma inadecuada o si no se comprenden las limitaciones y alcances naturales de la misma. La per- filación criminal, de implementarse en nuestro país, deberá adecuarse a las particularidades culturales de la población, deberá mejorarse y refinarse las pautas requeridas para su uso.

Así evitaremos daños y estaremos cada vez más cerca de la Justicia.

 









CAPÍTULO VII

Algunas consideraciones

 


 






“Todo acto fallido es un acto logrado, ahí donde el sujeto cree no reconocerse es donde encuentra su verdad.

Lo más lejano, lo que parece e/traño al sujeto

es lo más íntimo”.

L. Molina.



7.1. Fin de la primera parte.

Los asesinos seriales no son un fenómeno nuevo (En orden cronoló- gico: Liu Peng-Li; Vlad Tepes; Gilles de Reis; Erzsébet Báthory, Jack el Destripador, el Chalequero, Goyo Cárdenas, la Mataviejitas, el poeta caníbal de la colonia Guerrero…), sin embargo varios de los expertos que hemos citado en el texto aseguran que, especialmente a partir de los 70s del pasado siglo hasta la actualidad, ha aumentado el número de asesinos sistemáticos. Para otros lo que ha aumentado es la difusión y el interés de los medios por los mismos y para otros tantos lo que ha mejorado es la menera para reconocerles y capturarlos, desde luego que la difusión mediática también ha jugado su papel.

En México parece un fenómeno infrecuente o, tal vez, no hemos puli- do las técnicas de investigación y perfilación psico-crimino-victimológica para poder detectarlos y, menos, para poder controlarlos o combatirlos.

La mística del cine y de la literatura de café presentan a los asesinos seriales como atractivos genios criminales dotados con una inteligencia descomunal que desafían a la policía en un alarde de maldad extrema- damente sofisticada.

Afortunadamente para todos, la realidad es muy diferente, muchos de ellos no son intelectualmente brillantes ni poseedores de un razona- miento capaz de poner en los más serios predicamentos a los mejores policías o a los más avezados jugadores de ajedrez del planeta.

Los individuos parecen, escribe Vicente Garrido (2006) —“ajenos a la naturaleza humana”— o como el multicitado Roy Hazelwood (2001) afirma:

“justamente como el tiburón blanco… estos individuos son los más peligro- sos y astutos de todos los criminales”.

Así es, estos asesinos son ajenos para nosotros porque aún no pode- mos comprenderlos en un sentido profundo.

 

Podemos, eso sí, basar explicaciones en la experiencia científica para que sus acciones homicidas tengan una explicación racional, el presen- te trabajo es un intento de ello.

La Máscara del Asesino sistemático produce un miedo profundo, no los comprendemos y nos sentimos traicionados porque nos introdu- cen en el Horror y en el caos y en el horror del caos porque –otra vez Garrido (2006)—: “¿Cómo confiar en la previsión y en la justicia de un destino merecido, si alguien que antes no existía en la biografía de la víctima reclama una vida inocente por una razón que no tiene sentido humano alguno?”

Y, sin embargo, los criminales seriales existen, son reales y el hecho de que traicionen nuestra confianza en un mundo comprensible y suje- to a normas morales no los hace personajes ficticios.

Un predador carnívoro y hambriento, la fiera que en tiempos ances- trales provocaba la vigilia en las noches invernales junto a las hogueras en los poblados. En una época altamente tecnificada, el asesino serial nos regresa a la época de las cavernas, aun mundo temible y angustian- te, que procede de la noche de los tiempos.

Otra cuestión es lo que ellos revelan al mundo. Suelen tener dificul- tades psicológicas para explicar con palabras adecuadas sus más perso- nales experiencias, lo que incluye sus crímenes.

Un problema añadido es que estas explicaciones suelen ser reque- ridas por periodistas, policías, abogados o jueces, por ello el asesino busca siempre ofrecer una comprensible explicación algo que podamos comprender y hasta cierto punto justificarlo, por ello introducen distor- siones profundas de la realidad de los hechos, mienten expresamente para mejorar su posición ante la ley y la población que en lugar de Justicia, clama venganza.

La diferencia entre la distorsión y la mentira es el conocimiento del propio engaño: en la distorsión el asesino tiene un sesgo, un erróneo pero particular modo de ver la realidad, un modo en el que realmente cree o se ha acostumbrado a creer.

En cambio, en la mentira hay clara conciencia de que se está falsean- do la realidad con la intención de adquirir cierta ventaja. Y es mediante estas distorsiones y mentiras como se llega a conocer al criminal serial; las diferencias con la realidad que revelan sus increíbles explicaciones muestran el aberrante contorno de su personalidad, los “agujeros ne- gros” en su comprensión moral del mundo.

Muchas de las claves de su modo de ser provienen, precisamente, de los intentos que hacen por obviar la enorme malignidad de sus crí- menes para que nos centremos en sus aspectos positivos o en las po- sibles desgracias que los “obligaron” a tomar decisiones equivocadas;

 

una infancia difícil llena de abusos y situaciones que podrían ser váli- das como una explicación para justificar lo injustificable o explicar lo incomprensible.

Pero si científicamente se puede ir más allá de las sinrazones de un periódico de a Peso o algún programa amarillista de TV, entonces po- dremos llegar a comprender muchos de los secretos ocultos en su per- sonalidad criminal.

Son precisamente varios de los programas de moda los que han con- tribuido a generar una imagen “hollywoodesca” del criminal. Psicólo- gos e investigadores criminales, como Ryan Winter o Rachel Cork de la Universidad Internacional de Florida llaman a ello el “Efecto CSI” (“The CSI Effect”) el cual implica riesgos al prejuiciar, por ejemplo, a los testigos o jurados en un caso de índole criminal, tal ha sido el impacto de dichos programas (al menos en EU) que la American Psychological Association (APA) o Asociación Americana de Psicología ha destinado importantes recursos a través de su División No. 9 referente a estudios de tópicos sociales.

Aquí se sugiere emplear y dar inicio al desarrollo formal y siste- mático en el país de la perfilación delictiva. Y como se ha venido des- cribiendo, la técnica o mejor, las técnicas del perfil psicocriminológico emplean principios y metodologías derivadas de diferentes disciplinas. Dentro de la psicología se incluyen principalmente sus áreas: clínica, social, cognitiva y ambiental se suman la criminología clínica y ambien- tal, la antropología y la psiquiatría forense.

Aunque Vicente Garrido advierte que: —“actualmente hay una ex- cesiva diversificación que puede producir una fragmentación en cuan- to al desarrollo teórico y aplicado del psychological profiling se refiere”. Sobre lo anterior se destacan dos metodologías sobre las que se debe poner mayor atención.

La primera tiene su fundamento en las técnicas y conceptos de la psicología experimental, donde resulta prioritario la elaboración de hi- pótesis y su puesta a prueba a través de datos estadísticos. El mejor ex- ponente es Canter de la Universidad de Liverpool y destaca dos líneas de investigación: En la primera discute el desarrollo de las “historias de vida o narrativas vitales” de los agresores sistemáticos al hilo de la investigación elaborada por la psicología cognitiva y estudios sobre el funcionamiento de la memoria. En la segunda, más cualitativa, a tra- vés de técnicas multivariadas –en especial la técnica de representación espacial conocida como análisis de pequeños entornos (smallest space analysis) donde busca encontrar patrones invariantes en el modus ope- randi de muestras de violadores, con la esperanza de derivar metodo- logía empíricas.

 

La otra metodología descansa en la tradición de la psiquiatría foren- se y la psicología en su vertiente clínica.

En ella el investigador siguiendo un esquema de análisis clínico, ela- bora su perfil, derivando sus conclusiones de la experiencia acumulada

—que supone muchos estudios y casos analizados—, en vez de proce- der siguiendo los resultados de generalizaciones estadísticas extraídas de muestras más o menos extensas.

No hay duda de que la psicología de la elaboración de perfiles cri- minales nació de esta metodología, fue la que la volvió mundialmente famosa.

Ambas metodologías tienen ventajas y ambas tienen inconvenientes.

Los métodos científicos proporcionan una información importante acerca de la fiabilidad y solidez de las relaciones extraídas entre dife- rentes comportamientos.

Los delincuentes pueden clasificarse en grupos, de acuerdo a sus antecedentes criminales y sociales y sus patrones de ataque, búsqueda, etc., bien diferenciados.

Como es lógico, encontraremos ciertos niveles de variación en la in- terpretación de los perfiles.

Sin embargo, esta metodología, tiene el inconveniente de que, al de- rivar sus datos de promedios estadísticos, oscurece la información muy relevante que subyace al estudio del caso individual.

A su vez, las historias de vida, al centrarse en características indivi- duales importantes, presentan una mayor dificultad para determinar patrones de variación entre diferentes indicadores o categorías, lo que debilita su capacidad predictiva a la hora de aplicar sus conclusiones a la población general.

La segunda causa de fractura se encuentra en las diferencias inelu- dibles existentes entre los diferentes perfiladores.

Como se demostró en el presente trabajo, cada perfilador organiza e interpreta la información de manera claramente personal, debido a sus diferentes hechuras y habilidades profesionales, clínicas o meto- dológicas en las que fue entrenado. Así pues, hay diferencias tácticas y formales que pueden ser determinantes para explicar por qué dos personas distintas o tres pueden elaborar perfiles distintos para un mismo caso.

Asimismo están las divergencias debidas a la cultura en la que se desenvuelve el investigador y, por ello, pueden caracterizar de una for- ma peculiar el modus operandi de los delincuentes.

Un ejemplo manifiesto es el análisis y perfil geográfico del delito; veamos un ejemplo. En Europa el lugar de residencia del delincuente

 

suele estar próximo a los escenarios criminales en Estados Unidos de Norteamérica ese hecho es menos frecuente.

Utilizada con ética, conocimientos y profesionalismo, la perfilación criminal resulta ser una técnica útil y eficiente que complementa los procedimientos usuales y tradicionalmente empleados por los cuerpos policíacos

Debe ser claro que ninguna ciencia por sí sola llámese Psicología Criminológica, Criminología u otra, tiene todas las respuestas para el proceder criminal.

La labor, como se ha insistido, debe incluir especialistas de todas las áreas del conocimiento desde disciplinas humanísticas hasta las, mal llamadas, ciencias duras —la ciencia no es “dura” ni “blanda”, la cien- cia es Ciencia y punto—, sólo así se podrá comprender mejor la actua- ción criminal y desarrollar mejores programas de prevención, diagnós- tico, atención y rehabilitación delictiva y victimológica.

Que éste tratado sea un paso más en ese largo, sinuoso pero maravi- lloso camino. La Ciencia…

 


 





 



a) Bibliográficas.

 

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Agregados

 


 









Anexo A

Entrevista a John Douglas

Por Amy Goldman




















Vínculo en internet:

http://www.latinoseguridad.com/LatinoSeguridad/MenCrim/PerfCrim1.shtml

 


 










John E. Douglas. Su nombre es sinónimo de “perfilación criminal”. Trabajó durante 25 años para el FBI, de los cuales 15 a la cabeza de la Unidad de Investigación Especial (conocida como Unidad de Ciencias del Comportamiento hoy Unidad de Apoyo a la Investigación). Duran- te todo ese tiempo, junto a Robert Ressler, llevó a cabo estudios sobre los distintos tipos de crímenes sexuales e interrogó a distintos asesinos en serie como John Wayne Gacy, Ed Kemper, Sirhan Sirhan y David Berkowitz, el Hijo de Sam. Desde que se ha retirado del FBI, sigue en activo participando en conferencias y seminarios, además de asesorar sobre este tema en privado.

La finalidad de esta entrevista es responder a las preguntas que nos hacemos continuamente, como por ejemplo qué hay que hacer para ser un perfilador criminal, como acceder al FBI, en que academia se puede aprender a perfilar, etc.

A pesar de que se le notaba cansado por tanta actividad a la que se ve sometido, Douglas respondió a cada pregunta concienzudamente. Fue amable, atento y de lo más educado. Cuando hablas con él, quiere saber cosas de ti, pero no en el sentido de que te sientes examinado sino que parece sinceramente interesado. Me preguntó cosas como que dónde vivía y me contó casos interesantes que habían ocurrido donde yo vivo.

La información de esta entrevista será muy útil a todas aquellas per- sonas que quieran entrar en este campo, porque esta persona que ya ha “andado el camino” les enseñará los pasos correctos a seguir.

Me preguntaron si la entrevista había cumplido con mis expectati- vas, y mi respuesta fue: más de lo que había esperado, definitivamente.

¿Cuál es su definición de perfilación criminal?

Es una reconstrucción del comportamiento de un sujeto descono- cido a partir del análisis de las pruebas de la escena de un crimen, de la autopsia, de las fotografías del lugar del crimen y de los informes preliminares que realiza la policía. También es muy importante el aná- lisis detallado de la víctima. Posteriormente se contrasta toda esa infor- mación. De esta manera, yo intento hacer un diagnóstico de cada caso

 

particular: que es lo que motiva al criminal y que persona pudo haber cometido ese tipo de crimen.

Un perfilador se basa mucho en su experiencia con los casos en los que ha trabajado y en las entrevistas que ha hecho a lo largo de los años. Y no todos los perfiladores son iguales, no se forman de la misma ma- nera. Los hay buenos y los hay mejores.

Para ser perfilador, ¿es necesario acceder al FBI o sirve una educa- ción universitaria?

Se precisa algún tipo de formación universitaria porque se va a ne- cesitar mucha claridad en los análisis escritos. También hay que tener cierta habilidad en la palabra, ser convincente, ser persuasivo pero no redundante o exagerado. Es importante la destreza en la escritura por- que uno debe ser capaz de redactar análisis y pericias para los juristas, y la redacción de éstos influye en el hecho que puedan ser tenidos en cuenta o no.

La educación universitaria en sí —pensando en la gente que trabaja para mí— tienen una mezcla de licenciaturas en psicología, derecho, y algunos de gestión empresarial.

Hoy, y también cuando estaba en la unidad del FBI, buscaba sobre todo a gente con experiencia en leyes criminales o que hubiesen traba- jado en el ámbito criminal. Recomiendo una licenciatura en psicología, pero en el área de psicología forense. Hay varias escuelas que imparten cursos de psicología criminal y en un futuro existirán muchas más. Co- nozco sobre todo la Universidad John Jay en Nueva York y la de George Mason en Virginia.

Para un perfilador, en algún momento dado será necesario aplicar un conocimiento avanzado en esta materia. Hay que hurgar en la men- te de los criminales e interrogar a violadores, asesinos, pedófilos y de- más, para entenderlos y sentir lo que ellos sienten.

Mi consejo para la gente que hace esto o para los que quieren en- trar en este campo y quieren ser buenos, es que se debe estudiar el crimen previamente. Siempre lo enfatizo en todos los libros: estudia el crimen. Y si es posible estudia fotografías de la escena de un crimen, las autopsias. Uno debe ser capaz de entrar en una prisión y encontrarse con los criminales o ponerse en contacto con la policía para obtener in- formación. Hay que estudiar los informes psiquiátricos para ver como son realmente, su lado oscuro. Porque si uno no va a entrevistarlos de manera fría, como mucha gente en la profesión de la salud mental, te acabarán manipulando. Son maestros manipuladores.

Si no aceptan la responsabilidad por el crimen, no la aceptarán de ninguna manera.

 

Echarán la culpa a otras personas o disminuirán su involucramiento en el crimen. No dirán nada acerca de las víctimas, de lo que pasó du- rante la agresión, qué dijo la víctima o que le dijo él a la víctima.

La gente que se dedique a la perfilación ha de tener madera de ac- tor, porque no se puede estar entrevistando a un asesino con la boca abierta y los ojos como platos. Hay que permanecer con una actitud indiferente, atacando sus egos, siendo muy respetuoso con su intelecto. Para entablar la conversación, puedes recordar el caso de una víctima determinada, por ejemplo, pero no se puede hacer una interrogación como si tuvieses que cubrir un cuestionario.

Tienes que estar muy atento a todo lo que está pasando en ese mo- mento, sin distracciones, como estar anotando sus respuestas y siempre mirando a los ojos del interrogado. Luego pregunta cosas específicas de los crímenes, de lo que sucedió antes y después del crimen. Puede que no confiese nada en las primeras entrevistas, pero con el tiempo lo hará, porque al asesino, el hecho de recordar el momento del crimen le produce un estímulo placentero que querrá revivir.

¿Hay algún requisito físico para ingresar en el FBI?

Sí, es muy parecido a hacerte un seguro. Si alguien está interesado debe ponerse en contacto con la oficina del FBI en alguna gran ciudad y pedir que le manden información. La visión debe ser perfecta o co- rregida con gafas, y tienes que estar en buena condición física porque el entrenamiento al que te van a someter en la academia del FBI va a ser riguroso.

Otra cuestión son las armas. Hay gente que no se siente cómoda con la posibilidad de tener que usar un arma, y tendrán que ser capaces de dispararla tanto como diestros, como zurdos, como con ambas manos. No es necesario que sepas al entrar siempre que no te mueras de miedo o estés en contra de la idea de disparar a alguien bajo ningún concepto. De hecho, a veces es mejor entrar sin ninguna experiencia con armas, ellos te enseñarán a usarlas correctamente.

Lo que a veces veo en las mujeres que ingresan, es que tienen que trabajar su fuerza en las manos y en los antebrazos para poder utilizar las armas con ambas manos, la fuerte y la débil, así como desarrollar la fuerza de la parte superior del cuerpo haciendo flexiones y dominadas.

Y luego las materias académicas se centran en: ciencias del com- portamiento, derecho, gestión, antropología forense y comunicaciones. Ahora además tienen un curso de conducción de alta velocidad en la Academia del FBI en el que te entrenan para las persecuciones a gran velocidad, parece interesante.

El proceso total de entrenamiento lleva unas 14 o 15 semanas y des- pués te colocan en una oficina, normalmente en una de las principales

 

ciudades de Estados Unidos. Habitualmente no obtienes un puesto en la oficina de tu elección hasta que no has estado unos cinco años o más. Si tomas el camino administrativo, e incluso el llegar a ser perfilador es una avance administrativo, vas a tener que hacer más mudanzas toda- vía, probablemente vuelvas a Washington, DC.

La edad media de un nuevo agente ronda los 28 o 29 años. No pue- des ingresar si has cumplido los 37 y te puedes retirar tras 20 de años de servicio o cuando cumples los 50. Si tenías 25 te puedes retirar a los 50, si entraste con 32 te puedes retirar con 52. Lo que no puedes es superar los 57 años de edad.

¿Cuál es su opinión de la perfilación inductiva frente a la deductiva?

En este asunto de la perfilación inductiva frente a la deductiva, tal y como se ha definido, yo diría que practico ambas. Yo no digo: «en el 80% de los casos un tipo determinado de persona conduce un determi- nado tipo de coche por lo tanto voy a introducir ese tipo de coche en la investigación». No hago eso. Cada caso es diferente.

Me apoyo fuertemente en la evidencia forense, no puedo ignorarla. Quiero decir que esta es la base, que el crimen es un reflejo del autor, que el comportamiento refleja la personalidad. Nos apoyamos en la evidencia y solo te puedes afirmar en esa evidencia en la escena del cri- men. En consecuencia lo que yo intento es reconstruir el crimen con los datos forenses, apoyándome en los informes de la autopsia (no puedes hacerlo sin esta información). Una vez tienes toda esta información es cuando empiezas de verdad, te apoyas en tu experiencia, y llegas a un diagnóstico.

He visto y he oído habar de «perfiles de una página», pero no que- remos tanta información en un papel porque no queremos esto dan- zando por ahí y que acabe en los periódicos. Así que lo único que los perfiladores pondrán por escrito, que es a lo que en realidad miramos, es el motivo.

Realmente las cosas que vienen en el Manual de Clasificación de Crímenes (Crime Classificatión Manual), han sido probadas por los cana- dienses y las han encontrado muy válidas. Fiscales y abogados defen- sores lo usan, probablemente más que cualquier otro libro, a la hora de establecer el motivo, la firma o el modus operandi. El Manual de Clasifi- cación de Crímenes fue el fundamento de mi disertación, así que cuan- do hacemos un perfil buscamos un motivo para reconstruir el crimen.

Por ejemplo, cuando yo actuaba como experto, sin remunerar, para la familia de Ron Goldman durante la causa civil, Daniel Petrocelli me pidió que reconstruyese el crimen para saber el motivo. Por eso en la deducción/inducción lo importante es que todo se apoya en la eviden-

 

cia y todo lo que pondrías por escrito sería eso, no pondrías: hombre blanco, de tal edad, con esta educación ni nada por el estilo. Lo cierto es que lo que verás en papel, si es que alguna vez lo ves, serán informes de una página, pero el resto del informe se hace por teléfono, de forma más personal con la policía. No tendrá cuatro o cinco páginas.

¿Por quién sientes un mayor respeto en este campo?

Ha quien realmente respeto en el área del análisis criminal es a Roy Hazelwood y a Ken Lanning. A Roy Hazelwood en el área de la viola- ción interpersonal y a Ken Lanning en el secuestro y abuso de menores. Creo que Keneth sigue en el Bureau, aunque ya puede retirarse. Ellos se han metido a fondo en esta porquería y tú sabes porque también, am- bos han enfermado, como yo, en su trabajo. No es que sea un requisito, pero cuando ves gente así entiendes la dedicación y pasión que sienten por esto, por su trabajo, al que dedicaron sus vidas y su salud. A veces sacrifican incluso sus familias por hacer esto y ayudar a otros. Cuando veo otros nombres... no conozco otra gente como esta por ahí, sólo hay un puñado de gente que yo realmente respete.

Oímos el término “Ciencias del Comportamiento” ¿Qué es eso?

Ciencias del Comportamiento... no me gusta utilizar el término “Ciencias del Comportamiento”. Cuando entré en el Bureau se llamaba “Unidad de Ciencias del Comportamiento”, entonces se separó, mien- tras yo hacía el programa de perfilación se llamó “Unidad de Apoyo a la Investigación de Ciencias del Comportamiento” y “Unidad de Ins- trucción del Estudio de las Ciencias del Comportamiento”. Eso duró unos dos años y cuando llegue a ser el jefe de la unidad le cambié el nombre a simplemente “Unidad de Apoyo a la Investigación”. Creo que puedes adiestrar a mucha gente para hacer esto sin necesidad de que tengan un doctorado ni nada parecido en Ciencias del Comporta- miento. He tenido gente, como te digo, sin títulos de ningún tipo, que eran simplemente brillantes, muy creativos y con la cabeza muy bien amueblada, no había ninguna necesidad de las Ciencias del Comporta- miento ahí. Quiero alinearme con la investigación criminal.

No quería utilizar términos como esquizofrenia paranoide o psicó- pata. Acuñé mis propias clasificaciones de organizado, desorganizado y mixto y traté de establecer descripciones de los crímenes. Incluso los libros como el “Manual de Clasificación de Crímenes” se inclinan más hacía la investigación que hacía las Ciencias del Comportamiento.

Cuando comencé con el estudio fue una sorpresa para mí el ver que los estudiosos del comportamiento no tenían las investigaciones sobre los casos. Ni siquiera se interesaban por las historias personales de los criminales, sino que lo que les interesaba era estructurar las subclasifi- caciones de estos sujetos, así a Charles Manson le llamaban cualquier cosa desde esquizofrénico paranoide a psicópata, lo que a las fuerzas

 

policiales no nos decía nada. Nosotros relacionamos todo con el cri- men. Digamos, por ejemplo, que el criminal es muy desorganizado.

¿Por qué una escena del crimen llega a ser organizada? Podría mos- trarnos, como en el caso OJ Simpson/Nicole Brown-Simpson, que la persona puede haber entrado en ella de forma premeditada. ¿Cómo lo sabemos? Bueno, el cuchillo había sido traído de fuera, estaba el guan- te, estaba la gorra dejada en la escena. Pero entonces ocurrió algo y es que, en Ron Goldman, se encontró con un adversario que puso una resistencia infernal, tuvo muchos problemas controlándole, él no era un asesino profesional. Eso le dio la apariencia desorganizada a la escena del crimen y, como tal, la describimos.

O te puedes encontrar con una escena del crimen muy desorganiza- da. ¿Por qué? Bueno, la persona puede ser muy joven o estar alterada en ese momento. Las drogas o el alcohol pueden alterar la apariencia de un crimen provocando dejadez. Por lo tanto, ante una escena del cri- men como esta te preguntas que aspecto tendrá el tipo de persona que estás buscando. Después describes al autor con esas mismas caracterís- ticas, de nuevo el comportamiento refleja la personalidad. El caso de OJ Simpson sería diferente porque él estaba fuera de control, no podía controlar a su víctima, pero una vez salió de allí y se limpió podías ver un individuo muy controlado y rígido en la fase posterior al crimen.

La mayoría de las personas que han hecho objeciones a la terminolo- gía organizado, desorganizado o mixto no comprenden que cuando ha- ces un perfil no vas a través de una lista, como una columna en un libro. Las características se cruzan durante el crimen. Puede haber caracterís- ticas de ambos lados, no es decir: “Vale, saca el perfil de desorganizado y mándalo a San Luis, atrapemos a los desorganizados y mandémosles a Mobile”. Así no se hace. Otra cosa que mucha gente no comprende es que hay casos que no son adecuados para a perfilación. Punto. No en- gañas a nadie, se le dice a la persona que lo solicitó desde el principio. Pero no termina ahí, puedes seguir prestándole ayuda. Una de las cosas que intenté desarrollar fueron instrumentos de investigación desde la escena del crimen a la sala del juzgado. Así que si no puedo hacer un perfil porque hay un tipo en Nueva York disparando a mujeres en el trasero con una pistola de dardos y, si hiciese uno, se ajustaría a cien personas en un radio de dos bloques, en vez de crear el perfil diría: “Mira, quizá podamos poner en práctica unas técnicas proactivas para sacar a este tipo a la luz”. Podría hacer eso apoyándome en la experien- cia de otros casos. Si ni siquiera pudiera hacer eso podría decirles: “Si atrapas a un tipo así es como creo que debes interrogarlo”. Si tampoco puedo hacerlo quizás pueda ayudar en una orden de registro por mi experiencia, los cursos que he tomado, las investigaciones que he he- cho... esto es lo que deberíais encontrar en el registro.

 

Si no puedo a lo mejor es el fiscal el que te dice: “John, cuando vaya- mos a juicio ¿Puedes ayudarme a analizar o reconstruir el crimen para que la gente y el jurado entiendan cual era su motivación?”. o —”John, va a subir al estrado—. ¿Cómo crees que deberíamos interrogarlo?”.

Cuando la gente me pregunta cuál es mi porcentaje de acierto o la probabilidad estadística respondo que no lo sé. No sé cómo se cuantifi- ca este tipo de cosas. Una vez estás entrenado en esto creo que puedes prestar algo de ayuda en casi cualquier crimen, desde la escena del cri- men al juzgado. De hecho en muchos casos, creo que la gente se sor- prendería, no es un perfil. No llegas a poder meterle mano, pero puedo describir la victimología, si es una víctima de alto riesgo, te puedo decir la movilidad del autor o cosas así...

¿Puedes decirme algunas motivaciones incorrectas a la hora de entrar en la perfilación criminal?

Hacer esto por el «glamour» y el brillo, y pensar que es como en los programas «Profiler», «Millenium» o como en «El silencio de los inocentes». El estrés de hacerlo, el potencial de fallar siempre está ahí. Estás tomando decisiones que pueden cambiar el curso de una investi- gación y que pueden provocar, incluso, la pérdida de vidas. El caso de un departamento de policía, la pérdida de miles de dólares porque tú les dijiste que siguiesen en otra dirección. Hay una cantidad de presión tremenda.

Debería ser algo que quieras hacer porque sientas que tienes un ta- lento, una habilidad para ayudar al resto de la humanidad, o ayudar a las fuerzas de seguridad. Pero debes tener ese sentimiento una vez ten- gas los cimientos porque si te apresuras a ofrecer tus servicios podrías hacer daño a los demás.

La policía, en concreto, te rechazará inmediatamente, es un públi- co muy difícil de ganarse y tienes que estar muy bien preparado. De nuevo tengo que poner énfasis en que hagas investigación académica y entrevistas. Para que la policía te permita estar ahí debes prometerles que no vas a salir corriendo y contar el caso a todo el mundo porque va a ser confidencial.

 


 









Anexo B

Estudio clínico-criminológico de Gilberto Ortega Ortega

(Resumen)


(Fecha de los estudios: 1º de agosto de 2006)

 


 

Generales.

Nombre: Gilberto Ortega Ortega (a) La Tota, Pelagatos, Matagatos

Edad: 37 años

Lugar de origen: Chihuahua, Chihuahua Estado Civil: Unión Libre

Ocupación: Desempleado Nacionalidad: Mexicano Escolaridad: Primaria Delito: Homicidio calificado Proceso: Fuero común

Sentencia: 40 años de prisión A partir: 26 de noviembre de 1997 Abono: 9 años

Tiempo de reclusión. 9 años

Proceso Pendiente.

Delito: Homicidio calificado Sentencia: No registra Causa penal: 10/98

Antecedentes jurídicos.

No registra en este centro

Antecedentes y evolución de conductas parasociales y/o antisociales. No registra ingresos al Tribunal para menores ni a Seguridad Públi-

ca Municipal

Criminogénesis.

Rasgos esquizofrénicos y paranoides, inadecuada introyección de normas y valores. Incapacidad para distinguir las conductas sociales o antisociales, indiferencia al dolor ajeno, rasgos esquizos.

Criminodinamia.

Afirma que observó durante algún tiempo al menor, ya que era su vecino y decidió privarlo de la vida porque según afirma el estudiado, dicho sujeto pasivo era víctima de abuso por parte de su padre, tal y como afirma el estudiado se identificó con dicha situación y decidió que era mejor asesinar al niño para que no sufriera más y que no se con- virtiera en lo que se convirtió el estudiado, lo invitó a dar una vuelta, lo llevó a un lugar despoblado en las orillas de la ciudad y lo torturó por un lapso de tiempo de dos horas , para luego dispararle en la nuca con un arma de fuego que le regaló su padre.

Versión del delito (según el interno).

No registra

Psicológico.

Indiferencia afectiva, egocentrismo, rasgos paranoides, nula capa- cidad de insigth [darse cuenta], impulsividad, dificultad para controlar sus impulsos

 




248

Situación socio-familiar.

Visitas esporádicas de la madre del estudiado.

Informe del área de seguridad y custodia (señalando la conducta con superiores, compañeros y familiares durante su reclusión en re- lación a respeto, convivencia, conducta, etc.).  Buena

Diagnóstico actual. (Conteste solo en caso de estudio directo).

Condiciones De higiene: Buena, su aliño personal y costumbres son organizadas, su actitud ante la entrevista es altanera y agresiva, tiende a perder el control y trata de dominar en la plática.

Médico psiquiátrico.

Ninguna enfermedad patológica (sic), sobrepeso, no presenta mar- cas de venopunción, ni presenta indicativos de uso reciente de tóxicos.

Programación del tratamiento progresivo técnico y resultados.

Responsabilidad: Mala Calidad en el trabajo. Mala Perseverante: Mala Actividades deportivas: No Neuróticos anónimos. No Otros: No

Criminodiagnóstico.

Egocentrismo: Alto

Labilidad afectiva: Bajo

Intimidación ante la pena impuesta.

Considera que la pena impuesta logró su objetivo. No


Nocividad.

Agresividad intramuros: Alto

Índice de peligrosidad criminológica actual: Máxima Dictamen: Capacidad criminal alta

Observaciones y sugerencias.

Observaciones: El perfil obtenido de sus características lo hacen can- didato a un centro de atención a personas cuya peligrosidad se consi- dera alta.

Sugerencias: Se sugiere su internamiento en un centro de máxima seguridad.


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